viernes, 15 de marzo de 2013

No tocar

Fotografía: Marco Ramírez

Aprendió a tocarse porque nadie le prohibió hacerlo. Se descubrió, cómo quién descubre un secreto gracias a la boca o el tacto, de alguien más. No sabía que para ese gesto inocente y travieso había una palabra turbada que los adultos solo referían cuando el colegio decidía hacer una campaña de sexualidad y nombrar lo innombrable. Fue con su madre a recibir instrucciones de salubridad, prevención natal y... descubrió entonces que su acto de auto-placer se denominaba: masturbación. De inmediato miró a su madre con  incredulidad. Ella, que había sido tan explícita en prevenirla frente a los novios, nunca, nunca, le había hablado del tema. La codeó discretamente en el repleto auditorio, inquiriendo por la nueva palabra.
-¿Para qué iba a explicártelo, tú no haces eso, o sí?
Entonces el acto adquirió una connotación profana en cuestión de segundos, tocar el propio cuerpo, parecía una convención moralmente inaceptada.
Estuvo en cuerpo presente mente ausente lo que quedó del discurso. Se preguntó por la frecuencia y si era vandalismo gozarse en lugar de esperar a ser tocada. Se preguntó por qué su madre estaba tan convencida de que ella no... y se dio cuenta de que jamás había hablado del juego con sus compañeras. ¿Por qué el silencio? ¿Había en ello algo de pecado? Bah, ella no creía en el pecado. Entonces... tendría que continuar su exploración callada consciente de que no tuvo que ver para querer tocar, que fue más un asunto, de mera curiosidad.
Ahora, sin embargo, hace algo que antes no acostumbraba: le pone seguro a la puerta por sí acaso.


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