jueves, 28 de marzo de 2013

Bien vale una media

Fotografía: Daniel Efe Restrepo 

Estaba lista para todo menos para ti. ¿Cómo iba a saber que detrás de tu lente, automático y serio, se escondería un hombre voraz, dulcemente perverso? No tenía forma de adivinar tu ausencia de intenciones, tu auténtico proceder, tu deseo de hacerme arte cuando lo único geométrico eran las medias a rayas que elegí a último segundo para esta sesión contigo. ¿Cómo iba a saber que tus lentes eran permanentes, que eran tu escudo para no desnudar la retina y evidenciar tu hambre de piel? Me acerqué a ver las tomas como quien no se interesa en cómo los demás lo ven, y me achanté al ver ternura en mi rostro con la certeza de que tú, la habías despertado. Corrí a cambiarme, te dije que debía hacer una llamada y ya sola frente al espejo tuve que aceptarlo:  me gustas. 

Salí con mis jeans gastados, mis tenis converse y una camiseta ligera a tomar un bus que me llevara pronto a casa y tú me cortaste el paso diciendo que no me dejarías ir sola, que era tu deber, acompañarme. En el camino me preguntaste si podías invitarme a una cerveza o sí podíamos tomarnos una media, y aunque quería, dije que no porque a la mañana siguiente debía entregar unos planos en la universidad. Te agradecí. Ninguno dijo: para el viernes entonces, pero ambos nos quedamos con la sensación de que así sería.

Mi casa estaba a menos de dos cuadras y tus manos estaban tan ocupadas con mis cosas que no notaban mis ganas de contacto. Me dejaste en la puerta y me diste un beso en la mejilla al despedirte. Te di las gracias y cerré con la tristeza de la oportunidad perdida. Subí las escaleras, me fui al cuarto y desempaque mis cosas. Shorts, camisa y un momento... ¿dónde está la otra media? Me asomé a la ventana, la agitabas como un trofeo al decirme: nos vemos el viernes. 

sábado, 23 de marzo de 2013

Lagoon

Fotografía: Carlos Bustamante

A cinco mil años luz de aquí, tu violeta me invita a un viaje extraterrestre. No tengo cohete ni hago parte de una tripulación postulada para visitarte; mi tiquete es una postal tuya, tomada por mi primo, en algún lugar de sus viajes terrestres. Por tu nombre, supe tu origen en Sagitario y tuve que golpearme en la cabeza varias veces porque mi vida como espectadora celeste siempre ha tenido fascinación con esa constelación. No sé si algo desde allá nos mira o si el ruido que aquí emitimos llega como onda, con suerte como sonido y así... sabes de nosotros. Siempre hemos pensado que las culturas del cielo son superiores en evolución a la nuestra, a mi me ha dado por soñar, que pueden ser también espejo. ¿Qué ocurriría si la edad de la tierra tuviera un equivalente en otro inhóspito y desconocido planeta? ¿Qué tal si los delfines que moran los mares  tuvieran en el centro de la tierra un megáfono que comunicará sus sonares con los tuyos y allí también delfines surcaran aguas de otro color?

¡Qué bueno ser un viajero estelar!

  




miércoles, 20 de marzo de 2013

Consecuencias de un embarazo psicológico literario

Sucede con extraña frecuencia que un individuo, autor; padece gracias a la obra que gesta, de un embarazo psicológico con tantos detalles, que puede dar cuenta del país o en certamen donde dará a luz. Conoce la fecha esperada de parto e incluso, tiene el nombre del anestiólogo quien viene a ser, el mismo que preside el jurado. Como todo padre/madre diligente, ha procurado pasar, a palo seco, la mayor parte de su gestación. Labor que le resulta casi imposible de sostener horas antes del veredicto. Es entonces cuando ruega pidiendo una epidural para que no le duela saber que no gano. La amistad es imprescindible para soportar las horas finales. Agota todo su plan de llamadas en dos horas y para cuando se conoce el nombre del afortunado verdadero padre, mira con desconsuelo la incubadora vacía de la obra que gestaba. "Al menos tengo una obra" se consuela. Sin embargo ya cuestiona incluso su genética. 

Sin embargo, una ventana de su escritorio está abierta en el último tema que estaba consultando. Su cuaderno de notas tiene dos líneas resaltadas y un video de youtube le explica un referente urbano que es de su interés. Cierra el twitter y abre una hoja en blanco. Narra en dos o tres párrafos su sensación del día y arranca del calendario el 20 de marzo. En contadas horas será 21 y un personaje, lo ha estado esperando.


lunes, 18 de marzo de 2013

Un dodecaedro sobre una novela

Un dodecaedro lapislázuli pretende sostener el arrume de hojas que ella, deliberadamente, puso debajo. Algunas todavía están calientes, recién horneadas bajo el torner de la impresora. La historia: la misma. Esa que no ha podido concluir porque comenzó por la mitad, sin estructura alguna. El personaje parece estarse dando cuenta y no ha querido salir en los dos últimos capítulos. Prefiere que lo maten o lo desaparezcan a tener que seguir los caprichos emocionales de su joven creadora. Ya tuvo incluso que acostarse con una mujer que no le resultaba ni cinco de atractiva y ni así perdió los escrúpulos. Por eso anda escondido. Por eso ella anda perdida. Algunos amigos le preguntan cómo va la obra y responde con una mueca de frustración. Los hombros suben, bajan, se inclinan, queriendo aparentar un no me importa que no lograría ni en años. Y eso  no es lo más grave, hay quienes son más curiosos y le preguntan por el argumento. ¿El argumento de mi obra? Y nuevamente tiene que evadirse, pedir disculpas, ir al baño, comprar un café, escapar del peso que asumió al declararse: escritora.

Ni de noche puede descansar. Todo lo que lee se parece a lo que no es capaz de lograr. Todo lo que ve en la televisión tiene el guión que alguien más escribió y concretó. Hasta la música, no importa el género, si viene empacada en emisora es porque ya superó "el lanzamiento" y está una fase menos amarga. 

Regresa al dodecaedro, lo mira con una curiosidad simple, toma tres hojas, las lee y nota una mancha azul en las esquinas de algunas hojas. Frenéticamente busca todas las hojas manchadas, se sienta en el piso y comienza a leer en el orden que están. Hay algo raro, es otra historia, una historia dentro de la historia donde el personaje anteriormente mencionado se fuga... la idea le gusta. Sólo faltan un par de acordes, revertir algunos sucesos, crear otros. Toma un lápiz, dibuja una linea de tiempo. Será más breve pero será novela.


viernes, 15 de marzo de 2013

No tocar

Fotografía: Marco Ramírez

Aprendió a tocarse porque nadie le prohibió hacerlo. Se descubrió, cómo quién descubre un secreto gracias a la boca o el tacto, de alguien más. No sabía que para ese gesto inocente y travieso había una palabra turbada que los adultos solo referían cuando el colegio decidía hacer una campaña de sexualidad y nombrar lo innombrable. Fue con su madre a recibir instrucciones de salubridad, prevención natal y... descubrió entonces que su acto de auto-placer se denominaba: masturbación. De inmediato miró a su madre con  incredulidad. Ella, que había sido tan explícita en prevenirla frente a los novios, nunca, nunca, le había hablado del tema. La codeó discretamente en el repleto auditorio, inquiriendo por la nueva palabra.
-¿Para qué iba a explicártelo, tú no haces eso, o sí?
Entonces el acto adquirió una connotación profana en cuestión de segundos, tocar el propio cuerpo, parecía una convención moralmente inaceptada.
Estuvo en cuerpo presente mente ausente lo que quedó del discurso. Se preguntó por la frecuencia y si era vandalismo gozarse en lugar de esperar a ser tocada. Se preguntó por qué su madre estaba tan convencida de que ella no... y se dio cuenta de que jamás había hablado del juego con sus compañeras. ¿Por qué el silencio? ¿Había en ello algo de pecado? Bah, ella no creía en el pecado. Entonces... tendría que continuar su exploración callada consciente de que no tuvo que ver para querer tocar, que fue más un asunto, de mera curiosidad.
Ahora, sin embargo, hace algo que antes no acostumbraba: le pone seguro a la puerta por sí acaso.


Un beso aéreo


Te vi pasar por mi pantalla esta mañana. Suspendí la lectura para verte en secreto y analizar el lenguaje de tu desprevenida postura. Me dio hambre en seguida y tuve que levantarme por un pedazo de torta de chocolate y un vaso de leche. El carrizo comenzó a temblar debajo de la mesa y aunque me deshice de un tacón, no me sirvió de nada porque pronto los dedos buscaron algo que tocar. La áspera superficie de unas cajas de cartón repletas de libros, fue lo que encontraron. Mientras tanto vos, seguías congelado y tu mirada al occidente de alguien más, no tenía forma de adivinar la encuesta que mis labios te habían preparado. Quise saber, casi de inmediato, tu estado civil, color favorito, autor predilecto, cita inolvidable -de un autor por supuesto- película o director de culto y banda de rock de tu agrado. No te imagine milonguero ni mucho menos fan de salsa. El pop me pareció muy suave y la música clásica... no, no iba con ese cabello revuelto, a propósito por ti desordenado. Abrí todos los chats, te busqué en todas esas ventanas, te esperé en una cita que no había sido programada y me bogué dos tasas de café -sin azúcar- esperando que llegaras a entablar conversación, conmigo. No llegaste o estabas en status fantasma. Tuve que ir por otro pedazo de torta, chuparme hasta los dedos, resignarme a esta nueva y sutil derrota. Fue entonces que me despedí con un beso aéreo y cuando estaba a punto de dar click en desconectarme, apareciste fugaz, y te me perdiste. Al menos recibiste el beso, fue lo que me dije. 


martes, 12 de marzo de 2013

Consecuencias de un olvido


Fotografía: Marco Ramírez


Llegó. No me ha visto. No puede ser, control remoto, Jusfify... se trajo la comida desde la cocina y la hamburguesa parece ser lo único que le voy a ver morder esta noche. Mi paciencia se transforma en tristeza ante su saludo superficial y la ausencia de contacto visual. Por un momento pienso levantarme y encerrarme en el baño pero sé que ni así se daría cuenta de que hoy es nuestro aniversario. No entiendo por qué me enseñaron a prestarle atención a las fechas, a conmemorar onomásticos, a querer ser... una sorpresa. Por lo menos no había abierto el vino. Compré flores sabiendo que él no las traería. Las puse a la entrada como señal recordatoria y creo que solo las abejas notaron su efímera presencia. Cortos comerciales. Se levanta a la cocina a llevar el plato y traer una cerveza de vuelva. Una. Rara vez me pregunta si quiero acompañarlo. Vive ensimismado en un mundo que, honestamente no cohabito. He comprado tiquetes de avión, cenas elegantes, comidas callejeras y todo tipo de artilugios para acceder a él y ha sido en vano. Es entonces cuando miro el fémur que mi piel recubre y me pregunto lo obvio, si el deseo murió. Entonces comienzo a detestar los encajes, los esmaltes, los rizos en el pelo y todo lo que represento con femineidad. "Jamás tocada" parece el slogan de esta convivencia extraña. Entonces me digo: ¡es gay! ¿Cómo no me di cuenta antes? Ahora el deseo que ha muerto es el mío. Lo observo con extrañeza buscando pruebas de mi reciente descubrimiento. Siempre entre amigos, siempre cansado... y antes de continuar conjurando, me levanto por una pijama de ovejas y busco las pantuflas para encender un cigarrillo en la terraza. Fumar a oscuras nunca será igual a lo demás. Enciendo mi cigarro y dejo caer las cenizas sobre una mata vieja y cansada. Pronto escucho pasos. 
-Sandra, ¿qué haces? Ven a la cama.
-Ya lo sé todo. Sos gay.
-¡Qué, qué! No me digas, olvidé el aniversario otra vez.




domingo, 10 de marzo de 2013

Secuencia de un cuerpo fraccionado

Fotografías: Marco Ramírez

Es inútil esconderse, doblarse, huir de la luz. En el fondo siempre quieres asomarte a la ventana, saber si pregunta por ti. Le has dicho a tu madre que te niegue y has puesto el teléfono en silencio en un acto de pseudo-fortaleza porque de haber sido fuerte lo habrías apagado y no tendrías la tentación de estarlo mirando a cada rato para ver si registra llamadas perdidas.
Le temes porque a su lado eres otra. Con él descubriste que también puedes ser oscura. Y no se trata de hacerle el mal a otros, es más bien una vibración, una frecuencia. Una forma de mirar que ve todo lo externo como algo hostil sin ninguna esperanza de belleza. Por eso los botines, el negro, el cabello recogido, las pulseras con taches. Nunca se sabe cuándo y dónde tendrás que alojar un puño y es mejor hacerlo si tienes algo qué enterrar diferente a tus uñas.
Después de la fiesta en esa casa rara, te buscó. No recuerdas haberle dado tu teléfono pero llamó. Su voz te causó miedo pero te gustó temblar gracias a ella. Ahora te le escondes porque no quieres más de sus besos adictivos, de sus pastillas hechizo, de sus rumbas tecno. Tal vez lo querrías si fuera solo él. Si no viniera acompañado de sus amigotes para hacerles ver que eres su hembra. Cómo odias esa palabra. Prefieres mujer.
Alguien timbra, tu madre llama, nunca te secunda negaciones. Sales. ¿Vienes o no? -te pregunta. ¿Adónde? ¿En realidad importa? De nada sirvió prepararte para ese momento. Te despides de tu madre y ya en la puerta, le das tímidamente tu mano. Él la toma con fuerza y te sube a su moto. Te sorprende con un casco cuya calcomanía es tu nombre. Sonríes, te lo pones, arrancan y el vértigo de la ciudad y de la noche se condensa en la forma como te abrazas a su cintura. Más allá los puentes, el río, la autopista. No sabes el destino, sólo el compañero. Y cuando están por llegar, algo pasa, aceite en el piso, la moto pierde el equilibrio, ambos ruedan por el asfalto. La tibia se quiebra, el peroné se resiste, un radio rompe tu piel y aunque gritas, agradeces que el casco esté. De repente un carro transita muy cerca y rueda también y aunque el conductor no quiere herirlos... pasa por encima de ti y de él. Intentas gritar pero no sale la voz. No lo escuchas hablar ni quejarse. No fue su culpa ni la tuya ni la del conductor del auto que se baja con las manos en la cabeza gritando en busca de ayuda.

Pronto las sirenas, la ambulancia. Tu cuerpo es desplazado. Tus pupilas dilatadas. ¿Qué día es hoy? El día que me escondía de él tras las sombras en la ventana. No puedes decirlo. Sólo llorarlo.

Veinticinco


Se detuvo el vagón ante ti, ante mí, ante ambas. Se detuvo de vernos jugar con su pasado. Quiso reír pero no tenía combustible para lanzar una voluta oxidada. Quiso avanzar pero estaba anclado, adherido, arraigado. Un susto era lo que quería darnos por esa osadía nuestra de comenzar la mañana explorando su historia con una broma macabra. Y no pudo. Tuvo que ser cómplice de una toma.  Nos quedamos un par de minutos esperando que una cámara "disparara" listas a morir un instante sin medir las consecuencias de una inconsciencia momentánea. Entonces te levantaste tú con una facilidad increíble y yo me quedé pensando cómo era posible meditar en ese silencio en el mismo lugar que otrora fue ruido y movimiento. Me levanté para leer Estación Medellín. Las ramas de un árbol seco señalaban las letras que se conservan intactas haciendo alusión a un lugar que ya no era destino ni punto de partida de nadie. Miré al tren con cierta nostalgia y su 25 amarillo me preguntó si sabía algo de 24. Fue una conversación rápida y mental y honestamente hubiera querido tener las respuestas a la mano. ¿24? Era obvio que me preguntaba por otro tren, quizás otro vagón y no supe qué decirle al camarada. Hablarle de la crisis de los años 20, de la liquidación de sus patronos, del arrume de máquinas al aire libre, de su posterior deceso víctimas de la oxidación... 24... no, no sé dónde encontrarlo. Y fue peor, me dijo que 24 era un ella  que la estaba esperando.

Entonces pensé en todas las veces que caballeros lo abordaron, con sombreros y finos trajes donde no faltaba el pañuelo. Y vi a aquellas mujeres con faldas abajo de la rodilla y tacones negros diciendo adiós con una mano y lanzando un beso con la otra. Y todos ellos confiaron en él, a la ida y al regreso y cómo lo defraudamos. Lo disecamos. Es el último de su especie. ¿Cómo confesárselo?

Nota: Esta entrada hace parte del blog Literatura y Ciudad -en construcción temprana-

El espejo



Fotografía: Marco Ramírez

"El espejo es una utopía puesto que es un lugar sin lugar"
M. Focault

¿Anhelará el espejo el cuerpo que refleja, ese espacio que lo tienta o lo niega? ¿Será cierto que al dolor añade más dolor y más belleza a la belleza? ¿La belleza está adentro o afuera? No pregunto dónde está el horror porque a ese sí siempre lo juzgamos externo. El horror... de la guerra...
Y qué hacer cuando las partes en conflicto son las emociones, cuando la puñalada es el dolor en el estómago... No creo que el espejo anhele ser lo que refleja porque así como el río no olvida su cauce, su cuerpo es de vidrio, cristal de roca. Hasta es posible que descanse cuando la maldición de una mano lo pulveriza y le devuelve la libertad.

No pongas espejos en el cuarto -me dijo una amiga años atrás; temiendo que un ojo en la intimidad fuera capaz de separar aquello que cohabitaba el espacio donde el amor se manifiesta y  la indiferencia también se expresa. Desobedecí. El espejo era más espacio para un espacio pequeño, y la sensación de amplitud que me transmitía era superior a ese temor ciego que quería infundirme. Entonces el espejo fue mi cómplice, el vigía de mis noches de insomnio, el testigo mudo de mi llanto convulso. Y como si hubiera sido conjurada, mi pareja empezó a desaparecer del cuarto, primero por minutos que lo conducían a la biblioteca, luego por horas que lo llevaban al bar y una noche, una carta, un punto final. Ni siquiera tuvo la valentía de decirme, no quiero seguir más. Y mi rabia fue incontrolable, deshice almohadas, abrí cajones, tiré las pocas pertenencias que dejó para no despertar mis sospechas y finalmente, miré al espejo -no es que me hubiera mirado en él- mire al espejo y quise romperlo, tirarlo contra la pared, lanzarlo de mi quinto piso, pararme sobre él. Sin embargo, recobré la compostura y ahora sí, me miré en él. No podía echarle la culpa. No podía destruirlo y dejar que ausencia sumara otra a mi noche. Lo cubrí con una sábana en señal de castigo y me acosté a pretender dormir.