viernes, 15 de febrero de 2013

No soy rebelde, soy mujer

Fotografía: Daniel Efe Restrepo

No soy rebelde, soy mujer. Me dicen Lola porque mi nombre es... justo lo que sintió mi madre cuando llegué al mundo. Dice que nací de ojos abiertos y que no lloré cuando me pegaron para que respirara. De la cuna al suelo pero no para gatear, para intentar agarrar al gato gordo y esquivo que se paseaba por la sala como si fuera su guardería. Caminé rápido, a eso de los diez meses. No tuve vicios infantiles como el dedo o la cobija. Tuve amores... con mi papá. Cuando le oía la voz así fuera a metros movía pies y manos de la emoción, mi madre se desilusionó bastante porque todos los niños dicen de primera palabra mamá, la mía fue una sílaba: Pa.

No leí El buscón ni la urbanidad de Carreño, me salté los ejercicios de Lucila González de Chávez y en su lugar, leí revistas de comic. En once grado me interesó el Manga y aprendí a pintar. Pronto mis compañeras me comenzaron a decir Lola, la artista; y los amigos que salían con ellas preguntaban quién era yo, la rara. Todas hablaban de besos, de hacer como el pescado y a mí la sola palabra me daba asco. Me reía de verlas  sacar porcentajes de compatibilidad con los nombres contando las letras repetidas. Nunca aprendí como era que lo hacían y peor aún, porque brincaban cuando el resultado era superior a un ochenta por ciento. 

El primer hombre que me interesó fue uno que tenía el cabello como el de un personaje de Manga, tan negro que daba visos violetas y tan largo que provocaba meterle los dedos para ver sin en realidad era tan lacio o tenía enredos. Era guitarrista de un bar local al que íbamos los viernes a tomar cerveza. Supe que le gustaba porque un viernes no fui y al siguiente se me acercó y me dijo que me había extrañado. Entonces quise haber sido más atenta cuando las demás hablaban de besos porque yo no tenía idea y sólo unas ganas que parecían uno de sus acordes palpitándome dentro. Yo no sé si el primer beso no se olvida por la propia estupidez o por lo que uno siente cuando la otra boca arremete y la de uno se esconde hasta que no queda más remedio que dejar la cobardía y enfrentar al otro con la misma violencia.

Desde entonces, me gustan las bocas que me enfrentan sin parpadear, las intrusas que succionan mi verdad y también esas que me enseñan a mentir. No me gustan los retratos y ya le dije a Daniel que pare, que este ejercicio es vano. Pero el sí es rebelde y dice que con un par de tomas más tendrá lo que busca. ¿Qué busca? Terminas o te acabo. Quizás ambos.



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