lunes, 18 de febrero de 2013

No me alcanzó el orgullo

Fotografía Daniel Efe Restrepo

No me alcanzó el orgullo para odiarte. Me supe herida y aunque se me cayeron las alas y perdí el equilibrio, no dejé de amarte. Tome distancia como quien se bebe una copa, de un solo trago y a fondo blanco, sin más pasante que el ardor en la garganta y la certeza de que no volvería a pronunciar tu nombre. Sin embargo, cuántas veces sonaba en mi cabeza... tantas como rostros tuyos tenía alojados allí. Tuve entonces que contratar un abogado del inconsciente para que me sacara en terapia recuerdos dulces, apegos vanos; títulos de propiedad y aspectos no conyugales. Y ni allí, en ese estrado de dos sillas, simulacro de diván, pronunciaba tu nombre por temor a traerte de nuevo al presente y descubrirte tatuado en algún lugar de mi piel. No me alcanzó el orgullo para odiarte, no fue suficiente tu desprecio para alejarme, continúe leyéndote, amándote, siguiéndote como se sigue a un extraño, con una curiosidad fría que en el fondo anhelaba saber si en una línea, un tuit, una canción de youtube... hablabas de mí. ¿Pero cómo? me dije; y ahora las imágenes eran de mí, de mi ingenuidad, de mi torpeza, de mi errada carrera en el espionaje, de mi ridículo intento de pensar que pensarías en mí. Tampoco me alcanzó el orgullo para odiarme; volví a terapia, abrí un cuaderno, escribí docenas de notas, las leí para no repetirme, continué escribiendo y ni ahí estaba tu nombre, no era capaz de escribirlo, cinco letras eran muchas, si hubieran sido cuatro, tal vez. Y llevé ese cuaderno conmigo a todas partes y hasta dentro de un baño público te escribí. Hasta el día en que se acabaron las hojas y comprendí que no me alcanzó el orgullo porque con los amigos... es así.



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