jueves, 21 de febrero de 2013

Aventura a camello

Fotografía: Carlos Bustamante

Allí donde el horizonte dibuja una duna y el viento serpentea con la historia, un camello me observa con interés. Las fosas de su nariz aletean tratando quizás de descifrar esta colonia occidental que tengo la costumbre de usar y que a él no debe coincidirle con ninguna otra. Me pregunto si puedo tocarlo pensando que es como un caballo cuando lo único que tienen en común es que han sido domesticados para montarlos. Sus ojos me parecen algo tristes. Algo en mí recuerda que un camello es un trabajo durísimo y me pregunto que sentirá él con la carga que día a día ponen a sus espaldas; turistas inquietos que le propinan patadas sin comprender su lento caminar como estrategia para llegar más lejos. Hay quienes lo adornan con tejidos de lana y esa visión clown no coincide con la seriedad que se levanta. Finalmente me decido y paso mi mano por su oreja. Se sacude un poco pero me da a entender que le gusta. Ahora es un camello el que debe pasar por el ojal de una aguja. ¿A quién se le ocurriría una prueba así? Debió ser el mismo que inventó los aros con fuego para los leones en el circo. Pienso entonces que nunca he escuchado hablar de camellos salvajes y saco rápidamente mi ipad para confirmar. Sí, son una especie en vía de extinción. Aún quedan... por fortuna.  Camelus ferus... ¿serán furiosos? Y miro a mi reciente amigo preguntándome si haría mal al soltarlo. Los guías están distraídos. Solo un niño no ha dejado de mirarme. ¿Cuánto pueden cobrarme por él? ¿Cuánto vale en realidad su libertad? Lo tomo de las riendas y empiezo a caminar con él hacia las dunas más alejadas. Lo desvisto y le doy un par de nalgadas para que se eche a andar y lo hace... tan solo cuatro o cinco pasos. Cuando creo que he logrado mi hazaña se devuelve hacia a mi y huele mi mano. En qué problema me he metido. ¿Me dejarán llevarme un camello a casa? Y si no... ahora el camello va a ser esconderlo.

No hay comentarios: