sábado, 19 de enero de 2013

Los aretes que le faltan a la luna


                                        "Los aretes que le faltan a la luna los tengo guardados en el fondo del mar"

Me pides los aretes y sólo puedo responderte con la verdad: no sé bucear. ¿Dónde están? En algún arrecife, en la aleta de un tiburón, en la boya de la próxima bahía... lo mismo da. Los aretes que le faltan a la luna nunca aprendieron a brillar. Dos ópalos alargados y acróbatas cualquier día se aburrieron de la noche y la fanfarrona blanca y tan pronto la supieron dormida, en complicidad con un levantamiento de polvo del mar de la tranquilidad, se precipitaron a la tierra, a la costa. Entonces yo, que le sacaba lustre a mi batea y preparaba la fruta del domingo solté un Madre mía que se oyó en varias playas.  Rodaron los mangos, las papayas, zapotes, patillas, y nísperos...  si los solté todos al tiempo. ¡Madre mía! Cuando cayeron los aretes se alzó la marea y si no es porque me llegan a los pies, no los veo. Tuve que arrodillarme y palparlos: fríos y lisos. El sonido de las carpas fue el único testigo de mi descubrimiento. Quise enterrarlos pero habría sido inútil. Las olas tarde o temprano los habrían destapado y no quería que nadie más se los llevara. Le pertenecían al mar, a la costa. Sin pensarlo, me metí con todo y delantal a las corrientes que tiraban a la izquierda; caminé hasta que el agua había sobrepasado mi cuello y me sumergí con los aretes sin poder ver nada por unos pocos pasos. Cuando necesité aire quise subir y los ópalos me lo impidieron. Solté uno y ni así pude ascender. Solté el otro y casi me ahogo al enfrentarme de cerca a un espolón. Le pedí todo a mis brazos y regresé a la orilla mientras la luna despertó gritando: ¡Me robaron, me robaron! No mire para arriba, ni para atrás, tomé mis frutas, mi batea y supe que jamás trabajaría en otra playa. ¿Dónde están los aretes? Sumergidos allí donde la luna los busca.

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