martes, 29 de enero de 2013

El cuerpo es una ciudad

Fotografía: Marco Ramírez

Un cuerpo es una ciudad. Dentro el viajero, el extranjero, con suerte el inquilino, de una superficie de piel que esconde suburbios de células, barrios de órganos, autopistas en rojo que los libros de biología a veces pintan de azul. Una ciudad que perece a través de cabellos que caen, uñas que se cortan y moléculas que silenciosamente se regeneran. Una ciudad inconforme, a veces de huelga que el estómago hace manifiesta. A veces celebra y tres o cuatro tragos hacen que suelte la lengua. Los ojos dictaminan si es de día o es de noche. No siempre es de noche cuando afuera es de noche porque las luces hacen de todo más apetecible, más festivo. Y así, los pies bailan en coordenadas tangibles con otras fronteras de otras ciudades. Acuerdos de no agresión se establecen en pactos silenciosos de miradas; acuerdos comerciales y transacciones de fluidos también se llevan a cabo. Todo para regresar al mismo cuerpo, a la misma soledad, al mismo punto de partida con una que otra variación en el punto de referencia. La ciudad se muda pero tiene una reputación y aunque así lo quiera, sigue siendo la misma.  

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