martes, 8 de enero de 2013

Ay capricho, el de nadar desnuda


Quiere nadar desnuda porque desde niña le enseñaron a esconder su cuerpo. No quiere una playa nudista, en parte porque le da fastidio que las algas se peguen a sus pies y también porque le molesta que la miren más del tiempo justo. Odia tener que enfrentar unos ojos de hombre después de haberlo visto hacer casi una mamografía a distancia con sus senos. Y la sal para nadar, no es igual.  Por eso, va a aprovechar que le prestaron una finca cerca de la ciudad para entrar a la piscina desnuda cuando caiga el sol. Es climatizada, así que el frío no le preocupa. No hay algas. Se lleva entonces las manos detrás de la cabeza y recuerda esas primeras lecciones de cuando aún era niña: pone las piernas muy juntas, se para derecha y después lleva las manos al frente para el clavado. Lo hace con gracia. Abre los ojos tan pronto entra al agua porque nunca le gustó nadar de ojos cerrados. Su madre se la pasaba regañándola por el exceso de cloro pero verse los ojos rojos era secundario después de horas de diversión a pesar del incómodo vestido de baño que se iba haciendo más difícil de manejar con los años porque se tragaba y su madre no entendía que ya era hora de comprar de dos piezas. Ahora hasta las dos piezas se quedaron en la maleta. Cruza la piscina en menos de dos minutos. No es que sea grande. Es precisa. Y... cuando menos lo espera escucha múltiples croar: croa, croa, croa. Nadie le advirtió de ranas o sapos. Nada entonces hasta la esquinita donde tiene su toalla y espera en silencio. Croa, croa, croa. El primero de ellos se lanza al agua. El asco la hace gritar. El grito atrae al mayordomo. 
-¿Esta usted bien? -le pregunta. Venga le ayudo a salir.
-No... ayúdeme más bien sacando al sapo.
-Pero su merce, no ve que la piscina se llena de sapos por la noche. Este es sólo el primero.
No puede ser. ¿Será que ya se dio cuenta que estoy desnuda? No pude disfrutarlo el baño ni una piscina completa. ¿Ahora qué? 
-No, tranquilo, vaya que yo ahora me salgo. No se preocupe.
-¿Esta segura?
-Sí, sí, cualquier cosa yo lo llamo.

Espera entonces unos minutos y sale de la piscina con agilidad para enrollarse en su toalla. Ve entonces como los sapos comienzan a llegar y se lanzan uno a uno al agua tibia. No puede más que sentir envidia por aquellas pequeñas criaturas que se bañan desnudas, todas las noches en la piscina que hoy, al menos, iba a ser toda suya. 

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