miércoles, 30 de enero de 2013

¿Un indigente de lujo?

Fotografía: Marco Ramírez

Ayer, en la sección internacional encontré una breve nota sobré un indigente en Estados Unidos que llevaba 20 años viviendo en hoteles de lujo al memorizar y plagiar números de tarjetas de crédito. La noticia, revelaba además que la cadena de hoteles más afectada fue Disney.

Me pregunté entonces cómo sería aquel sujeto porque la nota no traía fotografía e imaginé cómo habría sido el operativo de captura de un caso como él. Pensé entonces que debía tener muy buena memoria, varios nombres, alguna otra identificación. Si se hospedaba en hoteles, supuse que se vestía con ropa comprada en las pequeñas boutiques que también se encuentran allí. No debió pasar hambre, ni frío, ni tener riñas con compañeros de la calle. Tampoco era dueño de un perro y aún así... lo catalogaron como indigente. Algo está fallando aquí. 

Un indigente es un hombre que merece respeto. Un outsider. Alguien que vive con muy poco y para quien siempre el momento importante es el presente. Personas que conocen lo que nosotros tememos y aún así, no se acobardan. A veces cogen mangos de los árboles, a veces duermen en la cera a plena luz del día, no se incomodan porque hay ruido, no se dejan intimidar por el hambre, comen cuando hay o cuando encuentran y no creo que estén acostumbrados a que los alejen de los sitios donde piensan comprar un café o pedir el baño prestado. 

Hace un tiempo vi unas fotografías de Andrés Sierra muy bellas donde tomaba una serie de retratos de varios indigentes antes y después de un baño y una afeitada. Y había tanta pureza en esas miradas que uno en realidad se tocaba con su indigente interno. No se trata sólo de no poder acceder a una ducha, un plato de sopa, un vestuario sin rotos. Se trata de reconocer que todos tenemos un ser marginado por dentro. Uno que no miramos porque pensamos que es mejor el otro, el bien habido, el sociable, aquel que se adapta al sistema. ¿Y si estamos equivocados?¿Sí el ser noble es él y nosotros lo estamos reduciendo a razón de nuestros miedos?

martes, 29 de enero de 2013

El cuerpo es una ciudad

Fotografía: Marco Ramírez

Un cuerpo es una ciudad. Dentro el viajero, el extranjero, con suerte el inquilino, de una superficie de piel que esconde suburbios de células, barrios de órganos, autopistas en rojo que los libros de biología a veces pintan de azul. Una ciudad que perece a través de cabellos que caen, uñas que se cortan y moléculas que silenciosamente se regeneran. Una ciudad inconforme, a veces de huelga que el estómago hace manifiesta. A veces celebra y tres o cuatro tragos hacen que suelte la lengua. Los ojos dictaminan si es de día o es de noche. No siempre es de noche cuando afuera es de noche porque las luces hacen de todo más apetecible, más festivo. Y así, los pies bailan en coordenadas tangibles con otras fronteras de otras ciudades. Acuerdos de no agresión se establecen en pactos silenciosos de miradas; acuerdos comerciales y transacciones de fluidos también se llevan a cabo. Todo para regresar al mismo cuerpo, a la misma soledad, al mismo punto de partida con una que otra variación en el punto de referencia. La ciudad se muda pero tiene una reputación y aunque así lo quiera, sigue siendo la misma.  

lunes, 28 de enero de 2013

Ensayar un asombro en cada cuerpo


Se me ha pedido ensayar un asombro en cada cuerpo y me he preguntado cómo es eso, lo del ensayo, lo del asombro y lo del cuerpo. De los tres elementos, ensayar es lo que menos me preocupa, es lo que me la paso haciendo cuando a la palabra lágrima, le sumo un color, por ejemplo, el amarillo. Sería curioso eso de una lágrima amarilla, se preguntaría uno al instante si quien llora padece de hepatitis o si comió un algodón de azúcar de circo y el algodón no conforme con la tristeza, ha querido recordarle que aún quedan cosas dulces. Lo del asombro, me hace preguntarme si tu asombro y el mío se parecen en algo. Entonces veo a un chico asomarse por una ventana mientras pasa el carro de helados y una mano generosa le extiende uno de chocolate antes de que la boca se le deshaga en ganas. Y al pensar en cuerpo, es inevitable sostener la caricia, repasar la silueta, mirar fijo a la boca, prestarle atención a las manos. 

Contigo: ensayaría un asombro que no fuera palabra; a tu cuerpo lo envolvería en el mío en un abrazo con patas.

La lección de Norma

Fotografía: Daniel Efe Restrepo 

Le he dicho que no quiero estar con ella, que lo nuestro no tiene futuro, que la aprecio pero no soy hombre de relaciones duraderas. Le he dicho que conocerla fue muy grato, que valoro sus recuerdos, que soy inmaduro y ya no puedo darle más. Me he quedado esperando una respuesta y su mirada es tan elocuente como su belleza. No sé si lo vio venir por mis cada vez más escasas llamadas, no sé si aprendió a leerme a tal punto, que lo que le digo, no es novedad. He llegado a sospechar que no le importa, pero hay una ligera decepción en sus ojos que me insinúa otra cosa. Algo mucho peor: llegó a creer en mí. Se hizo ilusiones con este simulacro de escritor que se gana la vida con panfletos en una empresa publicitaria. Bajo la mirada y le doy vueltas al café con una cuchara plástica. Enciendo un cigarrillo y de veras anhelo que diga algo. No lo hace. Se levanta, alza la mano para pedir un taxi y se marcha.

No sé por qué tengo la sensación de que ella escribió el guión que interpretamos. Que en lugar de decirme adiós, me dejo creer que era yo quién le decía lo mismo. Norma, Norma... ya no tengo manera de preguntártelo. 

jueves, 24 de enero de 2013

Hay letras, hay cine, hay Cartagena... para rato

La apertura del Hay Festival este año estuvo a cargo de Alex de la Iglesia, director español de varias películas, entre ellas: El día de la bestia. En diálogo con Roberto Pombo, director de El Tiempo. El auditorio,  en su mayoría virgen frente al trabajo del director, no tuvo que hacer mucho esfuerzo para entrar en conexión con él a través de una filosofía que, aún siendo pesimista, estaba cargada de humor. Maravillosa manera de abrir el Festival. Reflexiones no menos profundas sobre la dictadura de Franco, el cine norteamericano y la labor de director estuvieron presentes. La figura del payaso, importantísima para De la Iglesia fue ilustrada de una manera con la que muchos nos identificamos. El humor como violencia, o el humor como defensa: una valiosa reflexión para quienes utilizamos ese recurso en nuestros procesos creativos. De verdad que me sorprendió gratamente encontrar la visión de un director en un acto de apertura  de un festival literario que cada vez demuestra más que las fronteras de los géneros son difusas, que lo mismo da sí es poesía, cuento, novela, guión, porque a la larga todos están en procesos de búsqueda y confrontación.
Y sí, hay letras, hay cine, Hay Cartagena... para rato. 
  

sábado, 19 de enero de 2013

Los aretes que le faltan a la luna


                                        "Los aretes que le faltan a la luna los tengo guardados en el fondo del mar"

Me pides los aretes y sólo puedo responderte con la verdad: no sé bucear. ¿Dónde están? En algún arrecife, en la aleta de un tiburón, en la boya de la próxima bahía... lo mismo da. Los aretes que le faltan a la luna nunca aprendieron a brillar. Dos ópalos alargados y acróbatas cualquier día se aburrieron de la noche y la fanfarrona blanca y tan pronto la supieron dormida, en complicidad con un levantamiento de polvo del mar de la tranquilidad, se precipitaron a la tierra, a la costa. Entonces yo, que le sacaba lustre a mi batea y preparaba la fruta del domingo solté un Madre mía que se oyó en varias playas.  Rodaron los mangos, las papayas, zapotes, patillas, y nísperos...  si los solté todos al tiempo. ¡Madre mía! Cuando cayeron los aretes se alzó la marea y si no es porque me llegan a los pies, no los veo. Tuve que arrodillarme y palparlos: fríos y lisos. El sonido de las carpas fue el único testigo de mi descubrimiento. Quise enterrarlos pero habría sido inútil. Las olas tarde o temprano los habrían destapado y no quería que nadie más se los llevara. Le pertenecían al mar, a la costa. Sin pensarlo, me metí con todo y delantal a las corrientes que tiraban a la izquierda; caminé hasta que el agua había sobrepasado mi cuello y me sumergí con los aretes sin poder ver nada por unos pocos pasos. Cuando necesité aire quise subir y los ópalos me lo impidieron. Solté uno y ni así pude ascender. Solté el otro y casi me ahogo al enfrentarme de cerca a un espolón. Le pedí todo a mis brazos y regresé a la orilla mientras la luna despertó gritando: ¡Me robaron, me robaron! No mire para arriba, ni para atrás, tomé mis frutas, mi batea y supe que jamás trabajaría en otra playa. ¿Dónde están los aretes? Sumergidos allí donde la luna los busca.

Y dice ser actriz

Fotografía: Marco Ramírez

Luces, cámara, acción: Acelera. No. Frena.
¿Cómo quieres que me imagine dentro de un auto si estoy contra una pared?
¡Eres una actriz Orietta!
¿Me describes el auto quieres?
Así no vamos a llegar a ningún lado.
¿Y es qué podíamos llegar a algún lugar?
¿No has visto las producciones americanas con su pantalla azul o verde? ¿Cómo crees que filmaron la Guerra de las Galaxias?
Depende del episodio.
Corten.


viernes, 18 de enero de 2013

Monólogo encriptado

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Alguien por favor ayúdeme a pararme. Me duele la mano izquierda después de tres décadas, cuatro meses, y seis días en la misma posición. Por fortuna la piedra no se gangrena, porque de lo contrario hace rato me habrían amputado con un cincel. A sol y agua, ¿quién dijo sombra? Sólo estoy bajo la sombra cuando pasan nubes lo suficientemente amplias y generosas como para tapar el sol sin desatarse en tormenta. Nací vieja. Bueno, adulta. No sé lo que es un cambio de ropa y mucho menos un labial o un par de sombras. Creo que mi rostro es aborrecible porque una mantilla lo ha cubierto siempre. Hago parte de la tumba de alguien más. Sí ese alguien más tiene que pasar por encima de mí para salir hacia el cielo... creo que no lo hará nunca. O tiene un espíritu muy pobre porque no he sentido ni la más leve cosquilla en todo este tiempo. Aquí vienen son los estudiantes y los fotógrafos a retratarme. Una parada obligada del Cementerio de San Pedro. No sé qué les atrae de mí.... honestamente debe ser el temor; pensar que ellos también podrían ser algún día el modelo de un escultor para una cripta. ¿Podrían? Qué va. De seguro también les taparían el rostro para que olvidaran quiénes fueron. ¿Vas a ayudarme a pararme? Te advierto que no sé si este simulacro de piernas  responda pero necesito huir. Quiero salir erguida y a plena luz del día dejando aquí sólo la mantilla. Y sí, he contemplado la posibilidad muy real de que debajo de la mantilla no haya rostro. ¿Pero y qué importa? Nunca lo he tenido. No me hará falta. Será divertido esconderme tras otro sarcófago y ver llegar al próximo tour de estudiantes esperando encontrarme entre los mausoleos para hallar sólo una mantilla de piedra, sin mujer que la sostenga. 

Boa Constrictor


Fotografía: Marco Ramírez


Te ha hecho añicos un abrazo. Lo siento. Mentiría si te dijera que no supe medir mi fuerza cuando en realidad me dio tanta alegría verte que no noté que te estabas poniendo pálido. Continué apretando ese cuerpo tuyo, recuerdo mío del cariño puro y me sentí tan plena, tan alegre, que olvidé la austeridad. De repente los puentes que habíamos construido entre tus ciudades y las mías se vinieron abajo y la sacudida no me despertó. Continué abrazando tu yo presente sin hacer preguntas y sin mirar tus ojos que para ese entonces ya habían blanqueado los edificios y las nubes. No quería soltarte ahora que tu calor estaba tan cerca y los monzones de mi vida por fin me habían arrojado  a ti.  Entonces tu temperatura cambió y cuando pude sentir el cambio te miré extrañada. Noté que tu cuerpo estaba rígido y que ya tu voz no se defendía.  Eras sólo un cuerpo que había venido a decirme algo, un adiós...quizás, y yo que solía hacer bromas sobre ti al decir que estabas como para comerte... me quedé impávida frente a tu cuerpo, todavía fresco.
A mi boa le gustan los malvaviscos asados en chimenea.

martes, 15 de enero de 2013

Agrédeme

Fotografía: Marco Ramírez

Agrédeme. Finge no quererme. Vamos. Tú puedes. ¿Para qué? No tengo que pretender lo que es real. Déjame, mejor enciendo un cigarrillo. Humo... nada mal. ¿A qué viniste? ¿Crees que siento placer al rechazarte? Se extinguió, ¿no entiendes? Nada podías hacer, tampoco hiciste nada mal. Así soy. Consumista quizás. Llámame como quieras, igual, no me dolerá. ¿Insensible? Tal vez. Hace años que no me preocupo por mi sensibilidad. Comparto lo que tengo, vivo como puedo, no miro atrás. ¿Que si te amé? ¿Para que me preguntas eso? Además quién se inventó eso de que una pregunta no puede devolverse con otra. Se me antoja. Una pregunta es lo que tendrás por respuesta. Si no supiste si te amaba cuando estuvimos juntos ya no lo sabrás nunca. Se hace tarde, debo madrugar. ¿Un trago? No, paso. Lo dejé. Desde el 31 por supuesto. No te rías, tengo que dejarlo. Y tu madre... ¿cómo sigue? a ratos pienso que lo más adorable de ti, era tu vieja; no te ofendas. ¡Está malita, qué vaina! Me la saludas cuando vayas a visitarla. ¿Cómo que ya no vas porque te peleaste con Santiago? ¡No jodas! Se acabó el cigarrillo. Debes irte. No, no te dejaré arroparme. Eso fue antes... Vamos, no me indispongas, vete ya. 

No, no puedo, quiero que me abras las cortinas, una vez más. ¿Por qué te dio esa manía de llamarlas cortinas? Se llaman piernas Javier y no voy a abrirlas para ti esta noche. ¿Por qué no? ¿Estás con alguien? ¿Ves al hombre invisible por aquí? Me estás haciendo enojar. Quiero dormir, ya te dije que tengo que madrugar. Entonces dame algo para recordarte. ¡Qué! ¿De qué color te la fumaste? La verdad, de los siete colores que tienes en esa manilla de tu muñeca.


lunes, 14 de enero de 2013

Perdida sin referencias


Fotografía: Marco Ramírez

No le gusta barrer y prefiere no perder el tiempo en trapear. Está desempleada hace más de ocho meses y para no reconocer que su casa se cae en mugre, se tumba en la cama a leer después de recoger los sobres con los extractos de las tarjetas de crédito que ha usado hasta el límite. No sabe con qué va a pagar; por eso no los abre. Por eso prefiere continuar leyendo a Alexandra Samper, aunque se sienta un poco triste porque el libro de relatos se está por terminar. ¡Qué mala pata! ¿A quién se le ocurre un cuento así? Ay, pero si no es de un papero... Un momento por favor, ya voy. ¿Quién timbra a esta hora? Se asoma por el ojo y es de la administración. Otra cuenta más. No, no por favor. Toma aire. Doña Gloria: ¿Puedo bajar a hablar con usted dentro de una hora? No, ya me voy y necesito que me de una fecha, ¿cuándo piensa pagar los meses atrasados de administración? Estoy en eso, créame que en eso estoy. Le advierto Lina María que sí no cancela antes del 20, nos vamos a cobro jurídico. Me queda claro. ¿Algo más? Sí, por favor riegue sus matas o bótelas, su balcón es un lunar en esta urbanización. Se va. Eso sí no me lo esperaba: ¿Mi balcón: un lunar? Entonces mira hacia afuera e intenta calcular cuándo fue la última vez que regó las matas. Eso no es como barrer. Ah y con esta sequía de mierda, sí, debió prestarles un poco más de atención. Ahora cómo las saca, si pesan... que se joda la administración. El noticiero es reiterativo en el estado reservado sobre la salud de Chavez. ¿Será que a él, igual que a Bolívar, lo que lo enfermó fue la oposición? "¡Vámonos! ¡Vámonos! Está gente no nos quiere en esta tierra..."  Se me está acabando el yogur. Hace menos de quince días le pedí plata a mi hermano y fue claro en no querer verme pronto otra vez. Julián, Julián ya no me ama. Lo que siente es lástima por mí. Por meterme con él en la oficina es que estoy sin trabajo. Recursos humanos no pensó mucho, entre el ejecutivo con trayectoria de 12 años y la primípara ingenua, me eligió a mí. Da lo mismo si me abro las venas, me cuelgo o me tiro por el balcón. La última entrevista que presenté fue hace mes y medio. Muy cordiales, prometieron llamar y es obvio que no pasé la maldita prueba 16PF de la que ya me sé el nombre y las primeras diez preguntas. ¿Qué sigue ahora Lina María? Si mi madre no me hubiera dejado este apartamento estaría en la calle. Si tan sólo lo pudiera vender... Lo grave es que no tengo ni para la administración, ni para los servicios. ¿Subsidio de desempleo? Ya reclamé y gasté mis cesantías hace rato. No tengo hijos. No tengo ex. No tengo amigas. Estoy como el papero, pero lo que necesito arrancar, es la vida misma. 

1998

Su cosecha de recuerdos de ese año tiene como referente a un hombre de cabello oscuro y ojos de aceituna. Un diseñador... de espacios, flores de metal, objetos psicodélicos e incluso, moda. Lo conoció una noche en un bar de música caribe, allá en la calle 10A detrás del portón donde había fila para entrar y anuncios de variados cócteles con luces incandescentes. Llegó a la mesa con otro amigo y la música era tan fuerte que se hacía casi imposible conversar. Ese amigo no quiso bailar y pronto fue presentada a los demás miembros de la mesa. El diseñador tenía una camisa divertida, de flores, su altura era exquisita y su delgadez tentadora. Le ofreció la mano para bailar y ella no se negó, cómo podía negarse. Se levantó con prudencia y le siguió el paso en un merengue común. Intercambiaron nombres y profesiones y la chispa de él fue un augurio de alegría. "...should I stay or should I go..." a mala hora sonó la canción despedida. Las flores se veían cálidas y ella quería recostar su cabeza en aquel jardín. Prometió llamarla y cumplió su promesa. Durante dos meses se frecuentaron en sitios poco comunes que a él lo devolvían a la infancia y a ella a ratos le recordaban a Plaza Sésamo. Un festival de poesía sucedió y ella, que había participado con unos fragmentos, no supo leer que había escrito su destino al decir: "en el amor, mi error es ponerme demasiado en sus manos, entregarme al instante como abono anticipado, olvidando que es mejor por cuotas, regalitos mesurados" Terminó. Aún ahora es difícil explicar qué sucedió. A ratos ella observa con distancia esa cosecha y no sabe cómo sonreírle. No tiene su número y ya perdió la costumbre -también infantil- de caer sin avisar. Es entonces cuando el pasado regresa con ternura en la primera página de un diario que él le regaló:
                Toda la noche soñé que te abrazaba
                Cuando desperté
                estaba abrazando la "almuada"
                ahora sé que mi "almuada"
                tiene tu nombre.


viernes, 11 de enero de 2013

La hija del relojero


Esperaba verte horas atrás. ¿Qué te ha retrasado? ¿Mi padre? No puede ser. Rara vez conversa con uno de mis amigos, es más, dice que sus hijas no necesitan casarse. ¿Puedes creerlo? Creo que estar encerrado tantas horas en medio de tic-tacs le ha afectado el entendimiento. Ya debes saber que es joyero. Ah, te lo ha dicho... ¿y qué más te ha dicho? ¿Te habló de mí? ¿Cómo así que tú le hablaste de mí, quién te has creído? He aceptado que me visites, no te confundas. Mi padre tiene razón, las mujeres de esta familia tenemos mucha más madera que ser simplemente, las pretendidas de alguien más. ¿Que si me gusta Medellín? ¿Por qué no habría de gustarme? No he viajado mucho, te confieso. Me gusta el mar. ¿Mi mano? Espera un momento. Has dicho que hablaste con mi padre, ¿dijo que sí? Dijo que sí a lo que tu dijeras. 

Se levanta, deja las flores en una canasta; camina por el corredor y mira al cielo. 

-Ven mañana.

No podrá dormir eso es seguro pero no puede responder tan pronto. Gladys... ¿Dónde carajos se metió su hermana?¡Mamá! ¿Qué se hizo toda la gente de esta casa? Ahí está papá. Me tendrá que explicar qué hacia hablando con un cachaco de mí y cómo es que el cachaco lo convenció para tener la osadía de pedir mi mano. Papá, tenemos que hablar. Ahora no Rosi, ahora no. ¿Y entonces cuándo? Cuando hayas decidido por ti misma. Es un buen muchacho. 

Desde entonces: cinco hijos, nueve nietos y un bisnieto agradecemos la decisión que se tomó aquella noche. 


miércoles, 9 de enero de 2013

Un ojo en las nubes del campo

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Hemos ido a recorrer las tierras que en otro tiempo ocuparon los ancestros y al mirar el paisaje un ojo desde las nubes nos observa. Ojalá pudiera decir que nos sonríe pero un solo ojo, un cíclope, que vigila. A ambos lados del terreno corren quebradas con nombres curiosos y cauces traicioneros. De los frutales generosos, sólo queda un árbol de guayaba con una cosecha a ras de piso. Sin embargo el olor es inconfundible; nos devuelve a la infancia con jugo y a la caña que ahora no vemos porque el trapiche queda más lejos. La vista es hermosa. El pueblo, al fondo, no se parece a ningún pesebre que haya visto pero podría ser la escala de un pesebre imaginado por alguien más. Por el ojo quizás. Este año llegaron los reyes y se quedaron preguntando que había ocurrido con el ferrocarril del pueblo. ¿Qué tal? Reyes Magos preguntando por ferrocarriles que son parte de museo para nuestra generación. Están lejos de su destino oriental. Debe ser por eso. ¿O se desviaron? Una brújula averiada les habría dicho que estamos en oriente y este año... habrían roto el peregrinar y el pesebre se habría quedado inconcluso y el ojo... el ojo sería alguien desde arriba llamándoles la atención. 



Haber sido yo


-¿Quién es ella?
-Dice haber sido yo.
Es extraño. No entiendo por qué dice: haber sido. ¿Ya no es?
-Dice que no.
-¿Cómo dice?
-Me habla sobre el pasado.

Esa mañana se había despertado ansiosa por una cita que no calificaba en laboral, ni de amistad, ni de nada. Una cita artística por así decirlo. Conocería a un fotógrafo que le haría un par de retratos que a su vez servirían para una bitácora corporal que en ese entonces tenía nombre de cocina y orientación difusa. Una novela estaba por escribirse y ya los personajes tenían nombre, voz, figura y temperamento. Ella estaba repleta de muchos y quizás por eso es que me dice que un momento pudo haber sido yo.

Ahora que miro la foto creo que no soy  yo ésta que posa aquí. Creo que es otra que me habita y que está haciendo de todo, menos posando. El vacío que mira mientras el lente la captura, tiene el nombre de su soledad. Con el hombro pretende decir: no me importa y con esa risita esconde el pudor. Sí le importa y sí siente pudor. Luce algo aprehensiva esta mujer. Piensa en no querer soltar lo que no le pertenece. El reloj en su muñeca fue un regalo de su padre que no se quita ni para dormir y el anillo... debió tomarlo minutos antes de recibir su visita.

¿Retrato? Hasta donde sabía los retratos eran fotos de postura recta y caras agrias, casi siempre de frente a la cámara; no este ejercicio de mirar lejos y pretender estar sola. "Es ridículo" -se dice a ratos. Pero le da pena con el recién conocido amigo por la seriedad con que asume su trabajo. ¿Cómo fue que la contacto? Ah sí, la amiga de una amiga. Ahora piensa es si será acertado incluir fotografías en su trabajo. A ratos lo hace pero se pasa ratos en internet antes de encontrar una que se ajuste a lo que está buscando. Además el proceso es inverso, primero escribe, luego busca una imagen compatible. Ahora quiere que sea viceversa, que la imagen también le sirva para moldear una historia.

-Ya te puedes parar.
-¿Ya?

Una en mí se queda con la cabeza recostada en la almohada mientras otra hace las pocas posturas de yoga que conoce para que él retrate... mi espalda.



martes, 8 de enero de 2013

Ay capricho, el de nadar desnuda


Quiere nadar desnuda porque desde niña le enseñaron a esconder su cuerpo. No quiere una playa nudista, en parte porque le da fastidio que las algas se peguen a sus pies y también porque le molesta que la miren más del tiempo justo. Odia tener que enfrentar unos ojos de hombre después de haberlo visto hacer casi una mamografía a distancia con sus senos. Y la sal para nadar, no es igual.  Por eso, va a aprovechar que le prestaron una finca cerca de la ciudad para entrar a la piscina desnuda cuando caiga el sol. Es climatizada, así que el frío no le preocupa. No hay algas. Se lleva entonces las manos detrás de la cabeza y recuerda esas primeras lecciones de cuando aún era niña: pone las piernas muy juntas, se para derecha y después lleva las manos al frente para el clavado. Lo hace con gracia. Abre los ojos tan pronto entra al agua porque nunca le gustó nadar de ojos cerrados. Su madre se la pasaba regañándola por el exceso de cloro pero verse los ojos rojos era secundario después de horas de diversión a pesar del incómodo vestido de baño que se iba haciendo más difícil de manejar con los años porque se tragaba y su madre no entendía que ya era hora de comprar de dos piezas. Ahora hasta las dos piezas se quedaron en la maleta. Cruza la piscina en menos de dos minutos. No es que sea grande. Es precisa. Y... cuando menos lo espera escucha múltiples croar: croa, croa, croa. Nadie le advirtió de ranas o sapos. Nada entonces hasta la esquinita donde tiene su toalla y espera en silencio. Croa, croa, croa. El primero de ellos se lanza al agua. El asco la hace gritar. El grito atrae al mayordomo. 
-¿Esta usted bien? -le pregunta. Venga le ayudo a salir.
-No... ayúdeme más bien sacando al sapo.
-Pero su merce, no ve que la piscina se llena de sapos por la noche. Este es sólo el primero.
No puede ser. ¿Será que ya se dio cuenta que estoy desnuda? No pude disfrutarlo el baño ni una piscina completa. ¿Ahora qué? 
-No, tranquilo, vaya que yo ahora me salgo. No se preocupe.
-¿Esta segura?
-Sí, sí, cualquier cosa yo lo llamo.

Espera entonces unos minutos y sale de la piscina con agilidad para enrollarse en su toalla. Ve entonces como los sapos comienzan a llegar y se lanzan uno a uno al agua tibia. No puede más que sentir envidia por aquellas pequeñas criaturas que se bañan desnudas, todas las noches en la piscina que hoy, al menos, iba a ser toda suya. 

El amanecer de la comadreja

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Amanece. Puedo sentir el olor del rocío, escuchar el silencio que llega a su fin. Un gallo coqueto y travieso se alegra con el sol: una noche más, sobrevivió a la comadreja. Los mayordomos creen que lo que se lleva las gallinas es un perro o una "chucha" pero qué va... es una comadreja. Alguien debió importarla como mascota exótica y perderle por estupidez. Ahora ella vive a sus anchas con un solo gallinero que le sirve de club de tiro para jugar al roedor y su presa. Sin embargo, nuestra comadreja está triste. Es obvio que vive sola. No tiene con quién aparearse y no verá eso que llaman: descendencia. Por otro lado están los perros. Lo que para ella son las gallinas, lo es ella para los perros. La persiguen con ansías porque digan lo que digan, aún son cazadores, y estar echados en los pasillos de fincas que nadie visita durante semana, más el calificativo de "perros de compañía", les fastidia, enormemente. La cabeza de alce que hay en la mitad de la sala, no es más que un adorno que los dueños trajeron de un viaje a otras tierras. Entonces, para divertirse... está la comadreja. El otro día le siguieron el rastro durante dos horas, hasta que se cansaron y ella, que también es trepadora, no encontró más remedio que subirse a un árbol para despistar a los sabuesos. Quedó exhausta por supuesto y entonces comenzó a planear la manera de hacerse a un pollito, que resulta ser, su presa favorita. ¿Cómo entra al gallinero? Tiene un túnel que no le han descubierto. 
Cae la noche y corre hacia el gallinero. Llega hasta su entrada secreta y cuando sale con un pollo en la boca... un sólo perro la espera en posición de ataque, mostrando los dientes ferozmente. Puede correr pero prefiere hablarle al temible can. Entonces suelta su presa y erguida mira a su contrincante a los ojos. Entonces en un idioma nuevo le dice:
-Todo puede acabar esta noche. Pero, ¿y después? No tendrás comadreja para perseguir.
-El can de orejas largas la escucha. Es cierto. Llegar con ella como trofeo para sus colegas será una satisfacción momentánea de la que, sin duda hablarán un par de generaciones pero... y luego qué. Entonces se atreve a hacer una confesión: Me gusta el pollo.
-Con todo gusto.


lunes, 7 de enero de 2013

No envíes a otro a cuidar tus exámenes

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Para garantizar que el niño haga su tarea, sus monjas maestras le han dicho, que el Santo Padre, vigila desde atrás. Le han dicho también que pasa un reporte de los niños que hacen trampa y por eso muchos sacan uno en los exámenes. Él no ha dicho nada. Se ha ocupado en presentar su prueba de matemáticas. Le va bien con los números así que la termina rápido. Le preocupa es el Santo Padre. Tanto tiempo allí y no lo ha visto comer ni moverse. Parece estar en medio de una bendición pero y...¿para quién? Ojalá y no sea para él. En su casa, madre habla de otras cosas. De la madre tierra y los antiguos dioses. No sabe cómo es que madre sabe tanto de mitología pero eso es lo que le enseña. En su casa nunca se ora; no se dan las gracias por los alimentos ni se habla de un angelito de la guarda. Estas monjas creen que no sé. Tienen al pobre padre pintado en la pared para dar miedo. Yo no le temo. Creo más bien que le está haciendo falta un bigote. Es entonces cuando se levanta de su silla. Se para en ella y con el lápiz negro le pinta un hermoso y grueso bigote. Para cuando llegan las monjas no saben qué hacer. Corren de un lado a otro como gallinas blancas. Y es entonces que aparece la madre superiora. 
-¿Qué estaba usted pensando?
-Sí el Santo Padre se preocupa tanto de nuestros deberes al punto de avisarles si hacemos trampa, pensé que les avisaría tan pronto pusiera mi lápiz en el lienzo. Creo que alguien nos ha estado diciendo mentiras.
-¡Insolente!
-¿Quiere que llamemos a mi madre?
-No hará falta.
Ahora serás tú quien cuide los exámenes. 

domingo, 6 de enero de 2013

Negligencia

Fotografía: Marco Ramírez

Se derritió esta cubeta de ciudad. A las seis le han faltado minutos para seguir disparando sol. Todos han querido lucir sus cuerpos lánguidos y a la moda y hay mujeres que darían todo por maquillar sus estrías o cubrir de polvo la celulitis que aún así, las ataca. No quiero moverme. Ni siquiera me tomé el trabajo de untarme bronceador. Ardí. Vi como el sol me incapacitaba en unas horas y sus quemaduras -que no se parecen a ningunas otras-  casi me obligan a pedir ayuda. No, no lo hice por pura negligencia. Quise comenzar el año con el cuerpo ardido por fuera como señal inequívoca de la erupción que me carcome por dentro: no estás... Hace un año; era otro cuerpo lánguido alrededor de una piscina, con cerveza en la mano y lentes rayban cantando vallenatos y ofreciéndote mi boca como pasante de vez en cuando. Cachacos en una costa inventada, con mariscos importados, y agua de coco como bronceador de última generación. La arena después del mar, quedaba incrustada en los lugares más propios y brincar o sacudirse era inútil, sólo una ducha podía intentar llevarse la sal. Y entonces, nos bañábamos juntos y nos reíamos del mugre en la oreja o los puntitos negros que no vimos al entrar. Cartagena. Allá debes estar. Tendrás la misma cerveza y otra boca te besará. Estarás mirando un atardecer parecido al mío pero tú no te quemas ni te ardes así no uses bronceador o antisolar. Tu piel tiene el color de la noche y tú los ojos de quien no duerme. 
Por suerte tengo el ipod y mi música, no escucho las conversaciones de nadie. Nadie me oye pensar en ti.   
-¡Verónica! 
Me quito uno de los audífonos y respondo: ¿Sí mamá?
-¿Pero te has visto hija? Vamos, te entras ya. 
-No tengo quince años mamá.
-Parece que los tuvieras.
-¡Pero sí te has ardido!
(es lo que quería)

sábado, 5 de enero de 2013

Juega con el pelo


¿Qué hace ahora? Juega con el pelo. Está aburrida. La veo sentada frente a su computador sin mirar la pantalla. No chatea eso es seguro. ¿Qué leerá? Alguna noticia o una nueva dieta... ¿quizás un poema de un autor francés? ¿Qué piensa una mujer cuando juega con el pelo sin saber que un fragmento de mundo la observa? Es bajo esto que hago, andarla espiando como exnovio celoso cuando nunca tuvimos más que una conversación virtual. Cuando le dije que necesitaba conocerla me eliminó. De repente ya no estaba más en mi lista de contactos y tenía un bloqueo para establecer conversación. Qué mierda esto del facebook y las nuevas formas de acercamiento humano. Era más sencillo cuando una prima te presentaba a una amiga que a su vez tenía otra amiga que por alguna razón, gustaba de ti. Ya una palabra puede echarlo todo a perder. No una conversación o una salida... una palabra. Se ve bella hasta en verde. Y mira esa forma como mueve el índice en su cabello... ¿Estaría mal si me presento? Si voy hasta su departamento y le digo al portero que conozco a la chica del 1002, que sí, su nombre es Marta y su apellido... espera un momento, cómo es que no me acuerdo. Marta... pero si chateamos tantas veces a la media noche, si discutimos películas que vimos por separado, si hablamos de libros que habíamos leído, Marta...Qué memoria la mía. Pero es que ahora nada facilita la memoria: los teléfonos fijos son de siete dígitos, fácil; los celulares parecen una ecuación aritmética: 10 dígitos. Y sí, son sólo tres más, pero uno no cae en cuenta que debe aprenderse el número por sí las moscas. Un momento, se levantó. No ha apagado aún su pc... Verde. Verde. Verde...

viernes, 4 de enero de 2013

Subámosle la temperatura

No llamó. De las dudas al ocio. Del ocio a la ducha. En la ducha el calor. Una esponja se pasea tímidamente por su cuerpo mientras el último tinte del enjuague reciente hace ríos chocolate por su piel. Está sangrando café y esa sangre viene de sus ideas. No llamó. Son las diez. Tiene apenas el tiempo apropiado para llegar al bar y hacerse a un buen puesto. Paulina, su amiga, llamó cinco veces a preguntar que entonces qué. Como si  ella supiera. Al final se metió al baño para no oír más preguntas. Pero si la pasamos bien... si me llevo a su casa... si tuvimos sexo... ¿Será que no le gusté? Tal vez soy muy delicada, tal vez le gusta sexo más rudo. ¿Por qué está pensando eso? Debió ocurrírsele mejor, leer un libro o al menos distraerse con esas revistas de farándula. No. Mejor no. Siquiera no hizo eso. Se habría puesto peor con las falsas caras felices. Con las noticias de bodas y noviazgos porque seamos francos, esos sería lo único que habría visto. Lo demás lo habría dejado pasar y no se habría dado cuenta que el enamoramiento dura poco, que luego vienen las discusiones, los pleitos y si hay matrimonio, los divorcios. Es mejor no estar divorciado de nadie. Qué afán de compartir una cama cuando se es feliz en una sencilla y no hay que pelear porque el frío hace insuficientes las cobijas. El jabón perfumado está en sus manos. Lo frota con una sencillez adorable. Se lo pasa por partes que vienen con aroma propio y se toca así misma como a una extraña. Pareciera que bañarse es un deber. Quiero gritarle que lo disfrute pero está ensimismada pensando en el imbécil que no la llamo para ir a bailar. Su cabello ya lleva dos tandas de shampoo y ahora es el turno del acondicionador. Huele... a frutas. Durazno. Sí. Huele a durazno. Sus largas pestañas se ven hermosas con el agua. Su nariz, retiene a ambos lados pequeñas gotas que quieren quedarse a jugar con ella. En todo el tiempo, no ha abierto la boca. Tal vez piensa que se ahogará en su tristeza. ¡Qué torpe es! Sus caderas soportan agua más caliente, da la espalda y sube la temperatura. No le importa que le salgan rosetones ni que digan que lo que sube la cola es el agua fría. ¿Cuánto lleva en la ducha? El espejo está empañado. Ya es hora. Cierra la llave y sale con dos toallas, una en el cuerpo y otra en el cabello. Elije un pantalón de cuero negro y un top del mismo color. Se viste a toda prisa. Toma el secador pero está de malas... se fundió. ¿Salir con el pelo mojado? Le toca. Se hace una cola, se maquilla ligeramente, se echa perfume y toma el bolso con sus documentos. Pide un taxi y se va. 

¿Con qué aquí estás? -lo ve tan pronto llega al bar.

Llamará o no llamará

Fotografía: Juan Cano

Le prometí que tomaría las cosas con calma y estoy haciendo mi mejor esfuerzo. Son las dos y media de la tarde y no me he asomado por la ducha para no tener que pensar en arreglarme. Todo depende de si nos veremos o no. Los viernes son terribles con esta incertidumbre de por medio. Era más sencillo antes, cuando me arreglaba para mí, para ir al bar, para dejarme seducir por la salsa sin importar quién me invitara a bailar y cuánto o no supiera de salsa. Tomé lecciones desde antes de cumplir quince. Quería dominar todos los géneros para no quedarme parada en la pista sin saber qué hacer. Aprendí porro, bolero y hasta uno o dos pasos milongueros. Ahora siento que no sé bailar. Qué mis pasos se fueron con él. Que esa frase de me roba el aliento, me sale. Que usa rojo para llamar la atención y que en verdad le queda porque  todas nos quedamos mirando casi casi, confundidas. Pero el me invitó a mí. Yo dije sí. Y su mano en mi cintura dibujó tantas cosas que lamenté no haber escogido una camiseta que me tapara el ombligo porque mi piel se gravó al instante su manera de hacer caricias. No bebo. Creo que es una mala costumbre. A palo seco todo entra distinto. Y la soda... sólo le agrega burbujas a la realidad que invento. ¡Que suene ese maldito teléfono! "Tomar las cosas con calma" ¿Qué significa eso? Debe ser uno de esos hombres que no se compromete con nadie y que huye tan pronto una mujer le dice ¿Dónde estabas? o ¿Por qué tardaste tanto? o ¿A qué hora nos veremos hoy? ¡Por Dios! ¿Por qué tenía que bailar conmigo? Adoro los hombres que saben bailar. Y no, no es por el mito de que aquellos que bailan bien, son buenos en la cama. Es porque tenemos algo en común. Porque podemos pasar horas juntos, sin hablarnos, mientras nuestros pies se sincronizan con la melodía. ¿Marco o no marco? ¿Y si no llama? Iré a bailar de todas formas. Mientras tanto: ¡música!