domingo, 2 de diciembre de 2012

Velos

De la mano de Jacques Derrida y Hélene Cixous leo: Velos.
Seis ilustraciones de Ernest Pignon en lápiz, de fragmentos de piel, manos y mantos; abren, cruzan, intersectan o velan mi lectura.
La pregunta de Derrida: ¿Cuándo nuestros ojos se tocan, es de día o de noche? me tiene asombrada. Nuevamente:
 
"¿Cuándo nuestros ojos se tocan, es de día o de noche?"
 
¿Cómo es que se tocan los ojos? Con la mirada.
¿Cómo se mira? Con el velo.
¿Cómo no se mira? Sin el velo, con el velo, sin tocar.
 
De repente siento que al igual que Cixous: he sido miope toda una vida. No fui a cirugía. Me dieron unos lentes grandes y amorfos. Uno de 0.75 y otro de 0.5 para corregir la postura visual cuando no, lo incorregible es el hábito con que miro.
 
¿Cómo es el hábito? Depende de lo que miro. A veces mi mirada se detiene en particulas que nadie si no yo, ve en el espacio cercano. Una serie de puntitos negros que parecen medusas danzantes y se mueven en la dirección en la que busco la luz. Esa es mi visión más cercana: un encuentro microscópico con energía sutil. También está la mirada de amanecer. Aquella que no se parece a ninguna otra porque es la que me dice que estoy despierta, no dormida, ni soñando. Me levanto siempre con el pie izquierdo, porque duermo de ese lado de la cama y es sencillamente más práctico. Y luego... busco la hora, el tiempo, quién está a mi lado, el calor de mi perro. Con mi perro tengo largas conversaciones visuales satisfactorias. No hay censura en sus ojos. Creo que espera que sea yo quien lo censure. A veces lo hago y me molesta pensar qué sentiría si fuera él.
 
Y luego están todas las miradas del día para las que una lista no sería suficiente. Pero sí me confieso aficionada a las miradas nuevas: a tocar ojos que jamás he visto y a lograr el hong rong de la sonrisa.
Sin palabras. Sólo con los ojos.
 
Qué bonito es tocar con la mirada. La mejor caricia. La más intrusa invasión.

 

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