jueves, 6 de diciembre de 2012

Tras las huellas de un portón

Fotografía: Jose Luis Ruiz
Quiero entrar con la mirada allí donde tu luz ha acariciado las sombras. Quiero saber qué hora era cuando el sol  hizo más verde al verde y el café tuvo que resignarse con la izquierda. Mi mano quiere tocar el alambre y cortarse apenas para tener un pretexto y llamar a la puerta;  pedir un leve auxilio en los ojos que abrirán. ¿Serán de una mujer joven, serán de un hombre, será una anciana? Tal vez ninguno de los anteriores porque un niño con uniforme de colegio me mirará con rareza diciendo "no es de acá". Tendrá razón y esperaré entonces a su madre para ponerle más acento a mi torpeza. Le mostraré la mano, una herida como excusa para establecer contacto; y ella me señalará el baño y yo repararé en las sillas de mimbre o el olor a chocolate recién hecho. El baño no tendrá espejo porque todavía hay gente que no necesita verse, ni siquiera para ocultarse. Me lavaré las manos. Saldré, daré las gracias y haré un cumplido sobre el portón. Ella sonreirá y dirá tal vez que su marido lo arregló hace poco. Yo pensaré en todas las cosas que tengo acumuladas esperando que mi marido las mire para arreglarlas y sentiré algo de envidia por la felicidad que ella emana al vivir al día. Si es curiosa, me preguntará que hago en el pueblo y yo le diré que estoy de paso. ¿Cómo mostrarle una foto de su casa en la cámara que llevo que fue tomada meses atrás? No me arriesgo a ser incomprendida. Le doy las gracias. Me despido del niño que no ha dejado de mirarme y cruzo el portón. Cuando salgo, el sol se ha ido. El café es más fuerte que el verde. El cascajo se hace polvo con un camión que transita. Truena. Regreso a mi auto y a mi solitaria historia. Entonces suena el celular y eres tú: ¿Dónde estás? -me preguntas. No me creerías -al menos no tuve que mentirte.

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