jueves, 27 de diciembre de 2012

Sin temor a los lugares comunes

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Pedí pasillo y no sé qué estaba pensando la niña del counter que me dio la ventana. Odio este puesto. No me caben las piernas. El morral adelante para rematar me quita espacio. El señor de al lado tiene cara de ser  de los que se duerme tan pronto el avión despega y para rematar: ronca. Ojalá no venga nadie y pueda cambiar mi puesto por el pasillo. Ya lo dije, odio la ventana y más cuando llueve, cuando el clima nos ha impuesto una tardanza de dos horas y creo que incumpliré todas las citas que organicé con cuidado. ¿Qué es la demora? Ya están anunciando que cerrarán compuertas. Por fin. Un ejecutivo llegó para mi puesto y al sentarse -con una sonrisa- derrumbó todas mis intenciones de pasarme. El avión va repleto. El de las seis lo cancelaron y aquí hay gente que madrugó mucho más que yo. Odio madrugar porque en realidad no duermo: me la paso mirando el reloj a la una, las dos, las tres hasta que es hora de levantarse y llamar el taxi. A veces me subo en el carro al aeropuerto pero cuando es tan temprano no. Siempre pienso que algo puede pasar, que una llanta puede pincharse y que de ser así perdería mi vuelo y mi paciencia. No puede ser, ya anunciaron leve turbulencia y el avión sigue en pista. ¿Seré parte de la caja de cereal voladora mientras me tomo un café con instacream? de ser así, mejor no pido nada de beber; con la suerte que tengo termino manchándome toda la camisa antes de comenzar el día y avergonzada cada vez que tengo que darle la mano a un nuevo cliente por no estar impecablemente vestida. 
-Señora, qué desea tomar: ¿jugo, agua, café?
-Nada, gracias.
Continúa lloviendo y el avión está en una cómoda posición horizontal. Suena la alarma de "es seguro desabrochar cinturones" pero jamás me lo quito a menos que tenga que ir al baño. El señor de al lado: ronca. El del pasillo, me mira en gesto de complicidad frente a la misma incomodidad. No me queda más que mirar una ventana lluviosa. Habla el capitán. Dice algo relacionado con la altitud y un municipio que se puede ver justo al otro lado del avión. No comprendo bien sus palabras, no sé si es el aire de la cabina pero siempre me da la impresión de que los hace hablar en letra pegada. Otras veces en cambio, creo que todos son costeños y se comen la s. No sé. ¡Uy sí me tocó atrás! A duras penas si veo las turbinas del avión. Sólo estas gotas oblicuas que parecen jugar imán con la ventana. Veinte minutos más y aterrizamos. ¿Cómo estará el clima de la capital? Este capitán parece leer mi pensamiento. Dice que la temperatura es de 18 grados. Al menos. El roncador se despierta y pregunta si ya pasaron con el servicio abordo, ¿qué tal? De pronto fue uno de los que más madrugó y yo aquí juzgándolo tan duro. Me sonríe y me pregunta la hora. Le digo que son las 9:10 a.m. y me da las gracias por un gesto tan sencillo. Sentimos el tren de aterrizaje bajar y  en minutos estamos en la pista. Al llegar, hay sol. La última gota imantada se escurre en mi ventana. 

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