lunes, 10 de diciembre de 2012

Mi Vikingo favorito


Mi Vikingo favorito tenía por Cartagena el muelle y a nosotros, sus hijas, como tripulación. Cada año por esta época el navío anunciaba recreo y aunque lo mirábamos en señal de reprobación no podíamos dejar de estar junto a él, junto a su magia, junto a su mirada que atracaba amor. Nunca supimos cuántos barriles de cerveza lo esperaban en la nevera ni cuánto hielo fue necesario para calmar su sed. Lo cierto es que sí, provocaba amarlo a cada instante, ser cómplice de sus desvaríos, alcahuetear sus cruzadas, mirar... allí donde sus ojos se confundían con el horizonte.
Lo escuchábamos contar la misma historia tres veces el mismo día; admirar la bahía como si fuera la primera vez que la viera; escuchar el mar y oírlo decir que hoy tampoco saldría porque las murallas no le ofrecían el mismo encanto. Pretendíamos entonces tentarlo con comida de restaurante y ni así... Su mundo era estar con nosotros, compartir el pastel que le había encargado especialmente mi tía Nena y gozar con la cocina que mi hermana Moni había preparado para el resto del día. Las butifarras le gustaban sin limón, el bollo limpio con mantequilla Alpina, el de yuca... no se lo vi comer.
La pólvora le parecía hermosa, la disfrutaba como un niño y sus abrazos de las doce el 31, no se parecen a ningunos que conozca.
 
Este fin de año, las vikingas decidimos no pisar la costa. Días antes, un pedacito se mudará a la montaña. Vikingas mayores  vendrán y recordarán a nuestro Vikingo adorado. Y en el recuerdo, todas tendremos no una, sino muchas imágenes que hablarán por él y la verdad, es que quizás, hasta me tome las cervecitas pensando en él. Entonces mi pequeño Vikingo me dirá algo sobre él y mi mirada dibujará una sonrisa que no es azul pero lo lleva siempre conmigo.
 

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