sábado, 29 de diciembre de 2012

Me gustan malos

Fotografía: Jose Luis Ruiz

-Míralo Pilar, dime si no es lindo. 
-¿Lindo? Vos estás loca mujer. Ese hombre lo que es, es más malo...
-Pero de dónde sacan todos que sólo es malo. Sí, se mantiene armado. Pero en estas tierras, por estos tiempos, ¿no tiene un hombre que mantenerse así para proteger a los suyos?
-¿Proteger? Ay Pilar, no te hagas la ingenua, que no te luce. Y párala ya con esa sonrisa. Se va a dar cuenta que estamos hablando de él. 
-Que se de cuenta. Mira, ahí viene.

-¿Por qué tan solas?
-Aquí esperando que pase un caballero y nos invite a una cerveza.
-Dos cervezas, ¡Cantinero!
-¿Y dónde piensan pasar año nuevo?
-Sobrevivimos a noviembre, algo hay que hacer para festejarnos entre tanto muerto.
-No lo hemos discutido aún. Es que Lucía no es de fiestas. Y los hombres, le gustan buenos, en cuerpo y alma.
-Eso sí es un problema. ¿Es verdad lo que dice tu hermana, Lucía?
-Por suerte o por desgracia.
-¿Y a ti cómo te gustan Pilar?
-Como vos. Malos hasta los huesos.
-¿Y quién te dijo que mis huesos eran malos? Vea esta sonrisa mujer... Mire este guiño de beso...
-Lástima.
-¿Lástima por qué?
-Porque no sos pa´mí. 
-Ah, eso sí es muy cierto. 
-Malo tenías que ser.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Sin temor a los lugares comunes

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Pedí pasillo y no sé qué estaba pensando la niña del counter que me dio la ventana. Odio este puesto. No me caben las piernas. El morral adelante para rematar me quita espacio. El señor de al lado tiene cara de ser  de los que se duerme tan pronto el avión despega y para rematar: ronca. Ojalá no venga nadie y pueda cambiar mi puesto por el pasillo. Ya lo dije, odio la ventana y más cuando llueve, cuando el clima nos ha impuesto una tardanza de dos horas y creo que incumpliré todas las citas que organicé con cuidado. ¿Qué es la demora? Ya están anunciando que cerrarán compuertas. Por fin. Un ejecutivo llegó para mi puesto y al sentarse -con una sonrisa- derrumbó todas mis intenciones de pasarme. El avión va repleto. El de las seis lo cancelaron y aquí hay gente que madrugó mucho más que yo. Odio madrugar porque en realidad no duermo: me la paso mirando el reloj a la una, las dos, las tres hasta que es hora de levantarse y llamar el taxi. A veces me subo en el carro al aeropuerto pero cuando es tan temprano no. Siempre pienso que algo puede pasar, que una llanta puede pincharse y que de ser así perdería mi vuelo y mi paciencia. No puede ser, ya anunciaron leve turbulencia y el avión sigue en pista. ¿Seré parte de la caja de cereal voladora mientras me tomo un café con instacream? de ser así, mejor no pido nada de beber; con la suerte que tengo termino manchándome toda la camisa antes de comenzar el día y avergonzada cada vez que tengo que darle la mano a un nuevo cliente por no estar impecablemente vestida. 
-Señora, qué desea tomar: ¿jugo, agua, café?
-Nada, gracias.
Continúa lloviendo y el avión está en una cómoda posición horizontal. Suena la alarma de "es seguro desabrochar cinturones" pero jamás me lo quito a menos que tenga que ir al baño. El señor de al lado: ronca. El del pasillo, me mira en gesto de complicidad frente a la misma incomodidad. No me queda más que mirar una ventana lluviosa. Habla el capitán. Dice algo relacionado con la altitud y un municipio que se puede ver justo al otro lado del avión. No comprendo bien sus palabras, no sé si es el aire de la cabina pero siempre me da la impresión de que los hace hablar en letra pegada. Otras veces en cambio, creo que todos son costeños y se comen la s. No sé. ¡Uy sí me tocó atrás! A duras penas si veo las turbinas del avión. Sólo estas gotas oblicuas que parecen jugar imán con la ventana. Veinte minutos más y aterrizamos. ¿Cómo estará el clima de la capital? Este capitán parece leer mi pensamiento. Dice que la temperatura es de 18 grados. Al menos. El roncador se despierta y pregunta si ya pasaron con el servicio abordo, ¿qué tal? De pronto fue uno de los que más madrugó y yo aquí juzgándolo tan duro. Me sonríe y me pregunta la hora. Le digo que son las 9:10 a.m. y me da las gracias por un gesto tan sencillo. Sentimos el tren de aterrizaje bajar y  en minutos estamos en la pista. Al llegar, hay sol. La última gota imantada se escurre en mi ventana. 

Ábrete sésamo

Fotografía: Jose Luis Ruiz

No seas tan avara con su silueta. Vamos, ábrete. Somos sólo un árbol y un arbusto queriendo ser ella. Aún es temprano, a esta hora las cobijas deben tenerla, no envuelta, sino por debajo de su piel blanca y perfecta. El poco sol que permite colarse le dirá que es de día y se levantará sin esfuerzo a abrir la llave del agua caliente. Moverá las cortinas y bajará rápido a prepararse un chocolate antes del baño. Se lo tomará en el balcón observando la represa y a aquel pájaro que llaman soledad y se mantiene haciéndole visita. Encenderá su celular y encontrará una lista de mensajes de texto y dos de voz. No mirara el correo tan temprano. Primero el baño. Se beberá el chocolate con ambas manos y pondrá el pocillo junto a la chimenea. Luego irá al armario y "pensará en qué ponerse". Mirará para afuera dos o tres veces antes de decidir que el lila sale con el clima o el clima se parece al lila que quiere para la blusa que eligió. El tono de jean, es el más oscuro en azul; las botas: grises. La ropa interior, acorde a la exterior. 
Ya viene, vamos, ábrete. Hoy es martes y todos los martes se lava el pelo. Entonces el baño es más largo y el vapor se termina antes de que ella se eche el bálsamo. Vamos, ábrete. Mira que a veces canta y desde aquí no se escuchan más que fragmentos de su canción. Y no nos importa si tiene buena o mala voz. Es su voz y eso es suficiente. ¡No puede ser! Ya hizo el movimiento de persianas con los dedos. Ya sus ojos se asomaron a nosotros y... no nos vieron; o nos vieron iguales a todas las mañanas: Un árbol y un arbusto anclados al paisaje que anhela mirar su cuerpo desnudo.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un proceso al origen

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Las letras han regresado al origen; se han aglutinado en las hojas del maletín de un hombre que viaja con sombrero. Han permanecido calladas e inmóviles hasta que el hombre se detuvo en un parque a morder una manzana y revisar un proceso penal que llevaba en curso. El viento, cómplice de una cruzada imposible, sacudió con fuerza el piso para hacerlas ascender hacia su destino. El papel quería volver a sentirse árbol, sin embargo las letras se sentían enjauladas en unas coordenadas donde nadie podía leerlas. Enjauladas y en riesgo, pronto llovería y la r se mezclaría con la e y la ñ perdería su elegancia y todas juntas tendrían que visitar a un psiquiatra para recordar cómo eran antes del diluvio y qué era aquello que querían transmitir. La hoja, sin embargo, es un marco fuerte y si su voluntad es permanecer en el árbol, de nada servirán los brincos de los puntos de las ies ni las frustraciones de las efes. Las hojas han querido regresar al árbol y a nuestro hombre parece no importarle quizás porque su sombrero es de fique y aún está sobre su cabeza. Si unas hojas huyen... otras pueden queren ocupar su lugar. Es así como deja el maletin abierto y se sienta a esperar.
Las letras, sienten que han ido a la horca. Le piden al viento que las devuelva a su sitio pero lo único visible es el agua que comienza a caer en gotas largas y espaciadas.
El caballero, cierra su maletin y busca un lugar con techo mientras se despide de un largo proceso en el que nunca tuvo pruebas convincentes para defender a su cliente. Quería demostrar que era el mejor en su categoría pero el viento le quito el peso de tener que reconocer que había armado un caso de la nada. Ahora el caso se desvanecía y tan pronto escampara iría a dar la cara -sin sombrero- para reconocer que, era el momento de perder y el cómo hacerlo era lo único verdaderamente diferente.
Antes de partir, tomó una fotografía de la evidencia -por si le preguntaban- y se marcho agradecido con el viento por haberle ayudado a tomar la decisión de la sensatez en lugar de la soberbia. Su cliente, una mujer, no estaría para nada contenta, pero no se hizo abogado para agradar a nadie. Si quería las pruebas... sólo tendría que buscar el árbol de hojas cuadradas en el segundo parque de Laureles. Al menos eso, sí tenía. La dirección exacta del archivo móvil.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Mi Vikingo favorito


Mi Vikingo favorito tenía por Cartagena el muelle y a nosotros, sus hijas, como tripulación. Cada año por esta época el navío anunciaba recreo y aunque lo mirábamos en señal de reprobación no podíamos dejar de estar junto a él, junto a su magia, junto a su mirada que atracaba amor. Nunca supimos cuántos barriles de cerveza lo esperaban en la nevera ni cuánto hielo fue necesario para calmar su sed. Lo cierto es que sí, provocaba amarlo a cada instante, ser cómplice de sus desvaríos, alcahuetear sus cruzadas, mirar... allí donde sus ojos se confundían con el horizonte.
Lo escuchábamos contar la misma historia tres veces el mismo día; admirar la bahía como si fuera la primera vez que la viera; escuchar el mar y oírlo decir que hoy tampoco saldría porque las murallas no le ofrecían el mismo encanto. Pretendíamos entonces tentarlo con comida de restaurante y ni así... Su mundo era estar con nosotros, compartir el pastel que le había encargado especialmente mi tía Nena y gozar con la cocina que mi hermana Moni había preparado para el resto del día. Las butifarras le gustaban sin limón, el bollo limpio con mantequilla Alpina, el de yuca... no se lo vi comer.
La pólvora le parecía hermosa, la disfrutaba como un niño y sus abrazos de las doce el 31, no se parecen a ningunos que conozca.
 
Este fin de año, las vikingas decidimos no pisar la costa. Días antes, un pedacito se mudará a la montaña. Vikingas mayores  vendrán y recordarán a nuestro Vikingo adorado. Y en el recuerdo, todas tendremos no una, sino muchas imágenes que hablarán por él y la verdad, es que quizás, hasta me tome las cervecitas pensando en él. Entonces mi pequeño Vikingo me dirá algo sobre él y mi mirada dibujará una sonrisa que no es azul pero lo lleva siempre conmigo.
 

jueves, 6 de diciembre de 2012

Tras las huellas de un portón

Fotografía: Jose Luis Ruiz
Quiero entrar con la mirada allí donde tu luz ha acariciado las sombras. Quiero saber qué hora era cuando el sol  hizo más verde al verde y el café tuvo que resignarse con la izquierda. Mi mano quiere tocar el alambre y cortarse apenas para tener un pretexto y llamar a la puerta;  pedir un leve auxilio en los ojos que abrirán. ¿Serán de una mujer joven, serán de un hombre, será una anciana? Tal vez ninguno de los anteriores porque un niño con uniforme de colegio me mirará con rareza diciendo "no es de acá". Tendrá razón y esperaré entonces a su madre para ponerle más acento a mi torpeza. Le mostraré la mano, una herida como excusa para establecer contacto; y ella me señalará el baño y yo repararé en las sillas de mimbre o el olor a chocolate recién hecho. El baño no tendrá espejo porque todavía hay gente que no necesita verse, ni siquiera para ocultarse. Me lavaré las manos. Saldré, daré las gracias y haré un cumplido sobre el portón. Ella sonreirá y dirá tal vez que su marido lo arregló hace poco. Yo pensaré en todas las cosas que tengo acumuladas esperando que mi marido las mire para arreglarlas y sentiré algo de envidia por la felicidad que ella emana al vivir al día. Si es curiosa, me preguntará que hago en el pueblo y yo le diré que estoy de paso. ¿Cómo mostrarle una foto de su casa en la cámara que llevo que fue tomada meses atrás? No me arriesgo a ser incomprendida. Le doy las gracias. Me despido del niño que no ha dejado de mirarme y cruzo el portón. Cuando salgo, el sol se ha ido. El café es más fuerte que el verde. El cascajo se hace polvo con un camión que transita. Truena. Regreso a mi auto y a mi solitaria historia. Entonces suena el celular y eres tú: ¿Dónde estás? -me preguntas. No me creerías -al menos no tuve que mentirte.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Esta noche: Perfil de Mujer



Hago extensiva la invitación de El Pequeño Periódico para el lanzamiento hoy del libro Perfil de Mujer.

PERFIL DE MUJER
30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO
Invitación
Diciembre 5 - 6:30PM
Torre de la Memoria – Biblioteca Pública Piloto

Tres piezas para piano de Dvorak
-Intérprete Catalina Echeverri Mejía
Conversación con protagonistas del libro

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Testimonio histórico, periodístico y literario
Esta obra, cuya carátula a todo color fue bellamente diseñada por Saúl Álvarez Lara, recopila las más destacadas crónicas escritas por Ángel Galeano Higua, Leonardo Muñoz Urueta, Nubia Amparo Mesa G. y Leandro Vásquez Sánchez, en las cuales se resalta el papel de la mujer en la construcción de nuestra cultura en los últimos años.
 
Desde figuras de gigantesca proyección, como Totó La Momposina, Débora Arango o Meira del Mar,
hasta anónimas mujeres que desarrollan sus sueños en el silencio de sus grandezas. Escritoras y
pintoras, maestras e investigadoras, periodistas y líderes sociales, pensadoras y artistas. Un compendio de los principales artículos publicados durante los seis lustros del periódico en su sección PERFIL DE MUJER y que ponen de relieve la inconmensurable fuerza creadora de la mujer.

El libro se proyecta como una huella histórica, periodística y literaria que da muestra de la calidad con que EL PEQUEÑO PERIÓDICO asumió su papel de medio cultural para un país donde se conjugan muchas iniciativas en pos de una sociedad con menos discriminación, más equitativa y armónica, donde la expresión individual ayuda a consolidar los sentimientos de solidaridad y fraternidad entre los colombianos.

Acompáñenos.

Más información en https://fundarteyciencia.wordpress.com/libros-fondo-editorial/

lunes, 3 de diciembre de 2012

La orquídea

Fotografía:  Juan Cano
 
Ha tenido que cerrar los ojos para no reconocer su miopía. Se ha obligado a no verte para amurallarse de ti. Mientras tu respiración sea corta puede fingir que está sola, que nadie mira y que no es vulnerable a tu calor. Pronto se vestirá con el día y las ropas la devolveran a la noche, al luto inagotable que se ha impuesto; a la ausencia de un color que sólo existe en los ojos de quienes miran con bastones y no han perdido a nadie.
Su mano derecha empuña una mariposa de plata que tiene planes de aire. El dedo anular pronto la dejará libre ante un descuido y lo único que adornará el cuerpo será un dije de corazón en una diminuta cadena alrededor del cuello. Una cadena y un dije que jamás habría sido un regalo tuyo porque aunque insistes en conocerla, ella sigue siempre será un misterio para ti. Y no precisamente porque sea mujer de guardar secretos. Es en realidad una mujer bastante simple. Guarda emociones. Sabe que no es sano y ha inventado fórmulas y retiros para dejarlas ir. Se ha aprendido mantras y los ha recitado con devoción para no tener que abrir los ojos y verte; y saber que ni tú ni ella son los mismos que una vez se amaron. Ha llegado a creer que es incluso peor y que jamás existió ese amor; que es cierto lo que dicen sobre la ilusión. Y entonces no hay consuelo más que la luz. Y entonces se da cuenta que hace meses, dejó de llorar.

 
El sonido de la puerta del baño la devuelve al instante de su despertar desnudo. En la cabeza hace un recuento de lo que debe hacer y la lista es tan corta que el exagerado tiempo libre la lleva al libro que está leyendo y a la fecha en que debe devolverlo en la biblioteca. Aún tiene tiempo... piensa entonces en las transacciones y los bancos, en la navidad y los aguinaldos por comprar, en los correos por escribir y siente una inexplicable necesidad de plantar algo. No le gusta podar. Cuando toma las tijeras siente que las plantas presienten el dolor a las que las someterá por podarlas. Sabe que es necesario pero prefiere que lo haga Paula. Siempre es más alegre sembrar, o en este caso, traspasar la orquídea de una matera a otra. Una actividad irrelevante para muchos que para ella representa quince años de complicidad. Esa planta fue un regalo durante una época de tempestad y no ha dejado de florecer dos veces al año desde entonces. La ama.
La llave del agua se cierra y le recuerda que pronto él volverá a sacarla de las cobijas. ¡Arriba! -le dirá. Y ella querrá ser como esa orquídea, con una raíz oculta para permanecer dormida. Sin embargo abrirá los ojos y fingirá verlo y hasta incluso le dirá unas cuantas palabras, por ejemplo: suerte, que te vaya bien. Y lo verá alejarse con la promesa de volver a almorzar.
 
En pijama en el jardín, busca la orquídea y las materas. Un delicado pistilo la sorprende antes de tiempo. No podra traspasarla hoy. No hay más flores en el jardín. Las últimas semillas que sembró fueron de albahaca. ¿Y sí la orquídea me regala un hijo? Eso sería peor que podarla. La única actividad relevante del día... tendrá que esperar varias semanas. Por poco la orquídea también cierra los ojos para no ser vista.
 
 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Velos

De la mano de Jacques Derrida y Hélene Cixous leo: Velos.
Seis ilustraciones de Ernest Pignon en lápiz, de fragmentos de piel, manos y mantos; abren, cruzan, intersectan o velan mi lectura.
La pregunta de Derrida: ¿Cuándo nuestros ojos se tocan, es de día o de noche? me tiene asombrada. Nuevamente:
 
"¿Cuándo nuestros ojos se tocan, es de día o de noche?"
 
¿Cómo es que se tocan los ojos? Con la mirada.
¿Cómo se mira? Con el velo.
¿Cómo no se mira? Sin el velo, con el velo, sin tocar.
 
De repente siento que al igual que Cixous: he sido miope toda una vida. No fui a cirugía. Me dieron unos lentes grandes y amorfos. Uno de 0.75 y otro de 0.5 para corregir la postura visual cuando no, lo incorregible es el hábito con que miro.
 
¿Cómo es el hábito? Depende de lo que miro. A veces mi mirada se detiene en particulas que nadie si no yo, ve en el espacio cercano. Una serie de puntitos negros que parecen medusas danzantes y se mueven en la dirección en la que busco la luz. Esa es mi visión más cercana: un encuentro microscópico con energía sutil. También está la mirada de amanecer. Aquella que no se parece a ninguna otra porque es la que me dice que estoy despierta, no dormida, ni soñando. Me levanto siempre con el pie izquierdo, porque duermo de ese lado de la cama y es sencillamente más práctico. Y luego... busco la hora, el tiempo, quién está a mi lado, el calor de mi perro. Con mi perro tengo largas conversaciones visuales satisfactorias. No hay censura en sus ojos. Creo que espera que sea yo quien lo censure. A veces lo hago y me molesta pensar qué sentiría si fuera él.
 
Y luego están todas las miradas del día para las que una lista no sería suficiente. Pero sí me confieso aficionada a las miradas nuevas: a tocar ojos que jamás he visto y a lograr el hong rong de la sonrisa.
Sin palabras. Sólo con los ojos.
 
Qué bonito es tocar con la mirada. La mejor caricia. La más intrusa invasión.