miércoles, 14 de noviembre de 2012

Límites

Fotografía: Marco Ramírez
"Necesitaba despertarse, despabilarse y quitarse de encima esa atmósfera de pesadez que se cernía sobre él. Estar con Rosario era una forma de reconquistar la trascendente alegría de una caricia."
Mario Mendoza
Cerré el libro y la vi ahí, recostada contra la mesa de billar, fumando y jugando con sus bolutas de humo. En mi cabeza, la última frase Estar con Rosario era una forma de reconquistar la trascendente alegría de una caricia. María Camila no me sintió llegar hasta que pasé mi mano por su cintura y alojé un beso en su cuello. Me miró entonces extrañada y en un gesto me quiso posponer. Miro la hora y dijo: Se hizo tarde. Puso el cigarrillo en el cenicero y me dijo: Mi mamá está con la niña. Quedé de pasarla a recoger antes de las once. Entonces me acuerdo de mi amigo Alberto y su consejo: una madre soltera es sagrada, no te metas con madres solteras a menos que vayas en serio. Ir en serio. ¿Cómo saberlo? Siempre voy por la alegría. ¿Detrás de qué van ellas? Ah, cierto. Juegan a no dejarse conquistar. Por haberlo permitido es que están en eso. Sin embargo está la voz de otro amigo, un poco más perverso que me repite que el sexo con una madre soltera es estupendo porque sienten que se están vengando del hijueputa que las embarazó en primer lugar. No voy a tener hijos. La veo ponerse las sandalias y le digo: No tan rápido mujer. Aún son las diez. Se pasa los dedos por su larga cabellera negra y  me mira con cara de inocencia. ¿Y? La beso entonces como le gusta. Mordiéndole los labios de tiempo en tiempo. Su boca no me rechaza, por el contrario, sin palabras me dice que extraña sentirse deseada. La beso y con dos dedos dibujo una linea vertical en su cuello, con la mano le sostengo el rostro y la acerco a mí lo máximo que sea posible. Con mi otra mano, bajo por su espalda hasta sus caderas, casi geométricas, y siento como suspira. De repente me frena en seco y me dice que no puede. ¿Pero si ya pudo? Olvidaba el papel de la razón en una mujer cuando tanta tierra corre bajo sus pies. Lo último que quiere es un deslizamiento. Está bien. Te acompaño hasta tu casa. Ya no me mira a los ojos, simplemente me da las gracias. Con suerte ella también reconquistó la alegría... La acompaño hasta su casa y de regreso, continúo leyendo a Efraín y Rosario. Mi boca ya es otra, siento lo trascendente que es Maria Camila. Me jodí. Ningún amigo me advirtió que esto podía sucederme.   



No hay comentarios: