viernes, 30 de noviembre de 2012

El último diciembre de Clara

 
Fotografía: Juan Cano
 
Un año atrás no imaginó que sería su último primero de diciembre. Se había levantado temprano, en contra de su costumbre por la luz de un día corriente  donde recibiría una noticia irreversible: tenía un tumor maligno en las amígdalas. Era el día de recoger la biopsia y a no ser por la molestia en los ganglios, se sentía perfectamente bien. Cuando pasó por el laboratorio ni siquiera la invadió la curiosidad. Se fue con el sobre cerrado hasta la cita con el médico a las dos. Se saludaron con cordialidad y una vez el dio un vistazo al contenido la miró con cara de malas noticias:
-Clara, esto no es bueno.
-¿Qué no lo es?
-El tumor es maligno
-¿Y qué podemos hacer?
-Irradiarte.
-¿Cuándo?
-Cuanto antes.
-¿Y sí no?
La pregunta tomó por sorpresa a tu médico. Lo lógico es que una mujer joven ponga todo su empeño y esfuerzo en continuar con vida.
-Se propagará. No puedo decirte adónde ni con qué velocidad pero lo hará.
-¿Dolerá?
-Lo más seguro.
-Está bien.
-Cuando comience a doler, vuelvo.
El desconcierto del médico fue tan evidente que balbuceo unas cuantas recomendaciones pero Clara estaba resuelta a no hacer nada diferente a continuar viviendo como solía hacerlo.
¿Ingenua? No. Decidida. Tenía cuarenta y dos años, no se había casado, no había querido tener hijos, no tenía hermanos, sus padres habían fallecido ya y lo único suyo era un consultorio de odontología donde pasaba las horas entre bocas e instrumentos. Tenía un par de amigas, las del colegio, con las que se veía con cierta frecuencia y el último novio con el que había vivido se había ido cuando la relación no tuvo más que ofrecerle. Evidentemente, no era la persona más feliz; tampoco era una mujer triste. Era alguien más bien realista a quien la vida le había sido relativamente sencilla y la muerte, aunque la ponía sobre aviso, también le daba la misma sensación.
 
Después de aquella cita, no pudo volver a levantarse tarde. A las cinco y treinta abría los ojos y como un ave, esperaba la salida del sol para desplegar sus alas.
 
Como ignoraba cuánto tiempo le restaba, sumaba en acciones de desprendimiento. Regaló los muebles de la sala, los de la alcoba auxiliar y el televisor que no veía. Pensó en donar los libros pero se dio cuenta que no había leido muchos de ellos y comenzó a llevarlos en el bolso para el consultorio en los intervalos que no tenía cita. No le dijo a nadie que estaba enferma. Tampoco se asustó cuando comenzó a adelgazar. No compró ropa en tallas más pequeñas: fue al sastre y adaptó su cintura a la nueva silueta. El apetito se fue, pero no dejo de comer dulce. Y el dolor... inevitablemente llegó. Lo primero que sintió fue una punzada a un lado del estómago. Creyó que se trababa del colón y de la última lechuga que se comió pero el dolor era intenso y tuvo que entrar por urgencias para que le dieran un análgesico super poderoso que la mareó tanto que casi no logra bajarse de su primera vez en camilla. Supo que era el momento de llamar a su médico y así lo hizo pero sólo para que le prescribiera lo necesario. Él insistió verla y ella se negó. Continúo con sus lecturas en el consultorio por un tiempo, luego despidió a la asistente; cerró la agenda de citas y vendió todos los equipos. No renovó el contrato de arrendamiento y se fue para la casa a Esperar.
 
Mientras esperaba, continúo leyendo. Se compró un portátil y abrió un blog. Comenzó a opinar de los libros que leía. Encontró a un lector, luego a otro, luego a otro más y pronto tenía más compromisos con ellos que con sus amigas del colegio. Habló de Maurice Druon, de Juan Ramón Jiménez, Alexander Dumas, Cortazar, Borges, Saramago, escribió sobre Jack London, Somerset, Steinbeck... se enamoró de algunos de sus personajes y odió con todo el corazón a otros. Y de pronto sintió que no había vivido. Que los personajes de los libros tenían historias más vívidas que la suya. Que las veces que había amado había sido mediocre y que nunca se había atrevido a odiar por una cuestión moral. No se culpó frente a este descubrimiento, por el contrario, fue revelador.
 
Y así, una noche cualquiera, llamó a quién creía haber amado más.
-Clara, ¿te pasa algo?
-La verdad sí. ¿Puedes hablar? Me gustaría verte.
-Es media noche.
-No sé si tenga mañana.
-¿Qué quieres decir?
-Estoy enferma.
-Ya voy.
 
Y Fabio tocó a su puerta confundido. Ella lo hizo pasar y le ofreció un trago. Después le contó y él la regañó por no haberlo llamado antes. También por no haber seguido un tratamiento. A lo que ella respondio que no importaba. Hablaron hasta el amanecer. Esa noche, Clara no durmió. Al día siguiente. La muerte la estaba esperando.




martes, 27 de noviembre de 2012

Drama de control / El Amor Breve


El cuerpo se ha vuelto estatua y sin más sincel que el mouse, he decidido hacer un busto que no es griego pero tiene tintes de romana. La luz brilla sobre el lado izquierdo de mi cuerpo relajado. Sólo el pliegue del brazo derecho parece estar incómodo con el peso que recibe. Los pies, no estorban, y del rostro sólo elegí conservar el mentón y un collar que este año sólo usé una vez. Si fueron dos, no lo recuerdo. Las perlas... o su simulacro me recuerdan a un drama de control de un cuento que escribí hace unos años: El amor breve. Sé que lo compartí entonces pero voy a volver a incluirlo para darle otra oportunidad de lectura. Espero lo disfruten.

El Amor Breve

Él se lo advirtió pero ella no hizo caso. Él no quería que la luna de miel terminara pero ella insistió en hacer una oficial con todos los gastos pagos. Él había estado casado antes y por ello sabía que la magia terminaba, ella no, quería sentir lo que era ser la mujer de. Llevan tres años de casados y la rutina ya es común en ambos: si antes salir a comer era una aventura ahora es una odisea por aquello de los horarios, los gustos, el tener que madrugar de él y los afanes por bailar de ella. Ellos que amaban dormir juntos y acurrucados ahora sienten fastidio por el calor de toda una noche y a veces se molestan si sus pies accidentalmente se enredan bajo las sábanas.

Ella que antes ponía todo su esmero para verse siempre linda y elegante ahora se pasea por la casa en bata y con el pelo recogido de cualquier forma. Se arregla más para ir a la oficina que para salir donde su suegra quien además le resulta fastidiosa por eso de la comparación tan habitual de su marido: no se parece al de mi mamá, es que el típico de mi casa es espectacular. Ella se esmera en la cocina, sabe Dios que no es su fuerte, pero se esmera y el esfuerzo se viene al piso cada vez que le prepara un bocadillo y quiere sorprenderlo y recibe respuestas como: ¡Más harina! Qué horror, por eso tengo esta panza desde que nos casamos; o tiene demasiada salsa, ¿acaso aquí no cocinan al horno, tiene que ser todo grasa? Y ella se hace la que no le importa mientras se traga las lágrimas, desilusionada.

Él antes decía que no le gustaba el fútbol, le preguntaba a ella qué canal quería ver y entre los dos hacían crispetas para pasar los viernes con frío riendo entre películas alquiladas. Ahora no, el monopoliza el control remoto, para nada importa lo que ella quiere ver, en ese caso, hay un televisor en la otra sala, puede irse y ver lo que le antoje. Ella trata de seducirlo con lencería cuando en realidad ya no hay babydoll que lo separe de los viernes de acción por supuesto, aquella que se lleva cabo en otra dimensión diferente a la casa.

Estaban sentenciados desde el sí, aceptar fue la condena a vivir solo instantes de amor breve. Se fue el largo amor, el sexo con tiempo, el preparar fugas para los dos, el soñar planes imposibles y añorar una playa para ir a descansar y leer juntos. Ahora si viajan juntos tiene que ser donde haya movimiento, una excusa de él para no aceptar que le resulta insoportable la idea de estar con su mujer una semana completa sin hacer nada.

Ambos son conscientes de la situación pero ninguno dice nada. Ella por temor a que le diga: te lo advertí. Y él por la pereza que le da tener que decírselo. Mientras tanto ella va al salón y se cambia el color del pelo, se arregla las uñas como a el le gusta, trata de sorprenderlo con un poco de sushi y compra lencería cara que él observa cuando la ha usado mucho para preguntarle si es que no tiene nada más que ponerse. Ella aún no lo comenta con nadie, es muy pronto para tener problemas, no quiere darle la razón a sus amigas ahora mujeres sabias que le advirtieron de los cambios que se darían; no quiere decirle a su madre porque ella desde siempre le dijo que no le gustaba, que la haría infeliz, que era un hombre egoísta y los hombres así solo hacen sentir a las mujeres desdichadas.

Él se refugia en el bar, en las noches de amigos y partidos, en el billar, en los bolos, en ambientes donde solo hay hombres y por ende no tiene que justificarle ni explicarle nada. Ella sabe que cuando está con amigos el parche antena no permite repetidoras femeninas. El se va y se embriaga a punta de cerveza. Llega hediondo y maldiciendo por el perro que ella tuvo que comprar para sentirse menos sola.

Los domingos son la odisea de tener que disimular. El estar juntos hasta el medio día, no más, cada uno para su casa y todos tranquilos. La casa de mamá es tan segura… ¿Hija cómo vas? ¿para cuándo piensas hacerme abuela? Y ella contesta con monosílabos, o frases cortas: bien, aún no, tal vez el próximo año.

A ella han comenzado a atraerle otros hombres. Se sonroja de sólo pensar en el compañero nuevo de la oficina, anhela los tiempos de soltera donde podía darse las escapaditas y no era nada grave ni trascendente. Ya no puede, aunque quisiera su moral de exalumna de colegio de monjas se lo prohíbe.

A él hace rato le atraen otras mujeres, de hecho nunca dejaron de atraerle pero durante el noviazgo se sentía pleno ahora en cambio se siente vacío, permanentemente enjuiciado, nunca suficiente para las expectativas de ella, que ahora le parece tan diferente de las mujeres que conoce, aquellas que saben reír y jugar, aquellas que se dejan besar en la calle, esas otras tan fáciles de llevar y mucho menos complicadas que su mujer acostumbrada a aducir que todo es producto de las hormonas.

La próxima semana es su cumpleaños, el de ella, y él no sabe qué preparar, a qué restaurante ir porque es claro que es obligatorio salir. Va a la joyería y compra lo de siempre: perlas. Por un momento lo atrae una pulsera lapislázuli pero no lo atrae lo suficiente para romper la costumbre y regalarle algo diferente, algo que no espere, algo que sí la sorprenda.

Deja las perlas en el abrigo que más tarde ella esculca, no sólo porque es quien organiza el closet y deja todo en un orden perfecto, sino porque desde hace un mes viene con sospechas de otra. Abre la caja y ve las perlas, su inseguridad es tal que no sabe si son para ella. Tendrá que esperar o confesarse y preguntar. Qué pena, mejor espera.

Es sábado, él dice que va a lavar el carro y no se demora, ella asiente y sabe que sí se demora. Y es que él no sabe calcular el tiempo, contrario a ella tan precisa, tan puntual, tan siempre en orden. Él sale y ella sabe que le espera otra tarde solitaria de juegos y crucigramas. Ella siente hastío pero no lo expresa. Decide entonces pintar porque los colores son lo único que le devuelve por un instante la libertad.
Se queda dormida sin darse cuenta con el delantal puesto y las pinturas abiertas, a las siete treinta llega él algo etílico y no la despierta. Le cierra los acrílicos, le pone una mantita y se va para el cuarto a ver televisión.
Ella despierta casi a la media noche y asustada le pregunta por qué no la despertó. Por supuesto, él aún no ha comido. Alude estarla esperando pero que va, es pura pereza. Ella entonces prepara un par de sánduches y se sientan a comer frente al televisor sin hablar y sin mirarse. Al final el dice: estaba rico y se acuestan a dormir.

Llega el día del cumpleaños y él le da el regalo: una hermosa pulsera de lapislázuli. “¿Y las perlas?” piensa ella. No eran para mí, tiene otra, seguro tiene otra y le da un beso de agradecimiento tragándose la tristeza, la frustración, la tortura de su mente y sus suposiciones. Bien por él que se atrevió, la cambió. Entonces de camino al restaurante él le cuenta de sus proyectos de una posible promoción, de un viaje de capacitación importante y ella asiente sin prestarle atención. Esta ensimismada en sus suposiciones en imágenes de él con otra. Debe ser mona. Seguro que es mona. Y la velada transcurre con ella ausente y él diciéndose en silencio que debió comprarle las perlas.

Llegan a la casa y de pronto el le cuenta que en un principio le compró un collar de perlas pero que había visto primero la pulsera y que quiso cambiar, que le encantó el color y le pareció que luciría muy bien en ella. Ella, sorpresivamente lo agarra y le da un beso gigante y un abrazo monumental. Él se siente feliz pero ignora el verdadero motivo. Después de eso, el sexo es como nunca, no lo deja ni llegar a la cama, dejan la ropa tirada en la entrada, lo cual es una hazaña dado que ella es de las que se detiene a doblarla. Mientras lo besa ella se atribula por sus dudas y lo compensa con besos y caricias de lo más complacientes.

A la mañana siguiente vuelven a discutir por lo de siempre. El amor breve esta vez, tan sólo duró una noche.

Taller de los Escritos
Yurupary Ediciones
2009

lunes, 26 de noviembre de 2012

Las Bóvedas. Una mañana de enero

Fotografía: Tomás Strelkov

Mucho antes de que los turistas se tomaran los almacenes que hoy habitan las bóvedas en Cartagena, un niño y su padre madrugaron a jugar con la luz. Cada uno y su lente registraron perspectivas diferentes de los mismos espacios adoquinados de tiempo, arena, viento e ilusión. Las banderas  parecían demarcar diferentes departamentos de la misma Colombia mientras las telas wuayées se mareaban de dibujar arabescos en colores vibrantes. El portal de los dulces, estaba lejos, pero un carrito sucursal hacía las veces de espendedor al final del pasillo allí donde el coco viene en muchas formas y colores. La capital estaba presente en orfebrería precolombina tras vitrinas con figuras de sapos y animales mágicos. Las bateas, propias de cualquier región, tenían acrílico para hacerse atractivas al anglosajón que de seguro las compraría sin saber su uso específico más que como adorno de salón. Y así... también exhibidas las hamacas, las camisas "de lino" o guayaberas, los vestidos frescos, las camisetas estampadas y el Viva Cartagena  sin ningún pirata ni cueva de Morgan al acecho. ¡Y es que debemos mencionar a los piratas! Estamos en Las Bóvedas, el lugar donde otrora se guardaban las municiones, entre los fuertes Santa Clara y Santa Catalina. Se consideran el último proyecto de la Colonia realizado dentro de la ciudad amurallada.  Con 47 arcos y 23 bóvedas su uso fue militar durante la Colonia y en la Independencia sirvió de cárcel. Vaya manera de transformarse un espacio.
 
Los fotógrafos se han ido. Padre e hijo ahora caminan en búsqueda de balcones y flores mientras una mujer ha comenzado a caminar la muralla desde el Baluarte. Con un largo vestido blanco y sandalias doradas camina con dificultad dado que la brisa le trae gotas de mar; gotas que se evaporan al contacto con su piel caribe y le dejan la sal como lunares invisibles. Cerca de la primera garita unos pescadores salen tarde a su jornada. La atarraya se atascó y los más jóvenes intentan desenredarla a tiempo para al menos lograr unas cuantas mojarras. A la derecha, los hoteles aún duermen. Hasta las banderas que lucen se ven cansadas por los excesos de fiesta. La mujer camina hacia las bóvedas y cuenta sus pasos sobre las piedras. No lleva lentes ni pava y por bolso tiene un carriel cruzado al que si mucho le cabrán unos billetes y su identificación porque las monedas le harían demasiado peso. El sol se ha levantado, ya sus mejillas sienten su calor. Debe bordear a la ciudad amurallada pronto. Hizo una promesa. Y aunque quisiéramos saber quién es, o qué piensa, no nos diría nada más que alguien la espera en Las Bóvedas.
 
Cuando logra divisarlas se detiene. No por cansancio, por emoción. Es entonces que toma su cabello y lo recoge en una cola. Baja los peldaños que la separan del piso y busca con cuidado atento un número especial de bóveda. Los buses de turistas llegan al tiempo que ella. Debe apresurarse. Cuando encuentra la bóveda que busca dice unas palabras incomprensibles que corresponden al nombre del personaje que busca. Cuando sale, entran los turistas. Nadie nota la ausencia de un cuadro de la época de la conquista.
 
Por fin libre.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Literata y Cocacola

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Sólo dos cosas me quitan la ansiedad: la cocacola y tú.
El problema es la medida.
En exceso, por ambos pierdo el pulso. Sin ambos, tengo mi adicción insatisfecha.
Aquí estamos retratados los tres.
El vaso está más que medio vacío pero el pitillo me engaña de a sorbitos.
El lugar: La Comedia en Santafé de Antioquia: un restaurante bar ideal para ese calor que no engaña, simplemente se pega.
El motivo: un evento de fotografía al que fuiste invitado y yo acompañante.
Entre charlas sorbre luces y sombras, tu lente me miró por un segundo. Y luego tú mismo bautizaste la foto: literata y cocacola. Me pareció chistoso porque nunca usas el término: mi mujer. A ratos me presentas como La señora. Y es entonces que siento todos los años encaramados en un alma que no deja de ser esencialmente: la misma. Entonces la "literata" siente necesidad de venir a plasmar detalles de ese momento como la casa de los duendes vecina al bar, de donde llegaste con uno de trusa roja para mí; y que has venido consintiendo con moneditas como si fuera tuyo. Creo que él ya se dio cuenta porque a la que se le embolatan las cosas del escritorio es a mí. Y cuando digo: ¡Eso fue el duende! al ratico aparece lo que estaba buscando; así no más... y qué consté que también le pongo moneditas.
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Creo que han notado el cambio de las imágenes que he venido usando en las últimas entradas del blog. Es deliberado. Los fotógrafos son amigos generosos que me permiten crear a partir de un instante y de esa relación afectiva que ellos establecen con la luz para que nosotros podamos deleitarnos con un retrato o un paisaje urbano. Espero poder continuar desarrollando historias en este formato con esa característica matrimonial y cómplice. La modelo inicialmente fui yo pero he recibido con agrado y entusiasmo otras expresiones, otros pies, otros rostros. A la bitácora del cuerpo le han venido trayendo espejos y el recorrido es lo que vamos marcando aquí. Les recuerdo eso sí, mi intención de pizarra con el blog. Es aquí donde exploro narradores, temas, perspectivas y sí, es también aquí donde me permito cometer errores por el hecho de ser en su mayoría: ejercicios en frío.

Les agradezco enormemente la paciencia que me han tenido hasta hoy. Ha sido estupendo cuando se suman sus comentarios, ya sea aquí o vía facebook. Siempre serán bienvenidos. ¡Con esta cocacola, brindo por ustedes!


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Retórica por una mirada

Fotografía:  Marco Ramírez

-Ya te dije que no estoy aburrida.
-Si vieras las caras que estás haciendo no dirías eso.
-¿Y cómo son las caras pues?
-Largas, sin el asomo de una sonrisa.
-Y si hoy no tengo ganas de sonreir, ¿entonces estoy aburrida según tú?
-Según yo y al que le pregunte.
-No me digas. Vamos a ver si es verdad. Jose vení, decíme: ¿estoy muy seria?
-Seria vos... para nada.
-¿Pero no ves que está prendido? Ese ve contenta hasta a una lámpara.
 -Así no vale. Decíme más bien ¿por qué crees que estoy aburrida?
-Ya te dije mujer, por la cara, además no me quisiste recibir el aguardientico que con tanto cariño te serví.
-Ah es por eso. Valiente gracia.

-¿Qué, ahora qué es lo chistoso?
-Pues vos. Vieras la cara que estás haciendo.
-¿Cara yo? ¿Cómo de qué?
-De picado.
-No, mi amor usted definitivamente no me conoce. De todo menos picado.
-¿Y entonces porque le importó que yo no le sonriera a ver?
-Me importo pues porque... no me gusta verla seria. Con lo bonita que es.
-¿Y no dicen pues que bravas, algunas se ven más bonitas?

-Te vas a tomar el aguardientico conmigo o no.
-Estoy descalza.
-¿Y eso qué quiere decir?
-A buen entendedor... pues que todavía no me voy a menos que vos sigas con esa cantaleta y me den ganas de dormirme ya.
-Dormir, ¿sola?
-Siempre duermo sola. No te hagas ilusiones.
-¿Y no sos de esas que les gusta que les hagan cucharita y las abracen por la noche?
-Para nada.
-¡Qué problema!

-Ahora el serio... sos vos.
-¿Yo?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Límites

Fotografía: Marco Ramírez
"Necesitaba despertarse, despabilarse y quitarse de encima esa atmósfera de pesadez que se cernía sobre él. Estar con Rosario era una forma de reconquistar la trascendente alegría de una caricia."
Mario Mendoza
Cerré el libro y la vi ahí, recostada contra la mesa de billar, fumando y jugando con sus bolutas de humo. En mi cabeza, la última frase Estar con Rosario era una forma de reconquistar la trascendente alegría de una caricia. María Camila no me sintió llegar hasta que pasé mi mano por su cintura y alojé un beso en su cuello. Me miró entonces extrañada y en un gesto me quiso posponer. Miro la hora y dijo: Se hizo tarde. Puso el cigarrillo en el cenicero y me dijo: Mi mamá está con la niña. Quedé de pasarla a recoger antes de las once. Entonces me acuerdo de mi amigo Alberto y su consejo: una madre soltera es sagrada, no te metas con madres solteras a menos que vayas en serio. Ir en serio. ¿Cómo saberlo? Siempre voy por la alegría. ¿Detrás de qué van ellas? Ah, cierto. Juegan a no dejarse conquistar. Por haberlo permitido es que están en eso. Sin embargo está la voz de otro amigo, un poco más perverso que me repite que el sexo con una madre soltera es estupendo porque sienten que se están vengando del hijueputa que las embarazó en primer lugar. No voy a tener hijos. La veo ponerse las sandalias y le digo: No tan rápido mujer. Aún son las diez. Se pasa los dedos por su larga cabellera negra y  me mira con cara de inocencia. ¿Y? La beso entonces como le gusta. Mordiéndole los labios de tiempo en tiempo. Su boca no me rechaza, por el contrario, sin palabras me dice que extraña sentirse deseada. La beso y con dos dedos dibujo una linea vertical en su cuello, con la mano le sostengo el rostro y la acerco a mí lo máximo que sea posible. Con mi otra mano, bajo por su espalda hasta sus caderas, casi geométricas, y siento como suspira. De repente me frena en seco y me dice que no puede. ¿Pero si ya pudo? Olvidaba el papel de la razón en una mujer cuando tanta tierra corre bajo sus pies. Lo último que quiere es un deslizamiento. Está bien. Te acompaño hasta tu casa. Ya no me mira a los ojos, simplemente me da las gracias. Con suerte ella también reconquistó la alegría... La acompaño hasta su casa y de regreso, continúo leyendo a Efraín y Rosario. Mi boca ya es otra, siento lo trascendente que es Maria Camila. Me jodí. Ningún amigo me advirtió que esto podía sucederme.   



viernes, 9 de noviembre de 2012

Usted viene conmigo (después de las mallas)

Fotografía: Marco Ramírez

-Alto ahí. Un momento. -dijo de pronto una voz.
-¿Qué crees que hacías allí adentro?
-¿Aprender de las últimas actualizaciones de la lonja?
-No. Desconcentrar a todos los que queríamos aprenderlas.

Ya te habías deshecho de las mallas y no entendías como este hombre se había salido para hablarte.

-Usted viene conmigo. Yo la actualizaré con una condición.
-¿Cuál?
-Ponte las mallas.
-Eso no va a ser posible.
-¿Por qué?
A estas alturas el juego era divertido.
-¿Ves esa caneca verde?
-Ahí están... destrozadas.
-Ya veo. Supongo que tendré que agendarme contigo.
-¿Agendarte?
-Sí, mañana a las 3:30 p.m. ¿Te parece bien?
-¿Y con qué fin?
-Con mallas otra vez podremos hablar de los temas que nos unen.

-¿Y sin mallas?
-Con mallas tu piel está a salvo, sin ellas, no respondo.
Y si no quiero que responda. Me gusta este sujeto. ¿Cómo es que se llama? Ah ya sé, lo anotaré en la agenda, así sabré su nombre.
-Con mallas. Espera, 3:30... sí, tú nombre es...
-Juan Diego.
-Mucho gusto, Maribel.
-¿Y qué propiedades buscas?
-Casas con línderos bien marcados.
Extraña petición la de este tipo. Mínimo está jugando conmigo.
-Dónde nos encontramos.
-Aquí mismo puede ser.

Y ahora es que me doy cuenta que todo el tiempo tuvo su mano agarrando su antebrazo.
¿Sería el mismo hombre que agarró mi pierna hace un rato?