lunes, 15 de octubre de 2012

Talla 10

Un hombre obsesionado con la belleza de la mujer que lo acompaña, es un hombre que te hace infeliz. No importa cuántos cortes de pelo intentes ni cuántos colores diferentes ensayes para sorprenderlo. Tú, ya, no eres la imagen de la cual se enamoró. Eres mejor y no lo nota. Posees la madurez de la experiencia, la templanza que dejaron los problemas superados, la ternura en la voz y la sinceridad en los ojos. ¡No! Él no lo ve. Sólo piensa en que te conoció talla 6 y ahora eres 10. Pobre hombre. No hace más que renegar por lo que te ve comer, que si es saludable o no, que si es frito es peor. ¿Y él qué? Si fueras a pagarle con la misma moneda, tendrías una barriga de peso que sacarle en cara. ¿Para qué? Es un niño mujer. Vamos, levanta ese ánimo. Sonríe. ¿Recuerdas aquel novio que adoraba tu risa?
 
Por un instante te provoca marcar la puerta con un letrero: Aquí no somos consumidores de belleza.
Somos bellos. Entonces uno de tus hijos te suspende el pensamiento y llega hasta a ti para acariarte el rostro; y te pregunta: ¿Estás triste mamá? Nunca le has negado tus emociones y accedes con la cabeza. ¿Y es grave? No mi amor. Es una verdadera tontería. Entonces, vas al espejo con el rostro desnudo. La cosmetiquera está abierta pero en lugar de sustraer algo, la cierras. Quieres salir sin maquillarte.
 
El sujeto que dice ser tu marido está sentado en el estudio trabajando y ni cuenta se da de que sales. En el parqueadero, tomas el celular y le marcas a ese amigo que hace un rato te viene coqueteando. No es venganza. Es motivación. ¿Aló? En un hora en Bon Marché. Perfecto. Vas al salón, te alisas el cabello y allí, en medio de mujeres cómo tú, le pides el favor a quien te peina que te ponga un poco de maquillaje. ¡Estás hermosa! -te dice convencida. ¡Cómo te ha crecido el cabello, recuerdas que hace un año lo cortamos por aquí! Y señala el punto exacto en tu espalda donde te desprendiste por un rato de el atributo que te representa en mayor medida, tu femineidad. Le agradeces, cancelas ambos servicios y llegas a propósito, cinco minutos retrasada a tu cita.
 
Este nuevo hombre en tu vida, te encuentra perfecta para lo que el busca. Te corre el asiento, te trae el café y conversan de tantos temas que la tarde se agota. Al final, está satisfecho, sólo quería tu presencia.  Lo abrazas y quedan en una próxima vez.
 
De regreso a casa, los niños aún te esperan. Tu marido está por fuera. Todos en pijama y abres las cobijas para incluirlos en la cama. Apagas la luz y la hora del cuento, está en tu boca.

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