martes, 2 de octubre de 2012

Nos fracturamos

Nos fracturamos en el mismo instante que decidimos no mirarnos más. Continué mi andar ligero provista de paraguas por si el clima era recio a la vez que tú te alejaste con tu bastón previendo un suelo desigual. Minutos antes, me habías ofrecido tu pañuelo y lloré en él soplando hasta los mocos del desconcierto. No te devolví el pañuelo y tú tampoco me lo pediste de vuelta. No volví a mirar tus ojos para evadir la evidencia de mi fractura. No volviste tampoco a buscarlos y el silencio se hizo incómodo e irrepetible. Eran las seis menos diez y la hora no anunciaba nada bueno. Podríamos habernos tomado de la mano para tomar un café o ver una película pero ya nada era igual. Tú te encerrerías a escuchar algún nocturno de Chopin mientras yo regresaría a casa sin tu mano como complemento y pensando todo el tiempo en el aguacero evidente que no se daría.
Es la hora del abrazo y ninguno quiere ceder. Es más fácil decir Hasta Pronto aunque los dos sepamos que ese pronto dure meses, quizás años. Por un instante, recuerdo la desnudez de tu espalda y mis dedos comienzas a extrañar aquello que aún tienen de frente y que ya, no les pertenece. Miro tu boca y me arrepiento porque me descubres mirándola. Me llevo la mano a los labios y siento todos y cada uno de los besos que pusiste en mí. ¿Con qué habré de reemplazarlos? Tu mano decide quitarme un mechón de cabello del rostro y en ese movimiento, tu tacto dibuja una línea en mi piel. ¿Piensas lo mismo que yo? ¿Es acaso ésta, una diferencia irreconciliable? El silencio de ambos es incómodo.
-Ve, vete ya. -me dices al fin.
Y entonces trato de memorizar tu rostro, la camisa que llevas, el jean gastado que yo te regalé y los zapatos de diario que adoraba quitarte. Tomo aire con esa imagen tuya y comienzo mi regreso a casa con la lluvia en los ojos y el mar en la boca. Comienzo a trotar y las rodillas apenas si logran sostenerme. Cuando estoy lo suficientemente lejos. Me detengo en un bar y pido un aguardiente doble. Lo pago, lo bebo, me patea y sigo corriendo. No puedo dejar de pensar en que nos fracturamos cuando decidimos seguir cada uno por su lado. ¿Cuál es mi lado sin ti? Ya  es muy tarde para preguntármelo. Tomo el bus, convencida del despecho que apenas comienza y tan pronto llego a casa, alimento a mis aves con nuestra historia.
 
 
 
 

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