sábado, 27 de octubre de 2012

Miradas que tatuan el alma

Te prometí variedad en las imágenes y fragmentos de hombre para completar un ejercicio, que sin ellas, resulta narciso. El hombre, mi amigo, productor, publicista y también escritor, ha estado de fuga. No ha tenido tiempo para nosotros. Pero nos tiene presentes y le creo cuando me dice: después. Ya me prestó sus alas con ese tatuaje en el hombro y me regaló su pecho en un correo sin asunto alguno. Debo creerle. Hay muchas cosas suyas que aún no descifro; como un tatuaje de la parte de adelante de una "chiva" (bus), que se hizo en el brazo izquierdo: un conjunto de lineas y círculos que sí él no me explica, honestamente me pierdo. Y ahora que mencionamos el tatuaje, quiero que hablemos de las miradas que tatuan. Esas que se imprimen en el alma y que por más que uno intenta, quedan archivadas en el cardex de la memoria de la A a la Z. Miradas que pueden o no, corresponder a personas amigas. A veces suelen pertenecer a un extraño que nos cruzamos de noche, a una mujer que fue al baño y nos observó por el espejo mientras retocaba su maquillaje. Y ni hablar de las miradas de los verdaderamente desposeidos, de esos seres que nos fracturan sin hablarnos y de los cuales nunca sabemos nada por temor a conocer el origen de su miseria. ¿Quién lee el cartel de un desplazado? Encontrarse con sus ojos nos da toda la lectura que queremos obviar. Nos ofrece la verdad de un país que otros nos inventan. Y qué difícil es sostener esa mirada. Qué vulnerables nos sentimos, qué cobardes, qué ignorantes. Le subimos un punto más al aire acondicionado y seguimos conduciendo hasta nuestro destino. De pronto el carro de al lado tiene la música en el motor y volteamos a mirar en señal de reprobación cuando descubrimos un rostro joven de lentes oscuros y cabello alborotado. Pensamos en los jóvenes que fuimos y para aminorar los daños, sintonizamos la misma emisora aunque no entendamos la canción ni el ritmo que se impone.
 
Miradas... ¿Has visto la mirada de alguien que está muriendo?
Yo sí. Una vez. Y como no podíamos hablar, a través de los ojos nos dijimos lo poco que faltaba por mencionar. Recuerdo que metí mi mano en la suya ¿o fue al revés? La verdad es que nos sostuvimos y me alegró tanto poder estar ahí, poder acompañarlo... Y lo mejor de esta mirada es que no se impuso a ninguna de las miradas que nos dimos mientras vivía. Su liviandad me liberó del peso de cargar ese momento como el más fuerte o verdadero. Todas nuestras miradas salen de recreo cada mañana cuando despierto.
 
Y ahora bien, ¿quién me describe la mirada del deseo?
A ver si le vamos trazando ruta a este viaje por el cuerpo.
 


No hay comentarios: