lunes, 29 de octubre de 2012

Algo entre manos


Fotografía Marco Ramírez
Es muy pronto para confesiones pero me cuesta no contarles que estoy por parir a la orilla del mar. Como una tortuga, he llegado hasta aquí, para cavar en la arena y depositar el huevo de mi última novela. No me preguntes aún cómo se llama o dónde puedes adquirirla. Sí tiene nombre y como mamá, le he puesto uno de esos largos, que se llevan toda la vida con la pregunta: ¿y por qué me bautizaron así? No se puede adquirir porque sigue en el cascarón de la palabra: inédita.
Es así como tú y yo nos encontramos en varios textos de preparación mientras la escribía. Recetario entre dos novelas, se debía a mi actividad concetrada y paralela a los textos del blog. No sé si notaste, por ejemplo, que mi voz migró del masculino al femenino, de la primera persona, a la tercera, del tú al nosotros... Habría que volver a entradas antiguas del 2011 para descubrirlo.
A la izquierda, unas estadísticas me dicen que Zapote, La mora negra, El beso de Rodin y Una mujer coqueta, entre otras, son las entradas predilectas. Ahora mismo estoy por tomarme un jugo de zapote y aunque las tortugas no toman jugo sí son diestras con algunas frutas. Y bueno, me ha atraido el olor de una batea plateada en unas manos que no la sueltan. He querido seguirla por la playa pero es tan rápida y tan alta que sólo el viento de su falda en mi rostro me devuelve al calor de la arena y a la razón por la que estoy aquí.
Atardece. Los tenderos doblan sus carpas y el mar comienza a enfriarse. Espero la noche para que nadie vea dónde ni cómo deposito mi huevo. Ahora sí, araño la arena con las manos entre las piernas, abro mi nido, miro al cielo. Alguien viene, escondo el rostro en un caparazón invisible y ambos parecemos arena fundida con mar. Los hombres hablan rápido, entre cortado, discuten por algo y finalmente se van. Respiro aliviada y antes de que alguien más venga, depositó mi fe en el único huevo que no es ovalado a menos que doble las hojas y con cinta, les de esa forma.  
Pronto cubro mi obra para que escuche la voz del mar y sienta sobre sí, el calor del sol reflejado en la sal. Estoy lista. Camino hacia la orilla. Las voces de ese universo ya se acompañan solas. Me alegra haber hecho este viaje. Gracias a los que han estado presentes... acompañándome. En especial, gracias ti Papá.


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