lunes, 29 de octubre de 2012

Algo entre manos


Fotografía Marco Ramírez
Es muy pronto para confesiones pero me cuesta no contarles que estoy por parir a la orilla del mar. Como una tortuga, he llegado hasta aquí, para cavar en la arena y depositar el huevo de mi última novela. No me preguntes aún cómo se llama o dónde puedes adquirirla. Sí tiene nombre y como mamá, le he puesto uno de esos largos, que se llevan toda la vida con la pregunta: ¿y por qué me bautizaron así? No se puede adquirir porque sigue en el cascarón de la palabra: inédita.
Es así como tú y yo nos encontramos en varios textos de preparación mientras la escribía. Recetario entre dos novelas, se debía a mi actividad concetrada y paralela a los textos del blog. No sé si notaste, por ejemplo, que mi voz migró del masculino al femenino, de la primera persona, a la tercera, del tú al nosotros... Habría que volver a entradas antiguas del 2011 para descubrirlo.
A la izquierda, unas estadísticas me dicen que Zapote, La mora negra, El beso de Rodin y Una mujer coqueta, entre otras, son las entradas predilectas. Ahora mismo estoy por tomarme un jugo de zapote y aunque las tortugas no toman jugo sí son diestras con algunas frutas. Y bueno, me ha atraido el olor de una batea plateada en unas manos que no la sueltan. He querido seguirla por la playa pero es tan rápida y tan alta que sólo el viento de su falda en mi rostro me devuelve al calor de la arena y a la razón por la que estoy aquí.
Atardece. Los tenderos doblan sus carpas y el mar comienza a enfriarse. Espero la noche para que nadie vea dónde ni cómo deposito mi huevo. Ahora sí, araño la arena con las manos entre las piernas, abro mi nido, miro al cielo. Alguien viene, escondo el rostro en un caparazón invisible y ambos parecemos arena fundida con mar. Los hombres hablan rápido, entre cortado, discuten por algo y finalmente se van. Respiro aliviada y antes de que alguien más venga, depositó mi fe en el único huevo que no es ovalado a menos que doble las hojas y con cinta, les de esa forma.  
Pronto cubro mi obra para que escuche la voz del mar y sienta sobre sí, el calor del sol reflejado en la sal. Estoy lista. Camino hacia la orilla. Las voces de ese universo ya se acompañan solas. Me alegra haber hecho este viaje. Gracias a los que han estado presentes... acompañándome. En especial, gracias ti Papá.


sábado, 27 de octubre de 2012

Miradas que tatuan el alma

Te prometí variedad en las imágenes y fragmentos de hombre para completar un ejercicio, que sin ellas, resulta narciso. El hombre, mi amigo, productor, publicista y también escritor, ha estado de fuga. No ha tenido tiempo para nosotros. Pero nos tiene presentes y le creo cuando me dice: después. Ya me prestó sus alas con ese tatuaje en el hombro y me regaló su pecho en un correo sin asunto alguno. Debo creerle. Hay muchas cosas suyas que aún no descifro; como un tatuaje de la parte de adelante de una "chiva" (bus), que se hizo en el brazo izquierdo: un conjunto de lineas y círculos que sí él no me explica, honestamente me pierdo. Y ahora que mencionamos el tatuaje, quiero que hablemos de las miradas que tatuan. Esas que se imprimen en el alma y que por más que uno intenta, quedan archivadas en el cardex de la memoria de la A a la Z. Miradas que pueden o no, corresponder a personas amigas. A veces suelen pertenecer a un extraño que nos cruzamos de noche, a una mujer que fue al baño y nos observó por el espejo mientras retocaba su maquillaje. Y ni hablar de las miradas de los verdaderamente desposeidos, de esos seres que nos fracturan sin hablarnos y de los cuales nunca sabemos nada por temor a conocer el origen de su miseria. ¿Quién lee el cartel de un desplazado? Encontrarse con sus ojos nos da toda la lectura que queremos obviar. Nos ofrece la verdad de un país que otros nos inventan. Y qué difícil es sostener esa mirada. Qué vulnerables nos sentimos, qué cobardes, qué ignorantes. Le subimos un punto más al aire acondicionado y seguimos conduciendo hasta nuestro destino. De pronto el carro de al lado tiene la música en el motor y volteamos a mirar en señal de reprobación cuando descubrimos un rostro joven de lentes oscuros y cabello alborotado. Pensamos en los jóvenes que fuimos y para aminorar los daños, sintonizamos la misma emisora aunque no entendamos la canción ni el ritmo que se impone.
 
Miradas... ¿Has visto la mirada de alguien que está muriendo?
Yo sí. Una vez. Y como no podíamos hablar, a través de los ojos nos dijimos lo poco que faltaba por mencionar. Recuerdo que metí mi mano en la suya ¿o fue al revés? La verdad es que nos sostuvimos y me alegró tanto poder estar ahí, poder acompañarlo... Y lo mejor de esta mirada es que no se impuso a ninguna de las miradas que nos dimos mientras vivía. Su liviandad me liberó del peso de cargar ese momento como el más fuerte o verdadero. Todas nuestras miradas salen de recreo cada mañana cuando despierto.
 
Y ahora bien, ¿quién me describe la mirada del deseo?
A ver si le vamos trazando ruta a este viaje por el cuerpo.
 


jueves, 25 de octubre de 2012

La Biblioteca





Shhhh... ya te dije que se habla en voz baja cuando se está en la biblioteca. ¿Cuál biblioteca mujer? La mía, ¿no la ves? Una veintena de libros no son una biblioteca. Disiento contigo. Un sólo libro... es más, una sola hoja puede ser el mundo para un ser. Esta Biblioteca no siempre fue mía. La heredé. Da un sentimiento diferente al de la adquisición individual de novelas o textos. Tiene su voz. La de él. La de mi padre. Es así cómo a veces paseo mi mano esperando encontrar un consejo suyo entre las hojas y abro el cuaderno del Ché en un poema de Guillén; o Saramago me sorprende con una frase a la que no he llegado aún. Y me parece escucharlo sugerirme a Galeano o hablar con gusto del libro sobre los Cuentos Chinos. Me recomendó literatura hasta que descubrió que me estaba inclinando a la poesía. Ese terreno no era el suyo así que me dejó incursionar sola. Compró eso sí una antología de Neruda, por sí las moscas. No sé que recuerdos tengan ustedes de sus padres y cómo hayan sido ellos con la lectura pero mi padre era de los que ahorraba para comprarnos enciclopedias. Aquí tengo evidencia de ello. La Cultural Junior acompaña a una enciclopedia de Química  y a quince tomos sobre la Historia de Colombia. Y es que, cuando estudié, aún no había internet. Las consultas no eran un asunto de googlear palabras en busca de resultados. Había verdaderamente que meter la nariz en los libros. ¡Qué bella época!
Qué bonito que es tener un libro favorito. Un Woody que nos acompaña a todas partes y siempre ese Boss Light Year que cree con absoluto convencimiento que por ser lo último, es lo mejor. Y qué mágico resulta encontrar amistades en los textos; ver como un autor incluye un epígrafe de otro o como un fragmento nos transporta con la magia de Julio Verne.
En los libros que heredé no está Proust ni Thomas Mann ni filosofía que mi padre no pudiera convertir en un asunto práctico. Así era él. Hace diez años me dijo que su sueño era retirarse a leer. Recuerdo que entonces le regalé un libro de Hemingway: Fiesta. Y se lo dediqué:
Un primer ejemplar para tu proyecto de cultura. A disfrutar se dijo. Ya era hora. Te quiero. Claudia
Fecha: Febrero 28 de 1998
Me alegra haberle anticipado el retiro y no esperar a que se jubilara para que tuviera tiempo...
El tiempo tiene otros planes para nosotros.
Mi tiempo por ejemplo, me tiene contándote anécdotas para no reconocer que, mañana se cumplen ocho meses desde que la muerte lo quiso como amigo nuevo. No tengo ni idea de qué lo tendrá haciendo y a ratos sospecho que es al revés, que él la tiene ocupada con una alguna beneficencia ahora que finalmente puede Ver.
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

La hoja en blanco

La hoja en blanco sigue reinando sin ninguna figura que mostrar: ni picas, ni ases, ni corazones y mucho menos tréboles adornan sus esquinas. La hoja en blanco es una puerta, un llamado, una invitación. Dentro siempre están las voces que o bien quieren salir, o tienen una cuidada estrategia para hacerme entrar y dejarme con ellas. Escribo con mucha debilidad física. Si fuera por mis custodios pulmones, estaría en la cama. Lo estuve. Tres horas al medio día fueron suficientes. Perdí tres horas de luz por este desaliento. Aunque eso sí, al primer descuido me les pare y vine a dar al estudio en doce pasos. Doce. Qué tal. Como una alcohólica vine por mi cantimplora de palabras. Me la bebí toda. No me tomé la molestía de buscar una imagen. La imagen fue mi fuga. Los pulmones siguen buscando entre las cajas de pastillas y la cobija; mientras yo le pedí prestadas las branqui algas a un personaje del Caliz de Fuego para respirar sin ser notada. Un momento. Necesito un café. Verdad. No puedo pararme. Tendrá que ser luego. Estoy ebria de líneas por decir. Tengo un Te quiero atorado en la garganta y dos ojos se me han vuelto cicatriz. Es que hace tanto no los miro...
Estoy preocupada amigo lector. Para serte sincera, el título de esta entrada era las imágenes no condicionan. Una de las voces de la hoja en blanco me ha querido decir que las imágenes vencieron a las palabras desde que la fotografía se inventó. No, que incluso antes, desde la pintura realista. Que movimientos como el impresionismo y el cubismo fueron de tregua pero que estamos en guerra. Otra de las voces ha mandado a callar a la primera. "No seas bruta le ha dicho" Jamás podrá la imagen expresar lo que la imaginación inventa.  Y una tercera ha salido neutral a decirles que no es para tanto, que cada una a lo suyo, que no me asuste, que pase más bien por el café que espero.
Me han dejado confudida esas voces. Yo le apuesto a la amistad entre la imagen y la palabra pero tú, sólo tu amigo lector puedes sacarme de dudas. Sé que es una posición incómoda pero necesito salir de este apuro. Dime simplemente... ¿es la bitácora del cuerpo un encuentro con la palabra o una forma de satisfacer un morbo indirecto de imagen?
Sí, sé que las imágenes son sugestivas apenas. ¿Bitácora del cuerpo recuerdas? Quería dejar una evidencia de lugares físicos que nos llevaran a viajes psicológicos. ¿Se ha logrado?
-¿Por qué escribo así? -fue la pregunta de una voz antes de entrar a la página en blanco.
-¿Así cómo?
-"Como las imágenes. Incentivas a que leamos. Sí señorita, sus relatos están cargados de eso. De espaldas sudor, arañazos, pasión, fluidos... y mucha coquetería."
 
No supe qué contestar. Entre la intención y el resultado... Mi inconsciente me está jugando una racha ahora es que veo los corazónes, las picas y los tréboles. Quién quedó por fuera ésta vez, ah sí: los ases.
 
 

martes, 23 de octubre de 2012

Duo de jeans, zapatos al ring


Mira la ciudad mientras yo me pregunto: qué piensa. Coincidimos aquí por un azar que aún no me es revelado y mientras los demás hombres se toman fotografías con modelos de cigarrillos y cervezas, él mira el paisaje. Me estoy acostumbrando a su presencia. Me gusta que use jeans y tenis verdes. Le queda. Yo salí al balcón por razones diferentes. Mi novio está adentro posando para las luces otra vez... Este hombre sale a la sombra y no sabe la luz que representa. Si me mirara me pondría roja en seis segundos pero esta absorto en una realidad que desconozco. Un momento, le suena el celular; lo saca del bolsillo, mira el número y no contesta. También huye de alguien más. En eso nos parecemos. Alguien viene, le ofrece un trago y da las gracias antes de buscar donde poner el vino. No le gusta. Otra coincidencia. ¿Preferirá el ron o el aguardiente? Llega entonces una pelinegra despampanante y él le ofrece el vino que rechazó. Lástima. La pelinegra sin embargo  no lo hace feliz. Lo sé por la manera como mira el reloj. Está tramando algo. Por un momento gira la cabeza a mi esquina y me ve. Bajo la mirada. Llevo ya rato observándolo... me evidencié. Debo hacer algo y rápido. Tomo el sobre que tengo por cartera y me dirigo al baño. El ambiente adentro me retumba en los oídos. No veo otra esquina desde donde pueda dirigir mi batalla. Cuando salgo está sentado allí, mirándome con curiosidad. Tomo entonces su pedazo de balcón y aunque no tengo gafas, miro la ciudad como él lo hacia. Me está mirando. Llevo también jean y tenis. Los míos son morados. Suspiro y no calculo el volumen. Creo que se va a levantar pero no estoy segura. Aparece de nuevo  la pelinegra y le dice:
-¿Amor nos vamos?
-Ve tú, luego te alcanzo.
¡Qué voz! No seas tan evidente. Entra más bien por un pasante.
En eso estoy cuando me agarra la mano.
-Hola, creo que no nos han presentado.
-No, tampoco creo que nos deberían presentar.
El tiene la ventaja de los lentes y yo nada donde esconderme.
-Ya veo. ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?
Le señalo al modelo de adentro y a su mujer en la salida.
Nuestro rato solos, terminó.
 Fotografía: Marco Ramírez

jueves, 18 de octubre de 2012

La Voz

Fotografía Marco Ramírez
 
 
Podría haberse tendido igual sobre la grama, sobre el piso o para variar y leer: en la poltrona de la sala, pero era tarde, y sus pies no veían la hora de tocar la cama. La Voz era el programa elegido y la emoción de cada participante parecía transportarla a la magia de la música para la cual había nacido sin oído. Cada vez que un concursante nuevo salia a la pista, ella hacía fuerza por los jurados que amagaban con oprimir el botón y se quedaban jugando a los timbales con los bordes. ¡No puede ser!  Se llevaba entonces las manos a la cabeza o una de ellas se adhería incrédula a una de sus piernas. Admiraba eso sí, los comentarios respetuosos, la motivación ante un aparente fracaso, la cordialidad entre los jurados y sobre todo: el humor. Ver ganar era parecido a sentir la emoción del gol porque aunque no entendiera los pormenores del fútbol, era capaz de seguir un partido sin perderse y comprender que con uno cero también se gana. Y sí Andrés Cepeda daba su voto y los demás se quedaban pensando en estrategia, ella se sentía feliz de ver que él, confiaba en su instinto y alguien más aprendería a confiar como él. Montaner, le traía recuerdos de una adolescencia casi olvidada. Dos veces estuvo en el Coliseo de Bedout, horas, en fila para escucharlo. Me va a extrañar al suspirar... porque el suspiro será por mí... De los jurados, le parecía el más exigente. Debe ser cuestión de experiencia. Se decía; y para qué, pero le causaba curiosidad la próxima fase del programa cuando comenzara el entrenamiento. Carlos Vives le parecía el más enigmático de todos. No sabía explicarlo. Tampoco era algo que puidera discutir con sus compañeros de oficina entonces no era fácil aclarar en qué consistía ese enigma. Tal vez su música alegre contrastaba con su mirada analítica, tal vez... Y bueno, Fanny siempre tenía una risa maravillosa. Se divierte siempre... y a todos los concursantes los quería para ella. Ah, no, comerciales otra vez. En eso timbran y es su novio con algunos familiares. Patricia, te tenemos una sorpresa. Te entregan un sobre rojo y te dicen: Tienes audición para la Voz. No sabes qué decir. ¿Pero si no tengo oído? Nosotros sí y de la ducha está bien. ¿Sal de ahí quieres? Lo siento pero ese no es mi sueño. No. No voy. Les agradezco muchachos pero si no es bajo el agua, yo no canto.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La mano del artista

Fotografía Marco Ramírez
La bitácora se enfrenta a una intersección. El compás, no es de espera, es en verdad el instrumento que traza en torno a ti, una circunferencia. La mano derecha sostiene un cigarrillo aburrido de esperar: la última bocanada fue hace más de dos minutos y se consume lentamente muy a su pesar. Su mirada apunta al techo a un pequeño agujero que filtra los pasos del apartamento superior; alguien va en tacones cuando ella agradece estar descalza. Son las dos. La oficina espera. El sastre se ensució en el almuerzo, un poco de fab y frote con buena dosis de plancha lo tienen suspendido en un gancho ejercitado. La tele a esta hora ni arrulla. El radio suena pero a un volumen bajo. Y el libro de Juan Ramon Jimenez está abierto en El Verano y suspendido en la historia de Platero chupando caña. La mano izquierda acaricia el pelo como si entre cabellos se encontrara el fragmento perdido de la última idea. Tú sigues ahí y ella olvidó la circunferencia. Está acostumbrada a que la observes aunque no haya logrado habituarse a ser ella quien te observa. Se acaba el tiempo. El rato juntos terminó. Te dice gracias, se levanta, toma su bata, y se arregla, no sin antes darle una mirada a ese bastidor. ¿Así soy yo?


lunes, 15 de octubre de 2012

Talla 10

Un hombre obsesionado con la belleza de la mujer que lo acompaña, es un hombre que te hace infeliz. No importa cuántos cortes de pelo intentes ni cuántos colores diferentes ensayes para sorprenderlo. Tú, ya, no eres la imagen de la cual se enamoró. Eres mejor y no lo nota. Posees la madurez de la experiencia, la templanza que dejaron los problemas superados, la ternura en la voz y la sinceridad en los ojos. ¡No! Él no lo ve. Sólo piensa en que te conoció talla 6 y ahora eres 10. Pobre hombre. No hace más que renegar por lo que te ve comer, que si es saludable o no, que si es frito es peor. ¿Y él qué? Si fueras a pagarle con la misma moneda, tendrías una barriga de peso que sacarle en cara. ¿Para qué? Es un niño mujer. Vamos, levanta ese ánimo. Sonríe. ¿Recuerdas aquel novio que adoraba tu risa?
 
Por un instante te provoca marcar la puerta con un letrero: Aquí no somos consumidores de belleza.
Somos bellos. Entonces uno de tus hijos te suspende el pensamiento y llega hasta a ti para acariarte el rostro; y te pregunta: ¿Estás triste mamá? Nunca le has negado tus emociones y accedes con la cabeza. ¿Y es grave? No mi amor. Es una verdadera tontería. Entonces, vas al espejo con el rostro desnudo. La cosmetiquera está abierta pero en lugar de sustraer algo, la cierras. Quieres salir sin maquillarte.
 
El sujeto que dice ser tu marido está sentado en el estudio trabajando y ni cuenta se da de que sales. En el parqueadero, tomas el celular y le marcas a ese amigo que hace un rato te viene coqueteando. No es venganza. Es motivación. ¿Aló? En un hora en Bon Marché. Perfecto. Vas al salón, te alisas el cabello y allí, en medio de mujeres cómo tú, le pides el favor a quien te peina que te ponga un poco de maquillaje. ¡Estás hermosa! -te dice convencida. ¡Cómo te ha crecido el cabello, recuerdas que hace un año lo cortamos por aquí! Y señala el punto exacto en tu espalda donde te desprendiste por un rato de el atributo que te representa en mayor medida, tu femineidad. Le agradeces, cancelas ambos servicios y llegas a propósito, cinco minutos retrasada a tu cita.
 
Este nuevo hombre en tu vida, te encuentra perfecta para lo que el busca. Te corre el asiento, te trae el café y conversan de tantos temas que la tarde se agota. Al final, está satisfecho, sólo quería tu presencia.  Lo abrazas y quedan en una próxima vez.
 
De regreso a casa, los niños aún te esperan. Tu marido está por fuera. Todos en pijama y abres las cobijas para incluirlos en la cama. Apagas la luz y la hora del cuento, está en tu boca.

jueves, 11 de octubre de 2012

Diarios y secretos, iras por doquier

Los pasos de mi vida me han seguido hasta aquí. Sólo uno de mis pies toca el piso, el otro está en un carrizo obligatorio treinta centímetros más arriba. Como un vicio, quiero mirar los ojos que la distancia y el tiempo me quitaron. No, no puedo, ya no están. Repaso entonces diarios desordenados, con tinta azul, negra y café. Diarios de letra pegada y emociones diversas. Revelaciones de la inmadurez. ¿Cómo soy? ¿Cómo he sido? La educación correcta no siempre es la correcta educación. No veo la palabra ira por ningún lado y muchas veces la sentí. Me eduqué para reprimirla. ¿Qué estaría pensando? ¿A quién le quería dar gusto? Ahora lo sé.
Escucho bolero y recuerdo a mi padre cantar: Contigo aprendí que existen nuevas y  mejores emociones.... Quince años atrás las diez era la hora de salida no la hora de acostarse. Él me miraba con asombro preguntándome cómo hacíamos para salir cuando él sólo quería ir a la cama. Ahora soy yo quien se va a la cama a las diez y extraña no poder darle una llamadita de buenas noches.

 Honestamente, ya ningún diario tiene sentido. Todos los contextos han cambiado. Las mismas veces que juzgué eterno un sentimiento éste fue finito. Si pudiera elegir un año para quedarme en él, sería 1993. Si pudiera borrar uno sería sin duda 1997. Si hubiese saltado del 96 al 98... la locura no habría podido alcanzarme.

La ira sin sin embargo me ha dejado pensando. A ratos me gustaría aprender a darle puños a una pera colgada del techo o imitar el entrenamiento de un personaje de Tarantino con un maestro de artes marciales. Abrirle fuego a mis represiones. No contener más la lava de mi ser. Decir por ejemplo que el martes a las cuatro es el día de los fuegos pirotécnicos emocionales y prenderme como una chispa mariposa. Se sentiría mejor que los once cálculos renales que he llevo en los riñones. Piedras, piedras son.


 

viernes, 5 de octubre de 2012

Angel Negro

Ese tatuaje tuyo me hizo sospechar. Parecía la cremallera que contenía tus alas plegadas. Sentía que en cualquier momento se abriría para deslumbrarme cuando no, tú ya lo habías logrado desde el primer contacto distante. Detrás de tu mirada en esos lentes oscuros y grandes, habías sabido sonreír con los ojos y empelotarme de risa. ¡Artista tenía que ser! Entonces yo me había puesto a contarte los dedos como si fuera a encontrar uno de más o alguno de ellos fuera a decirme un secreto perturbador. Fue peor: desde el principio fuiste auténtico y cada vez que sonreías sentía batir las alas que no podía ver. Me provoco decirte Quédate quieto. Pero me parecio cruel e injustificado. Te pregunté entonces si se podía tocar y con tu mano llevaste mis dedos hasta el lugar exacto de mi curiosidad. Entre tu nuca y tu espalda...el origen  de un cambio, la evidencia de una transformación. No te pregunté por qué. Las alas se abrieron y pude volar contigo por más de un instante.
 

jueves, 4 de octubre de 2012

Al lector

Se agotan las imágenes que pueden contar algo más que yo. Te observo llegar a esta página por curiosidad, costumbre o error. No tienes ni idea de lo que encontrarás y yo aún no me decido en la historia que quiero contarte. Te diría que la historia esta en mí o soy yo pero sería pretenciosa e imprecisa. La historia en realidad, eres  tú. Tú y la distancia que desde ahora nos mina. Me gustaría salir para presentarme y ver cara a cara, tu estatura. Me gustaría revisar tus lentes -si los llevas- y ofrecerme a limpiarlos como si se tratara de un parabrisas. Ya está, primera sonrisa. Me alegra conocerte en estas circunstancias y no en otras. En la vida real soy bastante aburrida. Siempre observando aquí y allá. Personificando todo lo que se me atraviesa; dándole poderes hasta a los perros y queriendo flotar como un sueño imposible. Ya sé, eres ingeniero/a de sistemas. ¿No? Falle al primer intento. Era obvio que fallaría porque eres mucho más de lo que tu profesión condiciona. Eres... justo lo que sueño. Un lector o una lectora; alguien con quien puedo compartir mis sueños imperfectos. Sí, claro que quiero saber de ti, pero la sección de comentarios rara vez me regala un 1. Se les han comido los dedos porque la lengua del lector rara vez lee en voz alta. Si supiera crear aplicaciones, les daría un link donde dejar los comentarios grabados con su voz. Qué bonito sería escucharlos luego y qué mágico poner replay. Sí, ya sé que pensarás que me estoy poniendo romántica y tengo que darte toda la razón. Espero que no hayas salido espantado a otra ventana o me hayas cerrado con temor. Lo cierto es, que mañana, después de una sesión de fotografía,  espero obtener  también, imégenes  masculinas que me permitan crear una atmósfera más completa e historias más diversas.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El suelo se ha vuelto pared

El suelo se ha vuelto pared y no tengo certeza de que la pared se haya convertido en suelo. Me arrincono sin saber si fue un temblor o un terremoto lo que cambió mis coordenadas. Abro los ojos pero tengo que cerrarlos porque no me acostumbro al cambio de gravedad. Estoy lejos de la ventana y no sé si igual que yo, otros han quedado suspendidos en un aire vacío. El teléfono comienza a sonar y me mareo de sólo intentar ubicarlo junto a los libros de la biblioteca. ¿Qué haré cuando el hambre asome o la sed sea intensa? Debo comenzar a prever situaciones hostiles. Ya no es clara mi supervivencia. Pienso que mi hijo llegará en una hora y me alegro al pensar que el cambio de norte lo tomó en el bus. Quizás en movimiento, sea menos brusco. Me consuelo. ¿Y sí no? No quiero pensar en los accidentes, los daños, su cuerpo lejos de mi protección. Tengo que ser optimista. Al menos si quiero sobrevivir. ¿Qué es todo esto? ¿Por qué las noticias no lo anunciaron? Oigo un grito. Es un ladrido. Mi perro. El instinto parece serle más útil porque viene corriendo invertido hacia mí. Puedo ver sus patas antes que su rostro pero ¿cómo es posible? Me lame las manos como suele hacerlo y me atrevo a soltarlas de este piso pared. Pronto estoy flotando y debo esforzarme por no golpearme con el tope de la puerta. ¡Qué extraño es! No me he acostumbrado a flotar cuando el fenómeno termina y voy directo al piso-piso en un golpe fuerte e inesperado. Al menos lo intenté. Salgo a esperar el bus de mi hijo y me doy cuenta que afuera, todo sigue igual. No levité. Soñé que levité. Ahora lo que tengo que esperar es que el sueño se repita cuando vuelva a quedarme dormida sobre el suelo como pared.


Fotografía: Juan Cano

martes, 2 de octubre de 2012

Nos fracturamos

Nos fracturamos en el mismo instante que decidimos no mirarnos más. Continué mi andar ligero provista de paraguas por si el clima era recio a la vez que tú te alejaste con tu bastón previendo un suelo desigual. Minutos antes, me habías ofrecido tu pañuelo y lloré en él soplando hasta los mocos del desconcierto. No te devolví el pañuelo y tú tampoco me lo pediste de vuelta. No volví a mirar tus ojos para evadir la evidencia de mi fractura. No volviste tampoco a buscarlos y el silencio se hizo incómodo e irrepetible. Eran las seis menos diez y la hora no anunciaba nada bueno. Podríamos habernos tomado de la mano para tomar un café o ver una película pero ya nada era igual. Tú te encerrerías a escuchar algún nocturno de Chopin mientras yo regresaría a casa sin tu mano como complemento y pensando todo el tiempo en el aguacero evidente que no se daría.
Es la hora del abrazo y ninguno quiere ceder. Es más fácil decir Hasta Pronto aunque los dos sepamos que ese pronto dure meses, quizás años. Por un instante, recuerdo la desnudez de tu espalda y mis dedos comienzas a extrañar aquello que aún tienen de frente y que ya, no les pertenece. Miro tu boca y me arrepiento porque me descubres mirándola. Me llevo la mano a los labios y siento todos y cada uno de los besos que pusiste en mí. ¿Con qué habré de reemplazarlos? Tu mano decide quitarme un mechón de cabello del rostro y en ese movimiento, tu tacto dibuja una línea en mi piel. ¿Piensas lo mismo que yo? ¿Es acaso ésta, una diferencia irreconciliable? El silencio de ambos es incómodo.
-Ve, vete ya. -me dices al fin.
Y entonces trato de memorizar tu rostro, la camisa que llevas, el jean gastado que yo te regalé y los zapatos de diario que adoraba quitarte. Tomo aire con esa imagen tuya y comienzo mi regreso a casa con la lluvia en los ojos y el mar en la boca. Comienzo a trotar y las rodillas apenas si logran sostenerme. Cuando estoy lo suficientemente lejos. Me detengo en un bar y pido un aguardiente doble. Lo pago, lo bebo, me patea y sigo corriendo. No puedo dejar de pensar en que nos fracturamos cuando decidimos seguir cada uno por su lado. ¿Cuál es mi lado sin ti? Ya  es muy tarde para preguntármelo. Tomo el bus, convencida del despecho que apenas comienza y tan pronto llego a casa, alimento a mis aves con nuestra historia.
 
 
 
 

lunes, 1 de octubre de 2012

Momentos con tu recuerdo

 
 ¿Puedo pensarlo?
 
 
¿Qué dices? Cómo me pides que te olvide.

Estos padres de ahora creen que la distancia es el olvido.
Nos está haciendo daño tanto bolero papá. Pero y qué hacemos, si escucharlo es estar cerquita de ti. Te digo por fin sinceramente que no puedo olvidarte. Es más, no quiero. Estoy aprendiendo a bailar además. Espero que desde donde estés puedas verme. Leal a la promesa que te hice. Sobreviviéndote.