domingo, 9 de septiembre de 2012

Un pollito en la boca de dos tiempos

Tengo tres entradas represadas antes de iniciar ésta. Una sobre canciones y memorias, otra sobre diarios y secretos, y finalmente una sobre Santafé de Antioquia. Acabo de leer dos cuentos de Eduardo Galeano en las Bocas del Tiempo y es sobre el tiempo que se me antoja escribir. Sobre el tiempo y él. Mi padre. No hay día que transcurra sin que lo piense. Las canciones parecen haberse confabulado: todas me lo recuerdan. Está tan vivo en mí que a veces hasta nos enojamos. La semana pasada le decía que cómo era posible que tal cosa o tal otra y lo único que recibí de respuesta fue: Claudia Patricia no me pongas quejas. Me calló desde su silencio y pues sí, le hice caso. A esa hora el nicho estaba cerrado y no me quedo más remedio que encender el carro, lanzarle un beso de buenas noches y regresar a casa con el temor de que mi memoria algún día olvide el verde exacto de sus ojos.
Galeano tiene una historia de un pollito azul, Pérez. Y justo hoy le decía a mi esposo que de niña me había traído un pollito de una finca al que bauticé Pomis. A mi padre el cabello se le puso mas cucú que de costumbre porque el apartamento era todo en tapete y me dio una semana para salir de mi amiguito. Fue una semana entre divertida y triste. En Rosedal había parque y mis hermanas y yo, sacábamos a pasear el pollito. Corríamos con su nombre Pomis, Pomis... y él, aunque no era azul ni tenía plumas mágicas, era maravilloso. El sábado llegó con su plazo previsto y mi padre nos subió al carro. Fuimos hasta donde una amiga; Lilo, que tenía casa con gallinas y allá le dieron asilo a mi pollito. La próxima vez que lo vi, ya era gallina, necia por cierto, le gustaba dormir en la ropa de mi amiga y ella la acariciaba como si se tratara de una gata. Cuando la vi, supe que no habría tenido la paciencia de criarla. Le di las gracias a mi padre y nos fuimos juntos, tomados de la mano, a comer un helado antes de regresar a casa.
 

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