lunes, 20 de agosto de 2012

Zweig y la enfermedad

"Cada obstáculo en la naturaleza es una reminiscencia
de una más elevada patria"

Novalis
¿Qué es la enfermedad? Tengo en mis manos la herencia de un libro: La curación por el espíritu, de Stefan Zweig, y el epígrafe coincide con su punto de partida. Dice además:
"Es la salud natural en el hombre, la enfermedad, por tanto, contranatural. ¡La salud! Ella es acogida por el cuerpo como cosa normal, como los pulmones acogen el aire, como los ojos la luz; muda, vive y crece al compás de las generales manifestaciones de la vida.
La enfermedad, en cambio, irrumpe bruscamente cual intruso y, arremetiendo contra el alma aterrorizada, despierta en ella toda una plétora de preguntas. Porque, ¿de dónde viene ese malvado enemigo? ¿Quién le ha traído? ¿Va a permanecer? ¿Va a retirarse? ¿Se le puede conjurar, ablandar o o dominar? Con fuerte garra arranca la dolencia del corazón las más opuestas emociones: terror, fe, esperanza, desaliento, anatema, humildad y desesperación. Ella enseña al enfermo a interrogar, a pensar y a rezar; ella le enseña a fijar en el espacio su despavorida mirada, y a descubrir un Ser a quien ofrendar su angustia. ha sido, ante todo, el sufrimiento el que ha inspirado al hombre el sentido de la religión y la idea de Dios."

Me devuelvo a una frase del último párrafo: Ella (la enfermedad) enseña al enfermo a interrogar, a pensar y a rezar. ¿Qué ocurre entonces con quién se ha manifestado agnóstico o ateo? ¿Se siente únicamente solo? No lo creo. Fui testigo consciente de esa búsqueda espiritual en mi padre cuando ya el cáncer se había regado por su cuerpo y los médicos lo habían deshauciado. Varias mañanas me lo encontré desayunando con el Padre Juan hablando de El Dios Desconocido. Y ahora que leo a Zweig siento que sí, tiene razón, en nuestros momentos más duros y aciagos la mirada se vuelve introspectiva. Cuando el cuerpo no responde, la mente adquiere una fuerza distinta. Se es consciente de la propia fugacidad. Se teme. Y es entonces cuando el miedo a la perdida es más grande. Nuestra morada es el cuerpo, nuestro abrigo también; perderlo, es perderlo todo. Morir es renunciar a todos los apegos. Llegar a la cima de la torre construida para comprender que es hora de irse sin posesión alguna.

Pienso entonces en el desdoblamiento y me pregunto si la muerte tendrá al menos ese componente agradable de la ingravidez. El poder ver, por ejemplo, el quirófano desde el cieloraso. El sentir una asunción propia hacia una dimensión desconocida. Porque sí, es terrible la enfermedad. Pero hay que ver lo que está ocurriendo con nosotros desde que la medicina predice y la pospone. Sociedades con expectativas de vida superiores a los 80 años y el gran grueso de la población en ese porcentaje. No sé ustedes pero a mí la larga vida no siempre me resuena con abundancia. ¿No será que los hombres cada vez estamos más apegados a la existencia y en el afán de encontrar el elixir de la larga vida, alargamos los años sin consciencia alguna de su propósito?

Debo leer a Pedro Schlemil, el héroe de Chamisso, para la próxima vez que sienta que mi sombra se ha perdido.

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