viernes, 17 de agosto de 2012

La piel del año que se va


Estoy mudando de piel. No puedo ver cómo caen mis escamas pero puedo escucharlas crujir cuando por accidente me paro sobre ellas. Escamas de todos los colores forman un tapete que evidencia mi transformación. El siete se ha ido. Es el ocho el regente que comienza. El buho ha regresado con su mirada angular para recordarme que el cielo no le pertenece a nadie. Sus ojos me recuerdan a alguien...  la hora es azul y el viento ha esparcido mis escamas por doquier. Es momento de traer la escoba. No quiero visitas. No sé quién soy con esta piel nueva. Torpemente comienzo a barrer mi pasado. Lo admito, tengo la tentación de agacharme y disecar una escama como si fuera el pétalo dentro de un libro. Me abstengo. Más bien traigo el recogedor y las empujo todas hasta el fondo. La bolsa negra las está esperando. Irán a parar a la Curva de Rodas junto a pañales, toallas higiénicas, y todo lo que se considere basura. Un momento, estoy equivocada,  en las normas de sanidad de los salones de belleza, cualquier fragmento humano, uña o cabello, es azaroso y tiene otro tratamiento: se incinera. Ya puedo imaginarlas arder. Una cremación temprana de un año de mi existencia. Si no duele la piel muerta, ¿dolerá el cuerpo cuando no haya ni una célula con aire vital?
 ¿Y si son reciclables? ¿Entonces qué carajo hago con ellas? Siempre he tenido problemas cuando de reciclar se trata. Si fueran de vidrio sería sencillo. Si fueran de plástico también. Pero son mi piel... mi pasado... la memoria de instantes como la última vez que acaricié el rostro de mi padre...
Ahora se me ocurre es que puedo jugar a ser el cirujano de la Cara Oculta. Puedo recogerlas con escalpelo e intentar hacer un collage de mi cuerpo. Puedo tejer un vestido para revivir momentos.  ¡No, no puedo! Un año ha muerto. Cierro los ojos y con la fuerza del presente, antes de soplar la vela, pido no ver las escamas... los abro y el recogedor está vacío.  

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