miércoles, 8 de agosto de 2012

La bruma

Se destiló la aurora en una mañana insípida. No había canto de aves ni viento coqueteándole a los árboles. La quietud era aterradora. Desde mi balcón podía sentir el miedo de quienes también se asomaban a ver aquello que por olfato sentían distinto. Los buses no pasaron a recoger los niños ni las cadenas de televisión emitieron sus alegres programas matutinos. Pronto se supo que una bruma espesa descendía desde las montañas y el valle, no supo qué hacer con su primavera.

Tomé a mi hijo en brazos y me subí al carro lamentando los galones de gasolina que por cansancio no incluí en el tanque la noche anterior. Tres rayas nos llevarían a algún lugar, no sabía qué tan lejos y mucho menos, qué tan seguros.

Por un momento pensé que lo mejor era conducir hacia la bruma y me di un golpe de cabeza por semejante torpeza. Pero como verán, fue precisamente lo que hice. A mi hijo, lo senté a mi lado y le abroché el cinturón. Le dije que tendríamos una aventura y no pude convencerlo de que no sentía temor. Ascendimos las lomas y luego Las Palmas con muy escasa visibilidad. Por oído sabíamos de las ambulancias y los bomberos que subían o bajaban a un infierno indescriptible. Intentamos sintonizar una emisora, pero no había señal. Comenzamos entonces a cantar para calmarnos.

Y allá arriba, en la planicie, no había bruma. Toda había descendido a la ciudad y aunque no entendiamos sus intenciones no nos quedamos a mirar, continuamos avanzando en el camino hasta que una curva dibujó un hostal. Allí pedimos posada y un par de caballos para ir de aquí para allá.

La ciudad ha muerto.

La ciudad ha muerto, dicen los lugareños. Hundida, sumergida, aterrorizada. Ni siquiera el río permea el valle. Donde había agua ahora sólo quedan rocas.

A veces, muy a veces, vamos a caballo hasta el mirador. Y el desierto gris nos pone los pelos de punta y la lengua corta. Ya mi hijo es un hombre y no hay día que me pregunte como supe que debía conducir hacia el peligro en lugar de alejarme de él.  Fue la bruma... No sé cómo, pero pude oírla.

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