domingo, 29 de julio de 2012

Un corazón vertebrado

Acorazado. Así era el corazón de esta mujer. Repleto de yunques y otros huesecillos, la hacían emitir un extraño sonido al respirar profundo que bien podía asemejarse al eco de una marimba interpretada por niños. Su anatomía, correspondía a su afán de evitar los fracasos afectivos. Eludia a toda cosa enamorarse quizás porque tenía la certeza de que cada intento representaba una quiebra y como no existían médicos que entablillaran los yunques... el único resultado consecuente era el dolor.
Cuando estudió biología se decepcionó al saber que los corazones eran músculos porque ella podía escuchar a su pequeña fortaleza crujiendo dentro de sí cuando recostaba la cabeza en la almohada para ir a soñar.
Sí hubo un príncipe en su vida, alguna vez... pero tan pronto se fue, experimentó el primer rompimiento: El hueso martillo que cubría la aurícula derecha se fracturó en dos justo por el cuello. La cabeza quedó a un lado y la apófisis al otro. El dolor fue insoportable. Tuvo que ponerse hielo durante días en el pecho para calmar la inflamación. En casa le dijeron que no era para tanto, pero... qué iban a saber ellos de eso si sus músculos trabajaban correctamente.
Lo lógico era que guardara reposo e intentara recuperarse pero no. Era demasiado orgullosa para demostrar que estaba herida. Continúo luciendo la misma cara y buscando encuentros sutiles para ver a aquel príncipe. Nada fue como antes, con el tiempo el príncipe se alejó y la primera herida, fue irreparable.
Después se prometió que no se enamoraría de príncipes y sus ojos salieron con plebeyos. ¡Es más fácil! -se decía, pero pronto caía en decepción y otro yunque se partía.
Cuando no quedaron más huesos por quebrar, su corazón quedo expuesto y temió que las puntas de los huesos antiguos la hicieran desangrarse como si se tratara de espadas filosas y en pie de guerra.
Corrió y corríó en la búsqueda de un lugar dónde esconder su corazón. Pero sólo en su cuerpo podía esconderlo, así que optó por dejar la bóveda de vertebras vacía y hacerle espacio junto a la silla turca. Nadie tenía forma de adivinar el intercambio y eso tuvo sus ventajas porque en un principio le puso razón al corazón.
...En un principio... luego su corazón se volvió cómodo y le otorgó un indulto al primero que descubriera dónde lo había escondido. Bajó la guardía y aquel ser, se llevó su cordura. Le dejó la silla vacía y el saco de vertebras sin utilidad alguna. Se demoró mucho en descubrir que ese amigo había querido hacerle un favor al bajar el corazón hasta el chakra raíz. Había pensando demasiado y era hora de que sintiera.
La rabia la hizo sentir hormigueo cada vez que se creía amando y tener el corazón tan lejos, no le permitía escucharlo.
Fue entonces cuando se hizo un tatuaje en el sacro y el corazón volvío a subir hasta su cetro.
Todos los huesillos fueron arrojados al torrente sanguineo y no temió ser un músculo más de su cuerpo. Por fin estaba lista para amar pero la tarea comenzaba desde adentro. Tenía mucho por comprender, desde el deseo hasta el desprecio. Algún día, amaría sin miedo.

domingo, 22 de julio de 2012

Una estación por un paraguas


El frío era una gran costra invisible que se adhería a las ropas y al rostro descubierto. Con sus dedos podía sentir la temperatura de la punta de su nariz. Pronto comenzaría a llover y su paraguas soportaría el último aguacero antes de ser reemplazado por un modelo más nuevo y moderno. Los cuadros estaban out pero la habían mantenido seca durante meses. Ahora la pregunta era dónde arrojarlo. Aún no había comprado el sustituto y sentía un leve remordimiento por ese amigo inseparable y hasta confidente que había resultado ser un pedazo de tela con 8 varillas metalicas. Por un momento pensó que podía dejarlo como decoración pero su pieza era demasiado chica y todo lo que había en ella tenía una funcionalidad específica. Se le ocurrió que podía prepararse un coctel gigante y poner la sombrilla como decoración pero la idea posterior de la resaca consecuente... la hizo desistir de aquella loca premisa. ¿Un Caipirinha o un Tom Collins? -pensó. Como si pudiera costear el vodka... terminaría haciendo un jugo de tomate insípido. Continúo su camino hacia el almacen de saldos y se maravilló de ver los intensos colores de las sombrillas nuevas: fucsia, morado, azul eléctrico, verde ácido... y escondió bien en el fondo su antigua compañera para que no se sintiera vieja. Había tantos diseños en aquella tienda que tardó más de media hora en decidirse. Los puntos le recordaban a 101 dálmatas así que no se fue por esa sección. Prefirió un diseño de flores para una ciudad donde el polen se respira más de manera artificial que real. En fondo blanco, lilas y tulipanes colmaban el escudo al cielo con una gracia asombrosa. En la caja registradora había un estuche para lápiz labial que hacia juego con la sombrilla pero se contuvo de comprarlo. Para adquirir el estuche primero tenía que tener pintalabios y no era de las que se maquillara. Además, estaba fascinada con el estuche del nuevo paraguas: traía dos bolsillos a los lados que bien podían utilizarse como monederos o algo más, no sabía que más pero con el tiempo lo descubriría. Pagó la suma exacta, que correspondía al valor menos el cuarenta por ciento y salió a encarar la frialdad bogotana. Como con su paraguas anterior, lo inauguró abriéndolo a pesar de que no hubiera lluvia. Apuntó hacia el cielo con plena confianza en ese tenue resplandor de una mañana sin sol y lo cerró para cerciorarse de cómo hacerlo lento y rápido sin machucarse. El paraguas de cuadros seguía en el bolso, ajeno al destino que le deparaba. Entre la carrera sexta y la sesenta y ocho, justo en frente de una Notaría Pública, Astrid abandonó el paraguas. Lo puso justo en el único lugar donde los rayos de sol lo hacían visible. Lejos de casa para que no tuviera la tentación de regresar por él y cerca de todo lo que buscara algo de que apropiarse. Ese día no llovió. Tampoco el siguiente, ni el día después. La lluvia hizo huelga de cariño por las canciones que Astrid le dedicaba mientras iba al conservatorio. El pavimento se hizo cada vez más caliente. La furia de la ciudad se volcó sobre el fenómeno de nombre infantil y Astrid no pudo ni quiso cantarle a su sombrilla de flores.

La fama de la ciudad fría se desmoronó.
Su comercio cambió radicalmente. Se deportaron las cobijas peruanas y los tapetes de invierno. Las cortinas se hicieron ligeras y la gente pudo verse en los edificios con sus vecinos por primera vez. El verano había desplazado al invierno y en el Parque Simón Bolivar, construyeron canchas de voleibol como  una extraña replica playera.

Astrid, sin embargo, no se dio por vencida y para estrenar su paraguas, lo metió a la ducha y cantó y cantó y cantó hasta que le salieron lágrimas. Las flores no entendieron su tristeza y aunque fue al lugar donde había dejado al escocés... no pudo encontrrlo. Ahora un anciano lo lleva por bastón, mientras empuja un carrito de mercado con los enseres que para él son necesarios.

Si el anciano canta bajo el paraguas, la lluvia volverá... Si Astrid lo encuentra y le canta... la lluvia volverá. Mientras tanto... el pronóstico del tiempo sigue soleado y seco.

viernes, 20 de julio de 2012

Xochimilco


Una sola vez en Xochimilco, me senté a tu lado en una barca con nombre de mujer; no recuerdo si era Laura o Claudia; al fin y al cabo estábamos solos y no noté la expresión de tu rostro cuando leiste aquel nombre que nos llevaria lentamente por aguas tranquilas mientras me declarabas tu amor. Fue claro que no pudiste. Lo intentaste. Estabas sentado en su nombre y yo era la otra que recibía canciones. Cuando nos ofrecieron la Corona dijiste que preferías agua. Estabas sudando así que te pregunté si te encontrabas bien. Te escurriste el sudor de la frente con una de las mangas de tu blusa y todo el tiempo evitaste mirarme a los ojos. No me quedó más remedio que escuchar las canciones, aquellas rancheras tristes y ver a las parejas que compartían el escenario con nosotros; ellos sí, muy juntitos y apapachados. Intenté ponerte tema de conversación pero fue inútil. Te pregunté qué haríamos el día de los muertos y sí ya tenías tu estatua dulce para regalarme. Dijiste no con la cabeza. Y yo sí me tomé las cervezas que a ti te faltaron. Me paré porque la situación me parecía insoportable y mi falta de equilibrio me tiró derecho al agua. Sali furiosa y empapada; más lo primero que lo segundo. Y cuando lograron ponerme de nuevo a salvo fue que leí: Claudia... Te miré y tenías el rostro escondido en el codo sobre la mesa. Esta vez entonces me tiré al agua, nadé hasta la orilla y regresé sola a mi casa.