sábado, 30 de junio de 2012

No puedo dejarlo morir

Sí, es cierto. La segunda novela cada vez toma más de mi tiempo, mis ganas, mi esfuerzo. Sin embargo, el blog ha sido tantas veces mi sustento de palabras que no puedo ser tan egoísta y negarle todo tipo de contacto. Una entrada semanal hará la diferencia entre la muerte, el coma y la continuidad.


Un dije en el suelo brilló, para salvarse de la noche y la desidia. Una niña subía hacia su casa cuando lo encontró como un pez agonizante. En sus manos volvió a adquirir la forma acostumbrada: la de instrumento musical. La niña no sabía qué era un saxosofon y mucho menos que se fabricaran piezas de joyería orfebre con su figura.
Mamá, mira lo que encontré -fue su saludo al cerrar la puerta.
Y con toda delicadeza lo puso sobre el mantel. La madre hizo una mueca y le dijo: ese saxofon no te pertenece. Pero si yo lo encontré mamá, estaba en el piso...
Lo sé, pero eso no te da derecho de propiedad sobre él. Su dueña puede haberlo perdido y quizás haya preguntado en portería por él. Vamos a hacer algo. Puedes quedártelo pero vamos a decir en la administración que sí alguién pregunta por él, tú lo tienes y lo devolverás. ¿Está bien?

Como podía la niña negarse. Claro que estaba bien. Además el tiempo era lo de menos mientras pudiera colgar aquel tesoro de una cadena en su cuello. Tenía una de oro, la de la virgen y la primera comunión. Pero aún no sabía qué era un saxofon. Entonces le preguntó a su madre y antes de explicarle con palabras, buscó un video de Kenny G interpretándolo. La niña quedó maravillada y se preguntó si ella podía llegar a tocar así. No lo dijo. Simplemente le pidió al dije que le regalara la música así como le había sido revelada por azar.

Primero tuvo que aprender la flauta dulce, luego la transversa y estuvo a punto de claudicar. Pero temía que si lo hacía ya no sería merecedora del dije y él se iría como llegó a su vida.

Nadie reclamó el dije pero un día en la calle una mujer le preguntó con insistencia cómo lo había obtenido. Tuvo miedo de decir que lo había encontrado y prefirió responder que se lo habían regalado. ¿Y qué tal que esa mujer fuera la dueña? Haber mentido la perturaba tanto que no pudo volver a tocar nota alguna. Primero la abandonó la música; luego el sueño y finalmente la cordura.

La madre, desesperada, buscó ayuda en psiquiatras y doctores, pidió un saxofon prestado para que su niña viera que estaba cerca de lograr su sueño pero a duras penas si lo miró; era como si el fantasma del silencio la hubiera encontrado drenar sus pensamientos como notas de pentagrama.

Era un embrujo. Entonces la madre le arrancó el saxofon del pecho y lo abandonó a la noche como debío de haberlo hecho cuando lo encontró. Se cercioró entonces, que nadie más lo encontrara. Y para ello, lo enterró.

Al día siguiente su hija se levantó. Gritó cuando no palpó en su cuello la joya de su adoración pero pudo llorar y hablar: ¡Perdón mamá! No podía dejarlo morir.

Nadie muere.

Esta mañana ballenas han encallado en la costa pacífica. 22. El mismo número de botones del saxo.
Algo tuvo que desviarlas.



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