domingo, 29 de abril de 2012

Verdeazul

Descansa sobre una poltrona estampada de círculos azules y grises. Mira la terraza y los Laureles, y le parece que están cansados de aparentar ser una cerca ficticia. Escucha a un niño en el pasillo gritar que no quiere y lo oye gritar con tal fuerza que se pregunta por qué lo obligan.  Un leve hormigueo a comenzado a subir por su pierna izquierda y, aunque no le gusta, deshace el carrizo que aprendió de niña y que es parte de su postura cada vez que se sienta. Suena el timbre; no fuma, entonces no tiene que apagar ningún cigarrillo antes de pararse a abrir la puerta. Va simplemente. Le entregan el correo, unas cuantas facturas y la última revista Semana. Recibe las cosas y regresa a la poltrona. "Un mes más" -se dice. - Y cierra los ojos para pensar en aquellos que por decisión del destino no ha visto más. ¡Cuánto lo extraña! La cafetera suena lista. Dos de azúcar, revuelve y ya está. Regresa a su asiento en primera fila hacia el más acá. Le gusta sentarse allí cuando puede darse el lujo de ver pasar las horas sin afán. Eso suele suceder en domingo, como hoy.

Hace un rato dijo a través del computador palabras muy hirientes a un buen amigo; por provocación o no, la verdad es que no tiene excusa para su comportamiento. Quiere llamarlo pero sabe que sería inútil. Ahora sí anhela saber fumar. Al menos ese humo podría llevarse por un rato su ansiedad. El amigo la borró de su vida como quien sacude la ceniza de un pantalón. En eso nos aventajan las redes sociales, todo es cuestión de añadir o borrar. Ahora ella tiene el corazón fragmentado sin partitura alguna y  los Laureles son el único horizonte de abrazo.

Es tal la incertidumbre que toma un mazo de cartas. La primera tirada no le dice nada así que repite la pregunta en voz alta:

El problema: la confrontación. Vidas entre las vidas se han encontrado y el pasado inconsciente los ha separado. Un corazón invertido y atravezado por tres espadas bajo la lluvia denota la pena que ahora abruma su alma. Todo parece indicar que continuará sola el camino aunque él la lleve en el pensamiento y la rabia. Sin embargo, el as de Copas como resultado es esperanzador, de estas emociones turbias una clara pureza puede surgir, y después de todo, no será necesaria la confrontación  o podrá ser olvidada con conversación. De cuatro cartas con espadas, la quinta es el 5 de espadas, no será necesario discutir por pequeñeces después de todo.

Es momento de pedir disculpas. Ella se prepara con un regalo que quería darle. Escribe una carta y se equivoca en la fecha por un día, no la tacha. Le dice entonces que está arrepentida y antes de que sea muy tarde, reune el coraje suficiente para darle la cara y la carta. Él no sólo no la espera sino que su visita es desafortunada. La deja llena de palabras y se va sin recibirle ni el regalo ni la carta. Entonces ella se despide y le promete que no la verá más nunca. Él se ha llevado su risa y parece no notarlo.

Más nunca comenzó hace unas pocas horas... el vacío consecuente es largo y delgado.

Ella se sienta en la poltrona y piensa que es más fácil poner un huevo que volver a verlo. Intenta pensar en cómo sería lo segundo y se le ocurre que solo lo casual podría reunirlos. ¿Pero cómo? No frecuentan los mismos sitios. Piensa en el huevo y aunque ya pasó Pascua, va a la cocina como una niña a buscar uno para pintar. Quizás no pueda poner uno pero sí puede decorar otro.

La tarde transcurre más amable. El silencio persiste pero la culpa se ha ido. Sale el sol, una siesta la abraza. Los Papiros más allá de los Laureles denotan la tormenta de la que hace un rato, fue partícipe.
Jamás espera. Algo en ella tiene la certeza de la pérdida.  Termina de decorar el huevo con verdeazul y se sienta a describir la ausencia con total entrega y transparencia.

Fotografía: Juan Cano




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