miércoles, 25 de abril de 2012

Alcancía de recuerdos

Para evitar olvidarte construí una alcancía de recuerdos con tu nombre en ella. Lo primero que hice fue pintarla. De azul, por supuesto. Le agregué blanco para simular olas y casi se me va la mano intentando dibujar una estrella no celeste. La tape enseguida e hice mi primer depósito: un beso en blanco. Lo hice potente para que fuese lo primero en salir una vez la alcancía fuese abierta. Después, escribí tu nombre en un papelito amarillo. Cuatro letras cuidadosamente escogidas entre el abecedario y sin repetición, que hacían referencia a ti; a tu importancia en mi vida; a tu hombro cada vez que se me salieron las lágrimas; y también, a tu anatomía. Escribí: miel, barba, pecho, cielo... Y como la ranura de la alcancía era muy pequeña continué escribiendo y deslizando recuerdos como aquella vez que los riñones me fallaron y te la pasaste empujando mi silla de ruedas en un hospital buscando que me atendieran. Sin que te dieras cuenta, te robé una cana. Y para que mi alcancía estuviera completa, deposité una nota con tu letra en ella.
Cuando estuvo llena tuve que esconderla.
Tú seguiste dándome motivos para escribir, amor y una que otra distancia para no olvidar quiénes éramos antes de conocernos. Entonces tuve que hacer una segunda alcancía, pero no de recuerdos. Me dije que el pasado ya era inamovible y que hacer una alcancía de sueños era una fantasía además imperceptible. Entonces me dediqué a recolectar momentos presentes. Ahora mismo: te espero.


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