sábado, 29 de diciembre de 2012

Me gustan malos

Fotografía: Jose Luis Ruiz

-Míralo Pilar, dime si no es lindo. 
-¿Lindo? Vos estás loca mujer. Ese hombre lo que es, es más malo...
-Pero de dónde sacan todos que sólo es malo. Sí, se mantiene armado. Pero en estas tierras, por estos tiempos, ¿no tiene un hombre que mantenerse así para proteger a los suyos?
-¿Proteger? Ay Pilar, no te hagas la ingenua, que no te luce. Y párala ya con esa sonrisa. Se va a dar cuenta que estamos hablando de él. 
-Que se de cuenta. Mira, ahí viene.

-¿Por qué tan solas?
-Aquí esperando que pase un caballero y nos invite a una cerveza.
-Dos cervezas, ¡Cantinero!
-¿Y dónde piensan pasar año nuevo?
-Sobrevivimos a noviembre, algo hay que hacer para festejarnos entre tanto muerto.
-No lo hemos discutido aún. Es que Lucía no es de fiestas. Y los hombres, le gustan buenos, en cuerpo y alma.
-Eso sí es un problema. ¿Es verdad lo que dice tu hermana, Lucía?
-Por suerte o por desgracia.
-¿Y a ti cómo te gustan Pilar?
-Como vos. Malos hasta los huesos.
-¿Y quién te dijo que mis huesos eran malos? Vea esta sonrisa mujer... Mire este guiño de beso...
-Lástima.
-¿Lástima por qué?
-Porque no sos pa´mí. 
-Ah, eso sí es muy cierto. 
-Malo tenías que ser.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Sin temor a los lugares comunes

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Pedí pasillo y no sé qué estaba pensando la niña del counter que me dio la ventana. Odio este puesto. No me caben las piernas. El morral adelante para rematar me quita espacio. El señor de al lado tiene cara de ser  de los que se duerme tan pronto el avión despega y para rematar: ronca. Ojalá no venga nadie y pueda cambiar mi puesto por el pasillo. Ya lo dije, odio la ventana y más cuando llueve, cuando el clima nos ha impuesto una tardanza de dos horas y creo que incumpliré todas las citas que organicé con cuidado. ¿Qué es la demora? Ya están anunciando que cerrarán compuertas. Por fin. Un ejecutivo llegó para mi puesto y al sentarse -con una sonrisa- derrumbó todas mis intenciones de pasarme. El avión va repleto. El de las seis lo cancelaron y aquí hay gente que madrugó mucho más que yo. Odio madrugar porque en realidad no duermo: me la paso mirando el reloj a la una, las dos, las tres hasta que es hora de levantarse y llamar el taxi. A veces me subo en el carro al aeropuerto pero cuando es tan temprano no. Siempre pienso que algo puede pasar, que una llanta puede pincharse y que de ser así perdería mi vuelo y mi paciencia. No puede ser, ya anunciaron leve turbulencia y el avión sigue en pista. ¿Seré parte de la caja de cereal voladora mientras me tomo un café con instacream? de ser así, mejor no pido nada de beber; con la suerte que tengo termino manchándome toda la camisa antes de comenzar el día y avergonzada cada vez que tengo que darle la mano a un nuevo cliente por no estar impecablemente vestida. 
-Señora, qué desea tomar: ¿jugo, agua, café?
-Nada, gracias.
Continúa lloviendo y el avión está en una cómoda posición horizontal. Suena la alarma de "es seguro desabrochar cinturones" pero jamás me lo quito a menos que tenga que ir al baño. El señor de al lado: ronca. El del pasillo, me mira en gesto de complicidad frente a la misma incomodidad. No me queda más que mirar una ventana lluviosa. Habla el capitán. Dice algo relacionado con la altitud y un municipio que se puede ver justo al otro lado del avión. No comprendo bien sus palabras, no sé si es el aire de la cabina pero siempre me da la impresión de que los hace hablar en letra pegada. Otras veces en cambio, creo que todos son costeños y se comen la s. No sé. ¡Uy sí me tocó atrás! A duras penas si veo las turbinas del avión. Sólo estas gotas oblicuas que parecen jugar imán con la ventana. Veinte minutos más y aterrizamos. ¿Cómo estará el clima de la capital? Este capitán parece leer mi pensamiento. Dice que la temperatura es de 18 grados. Al menos. El roncador se despierta y pregunta si ya pasaron con el servicio abordo, ¿qué tal? De pronto fue uno de los que más madrugó y yo aquí juzgándolo tan duro. Me sonríe y me pregunta la hora. Le digo que son las 9:10 a.m. y me da las gracias por un gesto tan sencillo. Sentimos el tren de aterrizaje bajar y  en minutos estamos en la pista. Al llegar, hay sol. La última gota imantada se escurre en mi ventana. 

Ábrete sésamo

Fotografía: Jose Luis Ruiz

No seas tan avara con su silueta. Vamos, ábrete. Somos sólo un árbol y un arbusto queriendo ser ella. Aún es temprano, a esta hora las cobijas deben tenerla, no envuelta, sino por debajo de su piel blanca y perfecta. El poco sol que permite colarse le dirá que es de día y se levantará sin esfuerzo a abrir la llave del agua caliente. Moverá las cortinas y bajará rápido a prepararse un chocolate antes del baño. Se lo tomará en el balcón observando la represa y a aquel pájaro que llaman soledad y se mantiene haciéndole visita. Encenderá su celular y encontrará una lista de mensajes de texto y dos de voz. No mirara el correo tan temprano. Primero el baño. Se beberá el chocolate con ambas manos y pondrá el pocillo junto a la chimenea. Luego irá al armario y "pensará en qué ponerse". Mirará para afuera dos o tres veces antes de decidir que el lila sale con el clima o el clima se parece al lila que quiere para la blusa que eligió. El tono de jean, es el más oscuro en azul; las botas: grises. La ropa interior, acorde a la exterior. 
Ya viene, vamos, ábrete. Hoy es martes y todos los martes se lava el pelo. Entonces el baño es más largo y el vapor se termina antes de que ella se eche el bálsamo. Vamos, ábrete. Mira que a veces canta y desde aquí no se escuchan más que fragmentos de su canción. Y no nos importa si tiene buena o mala voz. Es su voz y eso es suficiente. ¡No puede ser! Ya hizo el movimiento de persianas con los dedos. Ya sus ojos se asomaron a nosotros y... no nos vieron; o nos vieron iguales a todas las mañanas: Un árbol y un arbusto anclados al paisaje que anhela mirar su cuerpo desnudo.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un proceso al origen

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Las letras han regresado al origen; se han aglutinado en las hojas del maletín de un hombre que viaja con sombrero. Han permanecido calladas e inmóviles hasta que el hombre se detuvo en un parque a morder una manzana y revisar un proceso penal que llevaba en curso. El viento, cómplice de una cruzada imposible, sacudió con fuerza el piso para hacerlas ascender hacia su destino. El papel quería volver a sentirse árbol, sin embargo las letras se sentían enjauladas en unas coordenadas donde nadie podía leerlas. Enjauladas y en riesgo, pronto llovería y la r se mezclaría con la e y la ñ perdería su elegancia y todas juntas tendrían que visitar a un psiquiatra para recordar cómo eran antes del diluvio y qué era aquello que querían transmitir. La hoja, sin embargo, es un marco fuerte y si su voluntad es permanecer en el árbol, de nada servirán los brincos de los puntos de las ies ni las frustraciones de las efes. Las hojas han querido regresar al árbol y a nuestro hombre parece no importarle quizás porque su sombrero es de fique y aún está sobre su cabeza. Si unas hojas huyen... otras pueden queren ocupar su lugar. Es así como deja el maletin abierto y se sienta a esperar.
Las letras, sienten que han ido a la horca. Le piden al viento que las devuelva a su sitio pero lo único visible es el agua que comienza a caer en gotas largas y espaciadas.
El caballero, cierra su maletin y busca un lugar con techo mientras se despide de un largo proceso en el que nunca tuvo pruebas convincentes para defender a su cliente. Quería demostrar que era el mejor en su categoría pero el viento le quito el peso de tener que reconocer que había armado un caso de la nada. Ahora el caso se desvanecía y tan pronto escampara iría a dar la cara -sin sombrero- para reconocer que, era el momento de perder y el cómo hacerlo era lo único verdaderamente diferente.
Antes de partir, tomó una fotografía de la evidencia -por si le preguntaban- y se marcho agradecido con el viento por haberle ayudado a tomar la decisión de la sensatez en lugar de la soberbia. Su cliente, una mujer, no estaría para nada contenta, pero no se hizo abogado para agradar a nadie. Si quería las pruebas... sólo tendría que buscar el árbol de hojas cuadradas en el segundo parque de Laureles. Al menos eso, sí tenía. La dirección exacta del archivo móvil.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Mi Vikingo favorito


Mi Vikingo favorito tenía por Cartagena el muelle y a nosotros, sus hijas, como tripulación. Cada año por esta época el navío anunciaba recreo y aunque lo mirábamos en señal de reprobación no podíamos dejar de estar junto a él, junto a su magia, junto a su mirada que atracaba amor. Nunca supimos cuántos barriles de cerveza lo esperaban en la nevera ni cuánto hielo fue necesario para calmar su sed. Lo cierto es que sí, provocaba amarlo a cada instante, ser cómplice de sus desvaríos, alcahuetear sus cruzadas, mirar... allí donde sus ojos se confundían con el horizonte.
Lo escuchábamos contar la misma historia tres veces el mismo día; admirar la bahía como si fuera la primera vez que la viera; escuchar el mar y oírlo decir que hoy tampoco saldría porque las murallas no le ofrecían el mismo encanto. Pretendíamos entonces tentarlo con comida de restaurante y ni así... Su mundo era estar con nosotros, compartir el pastel que le había encargado especialmente mi tía Nena y gozar con la cocina que mi hermana Moni había preparado para el resto del día. Las butifarras le gustaban sin limón, el bollo limpio con mantequilla Alpina, el de yuca... no se lo vi comer.
La pólvora le parecía hermosa, la disfrutaba como un niño y sus abrazos de las doce el 31, no se parecen a ningunos que conozca.
 
Este fin de año, las vikingas decidimos no pisar la costa. Días antes, un pedacito se mudará a la montaña. Vikingas mayores  vendrán y recordarán a nuestro Vikingo adorado. Y en el recuerdo, todas tendremos no una, sino muchas imágenes que hablarán por él y la verdad, es que quizás, hasta me tome las cervecitas pensando en él. Entonces mi pequeño Vikingo me dirá algo sobre él y mi mirada dibujará una sonrisa que no es azul pero lo lleva siempre conmigo.
 

jueves, 6 de diciembre de 2012

Tras las huellas de un portón

Fotografía: Jose Luis Ruiz
Quiero entrar con la mirada allí donde tu luz ha acariciado las sombras. Quiero saber qué hora era cuando el sol  hizo más verde al verde y el café tuvo que resignarse con la izquierda. Mi mano quiere tocar el alambre y cortarse apenas para tener un pretexto y llamar a la puerta;  pedir un leve auxilio en los ojos que abrirán. ¿Serán de una mujer joven, serán de un hombre, será una anciana? Tal vez ninguno de los anteriores porque un niño con uniforme de colegio me mirará con rareza diciendo "no es de acá". Tendrá razón y esperaré entonces a su madre para ponerle más acento a mi torpeza. Le mostraré la mano, una herida como excusa para establecer contacto; y ella me señalará el baño y yo repararé en las sillas de mimbre o el olor a chocolate recién hecho. El baño no tendrá espejo porque todavía hay gente que no necesita verse, ni siquiera para ocultarse. Me lavaré las manos. Saldré, daré las gracias y haré un cumplido sobre el portón. Ella sonreirá y dirá tal vez que su marido lo arregló hace poco. Yo pensaré en todas las cosas que tengo acumuladas esperando que mi marido las mire para arreglarlas y sentiré algo de envidia por la felicidad que ella emana al vivir al día. Si es curiosa, me preguntará que hago en el pueblo y yo le diré que estoy de paso. ¿Cómo mostrarle una foto de su casa en la cámara que llevo que fue tomada meses atrás? No me arriesgo a ser incomprendida. Le doy las gracias. Me despido del niño que no ha dejado de mirarme y cruzo el portón. Cuando salgo, el sol se ha ido. El café es más fuerte que el verde. El cascajo se hace polvo con un camión que transita. Truena. Regreso a mi auto y a mi solitaria historia. Entonces suena el celular y eres tú: ¿Dónde estás? -me preguntas. No me creerías -al menos no tuve que mentirte.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Esta noche: Perfil de Mujer



Hago extensiva la invitación de El Pequeño Periódico para el lanzamiento hoy del libro Perfil de Mujer.

PERFIL DE MUJER
30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO
Invitación
Diciembre 5 - 6:30PM
Torre de la Memoria – Biblioteca Pública Piloto

Tres piezas para piano de Dvorak
-Intérprete Catalina Echeverri Mejía
Conversación con protagonistas del libro

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Testimonio histórico, periodístico y literario
Esta obra, cuya carátula a todo color fue bellamente diseñada por Saúl Álvarez Lara, recopila las más destacadas crónicas escritas por Ángel Galeano Higua, Leonardo Muñoz Urueta, Nubia Amparo Mesa G. y Leandro Vásquez Sánchez, en las cuales se resalta el papel de la mujer en la construcción de nuestra cultura en los últimos años.
 
Desde figuras de gigantesca proyección, como Totó La Momposina, Débora Arango o Meira del Mar,
hasta anónimas mujeres que desarrollan sus sueños en el silencio de sus grandezas. Escritoras y
pintoras, maestras e investigadoras, periodistas y líderes sociales, pensadoras y artistas. Un compendio de los principales artículos publicados durante los seis lustros del periódico en su sección PERFIL DE MUJER y que ponen de relieve la inconmensurable fuerza creadora de la mujer.

El libro se proyecta como una huella histórica, periodística y literaria que da muestra de la calidad con que EL PEQUEÑO PERIÓDICO asumió su papel de medio cultural para un país donde se conjugan muchas iniciativas en pos de una sociedad con menos discriminación, más equitativa y armónica, donde la expresión individual ayuda a consolidar los sentimientos de solidaridad y fraternidad entre los colombianos.

Acompáñenos.

Más información en https://fundarteyciencia.wordpress.com/libros-fondo-editorial/

lunes, 3 de diciembre de 2012

La orquídea

Fotografía:  Juan Cano
 
Ha tenido que cerrar los ojos para no reconocer su miopía. Se ha obligado a no verte para amurallarse de ti. Mientras tu respiración sea corta puede fingir que está sola, que nadie mira y que no es vulnerable a tu calor. Pronto se vestirá con el día y las ropas la devolveran a la noche, al luto inagotable que se ha impuesto; a la ausencia de un color que sólo existe en los ojos de quienes miran con bastones y no han perdido a nadie.
Su mano derecha empuña una mariposa de plata que tiene planes de aire. El dedo anular pronto la dejará libre ante un descuido y lo único que adornará el cuerpo será un dije de corazón en una diminuta cadena alrededor del cuello. Una cadena y un dije que jamás habría sido un regalo tuyo porque aunque insistes en conocerla, ella sigue siempre será un misterio para ti. Y no precisamente porque sea mujer de guardar secretos. Es en realidad una mujer bastante simple. Guarda emociones. Sabe que no es sano y ha inventado fórmulas y retiros para dejarlas ir. Se ha aprendido mantras y los ha recitado con devoción para no tener que abrir los ojos y verte; y saber que ni tú ni ella son los mismos que una vez se amaron. Ha llegado a creer que es incluso peor y que jamás existió ese amor; que es cierto lo que dicen sobre la ilusión. Y entonces no hay consuelo más que la luz. Y entonces se da cuenta que hace meses, dejó de llorar.

 
El sonido de la puerta del baño la devuelve al instante de su despertar desnudo. En la cabeza hace un recuento de lo que debe hacer y la lista es tan corta que el exagerado tiempo libre la lleva al libro que está leyendo y a la fecha en que debe devolverlo en la biblioteca. Aún tiene tiempo... piensa entonces en las transacciones y los bancos, en la navidad y los aguinaldos por comprar, en los correos por escribir y siente una inexplicable necesidad de plantar algo. No le gusta podar. Cuando toma las tijeras siente que las plantas presienten el dolor a las que las someterá por podarlas. Sabe que es necesario pero prefiere que lo haga Paula. Siempre es más alegre sembrar, o en este caso, traspasar la orquídea de una matera a otra. Una actividad irrelevante para muchos que para ella representa quince años de complicidad. Esa planta fue un regalo durante una época de tempestad y no ha dejado de florecer dos veces al año desde entonces. La ama.
La llave del agua se cierra y le recuerda que pronto él volverá a sacarla de las cobijas. ¡Arriba! -le dirá. Y ella querrá ser como esa orquídea, con una raíz oculta para permanecer dormida. Sin embargo abrirá los ojos y fingirá verlo y hasta incluso le dirá unas cuantas palabras, por ejemplo: suerte, que te vaya bien. Y lo verá alejarse con la promesa de volver a almorzar.
 
En pijama en el jardín, busca la orquídea y las materas. Un delicado pistilo la sorprende antes de tiempo. No podra traspasarla hoy. No hay más flores en el jardín. Las últimas semillas que sembró fueron de albahaca. ¿Y sí la orquídea me regala un hijo? Eso sería peor que podarla. La única actividad relevante del día... tendrá que esperar varias semanas. Por poco la orquídea también cierra los ojos para no ser vista.
 
 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Velos

De la mano de Jacques Derrida y Hélene Cixous leo: Velos.
Seis ilustraciones de Ernest Pignon en lápiz, de fragmentos de piel, manos y mantos; abren, cruzan, intersectan o velan mi lectura.
La pregunta de Derrida: ¿Cuándo nuestros ojos se tocan, es de día o de noche? me tiene asombrada. Nuevamente:
 
"¿Cuándo nuestros ojos se tocan, es de día o de noche?"
 
¿Cómo es que se tocan los ojos? Con la mirada.
¿Cómo se mira? Con el velo.
¿Cómo no se mira? Sin el velo, con el velo, sin tocar.
 
De repente siento que al igual que Cixous: he sido miope toda una vida. No fui a cirugía. Me dieron unos lentes grandes y amorfos. Uno de 0.75 y otro de 0.5 para corregir la postura visual cuando no, lo incorregible es el hábito con que miro.
 
¿Cómo es el hábito? Depende de lo que miro. A veces mi mirada se detiene en particulas que nadie si no yo, ve en el espacio cercano. Una serie de puntitos negros que parecen medusas danzantes y se mueven en la dirección en la que busco la luz. Esa es mi visión más cercana: un encuentro microscópico con energía sutil. También está la mirada de amanecer. Aquella que no se parece a ninguna otra porque es la que me dice que estoy despierta, no dormida, ni soñando. Me levanto siempre con el pie izquierdo, porque duermo de ese lado de la cama y es sencillamente más práctico. Y luego... busco la hora, el tiempo, quién está a mi lado, el calor de mi perro. Con mi perro tengo largas conversaciones visuales satisfactorias. No hay censura en sus ojos. Creo que espera que sea yo quien lo censure. A veces lo hago y me molesta pensar qué sentiría si fuera él.
 
Y luego están todas las miradas del día para las que una lista no sería suficiente. Pero sí me confieso aficionada a las miradas nuevas: a tocar ojos que jamás he visto y a lograr el hong rong de la sonrisa.
Sin palabras. Sólo con los ojos.
 
Qué bonito es tocar con la mirada. La mejor caricia. La más intrusa invasión.

 

viernes, 30 de noviembre de 2012

El último diciembre de Clara

 
Fotografía: Juan Cano
 
Un año atrás no imaginó que sería su último primero de diciembre. Se había levantado temprano, en contra de su costumbre por la luz de un día corriente  donde recibiría una noticia irreversible: tenía un tumor maligno en las amígdalas. Era el día de recoger la biopsia y a no ser por la molestia en los ganglios, se sentía perfectamente bien. Cuando pasó por el laboratorio ni siquiera la invadió la curiosidad. Se fue con el sobre cerrado hasta la cita con el médico a las dos. Se saludaron con cordialidad y una vez el dio un vistazo al contenido la miró con cara de malas noticias:
-Clara, esto no es bueno.
-¿Qué no lo es?
-El tumor es maligno
-¿Y qué podemos hacer?
-Irradiarte.
-¿Cuándo?
-Cuanto antes.
-¿Y sí no?
La pregunta tomó por sorpresa a tu médico. Lo lógico es que una mujer joven ponga todo su empeño y esfuerzo en continuar con vida.
-Se propagará. No puedo decirte adónde ni con qué velocidad pero lo hará.
-¿Dolerá?
-Lo más seguro.
-Está bien.
-Cuando comience a doler, vuelvo.
El desconcierto del médico fue tan evidente que balbuceo unas cuantas recomendaciones pero Clara estaba resuelta a no hacer nada diferente a continuar viviendo como solía hacerlo.
¿Ingenua? No. Decidida. Tenía cuarenta y dos años, no se había casado, no había querido tener hijos, no tenía hermanos, sus padres habían fallecido ya y lo único suyo era un consultorio de odontología donde pasaba las horas entre bocas e instrumentos. Tenía un par de amigas, las del colegio, con las que se veía con cierta frecuencia y el último novio con el que había vivido se había ido cuando la relación no tuvo más que ofrecerle. Evidentemente, no era la persona más feliz; tampoco era una mujer triste. Era alguien más bien realista a quien la vida le había sido relativamente sencilla y la muerte, aunque la ponía sobre aviso, también le daba la misma sensación.
 
Después de aquella cita, no pudo volver a levantarse tarde. A las cinco y treinta abría los ojos y como un ave, esperaba la salida del sol para desplegar sus alas.
 
Como ignoraba cuánto tiempo le restaba, sumaba en acciones de desprendimiento. Regaló los muebles de la sala, los de la alcoba auxiliar y el televisor que no veía. Pensó en donar los libros pero se dio cuenta que no había leido muchos de ellos y comenzó a llevarlos en el bolso para el consultorio en los intervalos que no tenía cita. No le dijo a nadie que estaba enferma. Tampoco se asustó cuando comenzó a adelgazar. No compró ropa en tallas más pequeñas: fue al sastre y adaptó su cintura a la nueva silueta. El apetito se fue, pero no dejo de comer dulce. Y el dolor... inevitablemente llegó. Lo primero que sintió fue una punzada a un lado del estómago. Creyó que se trababa del colón y de la última lechuga que se comió pero el dolor era intenso y tuvo que entrar por urgencias para que le dieran un análgesico super poderoso que la mareó tanto que casi no logra bajarse de su primera vez en camilla. Supo que era el momento de llamar a su médico y así lo hizo pero sólo para que le prescribiera lo necesario. Él insistió verla y ella se negó. Continúo con sus lecturas en el consultorio por un tiempo, luego despidió a la asistente; cerró la agenda de citas y vendió todos los equipos. No renovó el contrato de arrendamiento y se fue para la casa a Esperar.
 
Mientras esperaba, continúo leyendo. Se compró un portátil y abrió un blog. Comenzó a opinar de los libros que leía. Encontró a un lector, luego a otro, luego a otro más y pronto tenía más compromisos con ellos que con sus amigas del colegio. Habló de Maurice Druon, de Juan Ramón Jiménez, Alexander Dumas, Cortazar, Borges, Saramago, escribió sobre Jack London, Somerset, Steinbeck... se enamoró de algunos de sus personajes y odió con todo el corazón a otros. Y de pronto sintió que no había vivido. Que los personajes de los libros tenían historias más vívidas que la suya. Que las veces que había amado había sido mediocre y que nunca se había atrevido a odiar por una cuestión moral. No se culpó frente a este descubrimiento, por el contrario, fue revelador.
 
Y así, una noche cualquiera, llamó a quién creía haber amado más.
-Clara, ¿te pasa algo?
-La verdad sí. ¿Puedes hablar? Me gustaría verte.
-Es media noche.
-No sé si tenga mañana.
-¿Qué quieres decir?
-Estoy enferma.
-Ya voy.
 
Y Fabio tocó a su puerta confundido. Ella lo hizo pasar y le ofreció un trago. Después le contó y él la regañó por no haberlo llamado antes. También por no haber seguido un tratamiento. A lo que ella respondio que no importaba. Hablaron hasta el amanecer. Esa noche, Clara no durmió. Al día siguiente. La muerte la estaba esperando.




martes, 27 de noviembre de 2012

Drama de control / El Amor Breve


El cuerpo se ha vuelto estatua y sin más sincel que el mouse, he decidido hacer un busto que no es griego pero tiene tintes de romana. La luz brilla sobre el lado izquierdo de mi cuerpo relajado. Sólo el pliegue del brazo derecho parece estar incómodo con el peso que recibe. Los pies, no estorban, y del rostro sólo elegí conservar el mentón y un collar que este año sólo usé una vez. Si fueron dos, no lo recuerdo. Las perlas... o su simulacro me recuerdan a un drama de control de un cuento que escribí hace unos años: El amor breve. Sé que lo compartí entonces pero voy a volver a incluirlo para darle otra oportunidad de lectura. Espero lo disfruten.

El Amor Breve

Él se lo advirtió pero ella no hizo caso. Él no quería que la luna de miel terminara pero ella insistió en hacer una oficial con todos los gastos pagos. Él había estado casado antes y por ello sabía que la magia terminaba, ella no, quería sentir lo que era ser la mujer de. Llevan tres años de casados y la rutina ya es común en ambos: si antes salir a comer era una aventura ahora es una odisea por aquello de los horarios, los gustos, el tener que madrugar de él y los afanes por bailar de ella. Ellos que amaban dormir juntos y acurrucados ahora sienten fastidio por el calor de toda una noche y a veces se molestan si sus pies accidentalmente se enredan bajo las sábanas.

Ella que antes ponía todo su esmero para verse siempre linda y elegante ahora se pasea por la casa en bata y con el pelo recogido de cualquier forma. Se arregla más para ir a la oficina que para salir donde su suegra quien además le resulta fastidiosa por eso de la comparación tan habitual de su marido: no se parece al de mi mamá, es que el típico de mi casa es espectacular. Ella se esmera en la cocina, sabe Dios que no es su fuerte, pero se esmera y el esfuerzo se viene al piso cada vez que le prepara un bocadillo y quiere sorprenderlo y recibe respuestas como: ¡Más harina! Qué horror, por eso tengo esta panza desde que nos casamos; o tiene demasiada salsa, ¿acaso aquí no cocinan al horno, tiene que ser todo grasa? Y ella se hace la que no le importa mientras se traga las lágrimas, desilusionada.

Él antes decía que no le gustaba el fútbol, le preguntaba a ella qué canal quería ver y entre los dos hacían crispetas para pasar los viernes con frío riendo entre películas alquiladas. Ahora no, el monopoliza el control remoto, para nada importa lo que ella quiere ver, en ese caso, hay un televisor en la otra sala, puede irse y ver lo que le antoje. Ella trata de seducirlo con lencería cuando en realidad ya no hay babydoll que lo separe de los viernes de acción por supuesto, aquella que se lleva cabo en otra dimensión diferente a la casa.

Estaban sentenciados desde el sí, aceptar fue la condena a vivir solo instantes de amor breve. Se fue el largo amor, el sexo con tiempo, el preparar fugas para los dos, el soñar planes imposibles y añorar una playa para ir a descansar y leer juntos. Ahora si viajan juntos tiene que ser donde haya movimiento, una excusa de él para no aceptar que le resulta insoportable la idea de estar con su mujer una semana completa sin hacer nada.

Ambos son conscientes de la situación pero ninguno dice nada. Ella por temor a que le diga: te lo advertí. Y él por la pereza que le da tener que decírselo. Mientras tanto ella va al salón y se cambia el color del pelo, se arregla las uñas como a el le gusta, trata de sorprenderlo con un poco de sushi y compra lencería cara que él observa cuando la ha usado mucho para preguntarle si es que no tiene nada más que ponerse. Ella aún no lo comenta con nadie, es muy pronto para tener problemas, no quiere darle la razón a sus amigas ahora mujeres sabias que le advirtieron de los cambios que se darían; no quiere decirle a su madre porque ella desde siempre le dijo que no le gustaba, que la haría infeliz, que era un hombre egoísta y los hombres así solo hacen sentir a las mujeres desdichadas.

Él se refugia en el bar, en las noches de amigos y partidos, en el billar, en los bolos, en ambientes donde solo hay hombres y por ende no tiene que justificarle ni explicarle nada. Ella sabe que cuando está con amigos el parche antena no permite repetidoras femeninas. El se va y se embriaga a punta de cerveza. Llega hediondo y maldiciendo por el perro que ella tuvo que comprar para sentirse menos sola.

Los domingos son la odisea de tener que disimular. El estar juntos hasta el medio día, no más, cada uno para su casa y todos tranquilos. La casa de mamá es tan segura… ¿Hija cómo vas? ¿para cuándo piensas hacerme abuela? Y ella contesta con monosílabos, o frases cortas: bien, aún no, tal vez el próximo año.

A ella han comenzado a atraerle otros hombres. Se sonroja de sólo pensar en el compañero nuevo de la oficina, anhela los tiempos de soltera donde podía darse las escapaditas y no era nada grave ni trascendente. Ya no puede, aunque quisiera su moral de exalumna de colegio de monjas se lo prohíbe.

A él hace rato le atraen otras mujeres, de hecho nunca dejaron de atraerle pero durante el noviazgo se sentía pleno ahora en cambio se siente vacío, permanentemente enjuiciado, nunca suficiente para las expectativas de ella, que ahora le parece tan diferente de las mujeres que conoce, aquellas que saben reír y jugar, aquellas que se dejan besar en la calle, esas otras tan fáciles de llevar y mucho menos complicadas que su mujer acostumbrada a aducir que todo es producto de las hormonas.

La próxima semana es su cumpleaños, el de ella, y él no sabe qué preparar, a qué restaurante ir porque es claro que es obligatorio salir. Va a la joyería y compra lo de siempre: perlas. Por un momento lo atrae una pulsera lapislázuli pero no lo atrae lo suficiente para romper la costumbre y regalarle algo diferente, algo que no espere, algo que sí la sorprenda.

Deja las perlas en el abrigo que más tarde ella esculca, no sólo porque es quien organiza el closet y deja todo en un orden perfecto, sino porque desde hace un mes viene con sospechas de otra. Abre la caja y ve las perlas, su inseguridad es tal que no sabe si son para ella. Tendrá que esperar o confesarse y preguntar. Qué pena, mejor espera.

Es sábado, él dice que va a lavar el carro y no se demora, ella asiente y sabe que sí se demora. Y es que él no sabe calcular el tiempo, contrario a ella tan precisa, tan puntual, tan siempre en orden. Él sale y ella sabe que le espera otra tarde solitaria de juegos y crucigramas. Ella siente hastío pero no lo expresa. Decide entonces pintar porque los colores son lo único que le devuelve por un instante la libertad.
Se queda dormida sin darse cuenta con el delantal puesto y las pinturas abiertas, a las siete treinta llega él algo etílico y no la despierta. Le cierra los acrílicos, le pone una mantita y se va para el cuarto a ver televisión.
Ella despierta casi a la media noche y asustada le pregunta por qué no la despertó. Por supuesto, él aún no ha comido. Alude estarla esperando pero que va, es pura pereza. Ella entonces prepara un par de sánduches y se sientan a comer frente al televisor sin hablar y sin mirarse. Al final el dice: estaba rico y se acuestan a dormir.

Llega el día del cumpleaños y él le da el regalo: una hermosa pulsera de lapislázuli. “¿Y las perlas?” piensa ella. No eran para mí, tiene otra, seguro tiene otra y le da un beso de agradecimiento tragándose la tristeza, la frustración, la tortura de su mente y sus suposiciones. Bien por él que se atrevió, la cambió. Entonces de camino al restaurante él le cuenta de sus proyectos de una posible promoción, de un viaje de capacitación importante y ella asiente sin prestarle atención. Esta ensimismada en sus suposiciones en imágenes de él con otra. Debe ser mona. Seguro que es mona. Y la velada transcurre con ella ausente y él diciéndose en silencio que debió comprarle las perlas.

Llegan a la casa y de pronto el le cuenta que en un principio le compró un collar de perlas pero que había visto primero la pulsera y que quiso cambiar, que le encantó el color y le pareció que luciría muy bien en ella. Ella, sorpresivamente lo agarra y le da un beso gigante y un abrazo monumental. Él se siente feliz pero ignora el verdadero motivo. Después de eso, el sexo es como nunca, no lo deja ni llegar a la cama, dejan la ropa tirada en la entrada, lo cual es una hazaña dado que ella es de las que se detiene a doblarla. Mientras lo besa ella se atribula por sus dudas y lo compensa con besos y caricias de lo más complacientes.

A la mañana siguiente vuelven a discutir por lo de siempre. El amor breve esta vez, tan sólo duró una noche.

Taller de los Escritos
Yurupary Ediciones
2009

lunes, 26 de noviembre de 2012

Las Bóvedas. Una mañana de enero

Fotografía: Tomás Strelkov

Mucho antes de que los turistas se tomaran los almacenes que hoy habitan las bóvedas en Cartagena, un niño y su padre madrugaron a jugar con la luz. Cada uno y su lente registraron perspectivas diferentes de los mismos espacios adoquinados de tiempo, arena, viento e ilusión. Las banderas  parecían demarcar diferentes departamentos de la misma Colombia mientras las telas wuayées se mareaban de dibujar arabescos en colores vibrantes. El portal de los dulces, estaba lejos, pero un carrito sucursal hacía las veces de espendedor al final del pasillo allí donde el coco viene en muchas formas y colores. La capital estaba presente en orfebrería precolombina tras vitrinas con figuras de sapos y animales mágicos. Las bateas, propias de cualquier región, tenían acrílico para hacerse atractivas al anglosajón que de seguro las compraría sin saber su uso específico más que como adorno de salón. Y así... también exhibidas las hamacas, las camisas "de lino" o guayaberas, los vestidos frescos, las camisetas estampadas y el Viva Cartagena  sin ningún pirata ni cueva de Morgan al acecho. ¡Y es que debemos mencionar a los piratas! Estamos en Las Bóvedas, el lugar donde otrora se guardaban las municiones, entre los fuertes Santa Clara y Santa Catalina. Se consideran el último proyecto de la Colonia realizado dentro de la ciudad amurallada.  Con 47 arcos y 23 bóvedas su uso fue militar durante la Colonia y en la Independencia sirvió de cárcel. Vaya manera de transformarse un espacio.
 
Los fotógrafos se han ido. Padre e hijo ahora caminan en búsqueda de balcones y flores mientras una mujer ha comenzado a caminar la muralla desde el Baluarte. Con un largo vestido blanco y sandalias doradas camina con dificultad dado que la brisa le trae gotas de mar; gotas que se evaporan al contacto con su piel caribe y le dejan la sal como lunares invisibles. Cerca de la primera garita unos pescadores salen tarde a su jornada. La atarraya se atascó y los más jóvenes intentan desenredarla a tiempo para al menos lograr unas cuantas mojarras. A la derecha, los hoteles aún duermen. Hasta las banderas que lucen se ven cansadas por los excesos de fiesta. La mujer camina hacia las bóvedas y cuenta sus pasos sobre las piedras. No lleva lentes ni pava y por bolso tiene un carriel cruzado al que si mucho le cabrán unos billetes y su identificación porque las monedas le harían demasiado peso. El sol se ha levantado, ya sus mejillas sienten su calor. Debe bordear a la ciudad amurallada pronto. Hizo una promesa. Y aunque quisiéramos saber quién es, o qué piensa, no nos diría nada más que alguien la espera en Las Bóvedas.
 
Cuando logra divisarlas se detiene. No por cansancio, por emoción. Es entonces que toma su cabello y lo recoge en una cola. Baja los peldaños que la separan del piso y busca con cuidado atento un número especial de bóveda. Los buses de turistas llegan al tiempo que ella. Debe apresurarse. Cuando encuentra la bóveda que busca dice unas palabras incomprensibles que corresponden al nombre del personaje que busca. Cuando sale, entran los turistas. Nadie nota la ausencia de un cuadro de la época de la conquista.
 
Por fin libre.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Literata y Cocacola

Fotografía: Jose Luis Ruiz

Sólo dos cosas me quitan la ansiedad: la cocacola y tú.
El problema es la medida.
En exceso, por ambos pierdo el pulso. Sin ambos, tengo mi adicción insatisfecha.
Aquí estamos retratados los tres.
El vaso está más que medio vacío pero el pitillo me engaña de a sorbitos.
El lugar: La Comedia en Santafé de Antioquia: un restaurante bar ideal para ese calor que no engaña, simplemente se pega.
El motivo: un evento de fotografía al que fuiste invitado y yo acompañante.
Entre charlas sorbre luces y sombras, tu lente me miró por un segundo. Y luego tú mismo bautizaste la foto: literata y cocacola. Me pareció chistoso porque nunca usas el término: mi mujer. A ratos me presentas como La señora. Y es entonces que siento todos los años encaramados en un alma que no deja de ser esencialmente: la misma. Entonces la "literata" siente necesidad de venir a plasmar detalles de ese momento como la casa de los duendes vecina al bar, de donde llegaste con uno de trusa roja para mí; y que has venido consintiendo con moneditas como si fuera tuyo. Creo que él ya se dio cuenta porque a la que se le embolatan las cosas del escritorio es a mí. Y cuando digo: ¡Eso fue el duende! al ratico aparece lo que estaba buscando; así no más... y qué consté que también le pongo moneditas.
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Creo que han notado el cambio de las imágenes que he venido usando en las últimas entradas del blog. Es deliberado. Los fotógrafos son amigos generosos que me permiten crear a partir de un instante y de esa relación afectiva que ellos establecen con la luz para que nosotros podamos deleitarnos con un retrato o un paisaje urbano. Espero poder continuar desarrollando historias en este formato con esa característica matrimonial y cómplice. La modelo inicialmente fui yo pero he recibido con agrado y entusiasmo otras expresiones, otros pies, otros rostros. A la bitácora del cuerpo le han venido trayendo espejos y el recorrido es lo que vamos marcando aquí. Les recuerdo eso sí, mi intención de pizarra con el blog. Es aquí donde exploro narradores, temas, perspectivas y sí, es también aquí donde me permito cometer errores por el hecho de ser en su mayoría: ejercicios en frío.

Les agradezco enormemente la paciencia que me han tenido hasta hoy. Ha sido estupendo cuando se suman sus comentarios, ya sea aquí o vía facebook. Siempre serán bienvenidos. ¡Con esta cocacola, brindo por ustedes!


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Retórica por una mirada

Fotografía:  Marco Ramírez

-Ya te dije que no estoy aburrida.
-Si vieras las caras que estás haciendo no dirías eso.
-¿Y cómo son las caras pues?
-Largas, sin el asomo de una sonrisa.
-Y si hoy no tengo ganas de sonreir, ¿entonces estoy aburrida según tú?
-Según yo y al que le pregunte.
-No me digas. Vamos a ver si es verdad. Jose vení, decíme: ¿estoy muy seria?
-Seria vos... para nada.
-¿Pero no ves que está prendido? Ese ve contenta hasta a una lámpara.
 -Así no vale. Decíme más bien ¿por qué crees que estoy aburrida?
-Ya te dije mujer, por la cara, además no me quisiste recibir el aguardientico que con tanto cariño te serví.
-Ah es por eso. Valiente gracia.

-¿Qué, ahora qué es lo chistoso?
-Pues vos. Vieras la cara que estás haciendo.
-¿Cara yo? ¿Cómo de qué?
-De picado.
-No, mi amor usted definitivamente no me conoce. De todo menos picado.
-¿Y entonces porque le importó que yo no le sonriera a ver?
-Me importo pues porque... no me gusta verla seria. Con lo bonita que es.
-¿Y no dicen pues que bravas, algunas se ven más bonitas?

-Te vas a tomar el aguardientico conmigo o no.
-Estoy descalza.
-¿Y eso qué quiere decir?
-A buen entendedor... pues que todavía no me voy a menos que vos sigas con esa cantaleta y me den ganas de dormirme ya.
-Dormir, ¿sola?
-Siempre duermo sola. No te hagas ilusiones.
-¿Y no sos de esas que les gusta que les hagan cucharita y las abracen por la noche?
-Para nada.
-¡Qué problema!

-Ahora el serio... sos vos.
-¿Yo?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Límites

Fotografía: Marco Ramírez
"Necesitaba despertarse, despabilarse y quitarse de encima esa atmósfera de pesadez que se cernía sobre él. Estar con Rosario era una forma de reconquistar la trascendente alegría de una caricia."
Mario Mendoza
Cerré el libro y la vi ahí, recostada contra la mesa de billar, fumando y jugando con sus bolutas de humo. En mi cabeza, la última frase Estar con Rosario era una forma de reconquistar la trascendente alegría de una caricia. María Camila no me sintió llegar hasta que pasé mi mano por su cintura y alojé un beso en su cuello. Me miró entonces extrañada y en un gesto me quiso posponer. Miro la hora y dijo: Se hizo tarde. Puso el cigarrillo en el cenicero y me dijo: Mi mamá está con la niña. Quedé de pasarla a recoger antes de las once. Entonces me acuerdo de mi amigo Alberto y su consejo: una madre soltera es sagrada, no te metas con madres solteras a menos que vayas en serio. Ir en serio. ¿Cómo saberlo? Siempre voy por la alegría. ¿Detrás de qué van ellas? Ah, cierto. Juegan a no dejarse conquistar. Por haberlo permitido es que están en eso. Sin embargo está la voz de otro amigo, un poco más perverso que me repite que el sexo con una madre soltera es estupendo porque sienten que se están vengando del hijueputa que las embarazó en primer lugar. No voy a tener hijos. La veo ponerse las sandalias y le digo: No tan rápido mujer. Aún son las diez. Se pasa los dedos por su larga cabellera negra y  me mira con cara de inocencia. ¿Y? La beso entonces como le gusta. Mordiéndole los labios de tiempo en tiempo. Su boca no me rechaza, por el contrario, sin palabras me dice que extraña sentirse deseada. La beso y con dos dedos dibujo una linea vertical en su cuello, con la mano le sostengo el rostro y la acerco a mí lo máximo que sea posible. Con mi otra mano, bajo por su espalda hasta sus caderas, casi geométricas, y siento como suspira. De repente me frena en seco y me dice que no puede. ¿Pero si ya pudo? Olvidaba el papel de la razón en una mujer cuando tanta tierra corre bajo sus pies. Lo último que quiere es un deslizamiento. Está bien. Te acompaño hasta tu casa. Ya no me mira a los ojos, simplemente me da las gracias. Con suerte ella también reconquistó la alegría... La acompaño hasta su casa y de regreso, continúo leyendo a Efraín y Rosario. Mi boca ya es otra, siento lo trascendente que es Maria Camila. Me jodí. Ningún amigo me advirtió que esto podía sucederme.   



viernes, 9 de noviembre de 2012

Usted viene conmigo (después de las mallas)

Fotografía: Marco Ramírez

-Alto ahí. Un momento. -dijo de pronto una voz.
-¿Qué crees que hacías allí adentro?
-¿Aprender de las últimas actualizaciones de la lonja?
-No. Desconcentrar a todos los que queríamos aprenderlas.

Ya te habías deshecho de las mallas y no entendías como este hombre se había salido para hablarte.

-Usted viene conmigo. Yo la actualizaré con una condición.
-¿Cuál?
-Ponte las mallas.
-Eso no va a ser posible.
-¿Por qué?
A estas alturas el juego era divertido.
-¿Ves esa caneca verde?
-Ahí están... destrozadas.
-Ya veo. Supongo que tendré que agendarme contigo.
-¿Agendarte?
-Sí, mañana a las 3:30 p.m. ¿Te parece bien?
-¿Y con qué fin?
-Con mallas otra vez podremos hablar de los temas que nos unen.

-¿Y sin mallas?
-Con mallas tu piel está a salvo, sin ellas, no respondo.
Y si no quiero que responda. Me gusta este sujeto. ¿Cómo es que se llama? Ah ya sé, lo anotaré en la agenda, así sabré su nombre.
-Con mallas. Espera, 3:30... sí, tú nombre es...
-Juan Diego.
-Mucho gusto, Maribel.
-¿Y qué propiedades buscas?
-Casas con línderos bien marcados.
Extraña petición la de este tipo. Mínimo está jugando conmigo.
-Dónde nos encontramos.
-Aquí mismo puede ser.

Y ahora es que me doy cuenta que todo el tiempo tuvo su mano agarrando su antebrazo.
¿Sería el mismo hombre que agarró mi pierna hace un rato?


lunes, 29 de octubre de 2012

Algo entre manos


Fotografía Marco Ramírez
Es muy pronto para confesiones pero me cuesta no contarles que estoy por parir a la orilla del mar. Como una tortuga, he llegado hasta aquí, para cavar en la arena y depositar el huevo de mi última novela. No me preguntes aún cómo se llama o dónde puedes adquirirla. Sí tiene nombre y como mamá, le he puesto uno de esos largos, que se llevan toda la vida con la pregunta: ¿y por qué me bautizaron así? No se puede adquirir porque sigue en el cascarón de la palabra: inédita.
Es así como tú y yo nos encontramos en varios textos de preparación mientras la escribía. Recetario entre dos novelas, se debía a mi actividad concetrada y paralela a los textos del blog. No sé si notaste, por ejemplo, que mi voz migró del masculino al femenino, de la primera persona, a la tercera, del tú al nosotros... Habría que volver a entradas antiguas del 2011 para descubrirlo.
A la izquierda, unas estadísticas me dicen que Zapote, La mora negra, El beso de Rodin y Una mujer coqueta, entre otras, son las entradas predilectas. Ahora mismo estoy por tomarme un jugo de zapote y aunque las tortugas no toman jugo sí son diestras con algunas frutas. Y bueno, me ha atraido el olor de una batea plateada en unas manos que no la sueltan. He querido seguirla por la playa pero es tan rápida y tan alta que sólo el viento de su falda en mi rostro me devuelve al calor de la arena y a la razón por la que estoy aquí.
Atardece. Los tenderos doblan sus carpas y el mar comienza a enfriarse. Espero la noche para que nadie vea dónde ni cómo deposito mi huevo. Ahora sí, araño la arena con las manos entre las piernas, abro mi nido, miro al cielo. Alguien viene, escondo el rostro en un caparazón invisible y ambos parecemos arena fundida con mar. Los hombres hablan rápido, entre cortado, discuten por algo y finalmente se van. Respiro aliviada y antes de que alguien más venga, depositó mi fe en el único huevo que no es ovalado a menos que doble las hojas y con cinta, les de esa forma.  
Pronto cubro mi obra para que escuche la voz del mar y sienta sobre sí, el calor del sol reflejado en la sal. Estoy lista. Camino hacia la orilla. Las voces de ese universo ya se acompañan solas. Me alegra haber hecho este viaje. Gracias a los que han estado presentes... acompañándome. En especial, gracias ti Papá.


sábado, 27 de octubre de 2012

Miradas que tatuan el alma

Te prometí variedad en las imágenes y fragmentos de hombre para completar un ejercicio, que sin ellas, resulta narciso. El hombre, mi amigo, productor, publicista y también escritor, ha estado de fuga. No ha tenido tiempo para nosotros. Pero nos tiene presentes y le creo cuando me dice: después. Ya me prestó sus alas con ese tatuaje en el hombro y me regaló su pecho en un correo sin asunto alguno. Debo creerle. Hay muchas cosas suyas que aún no descifro; como un tatuaje de la parte de adelante de una "chiva" (bus), que se hizo en el brazo izquierdo: un conjunto de lineas y círculos que sí él no me explica, honestamente me pierdo. Y ahora que mencionamos el tatuaje, quiero que hablemos de las miradas que tatuan. Esas que se imprimen en el alma y que por más que uno intenta, quedan archivadas en el cardex de la memoria de la A a la Z. Miradas que pueden o no, corresponder a personas amigas. A veces suelen pertenecer a un extraño que nos cruzamos de noche, a una mujer que fue al baño y nos observó por el espejo mientras retocaba su maquillaje. Y ni hablar de las miradas de los verdaderamente desposeidos, de esos seres que nos fracturan sin hablarnos y de los cuales nunca sabemos nada por temor a conocer el origen de su miseria. ¿Quién lee el cartel de un desplazado? Encontrarse con sus ojos nos da toda la lectura que queremos obviar. Nos ofrece la verdad de un país que otros nos inventan. Y qué difícil es sostener esa mirada. Qué vulnerables nos sentimos, qué cobardes, qué ignorantes. Le subimos un punto más al aire acondicionado y seguimos conduciendo hasta nuestro destino. De pronto el carro de al lado tiene la música en el motor y volteamos a mirar en señal de reprobación cuando descubrimos un rostro joven de lentes oscuros y cabello alborotado. Pensamos en los jóvenes que fuimos y para aminorar los daños, sintonizamos la misma emisora aunque no entendamos la canción ni el ritmo que se impone.
 
Miradas... ¿Has visto la mirada de alguien que está muriendo?
Yo sí. Una vez. Y como no podíamos hablar, a través de los ojos nos dijimos lo poco que faltaba por mencionar. Recuerdo que metí mi mano en la suya ¿o fue al revés? La verdad es que nos sostuvimos y me alegró tanto poder estar ahí, poder acompañarlo... Y lo mejor de esta mirada es que no se impuso a ninguna de las miradas que nos dimos mientras vivía. Su liviandad me liberó del peso de cargar ese momento como el más fuerte o verdadero. Todas nuestras miradas salen de recreo cada mañana cuando despierto.
 
Y ahora bien, ¿quién me describe la mirada del deseo?
A ver si le vamos trazando ruta a este viaje por el cuerpo.
 


jueves, 25 de octubre de 2012

La Biblioteca





Shhhh... ya te dije que se habla en voz baja cuando se está en la biblioteca. ¿Cuál biblioteca mujer? La mía, ¿no la ves? Una veintena de libros no son una biblioteca. Disiento contigo. Un sólo libro... es más, una sola hoja puede ser el mundo para un ser. Esta Biblioteca no siempre fue mía. La heredé. Da un sentimiento diferente al de la adquisición individual de novelas o textos. Tiene su voz. La de él. La de mi padre. Es así cómo a veces paseo mi mano esperando encontrar un consejo suyo entre las hojas y abro el cuaderno del Ché en un poema de Guillén; o Saramago me sorprende con una frase a la que no he llegado aún. Y me parece escucharlo sugerirme a Galeano o hablar con gusto del libro sobre los Cuentos Chinos. Me recomendó literatura hasta que descubrió que me estaba inclinando a la poesía. Ese terreno no era el suyo así que me dejó incursionar sola. Compró eso sí una antología de Neruda, por sí las moscas. No sé que recuerdos tengan ustedes de sus padres y cómo hayan sido ellos con la lectura pero mi padre era de los que ahorraba para comprarnos enciclopedias. Aquí tengo evidencia de ello. La Cultural Junior acompaña a una enciclopedia de Química  y a quince tomos sobre la Historia de Colombia. Y es que, cuando estudié, aún no había internet. Las consultas no eran un asunto de googlear palabras en busca de resultados. Había verdaderamente que meter la nariz en los libros. ¡Qué bella época!
Qué bonito que es tener un libro favorito. Un Woody que nos acompaña a todas partes y siempre ese Boss Light Year que cree con absoluto convencimiento que por ser lo último, es lo mejor. Y qué mágico resulta encontrar amistades en los textos; ver como un autor incluye un epígrafe de otro o como un fragmento nos transporta con la magia de Julio Verne.
En los libros que heredé no está Proust ni Thomas Mann ni filosofía que mi padre no pudiera convertir en un asunto práctico. Así era él. Hace diez años me dijo que su sueño era retirarse a leer. Recuerdo que entonces le regalé un libro de Hemingway: Fiesta. Y se lo dediqué:
Un primer ejemplar para tu proyecto de cultura. A disfrutar se dijo. Ya era hora. Te quiero. Claudia
Fecha: Febrero 28 de 1998
Me alegra haberle anticipado el retiro y no esperar a que se jubilara para que tuviera tiempo...
El tiempo tiene otros planes para nosotros.
Mi tiempo por ejemplo, me tiene contándote anécdotas para no reconocer que, mañana se cumplen ocho meses desde que la muerte lo quiso como amigo nuevo. No tengo ni idea de qué lo tendrá haciendo y a ratos sospecho que es al revés, que él la tiene ocupada con una alguna beneficencia ahora que finalmente puede Ver.
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

La hoja en blanco

La hoja en blanco sigue reinando sin ninguna figura que mostrar: ni picas, ni ases, ni corazones y mucho menos tréboles adornan sus esquinas. La hoja en blanco es una puerta, un llamado, una invitación. Dentro siempre están las voces que o bien quieren salir, o tienen una cuidada estrategia para hacerme entrar y dejarme con ellas. Escribo con mucha debilidad física. Si fuera por mis custodios pulmones, estaría en la cama. Lo estuve. Tres horas al medio día fueron suficientes. Perdí tres horas de luz por este desaliento. Aunque eso sí, al primer descuido me les pare y vine a dar al estudio en doce pasos. Doce. Qué tal. Como una alcohólica vine por mi cantimplora de palabras. Me la bebí toda. No me tomé la molestía de buscar una imagen. La imagen fue mi fuga. Los pulmones siguen buscando entre las cajas de pastillas y la cobija; mientras yo le pedí prestadas las branqui algas a un personaje del Caliz de Fuego para respirar sin ser notada. Un momento. Necesito un café. Verdad. No puedo pararme. Tendrá que ser luego. Estoy ebria de líneas por decir. Tengo un Te quiero atorado en la garganta y dos ojos se me han vuelto cicatriz. Es que hace tanto no los miro...
Estoy preocupada amigo lector. Para serte sincera, el título de esta entrada era las imágenes no condicionan. Una de las voces de la hoja en blanco me ha querido decir que las imágenes vencieron a las palabras desde que la fotografía se inventó. No, que incluso antes, desde la pintura realista. Que movimientos como el impresionismo y el cubismo fueron de tregua pero que estamos en guerra. Otra de las voces ha mandado a callar a la primera. "No seas bruta le ha dicho" Jamás podrá la imagen expresar lo que la imaginación inventa.  Y una tercera ha salido neutral a decirles que no es para tanto, que cada una a lo suyo, que no me asuste, que pase más bien por el café que espero.
Me han dejado confudida esas voces. Yo le apuesto a la amistad entre la imagen y la palabra pero tú, sólo tu amigo lector puedes sacarme de dudas. Sé que es una posición incómoda pero necesito salir de este apuro. Dime simplemente... ¿es la bitácora del cuerpo un encuentro con la palabra o una forma de satisfacer un morbo indirecto de imagen?
Sí, sé que las imágenes son sugestivas apenas. ¿Bitácora del cuerpo recuerdas? Quería dejar una evidencia de lugares físicos que nos llevaran a viajes psicológicos. ¿Se ha logrado?
-¿Por qué escribo así? -fue la pregunta de una voz antes de entrar a la página en blanco.
-¿Así cómo?
-"Como las imágenes. Incentivas a que leamos. Sí señorita, sus relatos están cargados de eso. De espaldas sudor, arañazos, pasión, fluidos... y mucha coquetería."
 
No supe qué contestar. Entre la intención y el resultado... Mi inconsciente me está jugando una racha ahora es que veo los corazónes, las picas y los tréboles. Quién quedó por fuera ésta vez, ah sí: los ases.
 
 

martes, 23 de octubre de 2012

Duo de jeans, zapatos al ring


Mira la ciudad mientras yo me pregunto: qué piensa. Coincidimos aquí por un azar que aún no me es revelado y mientras los demás hombres se toman fotografías con modelos de cigarrillos y cervezas, él mira el paisaje. Me estoy acostumbrando a su presencia. Me gusta que use jeans y tenis verdes. Le queda. Yo salí al balcón por razones diferentes. Mi novio está adentro posando para las luces otra vez... Este hombre sale a la sombra y no sabe la luz que representa. Si me mirara me pondría roja en seis segundos pero esta absorto en una realidad que desconozco. Un momento, le suena el celular; lo saca del bolsillo, mira el número y no contesta. También huye de alguien más. En eso nos parecemos. Alguien viene, le ofrece un trago y da las gracias antes de buscar donde poner el vino. No le gusta. Otra coincidencia. ¿Preferirá el ron o el aguardiente? Llega entonces una pelinegra despampanante y él le ofrece el vino que rechazó. Lástima. La pelinegra sin embargo  no lo hace feliz. Lo sé por la manera como mira el reloj. Está tramando algo. Por un momento gira la cabeza a mi esquina y me ve. Bajo la mirada. Llevo ya rato observándolo... me evidencié. Debo hacer algo y rápido. Tomo el sobre que tengo por cartera y me dirigo al baño. El ambiente adentro me retumba en los oídos. No veo otra esquina desde donde pueda dirigir mi batalla. Cuando salgo está sentado allí, mirándome con curiosidad. Tomo entonces su pedazo de balcón y aunque no tengo gafas, miro la ciudad como él lo hacia. Me está mirando. Llevo también jean y tenis. Los míos son morados. Suspiro y no calculo el volumen. Creo que se va a levantar pero no estoy segura. Aparece de nuevo  la pelinegra y le dice:
-¿Amor nos vamos?
-Ve tú, luego te alcanzo.
¡Qué voz! No seas tan evidente. Entra más bien por un pasante.
En eso estoy cuando me agarra la mano.
-Hola, creo que no nos han presentado.
-No, tampoco creo que nos deberían presentar.
El tiene la ventaja de los lentes y yo nada donde esconderme.
-Ya veo. ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?
Le señalo al modelo de adentro y a su mujer en la salida.
Nuestro rato solos, terminó.
 Fotografía: Marco Ramírez

jueves, 18 de octubre de 2012

La Voz

Fotografía Marco Ramírez
 
 
Podría haberse tendido igual sobre la grama, sobre el piso o para variar y leer: en la poltrona de la sala, pero era tarde, y sus pies no veían la hora de tocar la cama. La Voz era el programa elegido y la emoción de cada participante parecía transportarla a la magia de la música para la cual había nacido sin oído. Cada vez que un concursante nuevo salia a la pista, ella hacía fuerza por los jurados que amagaban con oprimir el botón y se quedaban jugando a los timbales con los bordes. ¡No puede ser!  Se llevaba entonces las manos a la cabeza o una de ellas se adhería incrédula a una de sus piernas. Admiraba eso sí, los comentarios respetuosos, la motivación ante un aparente fracaso, la cordialidad entre los jurados y sobre todo: el humor. Ver ganar era parecido a sentir la emoción del gol porque aunque no entendiera los pormenores del fútbol, era capaz de seguir un partido sin perderse y comprender que con uno cero también se gana. Y sí Andrés Cepeda daba su voto y los demás se quedaban pensando en estrategia, ella se sentía feliz de ver que él, confiaba en su instinto y alguien más aprendería a confiar como él. Montaner, le traía recuerdos de una adolescencia casi olvidada. Dos veces estuvo en el Coliseo de Bedout, horas, en fila para escucharlo. Me va a extrañar al suspirar... porque el suspiro será por mí... De los jurados, le parecía el más exigente. Debe ser cuestión de experiencia. Se decía; y para qué, pero le causaba curiosidad la próxima fase del programa cuando comenzara el entrenamiento. Carlos Vives le parecía el más enigmático de todos. No sabía explicarlo. Tampoco era algo que puidera discutir con sus compañeros de oficina entonces no era fácil aclarar en qué consistía ese enigma. Tal vez su música alegre contrastaba con su mirada analítica, tal vez... Y bueno, Fanny siempre tenía una risa maravillosa. Se divierte siempre... y a todos los concursantes los quería para ella. Ah, no, comerciales otra vez. En eso timbran y es su novio con algunos familiares. Patricia, te tenemos una sorpresa. Te entregan un sobre rojo y te dicen: Tienes audición para la Voz. No sabes qué decir. ¿Pero si no tengo oído? Nosotros sí y de la ducha está bien. ¿Sal de ahí quieres? Lo siento pero ese no es mi sueño. No. No voy. Les agradezco muchachos pero si no es bajo el agua, yo no canto.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La mano del artista

Fotografía Marco Ramírez
La bitácora se enfrenta a una intersección. El compás, no es de espera, es en verdad el instrumento que traza en torno a ti, una circunferencia. La mano derecha sostiene un cigarrillo aburrido de esperar: la última bocanada fue hace más de dos minutos y se consume lentamente muy a su pesar. Su mirada apunta al techo a un pequeño agujero que filtra los pasos del apartamento superior; alguien va en tacones cuando ella agradece estar descalza. Son las dos. La oficina espera. El sastre se ensució en el almuerzo, un poco de fab y frote con buena dosis de plancha lo tienen suspendido en un gancho ejercitado. La tele a esta hora ni arrulla. El radio suena pero a un volumen bajo. Y el libro de Juan Ramon Jimenez está abierto en El Verano y suspendido en la historia de Platero chupando caña. La mano izquierda acaricia el pelo como si entre cabellos se encontrara el fragmento perdido de la última idea. Tú sigues ahí y ella olvidó la circunferencia. Está acostumbrada a que la observes aunque no haya logrado habituarse a ser ella quien te observa. Se acaba el tiempo. El rato juntos terminó. Te dice gracias, se levanta, toma su bata, y se arregla, no sin antes darle una mirada a ese bastidor. ¿Así soy yo?


lunes, 15 de octubre de 2012

Talla 10

Un hombre obsesionado con la belleza de la mujer que lo acompaña, es un hombre que te hace infeliz. No importa cuántos cortes de pelo intentes ni cuántos colores diferentes ensayes para sorprenderlo. Tú, ya, no eres la imagen de la cual se enamoró. Eres mejor y no lo nota. Posees la madurez de la experiencia, la templanza que dejaron los problemas superados, la ternura en la voz y la sinceridad en los ojos. ¡No! Él no lo ve. Sólo piensa en que te conoció talla 6 y ahora eres 10. Pobre hombre. No hace más que renegar por lo que te ve comer, que si es saludable o no, que si es frito es peor. ¿Y él qué? Si fueras a pagarle con la misma moneda, tendrías una barriga de peso que sacarle en cara. ¿Para qué? Es un niño mujer. Vamos, levanta ese ánimo. Sonríe. ¿Recuerdas aquel novio que adoraba tu risa?
 
Por un instante te provoca marcar la puerta con un letrero: Aquí no somos consumidores de belleza.
Somos bellos. Entonces uno de tus hijos te suspende el pensamiento y llega hasta a ti para acariarte el rostro; y te pregunta: ¿Estás triste mamá? Nunca le has negado tus emociones y accedes con la cabeza. ¿Y es grave? No mi amor. Es una verdadera tontería. Entonces, vas al espejo con el rostro desnudo. La cosmetiquera está abierta pero en lugar de sustraer algo, la cierras. Quieres salir sin maquillarte.
 
El sujeto que dice ser tu marido está sentado en el estudio trabajando y ni cuenta se da de que sales. En el parqueadero, tomas el celular y le marcas a ese amigo que hace un rato te viene coqueteando. No es venganza. Es motivación. ¿Aló? En un hora en Bon Marché. Perfecto. Vas al salón, te alisas el cabello y allí, en medio de mujeres cómo tú, le pides el favor a quien te peina que te ponga un poco de maquillaje. ¡Estás hermosa! -te dice convencida. ¡Cómo te ha crecido el cabello, recuerdas que hace un año lo cortamos por aquí! Y señala el punto exacto en tu espalda donde te desprendiste por un rato de el atributo que te representa en mayor medida, tu femineidad. Le agradeces, cancelas ambos servicios y llegas a propósito, cinco minutos retrasada a tu cita.
 
Este nuevo hombre en tu vida, te encuentra perfecta para lo que el busca. Te corre el asiento, te trae el café y conversan de tantos temas que la tarde se agota. Al final, está satisfecho, sólo quería tu presencia.  Lo abrazas y quedan en una próxima vez.
 
De regreso a casa, los niños aún te esperan. Tu marido está por fuera. Todos en pijama y abres las cobijas para incluirlos en la cama. Apagas la luz y la hora del cuento, está en tu boca.

jueves, 11 de octubre de 2012

Diarios y secretos, iras por doquier

Los pasos de mi vida me han seguido hasta aquí. Sólo uno de mis pies toca el piso, el otro está en un carrizo obligatorio treinta centímetros más arriba. Como un vicio, quiero mirar los ojos que la distancia y el tiempo me quitaron. No, no puedo, ya no están. Repaso entonces diarios desordenados, con tinta azul, negra y café. Diarios de letra pegada y emociones diversas. Revelaciones de la inmadurez. ¿Cómo soy? ¿Cómo he sido? La educación correcta no siempre es la correcta educación. No veo la palabra ira por ningún lado y muchas veces la sentí. Me eduqué para reprimirla. ¿Qué estaría pensando? ¿A quién le quería dar gusto? Ahora lo sé.
Escucho bolero y recuerdo a mi padre cantar: Contigo aprendí que existen nuevas y  mejores emociones.... Quince años atrás las diez era la hora de salida no la hora de acostarse. Él me miraba con asombro preguntándome cómo hacíamos para salir cuando él sólo quería ir a la cama. Ahora soy yo quien se va a la cama a las diez y extraña no poder darle una llamadita de buenas noches.

 Honestamente, ya ningún diario tiene sentido. Todos los contextos han cambiado. Las mismas veces que juzgué eterno un sentimiento éste fue finito. Si pudiera elegir un año para quedarme en él, sería 1993. Si pudiera borrar uno sería sin duda 1997. Si hubiese saltado del 96 al 98... la locura no habría podido alcanzarme.

La ira sin sin embargo me ha dejado pensando. A ratos me gustaría aprender a darle puños a una pera colgada del techo o imitar el entrenamiento de un personaje de Tarantino con un maestro de artes marciales. Abrirle fuego a mis represiones. No contener más la lava de mi ser. Decir por ejemplo que el martes a las cuatro es el día de los fuegos pirotécnicos emocionales y prenderme como una chispa mariposa. Se sentiría mejor que los once cálculos renales que he llevo en los riñones. Piedras, piedras son.


 

viernes, 5 de octubre de 2012

Angel Negro

Ese tatuaje tuyo me hizo sospechar. Parecía la cremallera que contenía tus alas plegadas. Sentía que en cualquier momento se abriría para deslumbrarme cuando no, tú ya lo habías logrado desde el primer contacto distante. Detrás de tu mirada en esos lentes oscuros y grandes, habías sabido sonreír con los ojos y empelotarme de risa. ¡Artista tenía que ser! Entonces yo me había puesto a contarte los dedos como si fuera a encontrar uno de más o alguno de ellos fuera a decirme un secreto perturbador. Fue peor: desde el principio fuiste auténtico y cada vez que sonreías sentía batir las alas que no podía ver. Me provoco decirte Quédate quieto. Pero me parecio cruel e injustificado. Te pregunté entonces si se podía tocar y con tu mano llevaste mis dedos hasta el lugar exacto de mi curiosidad. Entre tu nuca y tu espalda...el origen  de un cambio, la evidencia de una transformación. No te pregunté por qué. Las alas se abrieron y pude volar contigo por más de un instante.
 

jueves, 4 de octubre de 2012

Al lector

Se agotan las imágenes que pueden contar algo más que yo. Te observo llegar a esta página por curiosidad, costumbre o error. No tienes ni idea de lo que encontrarás y yo aún no me decido en la historia que quiero contarte. Te diría que la historia esta en mí o soy yo pero sería pretenciosa e imprecisa. La historia en realidad, eres  tú. Tú y la distancia que desde ahora nos mina. Me gustaría salir para presentarme y ver cara a cara, tu estatura. Me gustaría revisar tus lentes -si los llevas- y ofrecerme a limpiarlos como si se tratara de un parabrisas. Ya está, primera sonrisa. Me alegra conocerte en estas circunstancias y no en otras. En la vida real soy bastante aburrida. Siempre observando aquí y allá. Personificando todo lo que se me atraviesa; dándole poderes hasta a los perros y queriendo flotar como un sueño imposible. Ya sé, eres ingeniero/a de sistemas. ¿No? Falle al primer intento. Era obvio que fallaría porque eres mucho más de lo que tu profesión condiciona. Eres... justo lo que sueño. Un lector o una lectora; alguien con quien puedo compartir mis sueños imperfectos. Sí, claro que quiero saber de ti, pero la sección de comentarios rara vez me regala un 1. Se les han comido los dedos porque la lengua del lector rara vez lee en voz alta. Si supiera crear aplicaciones, les daría un link donde dejar los comentarios grabados con su voz. Qué bonito sería escucharlos luego y qué mágico poner replay. Sí, ya sé que pensarás que me estoy poniendo romántica y tengo que darte toda la razón. Espero que no hayas salido espantado a otra ventana o me hayas cerrado con temor. Lo cierto es, que mañana, después de una sesión de fotografía,  espero obtener  también, imégenes  masculinas que me permitan crear una atmósfera más completa e historias más diversas.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El suelo se ha vuelto pared

El suelo se ha vuelto pared y no tengo certeza de que la pared se haya convertido en suelo. Me arrincono sin saber si fue un temblor o un terremoto lo que cambió mis coordenadas. Abro los ojos pero tengo que cerrarlos porque no me acostumbro al cambio de gravedad. Estoy lejos de la ventana y no sé si igual que yo, otros han quedado suspendidos en un aire vacío. El teléfono comienza a sonar y me mareo de sólo intentar ubicarlo junto a los libros de la biblioteca. ¿Qué haré cuando el hambre asome o la sed sea intensa? Debo comenzar a prever situaciones hostiles. Ya no es clara mi supervivencia. Pienso que mi hijo llegará en una hora y me alegro al pensar que el cambio de norte lo tomó en el bus. Quizás en movimiento, sea menos brusco. Me consuelo. ¿Y sí no? No quiero pensar en los accidentes, los daños, su cuerpo lejos de mi protección. Tengo que ser optimista. Al menos si quiero sobrevivir. ¿Qué es todo esto? ¿Por qué las noticias no lo anunciaron? Oigo un grito. Es un ladrido. Mi perro. El instinto parece serle más útil porque viene corriendo invertido hacia mí. Puedo ver sus patas antes que su rostro pero ¿cómo es posible? Me lame las manos como suele hacerlo y me atrevo a soltarlas de este piso pared. Pronto estoy flotando y debo esforzarme por no golpearme con el tope de la puerta. ¡Qué extraño es! No me he acostumbrado a flotar cuando el fenómeno termina y voy directo al piso-piso en un golpe fuerte e inesperado. Al menos lo intenté. Salgo a esperar el bus de mi hijo y me doy cuenta que afuera, todo sigue igual. No levité. Soñé que levité. Ahora lo que tengo que esperar es que el sueño se repita cuando vuelva a quedarme dormida sobre el suelo como pared.


Fotografía: Juan Cano

martes, 2 de octubre de 2012

Nos fracturamos

Nos fracturamos en el mismo instante que decidimos no mirarnos más. Continué mi andar ligero provista de paraguas por si el clima era recio a la vez que tú te alejaste con tu bastón previendo un suelo desigual. Minutos antes, me habías ofrecido tu pañuelo y lloré en él soplando hasta los mocos del desconcierto. No te devolví el pañuelo y tú tampoco me lo pediste de vuelta. No volví a mirar tus ojos para evadir la evidencia de mi fractura. No volviste tampoco a buscarlos y el silencio se hizo incómodo e irrepetible. Eran las seis menos diez y la hora no anunciaba nada bueno. Podríamos habernos tomado de la mano para tomar un café o ver una película pero ya nada era igual. Tú te encerrerías a escuchar algún nocturno de Chopin mientras yo regresaría a casa sin tu mano como complemento y pensando todo el tiempo en el aguacero evidente que no se daría.
Es la hora del abrazo y ninguno quiere ceder. Es más fácil decir Hasta Pronto aunque los dos sepamos que ese pronto dure meses, quizás años. Por un instante, recuerdo la desnudez de tu espalda y mis dedos comienzas a extrañar aquello que aún tienen de frente y que ya, no les pertenece. Miro tu boca y me arrepiento porque me descubres mirándola. Me llevo la mano a los labios y siento todos y cada uno de los besos que pusiste en mí. ¿Con qué habré de reemplazarlos? Tu mano decide quitarme un mechón de cabello del rostro y en ese movimiento, tu tacto dibuja una línea en mi piel. ¿Piensas lo mismo que yo? ¿Es acaso ésta, una diferencia irreconciliable? El silencio de ambos es incómodo.
-Ve, vete ya. -me dices al fin.
Y entonces trato de memorizar tu rostro, la camisa que llevas, el jean gastado que yo te regalé y los zapatos de diario que adoraba quitarte. Tomo aire con esa imagen tuya y comienzo mi regreso a casa con la lluvia en los ojos y el mar en la boca. Comienzo a trotar y las rodillas apenas si logran sostenerme. Cuando estoy lo suficientemente lejos. Me detengo en un bar y pido un aguardiente doble. Lo pago, lo bebo, me patea y sigo corriendo. No puedo dejar de pensar en que nos fracturamos cuando decidimos seguir cada uno por su lado. ¿Cuál es mi lado sin ti? Ya  es muy tarde para preguntármelo. Tomo el bus, convencida del despecho que apenas comienza y tan pronto llego a casa, alimento a mis aves con nuestra historia.
 
 
 
 

lunes, 1 de octubre de 2012

Momentos con tu recuerdo

 
 ¿Puedo pensarlo?
 
 
¿Qué dices? Cómo me pides que te olvide.

Estos padres de ahora creen que la distancia es el olvido.
Nos está haciendo daño tanto bolero papá. Pero y qué hacemos, si escucharlo es estar cerquita de ti. Te digo por fin sinceramente que no puedo olvidarte. Es más, no quiero. Estoy aprendiendo a bailar además. Espero que desde donde estés puedas verme. Leal a la promesa que te hice. Sobreviviéndote.

domingo, 30 de septiembre de 2012

De pies y de zapatos

¿Con cuánta frecuencia miramos los pies del otro? Es sencillo y práctico mirar las manos porque siempre están desnudas, pero los pies, no corren con la misma suerte. Entre medias, algodones y zapatos, se esconden. Algunos materiales los dejan respirar más que otros. Sólo en la mañana -antes del baño- son del todo libres. Porque hay que ver sujetos que ni para dormir los desenvuelven. Medias y pies parecen estar adheridos a un destino común: oscuridad. Ahora viene lo paradojico: las mujeres que nos atrevemos a exhibirlos al aire los subimos a tacones, sandalias y ornamentos que si bien, los lucen, los maltratan. Tenemos entonces que gastar tiempo y dinero en salones de belleza sobando callos y extrayendo cutículas. Nada divertido se los aseguro. Y digo paradójico porque los medias-compulsivos tienen los pies más suaves del universo. Basta con robarles una media, un instante, para comprobarlo. Hoy he querido seguir la historia del zapato para comprender un poco nuestra insensatez. "Los primeros zapatos eran poco confiables, a menudo simples "bolsas de pie" de cuero para proteger a los pies de las piedras, los escombros, y el frío". Hoy la moda dicta lo que se lleva en los pies, y en muchos casos, no aplica la palabra: proteger. Por otro lado estamos las obsesivas-compradoras de zapatos. No sé qué tienen pero está comprobado que muchas mujeres invierten su dinero comprándolos. Pueden llegar a tener hasta más de 20 pares. Y no voy a contar los míos porque quizás la respuesta me avergüence. Sé eso sí, que tengo zapatos que he comprado por bonitos y no he sido capaz de usar por más de dos ocasiones. La tortura del pie es un tacón mal diseñado. Por algo existen afamados diseñadores de tacones como Christian Louboutin que hacen lo imposible por lograr lo contrario: un tacón ideal.
Ahora bien,  me fascina andar descalza; tanto en la casa como cuando paseo al perro. Tengo amigas que conducen así y aunque no sé cómo lo logran, admiro su irreverencia.
Esta segunda bitácora va dedicada a los pies. No se sí sea cierto que la mujer de pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza; creo más bien que cada dedo, cada uña, cada puente y cada tobillo nos permite sostenernos. El reclamo ante el abuso es el cansancio. Si hay alguna parte de nuestra fisionomía que nos obligue a sentarnos, son los pies.