miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mi abuela Rosina



Se ha ido a un lugar donde no puedo seguirla. Decidió que la mañana era propicia y sin decir una sola palabra, casi dormida, dejó de respirar para poder extender sus alas en el cielo al que siempre le tuvo fe. 
Un desfile de recuerdos e imágenes suyas se atropellan en mi memoria: la mecedora, su risa, la pasta, sus cuidados; la naranja con azúcar, nuestro ritual de regar las plantas. Sus Conversaciones con Dios en un libro café de dos volúmenes. Sus dedos finos, sus uñas y su pelo siempre tinturado y esponjado. Mis dedos de niña jugando a entrar en su cesta de enredos, sus tiernos regaños. El mar coralino de sus ojos... su acento costeño apresurado. Los deditos de queso fritos. Su afán de enviarnos de regreso con ellos como viandas. Sus habituales peleas con el servicio porque la sopa estaba muy fría o muy espesa. Los álbumes de fotos que siempre me dejaba espiar y preguntar. Fotos de la década de los 40 al lado de Gladys, su hermana. Ambas bellas y rozagantes. El cabello en bucles que se usaba entonces en la Barranquilla que la vio crecer.

El amor le vendría de manos de un paisa, con el que recorrería el país con sus cinco pequeños para regresar de nuevo a la costa, a las playas de Puerto Colombia, a la brisa y a la lluvia, a los carnavales y el buen humor. Mi abuelo partió primero pero ella hace años añoraba verlo de nuevo. A estas alturas quizás estén juntos. Nunca dejó de extrañarlo. Ella se dedicó a sus hijos, a sus nietos y a su bisnieto como la prolongación de la existencia y todos recibimos su amor y sus cuidados. Ahora nos queda sólo despedirla, ojalá sin lágrimas, cómo le habría gustado. 

No hay comentarios: