jueves, 24 de noviembre de 2011

Aniversario de un tatuaje epidural

Era de las que decía que jamás tatuaría mi piel. Me proyectaba en el tiempo y pensar en nietos diciendo "mi abuelita tiene un tatuaje, mi abuelita tiene un tatuaje" hacía improbable tal ejercicio. Era ciento por ciento conservadora. No era el dolor o las agujas lo que me mortificaba, era el peso de la vejez sobre mi piel y sentir que así como los brazos se harían flácidos, el cuerpo entero se haría costra y lo que alguna vez lució bello se convertiría en un verdadero adefesio. 

¿Qué ocurrió entonces para que mi pensar cambiara tan radicalmente? Tuve la plena sensación de que mi vida podía ser igualmente fugaz. Que no habría tal vieja. Que sobre la morgue podría descansar un cuerpo joven y que ese cuerpo no se tatuó por temor a un futuro incierto, por vanidad por sobre todas las cosas. Y bueno, necesitaba anclarme.

Además de eso, contaba con la voz de aliento de Margara, una amiga que ya estaba buscando la imagen para su segundo tatuaje. "No duele, ya verás" fue su frase de campaña y yo no tuve más remedio que dejarme llevar al puesto de votación y elegir mi candidato. Quería algo que me recordara al mar. Algo que se pareciera a la rueda del tarot y dos números trascendentales. Fue así como surgió la cruz naútica. Nada podía ser más preciso o idóneo. El problema al que me enfrenté luego fue el tamaño. El sitio siempre estuvo decidido y nadie me advirtió cuánto podía doler. Fue una completa epidural pero de dos horas.

Lo primero que alias "Chucky", Jorge; marcó, fueron las coordenadas. Luego dibujó en lapicero el tatuaje completo y finalmente la aguja me cruzó de Norte a Sur y de Este a Oeste en mi zona Sacra. Me quejé. Maldije a Margara cientos de veces. ¿Con qué no duele...? Y ella se limitaba a sonreirme desde la silla dos.

Ya el tatuaje cumplió su primer aniversario y debo decirles que lo adoro. Como no lo veo todos los días, no tengo forma de aburrirme de él. Disfruto ver las caras de los niños cuando por algún motivo el jean y la camisa lo dejan al aire y ellos lo señalan como una advertencia. "Mujer mala" Les hago una mueca y sigo como si nada. A mí hijo le encanta, el problema es que ya no tengo argumentos para evitar que él se tatúe en el futuro. Si le ha de gustar... he de respetar.

Eso sí, no me haría un segundo tatuaje. Todo el simbolismo y urgencia de ser terrena, está expresada allí en un timón de barco. Hasta tripulación llevo conmigo. De tal suerte que, cuando me siento perdida, acaricio el timón, cierro los ojos y le digo a mis ancestros que me señalen el norte. Algo aparece luego en el horizonte del pensamiento y me dejo llevar por esa marea que arrullla y me invita a cruzar el oceáno sin temor alguno.  


  

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