miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mens sana in corpore sano




Envidio las mentes que tienen habituado su cuerpo al ejercicio. La mía no es de esas. Inicié tantos deportes que ya olvidé la cuenta. El que más recuerdo es el primero: la gimnasia olímpica. Yo niña metida en una trusa azul divirtiéndome en la rampa que daba a un caballete. El equilibrio sobre la barra que era fácil de replicar sobre cualquier superficie que se le pareciera. Los cien metros planos a las siete de la mañana los sábados en el estadio... gimnasia, la disfrutaba. Sin embargo ocurrió una tragedia con una niña y su historia fue transmitida a nivel nacional. Del salto a la cuadraplejia no hubo distancia alguna. Su cuello se fracturó y el video hizo que mi padre entrara en pánico y me sacara de la liga. Cambié de colegio  y algo en mí también se fracturó. Correr con rostros nuevos era tan aterrador que prefería la banca.

Años después, estuve en baloncesto hasta que todos mis dedos fueron entablillados y tuve que ser sincera conmigo: no me gustaba ese balón, ese juego de cinco en cinco y de anotar o no.
Otras tardes entrené softball y me aburrí de mi propia incompetencia: me sacaban por faults.
En voleibol más de una vez me poncharon la cara por ausencia de concentración.

Intenté la equitación y no es broma, el caballo me tumbó al segundo día. Soy mejor acariciándolos o dándoles de comer zanahoria; que subida en ellos.
Practiqué tenis con una frecuencia de dos días a la semana no sé durante cuántos años, si es que fueron varios; pero odiaba la faldita y no tenía un saque super poderoso. Además me molestaba cuando el entrenador decía: Así es Campeona. Nada podía sonar más falso y repetido. No me sentía ninguna campeona. Prefería los números, los mapas, la ciencia y... El Dibujo.

Fue entonces cuando cambié el ejercicio físico por el de la observación. Mi primer Maestro fue Don Ricardo Restrepo. Un señor mayor y psicorigido que nos obligaba a seguir las técnicas según el manual: primero lápiz, luego carboncillo... y así. Podía pasar un mes dibujando una sola fígura. Dándole sombra con el esfumino, echando dedo hasta creer que las propias huellas se habían borrado de tanto hacer fuerza sobre una superficie de papel bond. Después tuve una Maestra, Maria Luisa Ochoa. Una mujer cuyo rostro no reconocería en la calle pero cuya voz dulce sí. Tenía el estudio ubicado en el sotano de su casa, junto al jardín. Por clase ponía 3 o 4 motivos sobre manteles de colores y fondos variados. Y el último sábado del mes nos regalaba el confite de la figura humana con una modelo que iba para enseñarnos a retratarla.  Finalmente, Patricia Valencia. Una amiga además de Maestra. Con ella no había rigidez con las técnicas. Las cinco o seis alumnas que compartíamos la clase podíamos estar pintando motivos distintos en técnicas disimiles y ella, siempre apacible como sus ojos claros, pasaba dando revista a nuestros trabajos. Solo ella me permite ser itinerante. Cuando tengo urgencia de ejercicio visual voy y me quedo un mes, luego salgo como gitana con un cuadro regalo y la promesa de volver.

Toda la descripción anterior para revelar que la única forma en que quemo calorias es pintando.

Este año tuve la iniciativa de la natación... y nadé como unas ocho veces. El resto del tiempo me la he pasado esperando que mejore el clima para entrar al agua cuando mis pulmones me piden a gritos que vuelva a intentarlo.

"Orandum est ut sit mens sana in corpore sano"´ Más que una sátira es un llamado.
Será hacerme los propósitos de año nuevo e incluir el ejercicio como algo sagrado. Quizás si vuelvo a usar una trusa... no pidamos demasiado. Espero que ustedes sí sean juiciosos y además de leer se estén cuidando. Si tienen truquitos, pásenlos o denme por desahusiada para seguir pintando.

martes, 29 de noviembre de 2011

La casa oculta

Algún día tomaré la llave de East Leasing para buscar la casa, oculta y verdadera.

Algún día me abriré como puerta y mi espíritu saldrá de su prisión.
¿Qué querré entonces llevar conmigo? ¿Podré por un instante mirar atrás? ¿Sentiré que vuelo sin aerofobia y podré entonces planear mi vuelo en tu mirar? ¿Qué haré si lloras y no puedes sentirme? Para qué me lo pregunto, de aquí a entonces... quizás sea yo quien no pueda sentirte.

Vale tanto estar vivos que lo desperdiciamos.

Quiero verte ya.
Quiero escucharte hablar. Lo que sea. No importa. Tu voz es el precio que paga el silencio por sentir caricias.
Quiero que cenemos juntos porque nunca lo hacemos. Quiero verte comer y no impresionarme por tus maneras bruscas. Quiero aprender esas maneras para que la pasta me fastidie menos y pueda ensuciarme más.
Quiero que tu boca me bese y me diga tu lengua lo que has dicho hoy. Quiero saber cuántas veces mencionaste la palabra mierda y reírme...
No se trata de espiarnos. Lo aclaro.
Quiero así mismo que mi lengua te diga todo lo que he dicho hoy.
Quiero que me veas, desnuda y sin ti.
Un montón de órganos consonantes con un sílbido asmático; casi callado.
Tres o cuatro dedos en la mano, pintados de naranja, porque no había Varsol para remover la patina.
Un morado en la rodilla derecha del último golpe sin consolación por mi torpeza absurda.
Y todas las veces que enfrente la hoja en blanco sin éxito alguno.

Aún no llegas.
Escucho grillos en la terraza.
Son más de las seis.
Oirás esta entrada cuando mi boca te bese, porque la repito en voz alta a medida que avanza.

La casa oculta soy yo.
La oscuridad de mis ojos auscultando tu nombre.
Tú el cerrajero. Siempre con las llaves en ese sonajero extraño que acostumbras colgar a tu bolsillo.

¡Ábreme quieres!







lunes, 28 de noviembre de 2011

Una taza de café con dos de azúcar



Una taza de café equivale a un aroma poderoso. Dicen que tomarla reduce el riesgo de depresión en las mujeres. Ojalá fuera cierto...estos científicos de ahora se contradicen tanto, que algo tan simple como la cafeína es recomendado o contraindicado simultáneamente. Yo voy a optar por creerles a los primeros, considerando que el origen del café se relaciona a una leyenda donde el arcángel Gabriel, se lo dio a tomar a un oriental enfermo.

A mí me gusta el café desde sus orígenes. Desde los frondosos cafetales con granos maduros sembrados en laderas donde los pies humanos tienen que esforzarse para no resbalar. Me gusta verlo ya pelado y seco en la molienda. Ese aserrín que queda de su piel. Me gustan los silos que adorna y todos los medios de transporte que usa para llegar a ti, a mí y al mundo entero. Me gusta nuestro símbolo, aunque los bigotes de Juan estén pasados de moda y su poncho se pierda entre la silueta. Era imperdonable olvidar el nombre de Conchita, así que lo busqué porque no es burro sino una mula la que lo acompaña en su travesía cafetera.

Sí, adoro el café. Aunque tengo el mal vicio de no beberlo hasta el fondo; siempre dejo una pequeña bahía con su asentada cucharadita de azúcar. Eso sí, la forma como lo tomo irremediablemente dibuja figuras en la boca del pocillo. A ratos una gota corre cuesta abajo por la taza y vieran la cantidad de imágenes que alcanzo a proyectar ahí. Ejercicio inoficioso para una bruja que prefiere el tarot. 

No puedo beber muchos al día porque me espantan el sueño así que los cuento con tristeza. Máximo cuatro. El quinto ya me desvela. Adoro la bomba: tinto con coca-cola y sí, sé que no está bien pero sabe espectacular.

En los restaurantes me atraen los hombres que fuman tabaco mientras beben su expresso. Hombres mayores que no me prestan ninguna atención pero que gusto mirar por la experiencia que dibujan sus canas. Juego a inventar sus vidas. Eso sí, siempre y cuando no estén abrochados por una corbata. Hombres de barba blanca y chaleco azul; pantalon de dril y maletín café... así es como suelo verlos o imaginarlos. ¿Quién asegura que lo que vemos es 100% real?

egreso al café y tengo que hablar del azúcar. A mí me gusta con azúcar aunque digan que así no se toma.

Azúcar: piel de luna, gracioso grano, cosquilla tierna de caña libre. ¿A hoy, cuántas veces unté, batí y probé tu cauce? Bajaste por dos pezones para mí. Le diste aura a mi madre. Me regalaste aliento para llorar más fuerte y para desvelar a otros cuando la vida era fría y la oscuridad extraña. Te hiciste compota para enseñarme lo que era ensuciarme; y luego te vi esponjada en las cubiertas de tortas que cocinaba mi abuela.

Azúcar... dos medidas cúbicas que mueren sin aletear en el calor de un café colombiano. Mi placer es revolverte y buscar indicios de tu existencia pura en este pocillo verde, único testigo de mi trabajo. Gracias a ti, me mantengo despierta en un halo que puede hablar de terror y no horrorizarse, hacer sangrar y no desmayarse, partir corazones y no necesitar desfibrilador. Contigo puedo buscar sinónimos y no mencionar a tu pequeña antónima que por cierto, jamás convido a mi mesa.

Azúcar, recuerdo los sembrados de ti bordeando el Río Cauca. A la altura de Porce siendo una niña, visité un Trapiche en compañía de mis padres y tanto un caballo como yo, chupamos caña. Él la mascó por supuesto, yo sólo pude darle lo que quedaba de la mía. Pero ambos disfrutamos la experiencia. Junto al trapiche estaban los cafetales y desde entonces los asocio de manera irrevocable.
´
Se me agota el tiempo y la hora de la siesta apremia. No he de ahuyentar el sueño con este par. Prefiero soñar una cita con ambos como cómplices en un restaurante al sur... con un hombre colombiano, por supuesto, que quiera leerme un par de versos junto al mar. Hasta entonces... 

domingo, 27 de noviembre de 2011

Amor no es amistad

Desde que te levantas, te señalo. Banalidades como robarme la cobija o hacer una isla de vasos en tu mesa de noche se convierten en pretextos perfectos para mi cantaleta. Te digo desordenado y me mostras los dientes como un reflejo antigüo e inconsciente; crees que así retrocederé y no me meteré más contigo cuando apenas estoy calentando.
¿Qué haces aquí?- te digo, como si me molestara que  trabajaras desde casa.
Te vas a hacer cualquier vuelta y ni así te dejo en paz.
Es mi capricho joderte. Es mi derecho de ser tu mujer.

Es entonces cuando tomo posesión del espacio e intento visualizar cómo sería sin tí. No lo logro. Recuerdo al zorro de El Principito y trato de recordar cuando era feliz desde las tres al saber que llegabas a las cuatro. Ya no es así... espero por el contrario, que te demores una hora más.

La domesticidad duele porque en los afanes del afecto, perdemos la identidad para fundirnos en un monstruo de dos cabezas que apesar de estar conectadas: no se comunican. Es así como mientras tú observas el televisor como un autómata, yo procuro esconderme bajo la almohada. Lo que te hace feliz me hace desdichada. Sos como un niño  que no puede dormir sin el arrullo triste de una aburrida pelicula galáctica y yo soy un ser de oscuridad al que el resplandor le molesta y añora el silencio de su antigua cueva.

Pequeñas incisiones en la vida diaria pueden terminar por desangrarme... sí supieras cuántas veces he pensado en dejarte. Sí pudieras saber cuántas veces al día he querido marcharme. Te escandalizarías. No lo creerías porque para ti todo es normal aunque no sea perfecto. Y para mí no existe la normalidad. Odio la norma y todos sus derivados. Sin embargo me dejé atrapar por la ilusión y vivo con las consecuencias.

No es que sea infeliz lo dejo claro. Es la institución del matrimonio la que me sorprendió por lo bajo. Los mayores se callan lo difícil que es, solamente para que nuevos novatos entren al escenario.

Hemos sido criados de una manera cruel. Todos uniformes. De todos se espera lo mismo a los mismos años. Juntos hacemos los mismos rituales de antaño sin saber siquiera si somos diseñados para aplicarlos. Lo que antes llamaban un solteron y una beata, son en realidad, un par de afortunados.

Y me perdonan aquellos que apenas comiencen en los mares del amor. Aquellos que sientan que su normalidad los sacia. Escribo desde una frontera difusa y escabrosa, desde un lugar recurrente por estas épocas decembrinas donde suelo cuestionarme todo. ¿Quién soy, qué es lo que hago, para qué lo hago? Y añoro la amistad... ese umbral donde la sinceridad es real, donde puedes decir lo que sea, y el otro no se va; donde podes querer, abrazar, soñar y todo parece en su lugar porque siempre eres feliz desde las tres cuando te dicen a las cuatro.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Aniversario de un tatuaje epidural

Era de las que decía que jamás tatuaría mi piel. Me proyectaba en el tiempo y pensar en nietos diciendo "mi abuelita tiene un tatuaje, mi abuelita tiene un tatuaje" hacía improbable tal ejercicio. Era ciento por ciento conservadora. No era el dolor o las agujas lo que me mortificaba, era el peso de la vejez sobre mi piel y sentir que así como los brazos se harían flácidos, el cuerpo entero se haría costra y lo que alguna vez lució bello se convertiría en un verdadero adefesio. 

¿Qué ocurrió entonces para que mi pensar cambiara tan radicalmente? Tuve la plena sensación de que mi vida podía ser igualmente fugaz. Que no habría tal vieja. Que sobre la morgue podría descansar un cuerpo joven y que ese cuerpo no se tatuó por temor a un futuro incierto, por vanidad por sobre todas las cosas. Y bueno, necesitaba anclarme.

Además de eso, contaba con la voz de aliento de Margara, una amiga que ya estaba buscando la imagen para su segundo tatuaje. "No duele, ya verás" fue su frase de campaña y yo no tuve más remedio que dejarme llevar al puesto de votación y elegir mi candidato. Quería algo que me recordara al mar. Algo que se pareciera a la rueda del tarot y dos números trascendentales. Fue así como surgió la cruz naútica. Nada podía ser más preciso o idóneo. El problema al que me enfrenté luego fue el tamaño. El sitio siempre estuvo decidido y nadie me advirtió cuánto podía doler. Fue una completa epidural pero de dos horas.

Lo primero que alias "Chucky", Jorge; marcó, fueron las coordenadas. Luego dibujó en lapicero el tatuaje completo y finalmente la aguja me cruzó de Norte a Sur y de Este a Oeste en mi zona Sacra. Me quejé. Maldije a Margara cientos de veces. ¿Con qué no duele...? Y ella se limitaba a sonreirme desde la silla dos.

Ya el tatuaje cumplió su primer aniversario y debo decirles que lo adoro. Como no lo veo todos los días, no tengo forma de aburrirme de él. Disfruto ver las caras de los niños cuando por algún motivo el jean y la camisa lo dejan al aire y ellos lo señalan como una advertencia. "Mujer mala" Les hago una mueca y sigo como si nada. A mí hijo le encanta, el problema es que ya no tengo argumentos para evitar que él se tatúe en el futuro. Si le ha de gustar... he de respetar.

Eso sí, no me haría un segundo tatuaje. Todo el simbolismo y urgencia de ser terrena, está expresada allí en un timón de barco. Hasta tripulación llevo conmigo. De tal suerte que, cuando me siento perdida, acaricio el timón, cierro los ojos y le digo a mis ancestros que me señalen el norte. Algo aparece luego en el horizonte del pensamiento y me dejo llevar por esa marea que arrullla y me invita a cruzar el oceáno sin temor alguno.  


  

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tomar distancia



¿Para qué si no hay suspiros? Mi ofensivo universo no pudo hacer nada con tu parada defensiva. No fui hecha para amarte. Mi tiempo conspiró, sólo se me permite: contemplarte. Es así como repaso líneas de párrafos de una Alejandría distante y anhelo locamente tener algo de Justine que te atraiga lo suficiente a mí como para releerme en un pasaje olvidado.

Ayer fue cruel. Jethro Tull tuvo la potestad de mortificarme. El trancón de las siete me sorprendió desarmada, sin paraguas, con las piernas al aire como una gallina al frío. Busqué la librería más cercana y me senté largo rato en la sección infantil. Afuera escampaba y yo apenas si empezaba a llover. Recobré el calor, al ver a mi padre en tantos de esos coloridos libros... me recordé niña, de trenzas, jugando a unir el manzano con el cerezo en el tomo de las plantas, de El Mundo de los Niños. Me vi luego en la sección de poesía, con Diógenes, comprando un libro de German Espinoza que en aquel entonces no entendí. Y de repente salté a El amor en los tiempos del cólera, como el primer libro que leería de García Márquez; y recordé aquella cita de ese libro que puede o no ser oportuna ahora: "El querer olvidarla era el mayor motivo para recordarla"...

Uno no debería querer olvidar a quien se quiere.  Uno debería tener la potestad de tener más que un instante con ese ser en un universo paralelo. Así dolería menos. Así la sensación de fracaso no sería tan vertiginosa y el silencio del otro no sería una corchea abierta repleta de agudas interpretaciones. 

Tomar distancia de ti es como pedirme que me bogue una gárrafa de ron siéndo alérgica al licor. Me intoxica tu silencio. Temo por tu soledad. Algo de mí ya es entrañablemente tuyo aunque no lo quieras ver; aunque te cueste reconocerlo.
                                                                                -.-
                                                          
¿Cómo tomar distancia de una amistad? Es la pregunta hoy y les cuento que en el día dos ya tengo síndrome de abstinencia. Me tiemblan los dedos de pensar en escribirle. No puedo sacarme su voz de la cabeza y  sus ojos me miran desde todos mis espejos; hasta el ingenuo retrovisor se ha visto auscultado por su paisaje. No. No está. Es entonces cuando me digo que de la necedad a la estupidez hay menos de un paso y decido venir aquí esperando que alguien comprenda mi sentir y me haga luces de amparo.

"La amistad entre hombre y mujer no existe" le diría Harry a Sally, el sexo siempre se interpone.
"No, claro que no es así" le refutaría Sally... sólo para demorarse 20 años en darle la razón.
¿Una película, un caso, o la ley natural donde influyen más la dopamina y la oxitocina?

...
My heart asks pleasure first 

lunes, 21 de noviembre de 2011

Besos por cobrar, caricias por pagar

Mi cuerpo lleva una letra de cambio con besos por cobrar y caricias por pagar. Camino con ella como quien lleva un tesoro consigo. Gozo de la libertad de no cotizarme en bolsa ni estar exhibida en un aparador de un empolvado anticuario... Soy sólo yo, traviesa y coqueta, buscando abrirme paso entre una multitud de rostros, que por lo ocupados, lucen obscenos. Tengo tiempo para mí. Tengo tiempo para darte. No, no necesito embriargarme. Me prende el sol en un día que no es de verano. El viento cuando insiste en traer mi pelo a la cara. La lluvia, cuando es discreta y se anuncia con leves truenos y seguidas gotas en mi ventana. Y la naturaleza con una flor que pueda soplar como el pensamiento.

Escuché que alguien preguntó el monto de las caricias y la cantidad de besos. No soy empalagosa así que a la cifra le borré los ceros. Ahí están pero son lo de menos. A las cuatro de la tarde lo que importa es el intercambio: que un hombre de rostro sincero traiga consigo su letra de besos por pagar y caricias por cobrar y su mejor disposición para llevar a cabo esta arriesgada transacción. Sí, no lo he dicho: soy una mujer casada. La pregunta inmediata es qué hago con una letra de cambio que se puede hacer efectiva en casa. Las mujeres siempre llevamos una letra al portador y otra escondida, quizás en la cocina en un tarro. Allí donde se sazonan pimientos, podemos ir guardando silenciosamente, deseos.

Es así como mi profesora de pintura tiene la foto de Richard Gere colgada en un corcho, y una amiga la de Rafael Novoa en una cartelera...  No se trata de ellos, sino de la imagen que representan. Ellas también tienen su tarro de deseos y quizás sus letras de cambio.

No sé tejer, de saberlo ya habría hecho una bufanda para un "él" y la habría guardado con los demás regalos de navidad; abriéndola de vez en cuando para garantizar que el polvo no se lleve la imagen de aquel que se parece más a lo que debió ser. Es entonces cuando recuerdo aquel discurso de que el amor no es más que un sentimiento narciso y me pregunto si en efecto yo, me enamoraría de mí...
... no es una pregunta fácil de responder. Me aferro a mi cuerpo y a su letra de cambio. Intento recordar cuándo se hizo tan importante el tacto... creo que no, no me enamoraría de mí. Soy terca. Insistiría en enamorarme de otro por lo que dos tactos juntos pueden hacer.

Por lo pronto; continuaré despierta. Si me ves y necesitas la letra, sólo tienes que preguntar por ella.




sábado, 19 de noviembre de 2011

Matriculada en TCM



En complemento a mi entrada anterior sobre los Viernes, confieso que he entrado al antes criticado club de televidentes de TCM. Un canal que me parecía nefasto, no por sus contenidos sino por el color de las películas. Ese mismo color que van adquiriendo las fotografías con los años y el desteñido en los bordes que habla más de los que vivieron que de los que aún viven. Casablanca fue la primera película que volví a ver en TCM y tras ella películas como Forrest Gump o Días de Trueno ya están en cartelera. La casi década de diferencia que me lleva mi esposo se sentía fuerte en la programación de los viernes en la noche. Repetir la serie Lobo del Aire me sonaba grosero y acompañarlo en esa cruzada era casi un insulto al tiempo. Sin embargo hubo noches en que fingí dormir para no ver y simplemente estar a su lado. Ahora me detengo en el canal y lo miro como un curioso espejo. Series de mi niñez desfilan quizás para evitar el Alzeheimer y de seguro el canal es el preferido en los ancianatos que pueden pagar un operador de cable.

¿Qué sería del ser humano sin el cine? El proyecto de la modernidad no habría avanzado a la velocidad vertiginosa que lo hizo. Sin el cine; sin las palomitas de maiz y sin los anunciadores con visión que aprovecharon la oferta de espacio al aire para generar necesidad de compra de sus productos, el mercadeo seguiría en la edad de piedra.

En mi hogar no hubo televisor en el cuarto de ninguna de nosotras cuando niñas. ¿De qué otra forma se hubiera fomentado la lectura? Mi hijo tiene televisión desde los seis años y ha sido un lío intentar que le tome amor a los libros. Prefiere el X-box, lo interactivo y en él siendo tan pequeño ya existen hábitos de consumo. Siempre está pendiente de la nueva Nerf, de la última versión de Ipod y de tecnología que ni yo consulto. Sólo una generación nos separa y parece un universo con agujeros de gusano.

Me preocupa el futuro. Veo mucha inconsciencia en el presente. Siento que es por eso quizás que "los viejos" prefieren mirar atrás e insisten en permanecer en todo aquello que les recuerde al pasado. No soy de las que piensa que todo tiempo pasado fue mejor pero sin duda fue más lento. Hay algo con el tiempo y la tecnología, se va volviendo vertiginoso.

¿Cómo lo percibes tú? ¿Eres un televidente ocasional, un lector juicioso, un adicto a las noticias, o aún no has abandonado la radio y es tu oído quien guía tus días? No me digas que eres un lector de Ipad, que navegas más de lo que conversas y eres capaz de llevar tus busquedas al baño... Si es así, me quedo con TCM; al menos por esta noche.






viernes, 18 de noviembre de 2011

Noche de viernes para quien murió la rumba

Nos hacemos viejos sin darnos cuenta. Pero lo interiorizamos cuando los viernes dejan de ser de rumba para convertirse en el ansiado refugio. Mi padre siempre me decía cuando estaba en la universidad: Vieja cómo hacen para salir a las 9:30 p.m. cuándo a esa hora yo ya me estoy acostando... y ahora veo su perspectiva. En aquel entonces, después de las clases, los parciales, los trabajos en grupo, el Viernes era el rey. Cuando las amigas coincidiamos en épocas sin novio, salíamos en combo a rumbear. Y hay que ver que sabíamos cómo divertirnos. Niágara, Berlín, Sampués, el Blue, Mangos, Dalí... son algunos de los sitios que vienen a mi memoria en una Medellín que aún no conocía de la telefonía celular y ofrecía encuentros que aún eran casuales y excitantes. No había nada como ir a comer algo suave para luego ir a bailar en la inocencia. Y digo en la inocencia porque bailábamos entre nosotras, nos subíamos a la barra, y tomábamos poco licor y regresábamos a casa con una sonrisa si algún decente caballero nos había pedido el teléfono. Un suceso así era suficiente para mantener la ilusión viva una semana más.

Ahora las noches de viernes tienen el tinte familiar que uno creyó soñar pero jamás imaginó. Los conflictos domésticos usuales. El frío que parece incrementarse con los años sin importar cuántas cobijas se compren en el supermercado. Cero rumba. Menos dos de baile. Lo más parecido a bailar es el juego en la oscuridad que se hace a media noche cuando se va a la cocina por un poco de leche o cuando se revisa si los hijos están bien arropados. No hay luces. Las amigas están en sus casas en escenarios parecidos a peceras. Cada una con su cardumen. Todos a la izquierda o todos a la derecha.
Ya no existe la palabra Serendipity  En el ascensor vemos a los mismos vecinos con las mismas caras. A veces alguien nos sonríe y menciona el clima para establecer contacto. Pero eso es todo. Vivimos aislados en días que parecen ser los mismos pero nunca se repiten.

Son las 10:21 p.m. del Viernes 18 de Noviembre. En otro momento la fecha me remontaría a los meses que otra amiga llevaba con su novio o algún cumpleaños que celebrar con un asado. La hora siempre me recuerda la de mi primer beso, aunque pasado por un minuto. 22 mayo 1992 a las 10:20. Un Viernes por supuesto.

Ahora me pregunto si la rumba murió o está en criogenia... qué diría Celia: La Vida es un Carnaval 
Hay que vivir cantando... Eso sí nunca he dejado de hacerlo.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Hay Festival del 2012


"Hay Festival Cartagena de Indias cumple siete años y para celebrarlo hemos decidido apostar por un programa más interdisciplinar e inclusivo que nunca. El trabajo de artistas y pensadores enriquece nuestra visión del mundo y nos aporta ideas nuevas en estos momentos convulsos. En esta edición 2012 tenemos eventos sobre temas candentes como pensamiento filosófico, gastronomía, sociología, psicología y danza... ampliamos el programa de conciertos, presentamos el trabajo de los escritores más relevantes del
momento y, como siempre, ofrecemos el 20% de las boletas gratuitamente a estudiantes acreditados.

El programa estará disponible a partir del 16 de noviembre. Boletas a la venta a partir 1 de diciembre.
El programa de la séptima edición del festival apuesta por nuevas temáticas sin dejar de lado el componente fundamental de su propuesta:

la mejor literatura internacional. El gran escritor mexicano Carlos Fuentes nos hablará de sus últimos libros, la reconocida autora brasileña Nélida Piñon nos contarán sobre sus intereses literarios y la importancia de la literatura para la creación de identidades colectivas e individuales; Jonathan Franzen, uno de los escritores jóvenes norteamericanos más valorados del momento, presentará la traducción al español de su éxito de ventas y crítica Libertad; la danesa Janne Teller explicará los motivos que le llevaron a escribir su controvertida y exitosa novela Nada; David Grossman, el autor israelí más internacional nos ofrecerá su particular visión sobre la realidad cotidiana en Israel y Evelio Rosero,
ganador del Premio Nacional de Literatura, nos contará todo sobre su proyecto más ambicioso La carroza de Bolívar. Sergio Pitol estará presente en un encuentro sobre su obra por compañeros escritores. También estarán con nosotros Ben Okri, Edmundo Paz Soldán, Claudia Piñeiro, Sergio Ramírez, Santiago Gamboa, Mario Mendoza, Carmen Posadas, Marcos Giralt Torrente, Daniel Alarcón, Boris Izaguirre, David Safier…
El mundo del cine vendrá representado por dos pesos pesados de la escena holliwoodense:
John Leguizamo   
Diego Luna. Leguizamo dará un repaso a su polifacética carrera como
actor y nos contará sobre sus experiencias haciendo stand-up comedy, mientras que Diego
Luna, el actor mexicano más conocido a nivel mundial, se atreverá con la lectura de uno de los
poemas más relevantes de la literatura norteamericana del siglo XX:
Aullido.

Nos adentramos en las
disciplinas humanísticas con filósofos como A. C Grayling y
Óscar Guardiola-Rivera,
el historiador cultural y crítico social Morris Berman y el político
español (y ex-presidente de gobierno)
Felipe González.

También contaremos con expertos en
psicología y psicoanálisis
con el médico psiquiatra Claudio Naranjo y el escritorpsicoanalista
Gabriel Rolón
En música tendremos a Mychael Nyman (inolvidable por la banda sonora de El Piano)

Entre otra centena de artistas y muchos eventos para todos los públicos.

Los invito a ampliar esta información en www.hayfestival.com/cartagena

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mi abuela Rosina



Se ha ido a un lugar donde no puedo seguirla. Decidió que la mañana era propicia y sin decir una sola palabra, casi dormida, dejó de respirar para poder extender sus alas en el cielo al que siempre le tuvo fe. 
Un desfile de recuerdos e imágenes suyas se atropellan en mi memoria: la mecedora, su risa, la pasta, sus cuidados; la naranja con azúcar, nuestro ritual de regar las plantas. Sus Conversaciones con Dios en un libro café de dos volúmenes. Sus dedos finos, sus uñas y su pelo siempre tinturado y esponjado. Mis dedos de niña jugando a entrar en su cesta de enredos, sus tiernos regaños. El mar coralino de sus ojos... su acento costeño apresurado. Los deditos de queso fritos. Su afán de enviarnos de regreso con ellos como viandas. Sus habituales peleas con el servicio porque la sopa estaba muy fría o muy espesa. Los álbumes de fotos que siempre me dejaba espiar y preguntar. Fotos de la década de los 40 al lado de Gladys, su hermana. Ambas bellas y rozagantes. El cabello en bucles que se usaba entonces en la Barranquilla que la vio crecer.

El amor le vendría de manos de un paisa, con el que recorrería el país con sus cinco pequeños para regresar de nuevo a la costa, a las playas de Puerto Colombia, a la brisa y a la lluvia, a los carnavales y el buen humor. Mi abuelo partió primero pero ella hace años añoraba verlo de nuevo. A estas alturas quizás estén juntos. Nunca dejó de extrañarlo. Ella se dedicó a sus hijos, a sus nietos y a su bisnieto como la prolongación de la existencia y todos recibimos su amor y sus cuidados. Ahora nos queda sólo despedirla, ojalá sin lágrimas, cómo le habría gustado. 

Laboratorio del Cambio

"1) Bajo por la calle.  
    Hay un hoyo profundo en la acera.
   Me caigo dentro.
   Estoy perdido... me siento impotente.
  No es culpa mía.
  Tardo una eternidad en salir de él.


2) Bajo por la misma calle.
    Hay un hoyo profundo en la acera:
    Finjo no verlo.
    Vuelvo a caer dentro.
   No puedo creer que esté en el mismo lugar.
   Pero no es culpa mía.
  Todavía me lleva mucho tiempo salir de  él.


3) Bajo por la misma calle.
    Hay un hoyo profundo en la acera..
    Veo que está allí.
    Caigo en él de todos modos... es un hábito.
    Tengo los ojos abiertos.
    Sé dónde estoy.
    Es culpa mía. 
   Salgo inmediatamente de él.


4. Bajo por la misma calle. 
    Hay un hoyo profundo en la acera.
   Paso por el lado.


5. Bajo por otra calle" 


La historia anterior es tomada del Libro Tibetano de la Vida y la Muerte de Sogyol Simpoché.

Ahora mismo estoy en el hoyo. No siento que sea mi culpa sino mi responsabilidad. Caminaba semidormida y caí en un abismo que conozco. Me gustaría salir inmediatamente de él pero no recuerdo la forma de salir, creo que me di un golpe en la cabeza al caer.
Quizás sea cierto: el hoyo es un hábito. Pero el tiempo es algo que francamente no sé calcular bien. A ratos un  minuto es una eternidad o las horas transcurren como si fuesen segundos. 
Algo es claro: estoy sola. No importa qué tan decorado luzca mi agujero, ni cuántas animas se crean con derecho a cohabitar en él. Estoy sola. 
Si pudiera bajar por otra calle, no tengo idea de qué calle sería esa. Me gustaría que se tratara de una calle que no he transitado nunca así esa calle también tenga hoyos en la acera. Abriría más los ojos y tendría los sentidos más despiertos. Pero algo es seguro... sí la lección de mis hoyos anteriores no ha sido interiorizada y superada, el cómo luzcan las calles es irrelevante. La 9 o la 10 tendrían el mismo objetivo: que yo baje por ellas y me tope con una alcantarilla. 

El laboratorio del cambio se da  en la actitud de asumir la vida. Los hoyos son pruebas khármicas en las que caemos una y otra vez y dónde es importante subrayar tres palabras: culpa, fingir y hábito. No importa qué tanto pretendamos no ver las pruebas de la vida, ellas están ahí en última instancia para nuestro beneficio. Lo de culpa es la tendencia que tenemos a lastimarnos por cometer errores, a creer que caer es un error más que una experiencia. Y el hábito es el más complejo de romper. Cuando caemos por hábito es como cuando nos equivocamos por vicio. Esta entrada tendré que leerla varias veces hasta que salga de mi hoyo. 

martes, 8 de noviembre de 2011

Canada in my heart





The best time in my life was in Canada.  I went to study English for a month in the Global Village Institute in 1996. I was young, healthy and happy of being alone without family influence for five weeks. I remember a guy, I share conversation with, in a plane of Air Canada from Miami to Toronto. He was nice looking and also and independent worker. He had like 29 years, and then, 10 years of difference look too much for my few experience. I only had a good conversation with him, he gave me his card and honestly I don´t know what I did with it. One of those faces you see once in your life and never twice.

My arrival to Toronto had two ingredients. A host family that was waiting for me, far away from the institute, and part o my extended family Claudia Echeverry and Tomas Arko, who let me stay in their place in a very nice and warm room, closer to the Bloor Street with lots of love.

I loved Canada. I have great memories of simple things like walking through the streets with the fall apparience of the trees, even in June. Also, I remember the gray skirrels like such a phenomena. Here they are all orange so, finding them in gray was funny.

I had several trips with my classmates. I remember especially Niagara Falls and Montreal. 
I was I. If you know what I mean. I felt freedom and the happiness of experience nature in a different way. We went to Grundy Lake for camping and honestly, I didn´t sleep for one single second. I was in touch with the northern sky, with the Big Dipper and the sounds of night. I swam in the lake and I still feel how cold and dark it was. 
I  had a relationship back home and feeling his absence was kind of sweet. We promise eachother not to call or write. But I wrote him everyday, notes that he never saw.

I remember as well, Ottawa and Juan Felipe, my host friend sharing me his view of the city. I remember the libraries, the coffee shops, the silent spaces in the parks and having picnic on the grass.

Last but no less I remember the CN Tower and the Biodome as two arquitecture figures that surprised me a lot. The first because of the glass floor that alloud you to feel like steping in the air. And the second because all the natural enviroments it has. I fall in love (again) with a pair of otters. Their game inside and outside of the water was amazing to follow. 

And well, why do I make an entrance in English and about Canada? As I said. Was my first time alone and happy. With years, marriage, children, being a women I have forgotten how to make such experiences in my current life. I am always running from one place to another. I forgot how does it feel to take at least vacations by my own. I am surrounded by family. I do appreciate caring feelings but I miss the adventure, the silent of my spirit, the opportunity of being alone in a unknown place with nothing different that my own soul.

I hope my english is comprehensible; and that some of you, understand or join my feeling: the need of lonliness. 





lunes, 7 de noviembre de 2011

Patilla niña



Lo más cercano que me he comido a un granizado natural es una sandía congelada. Estoy en la onda de las frutas y hortalizas escritas porque nunca le enseñé a mi cuerpo el hábito de consumirlas con religiosa frecuencia. Hoy traigo a colación la Sandía porque todo en ella es un universo: el peso, la forma, las rayas blancas sobre ese caparazón verde intenso, la placenta en su interior y su rosada sangre protegiendo sus negros óvulos. Citriullus lanatus es su nombre científico, un nombre que suena a un conjuro de Hermione para espantar qué se yo... ¿libélulas gigantes? Y un poco de mi historia dice que como fruta, si no se consume a tiempo, puede llegar a ser tóxica. Una de las variedades de la Sandia es la Melchora y su nombre también es curioso porque parece una broma de Melchor, o un regalo -vaya uno a saber, las familias de las plantas son más extensas que las de los hombres -

Tengo la costumbre de tocar las sandias como quien llama a una puerta: toc toc. Y según el eco sé la cantidad de agua que lleva adentro. Me gustan dulces y jugosas. Pero el agua no siempre es proporcional al almibar. 
Más de una vez me he sorprendido sembrando sus semillas pero jamás he visto una salir de los agujeros donde las introduzco. Supondrán con esto que tengo mala mano  para las plantas y es mi deber contradecirlos. Tengo mala mano para las frutas no para las plantas. Ahora mismo tengo una orquidea a punto de hacer ebullición en la terraza.

La patilla es indispensable en un buen salpicón. Mi madre prepara uno delicioso con un poquito de gaseososa Colombiana. Manzana, piña, granadilla, mandarina, melón y sandía adquieren una connotación casi alquímica con esta receta sencilla. En los restaurantes tienen otros trucos y además del helado se les da por incluir crema. En mi caso, no me agrada la crema. El chantilly me parece un colado flácido en un cóctel de sabores compactos. 

Jamás he probado postres con sandía. Licores, tal vez. No estoy segura. Ambos existen según las referencias de la web, pero nada me aburre más que leer una lista de ingredientes con un modo de preparación. Soy franca, no es lo mío. Ustedes se preguntarán entonces por qué invierto tiempo hablando de una sandia. Y la respuesta es sensorial. Todo lo que ingerimos pasa por el examen de nuestros sentidos. Al menos una vez, vale la pena hacer el ejercicio de lo que estamos comiendo. De dónde viene, qué aspecto tiene, cómo se prepara, cuál es su olor, textura, sabor y cómo se mezcla con los demás alimentos. Cuando uno piensa en lo que se está comiendo, la experiencia del comer cambia.

Lo dije al comienzo de este blog en la entrada ¿Por qué poesía culinaria? y lo repito. Los cimientos de nuestra cultura occidental están basados en las grandes odas de batallas y amores y en la cocina. Y mi niña aún tiene mucho que aprender de la cultura, es más, tengo que des-aprender la cultura. Quizás así logre abrirme un camino enteramente nuevo. Un sendero sin influencias de góndola, sin marcas peleándose por estar en mi mente consumidora, sin prejuicios ni conceptos.



viernes, 4 de noviembre de 2011

Cebollas



Fotografía: Jose Luis Ruiz
para más información  jlr@joseluisruiz.com


"La cebolla es escarcha cerrada y pobre.
Escarcha de tus días y de mis noches.
Hambre y cebolla, hielo negro y escarchagrande y redonda.


En la cuna del hambre mi niño estaba.
Con sangre de cebollase amamantaba. 
Pero tu sangre, escarchada de azúcar cebolla y hambre..."

Miguel Hernández "Las nanas de las cebollas"
...


Las cebollas y yo, tenemos una relación ambivalente. Desde que las compro siento que su forma me atrae mientras sus raíces me asustan. Su cáscara parece piel y es incómodo cuando tomo una que se está despellejando. Me gustan las cerradas, blancas o rojas pero compactas. Nunca las pienso solas. Casi de inmediato merco el ajo y los tomates. Pareciera que mi mente desde ese momento los está guisando juntos. Con el ajo, me ocurre lo contrario: los prefiero empelota a verme en la obligación de desnudarlos. Los tomates, siempre me hacen dudar, nunca sé si los estoy tomando demasiado maduros o muy pintones. 

Las cebollas, después, me hacen recordar el video de Shakira con Alejandro Saenz y tarareo sin querer: Fue una tortura... perderte.  Yo sé bien que no he sido un santo, pero puedo arreglarlo... Y si voy más allá recuerdo Como agua para chocolate de Laura Esquivel. Pero ese recuerdo no es tan fuerte como el de mi tío Gustavo mordiendo la cebolla roja como si se tratara de una manzana. Nunca he visto a alguien que disfrute tanto de esta allium cepa como él. 

Este año hicimos un guisado juntos y le dije: Tío, prométame que no le va a decir a nadie que tengo idea de cocinar... después me dejan aquí metida. Se rió y cocinamos juntos mientras él me hablaba de la obra de Thomas Mann.

Vuelvo a leer el comienzo de esta entrada: la cebolla es escarcha cerrada y pobre y me confundo un poco... 
Regreso al mercado, al olor que busco en las frutas como el melón y me detengo a pensar cómo pudo Hernández comparar una cebolla con escarcha. Pienso entonces en las cebollitas que venden en frasco y por analogía digo que son nieve suspendida como un bebé probeta esperando libertad. 

Miro el bodegón y una de esas cebollas me recuerda lo que es jugar carrera entre costales... nunca logré moverme más allá de la salida. En cuanto al color, a veces soy roja, a veces blanca. Con los años he dejado de llorar para tener la palabra sable capaz de desangrar. Pero sigo encostalada... una roja me mira con ira desde un rincón del cuadro porque le blanquee los ojos en su intento de seducción. Yo sólo quiero abrazar la noche, que el costal cobije mi silencio en este ciclo sin luna y sin retoños.  


Caballito de mar, estrella en la arena



Los únicos caballitos de mar que he visto, han sido en peceras de restaurantes chinos o pomposos. Siempre de a dos; supongo que uno solo no soportaría la soledad del vidrio que no les da ni un instante de marítima oscuridad. Caballitos que lucen como pequeñas sirenas, de un naranja tierno y acaramelado le dan vida a una jaula que los usa como carpa de circo.

He tenido peceras pero jamás de mar. Vi enfrentarse dos betas porque se me ocurrió hacerles compartir el mismo espacio... Tuve también bailarinas, unos pequeñitos de azul fluorescente cuyo nombre no recuerdo y un par de negros pequeños que comían de mi dedo. Siempre supe cuándo tenían hambre. No me pregunten el porqué. Y es algo que aún sé. El otro día estuve frente a una pecera ubicada en una clínica y un pez comenzó a seguir mi mano... "Tienen hambre"-dije. Y el vigilante corrió diciendo que se había pasado una hora en alimentarlos. Me sentí pez y no pude evitar lamentar no tener lágrimas para llorarle al mundo mi encierro injustificado.

De niña solía cazar pequeñas barracudas en riachuelos de fincas a las que nos llevaban mis padres. El placer de cazarlos era otra cosa. Siempre terminábamos soltándolos pero luego de habernos metido con nuestras botas "machita" en el pantano; y de haberlos visto dar vueltas sin cesar en un vaso de plástico blanco. Eran graciosos sus bigotes. Me gustan los bigotes desde entonces, en peces y en hombres.

Y las estrellas de mar... la primera vez que las vi, fue sin duda fosilizadas en el Colegio San José de Medellín. Las estrellas nunca están del todo solas, y hasta en fósiles, había varias exhibidas sobre una arena amarillenta que había perdido el encanto de la playa. Varios años más tarde pude apreciarlas bajo el agua, gracias al snorking en Aruba y lamenté no saber bucear para buscar un bigotudo marítimo que me hiciera recordar mi niña pescadora.

Traigo a colación estos dos pequeños porque tienen en su historia y en su forma una mitología encubierta. Bien pudiera el caballito de mar ser un descendiente secreto del Hipocampo, y ser la estrella, la Kapsis nostálgica de un mito mexicano. Ambos son pequeños inquilinos de un océano que tuvo como Poseidón a su rey magno. Ya muchas generaciones de humanos hemos pasado y al no poder comprender al mar hemos mirado al cielo con desamparo. Varios hombres en la luna nos hastiaron y ahora la misión que se avecina es a un rojo planeta al que sólo hemos enviado sondas y armatostes de reconocimiento terreno.

Caballito de mar... estrella .... ¿Habremos de encontrarlos bajo fósiles en aquella lejana arena? ¿O ha sido Poseidón sólo Dios para esta tierra?


miércoles, 2 de noviembre de 2011


Una roca tallada está de siesta. Apacible y coqueta da la impresión de jugar a no estar despierta. 
¿Puede dormir una roca cuando yo me paso noches en vela? 
De lo que está compuesta la roca, también estoy compuesta. 
Será entonces sentirme pesada y no preocuparme por si la almohada se quiebra. 

Ya comenzó la llamada hora gris y  Khrisna Gotami parece no inmutarse. Ya no busca granos de mostaza ni reclama por su hijo perdido. Duerme en una eternidad que la recuerda como una de las primeras mujeres seguidoras de las enseñanzas del Buda. Dos pistilos en una flor, esperan sin ansiedad la llegada de algún insecto polinizador. La flor ha sido arrancada pero aún no ha muerto su función. De repente una abeja se posa sin orgullo a extraer el polen que la llamó a kilómetros. Una abeja sobre una flor que no se siente muerta y por ende, no hace sentir a su visitante como una carroñera. Sigue siendo una amiga de la vida que perdura más allá de los ciclos, de los vientos y de las manos de los hombres que arrancan flores como tallan rostros.

A unos metros, otro jardín,  fluorescente y atractivo, recibe a la abeja que deja en sus patas lo necesario para continuar floreciendo. ¡Qué sorprendentes las plantas que le dejan el equilibrio de su reproducción a un tercero! Desde la flor del ciruelo hasta un crisantemo...

martes, 1 de noviembre de 2011

Mes de las ánimas, ¿Qué dirían los Santos?



Primero de Noviembre...exactamente minutos después del día de brujas... no es coincidencia, es fechoría, pero de la Iglesia para opacar a la Divinidad Femenina que se reunía a celebrar el Solsticio de Otoño. ¿Pretendieron los Santos cazar a las brujas o se enamorarían de ellas como Adso en  El nombre de la rosa?  

Ayer escuché de boca de una mujer sabía que un hombre hermoso le había dicho: No somos nada sin ustedes. Cosa que algunos cantan como Arjona sin estar plenos de su significado. Novias, divas, hechicheras, suegras o brujas caminan en pantuflas o sin ellas, la noche de Brujas y el día de Santos. Se es mamá ambos días y no hay diferencia alguna. Se es esposa ambos días aunque pueda caer la broma de: eres mi bruja. 

¿Y los Santos? ¿Dónde están los Santos? También tuvieron por madre una mujer. Los otoños se las recuerdan. Brujas y Santos están codo a codo en el calendario porque no pueden sobrevivir los unos sin los otros. Un cordón de plata les recuerda que sólo se sana con fe y hay que ver si existe algo más bello que la devoción de una mujer. 

...No la mires Adso... ¿Cómo no mirarla? Los Santos amaron lo que sus superiores despreciaron.

Ahora bien, a mí se me ocurre jugar un poco con esto de los Santos: si San Gregorio hablara quizás agradecería el vaso de agua pero diría que él no tiene sed, podría entonces pedir un poco de gasa o para ser más prácticos, que le dejen una luz prendida no sólo para facilitar la medicina sino para no ir a confundir al paciente; muchas veces lo invocan en cuartos donde duermen tres o cuatro.
Si San Antonio pudiera decir algo, creo que sería un "madrazo". No quiere seguir buscando cosas perdidas por el desorden de otros. Y no es quién para estar concediendo novios.  San Judas por su parte les haría releer el reverso: "Causas perdidas" ¿Para qué me siguen pidiendo? San Valentín a estas alturas ya no distingue su sexo y tiene exceso de rosado, no entiende por qué unos lo llaman en febrero y otros en septiembre pero procura asistir en ambos casos. San Patricio se reiría de ver que aún buscamos el trébol de cinco hojas y que dibujamos duendes verdes y así... cada Santo haría una mofa de su tema o mostraría su rostro de energúmeno desgraciado. Nadie les advirtió que la inmortalidad era para un par de oídos y para andar concediendo favores en épocas extrañas. Sirvieron a un Dios que los tuvo en su gracia y los abanonó a su suerte.

Entre brujas y santas, me quedó con las brujas. ¿Qué puede ser más delicioso que regalarle el cielo a un hombre sin hacerlo un santo?

364 días tienen los Santos para perseguir de nuevo a esas brujas que los miraron como hombres; los escandalizaron con su encanto y los amaron por amarlos... 364 días para abandonar los oídos y caer en la oscuridad del silencio que los espera con un femenino abrazo.