lunes, 31 de octubre de 2011

Muero, me pudro, lluevo... sin tregua



La mañana hace eco en mi ventana con el sonido de buses y el resplandor de un sol que no perdurará. En la lengua llevo la sal de la última lágrima y aunque está a punto de pasar al paladar, con ella siento que también soy mar. Me gustaría poder nadar en mis aguas profundas sin temor a la oscuridad; pero no puedo evitar pensar en un calamar gigante o en una orca asesina que me recuerdan la no-tregua que es la vida. 

Me gustaría tener en la memoria el minuto exacto en que me hice adulta para poder ver cómo era mi niña y cómo es que ella hacía para mantener intacta la fantasía.

Ahora la realidad me muestra que no soy más que un vehículo que debe abrirse paso, sin tregua, por todo tipo de caminos, sin mapa, sin brújula, sin más orientación que un poco de sentido común y un montón de sensaciones corporales. Muero. Me pudro. Lluevo. Maquillo con colores unos ojos, que añoran la tierra para fundirse con ella sin madera de por medio. 

Tres décadas se sienten como una eternidad en este minuto 7 de la hora 10. Anhelo ser libre. Y no hay concepto más abstracto por estos días que la libertad. Mis familiares me poseen. Mis posesiones, me poseen. Me posee lo que no quería poseer y terminé poseyendo a razón de una libertad mercantilista e inestable. Todo puede irse mañana y mis necesidades ya serán demasiadas como para emprender un camino sencillo.

Sólo en la palabra soy feliz. Sólo en ella puedo nadar sin miedo con la orca y el calamar. Puedo pintarlas incluso de colores chistosos, como el morado de Barnie... y puedo decirles amigos, que cada vez temo menos decir la verdad. En un mundo atestado de convencionalismos, digo lo que pienso pensando lo que digo. Así es que sobrevivo. ¿De qué otra forma lo haría?





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