miércoles, 12 de octubre de 2011

Club del miedo presenta: papá y mamá se van a separar


Pocas veces he visto un terror más genuino que el de los ojos de los niños cuando sus padres están en proceso de divorcio. Se resguardan en la casa de los amigos y repiten palabras que no entienden como juez y custodia; miran con anhelo al padre que aún vive en casa de su amigo y a veces incluso lo llaman papá cuando entran de jugar. Les gusta que los cuiden y no se molestan en serio por los horarios ni por los regaños. Todo con tal de estar en una atmósfera tranquila. De repente todos los amigos se vuelven hermanos y se protegen entre sí. Aquel que aún conserva el lujo de la familia unida comienza inconscientemente a estar pendiente de que los padres salgan juntos, de que la madre sepa dónde está el papá y los mima a ambos por igual para no sentirse luego responsable de una ruptura por haber amado a uno más que al otro. Esto que escribo es serio. Es un club de miedo. Los matrimonios cada vez más fugaces, sin importar la edad a la que uno se case, en medio de un montón de no-convenciones sociales -porque todo eso ha muerto- ha degenerado las familias a favor de egos individuales. Yo personalmente he sido un ejemplo de mujer salvaje que he llevado a mi hijo en diversas cruzadas paternas desde el vientre mismo y por fortuna en algún punto comprendí que estaba yendo demasiado lejos; que mi egoísmo era injusto y que era momento de crear un hogar compacto. Tuve entonces la suerte de dar con un hombre que ama a mi hijo como suyo y desde entonces hemos estado aprendiendo a ser padres a la vez que aprendemos a ser pareja. El ejemplo del amor tiene ratos de desamor, pero ahí también se construyen cimientos. Es la realidad sobre la dualidad de la vida.

Este Halloween me encantaría que los padres o madres que lean esta entrada, no seamos los artifices del Club del Miedo de nuestros niños. Por el contrario, me gustaría que seamos los héroes que se acercan a sus camas por las noches para dar el besito dulce. Me encantaría que pudiéramos regalarles la confianza de que en medio de nuestras imperfecciones ellos son una prioridad que escuchamos con atención. Pedirles la tarjeta del club y arrojar el miedo por la borda de una gorra que mira altamar.

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