domingo, 9 de octubre de 2011

Américo

De la mano del maestro Zweig estoy leyendo la biografía de Américo Vespucio. Historia de una inmortalidad a la que América debe su nombre y no sé con quién fascinarme más, si con Américo, el Novus Mundus, los portugueses, Saint- Dié o Zweig. Mientras las biografías de Borges, Napoleón y Bolívar me esperan regadas en diferentes puntos de la casa, la de Américo me acompaña en el bolso. Vi poco a Vespucio en el colegio, es más, no nos fijamos en él. Todo era Colón y sus navíos, las islas y sus nombres, los viajes y la conquista. Ahora es que reflexiono y luego de una amena conversación con mi padre es que noto que Américo no era más que un joven cartógrafo -italiano- que vino cuatro veces a describir cómo era lo que veía. Sus ojos no eran de ambición. Eran de asombro. Tanto así que comparó el Novus Mundus con el Paraíso del cual habíamos sido desterrados y dijo que el hombre de estas tierras era un hombre bueno, muy diferente al europeo que vivía por aquella época entre las hambrunas, las guerras, la inquisición y otros males. Treinta y dos páginas suyas fueron suficientes para publicar un libro con su visión y catapultarlo en la memoria colectiva de un continente que tiene por nombre, el femenino de su sombra. Jamás se imaginó Américo que sus mapas del aquel entonces Brasil... iban a terminar en manos de unos erúditos en Saint Deu y que uno de ellos por error o por fortuna iba a escribir América al final de los estudios, encima de unos de los mapas desarrollados por el grupo interdisciplinario. 

Mi entrada pasada fue sobre la insignificancia. Esta es sobre todo lo contrario;  sobre el sentido, sobre la permanencia que nos sucede más allá de todo. Creo en el sentido y el propósito que nos hace estar ahora aquí o en determinado lugar. Creo en la causalidad de todas las coincidencias. Creo en el poder anticipatorio de los sueños y creo sobre todo en las manos del hombre como su mayor objeto de logro. Las mentes de los hombres difieren, quizás por las marcas del pasado inherente a cada uno. Las manos son todas iguales y me gusta pensar que representan su voluntad de trabajo. Es entonces cuando me imagino a Américo Vespucio con sus tintas y los rollos de guarro. -Quizás no eran de guarro y los mapas no eran acuarelas- pero su trabajo tuvo que serlo, porque de lo contrario no habría logrado la poesía suficiente para viajar como una oda de una generación a otra.

Todo perece, hasta las creencias. Américo, nos regaló la cosmogonía exacta de nuestra tierra para que la Iglesia dejara de fanfarronear con expulsiones sagradas. Es lamentable que sigamos siendo tan ingenuos para proyectar paraísos celestes con condiciones terrestres. Seríamos más inmortales si viviéramos más plenos en nuestra mortalidad. Si pudieramos sólo dedicarnos a hacer las cosas que nos llenan de sentido. Si pudiéramos pensar diferente a James Bond en "El mañana nunca muere" y consideráramos por vez primera que el mañana ha muerto... ¿cómo seríamos entonces?




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