viernes, 26 de agosto de 2011

Treinta y Cuatro



Cada amanecer trae consigo una mirada nueva. Hoy desperté a tu lado cuando anoche me lloré contigo, sin que tu lo vieras... y es que me ha costado esto de aprender a vivir en pareja. Soy dispersa. A ratos traviesa. Tal vez me fascino contigo más de lo que me permites fantasearte... o creo que no te educaron para la caricia mientras yo me vuelvo galleta con tus besos. No sé entonces cómo se concilia esto de una hedonista y un artista más de corte visual que táctil. Una hedonista y un pensador callado. Un adicto a la televisión con una adicta a los libros. A ratos me sueño como una viejita en rulos que toma la caja y la tira por la ventana. Para que mires mi fealdad aunque sea, para que me mires cómo sea. Por lo pronto lo único de vieja que tengo es esta joroba de una escoliosis antigua, y una que otra queja, monótona y serena. 
Un matrimonio extraño el nuestro. Pero un matrimonio al fin y al cabo. Cae la noche y no soporto dormir sin haberte dicho te amo. Me meto a la cama y te busco. No por costumbre  sino por aquello que llenas que yo no soporto de mí. Sólo tú puedes lidiar con mi vacío. Con el desasosiego creativo que me invade, con mi mal genio inexplicable. Y hay que ver que bien lo haces. Te mofas de mí como si fuera una caricatura. Y toda la noche me la paso soñando con Yayita y una Tremebunda que la persigue como espejo inevitable. Despierto sintiéndome aburrida con un mundo que no puedo colorear de anaranjado. 

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