miércoles, 31 de agosto de 2011

En la lengua, por favor




Cuando me lo advirtieron creí que era una broma, no le presté atención y dije estar convencido de mi deseo: un piercing en la lengua por favor. Bien sexy. Y abrí la boca sin temor, hasta que vi las tenazas con las que me sujetarían. ¡Debo estar demente! A esa hora del día y con el grado de licor que había en mi sangre, no me importó. Dejé que el hombre continuara su labor, que por cierto me había cobrado por adelantado como política del establecimiento. Recordé aquel cuento de Rubiano Vargas “Necesitaba una historia de Amor” cuando vi dos niñas de uniforme a cuadros, muy por encima de la rodilla, que llegaron a preguntar por un tatuaje. Ninguna de las dos me pareció peligrosa. Y así estaba cuando me llegó el momento.

–– Ahora sí, quédese tan quieto como una roca.

Si no hubiera sido por la comodidad de la silla en la que me encontraba, habría creído que era víctima de un atraco pero no, aún no. Lo próximo que sentí fue un disparo y la sangre brotando de mi boca. El hombre y su asistente me pasaron una escupidera y se encargaron de absorber con una gasa el resto de sangre que quedaba sobre mi lengua.

–– Tarda de cuatro a cinco semanas en sanar ––me dijo el hombre que acababa de perforarme. Y procure no jugar con el piercing. Compre esta receta si siente dolor y si nota cualquier otro síntoma extraño acuda a un doctor.

Salí adolorido no sin antes mirar el pendiente de acero quirúrgico en un espejo y me fui a dormir creyéndome el hombre más chimbita del barrio.

Al despertar mi lengua tenía dos veces su tamaño habitual y me ardía como si tuviera mil alfileres puestos en ella, tanto, que tuve que ir al servicio de urgencias. El médico encargado se asustó con el aspecto de la misma a juzgar por la cara que hizo cuando me vio.

–– Voy a quitarle el dolor y la inflamación pero de ahí en adelante no puedo garantizarle nada.

–– ¿De ahí en adelante? ¿A qué se refiere doctor?

–– La perforación está muy cercana al nervio. Es factible que usted no pueda volver a sentir un solo
sabor en su vida.

Con esta sentencia se retiró a llenar una planilla mientras yo pensaba en lo que acababa de decirme.
Ya no me apetecería el chicharrón ni el anís del aguardiente; ya no sería el hombre más chimbita de la cuadra
y no le encontraría sentido a esa frase: “sáquele gusto a la vida”. Estaba perplejo ante mi propia estupidez.
Que me la cobro me la cobro, pero ¿y a quién? El médico había dicho que estaba muy cerca, no que había dañado el nervio. Ah bruto yo, el man que quería ser chimbita,, descrestar a Carito, besarla distinto y sacar la lengua con estilo. Esas dos mujeres… sí, seguro el hombre se distrajo antes de hacer el disparo, Rubiano tenía razón, las mujeres con tatuaje son peligrosas.

Publicado en El Pequeño Periódico Edición No. 92
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