martes, 16 de agosto de 2011

Desdóblate amor

No dejaré que nada malo te pase. Confía en mí. Mira el péndulo. Viajarás sin mí pero yo guiaré tu viaje. Vamos Vanessa, tu tienes esa facilidad; sin ti no podremos saber qué fue lo que ocurrió entre nosotros a ciencia cierta.
¿Pero es que tu sigues creyendo en otras vidas? No, Salvador, a mí me interesa esta. ¿Y qué tal que no logres despertarme? No eres la primera mujer que hipnotizo y ten la certeza de que no serás la última. 
Vanessa se sienta en la camilla no muy convencida y da un último vistazo a su alrededor. La ceiba tras la ventana, el escritorio perfectamente organizado, sus zapatos verdes en las escalinatas, la grieta en el techo. Suspira y le dice: estoy lista. 
Salvador toma su pulso y comienza a guiarla con su voz y una música de tambores en tono muy suave. Para cuando Vanessa se duerme son casi las tres de la tarde. La primera pregunta es qué ves... leones... un pasto muy alto y seco y un hombre con la cara pintada de puntos blancos. Tambien una mujer con un bebé y unas argollas grandes en sus orejas. ¿Qué hacen? Corren... ¿De los leones?... sí... y la respiración de Vanessa se hace agitada. Salvador duda entre despertarla o dejarla un poco más... una duda así puede traer un trauma terrible. 
Intenta despertarla pero la persecución ha ido demasiado lejos. Ahora quiere traerla de regreso y nada logra despertarla. Busca entonces hielo y se lo pasa por la frente, por el cuello, y en una bocanada de aire descompuesto, Vanessa regresa muerta del susto y enojada con Salvador. Por qué te demoraste tanto. Vi tantos muertos, tantos huesos... una tribú entera a merced de garras felinas y nuestras flechas inútiles para defendernos. Perdimos un bebé. Y Vanessa solloza inconsolable.
Salvador se había jurado que en esta vida no sería padre. Ya sabe por qué. La abraza y le pide perdon. La llena de besos pero ya no es la misma. Revivir la pérdida la aleja de él. Mira de nuevo la ceiba tras la ventana, el escritorio perfecto, la grieta en la pared. Se baja descalza de las escalinatas, no se molesta en calzarse. No me busques le dice al final y tras un enérgico portazo queda claro su adiós.


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