sábado, 20 de agosto de 2011

123 Wimbledon Road

Una tormenta de recuerdos cae sobre mí cuando evoco aquella casa. La entrada de jardín despoblado con un árbol alto que daba contra mi ventana. Una sola escala. La puerta de madera que abría hacia la izquierda y dejaba vislumbrar todo el corredor hasta el invernadero. La sala cerrada con llave, como una bodega de cosas no inventariadas. La cocina, como el mejor rincón del primer piso, desde donde se podían ver flores de color lavanda. Dos neveras, una grande y otra para carnes. Un mesón y tres o cuatro sillas altas. Allí hablábamos en inglés, con suerte en español y todos debíamos correr un banco para acceder al teléfono y comunicarnos con nuestro hogar.
El segundo piso estaba a diez y nueve escalas si no recuerdo mal. Forradas en tapete verde azul; gastado ya por los inviernos y los afanados  pasos. Después, la alcoba grande, la de Vadim... luego el único baño de la casa, una tina también azulada y un espejo que se empañaba con facilidad.
Más escalones, de cuatro a seis, y el corredor que me llevaba a un cuarto pequeño con ventana. Sin clóset ni lámpara. El cuarto de Leif era diagonal pero ese también se mantenía con llave porque él siendo el Host, viajaba más de lo que se mantenía en casa.
Quedábamos pues, dos inquilinos: un ruso y yo.
Cuando me caminé Londrés y visité sus museos, me dediqué a ponerle amor a la casa. Compré plantas que sembré en el jardín; un poco de pintura verde y una cenefa para mi alcoba. E invertía en tantas unity cards como podía para llamar a Luis, a mi madre, a mis hermanas; para sentirme en casa... Elvi iba de vez en cuando y preparábamos arepas con atún, con areparina y yo procuraba ocultarle mis tristezas a razón de ese par de hombres, el cercano y el lejano, porque sabía que su posición frente al lejano era clara. Ese hombre no te conviene...
Vad me miraba cada vez con más insistencia, salía conmigo al zoológico, a comprar bobadas o a comer pizza.  Klaus solía llamarme. Mientras yo solía decirle "Blue eyes, glue eyes" y pronto construímos una amistad más basada en el silencio que en las palabras. Londrés con su aspecto grisáceo tenía un efecto de criptónita en mí y con el transcurrir de los meses, la voz de Luis no alcanzaba a darme el calor de mi tierra. Fue entonces cuando me dejé abrazar por el hielo y las consecuencias aún viven conmigo.
En Wimbledon, un ruso y una colombiana se conocieron. Un ruso partió a su patría antes de que yo me regresara y aún recuerdo con dolor esa mañana en que lo dejé partir sin decirle nada. Yo estaba despierta y sentí el portazo. Quise correr pero las piernas me lo impidieron. Iba a ser padre y no lo sabía.

No hay comentarios: