miércoles, 31 de agosto de 2011

En la lengua, por favor




Cuando me lo advirtieron creí que era una broma, no le presté atención y dije estar convencido de mi deseo: un piercing en la lengua por favor. Bien sexy. Y abrí la boca sin temor, hasta que vi las tenazas con las que me sujetarían. ¡Debo estar demente! A esa hora del día y con el grado de licor que había en mi sangre, no me importó. Dejé que el hombre continuara su labor, que por cierto me había cobrado por adelantado como política del establecimiento. Recordé aquel cuento de Rubiano Vargas “Necesitaba una historia de Amor” cuando vi dos niñas de uniforme a cuadros, muy por encima de la rodilla, que llegaron a preguntar por un tatuaje. Ninguna de las dos me pareció peligrosa. Y así estaba cuando me llegó el momento.

–– Ahora sí, quédese tan quieto como una roca.

Si no hubiera sido por la comodidad de la silla en la que me encontraba, habría creído que era víctima de un atraco pero no, aún no. Lo próximo que sentí fue un disparo y la sangre brotando de mi boca. El hombre y su asistente me pasaron una escupidera y se encargaron de absorber con una gasa el resto de sangre que quedaba sobre mi lengua.

–– Tarda de cuatro a cinco semanas en sanar ––me dijo el hombre que acababa de perforarme. Y procure no jugar con el piercing. Compre esta receta si siente dolor y si nota cualquier otro síntoma extraño acuda a un doctor.

Salí adolorido no sin antes mirar el pendiente de acero quirúrgico en un espejo y me fui a dormir creyéndome el hombre más chimbita del barrio.

Al despertar mi lengua tenía dos veces su tamaño habitual y me ardía como si tuviera mil alfileres puestos en ella, tanto, que tuve que ir al servicio de urgencias. El médico encargado se asustó con el aspecto de la misma a juzgar por la cara que hizo cuando me vio.

–– Voy a quitarle el dolor y la inflamación pero de ahí en adelante no puedo garantizarle nada.

–– ¿De ahí en adelante? ¿A qué se refiere doctor?

–– La perforación está muy cercana al nervio. Es factible que usted no pueda volver a sentir un solo
sabor en su vida.

Con esta sentencia se retiró a llenar una planilla mientras yo pensaba en lo que acababa de decirme.
Ya no me apetecería el chicharrón ni el anís del aguardiente; ya no sería el hombre más chimbita de la cuadra
y no le encontraría sentido a esa frase: “sáquele gusto a la vida”. Estaba perplejo ante mi propia estupidez.
Que me la cobro me la cobro, pero ¿y a quién? El médico había dicho que estaba muy cerca, no que había dañado el nervio. Ah bruto yo, el man que quería ser chimbita,, descrestar a Carito, besarla distinto y sacar la lengua con estilo. Esas dos mujeres… sí, seguro el hombre se distrajo antes de hacer el disparo, Rubiano tenía razón, las mujeres con tatuaje son peligrosas.

Publicado en El Pequeño Periódico Edición No. 92
http://fundarteyciencia.wordpress.com/

imagen http://www.belostudio.com/

lunes, 29 de agosto de 2011

¿Qué significa una voz femenina?



La semana pasada colgué una entrada titulada Una mujer en apuros. Una entrada apretada, que comenzaba con una mujer a quién se le rompe el tacón en pleno Centro y termina en un hotel, desnuda, a manos de unos bandidos que no sólo la violan sino que le hacen la del órgano. La entrada causó un revuelo silencioso. "Uy heavy" me dijo alguien, "Esa no sos vos" me dijo otra persona, "Ojo estás recreando un mito urbano demasiado gastado y muy apresurado" fue la última voz que escuché antes de regresar la entrada a borrador de la página.
Es cierto, la entrada tenía todos esos componentes y más errores que aciertos pero necesitaba hacerla.
Muchas veces al escribir emergen textos que no tienen nada que ver con uno pero todo con la realidad que a uno le ha tocado vivir. No sé si a este punto ya la corriente que se dibuja para mí sea la del realismo... preferiría poder no pertenecer a ninguna corriente diferente a la del impulso, la emoción, la sensación y toda la razón que pueda como una esponja extraer de ella. Es cierto que en el pasado me ha caracterizado el humor... es rico escribir con humor, a quién no le gusta darle al lector una galleta que lo haga sentir en Plaza Sésamo por unos minutos... 
Sin embargo no es suficiente, es necesario profundizar más. Ir a las cavernas. Si es posible lograr una entrevista con Platón. Nadar en el mismo río con Heráclito y Parménides, en el contaminado río Medellín.
 -Advirtiéndoles eso sí de los riesgos de salubridad-, Entrar a Sofos, salir inerme... buscar a Sócrates antes de la cicuta y descubrir qué manos se la dieron a beber...ir más allá en el tiempo, a la era del Mamut. Buscar a una anciana sabía de una tribu Neardhental... hablar por señas, intentar comprender su cosmogonía. Buscar una anciana contemporánea de la tribu Cromagnon , hacer lo mismo, hablar por señas... Regresar al tiempo presente y escuchar mi propia voz. Lo que menos dice mi voz es mi propio nombre. Entonces comenzar por ahí, Claudia, Claudia, Claudia... suena distinto a decir Carolina por ejemplo... Tengo fuerza vocal para llamar a otros, timidez y torpeza para llamar mi nombre. 
¿Qué significa una voz femenina entonces? Estoy por descubrirlo. Reconociendo en principio que es una voz apagada. El masculino está despierto, es Yang, es acción, mientras el femenino es receptivo, Yin, pasivo y con tendencias a quedarse dormido de tanto esperar y esperar o lo que es peor aún, de forzar el encendido.

En literatura hay referentes femeninos hermosos como Virginia Wolf, Marguerite Duras, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y en la literatura colombiana, me gusta personalmente Marvel Moreno, Carolina Sanín, Claudia Ivonne Giraldo y Lucía Donadío. Voces diferentes todas pero íntimas. Eso significa la voz femenina, el intimismo. La capacidad de hacer de una habitación un tapiz de recuerdos con cada objeto. No necesitamos salir al mundo a buscar qué describir. Somos el mundo y necesitamos ser descritas. ¿Por otros? No. Por nosotras mismas. 


viernes, 26 de agosto de 2011

Treinta y Cuatro



Cada amanecer trae consigo una mirada nueva. Hoy desperté a tu lado cuando anoche me lloré contigo, sin que tu lo vieras... y es que me ha costado esto de aprender a vivir en pareja. Soy dispersa. A ratos traviesa. Tal vez me fascino contigo más de lo que me permites fantasearte... o creo que no te educaron para la caricia mientras yo me vuelvo galleta con tus besos. No sé entonces cómo se concilia esto de una hedonista y un artista más de corte visual que táctil. Una hedonista y un pensador callado. Un adicto a la televisión con una adicta a los libros. A ratos me sueño como una viejita en rulos que toma la caja y la tira por la ventana. Para que mires mi fealdad aunque sea, para que me mires cómo sea. Por lo pronto lo único de vieja que tengo es esta joroba de una escoliosis antigua, y una que otra queja, monótona y serena. 
Un matrimonio extraño el nuestro. Pero un matrimonio al fin y al cabo. Cae la noche y no soporto dormir sin haberte dicho te amo. Me meto a la cama y te busco. No por costumbre  sino por aquello que llenas que yo no soporto de mí. Sólo tú puedes lidiar con mi vacío. Con el desasosiego creativo que me invade, con mi mal genio inexplicable. Y hay que ver que bien lo haces. Te mofas de mí como si fuera una caricatura. Y toda la noche me la paso soñando con Yayita y una Tremebunda que la persigue como espejo inevitable. Despierto sintiéndome aburrida con un mundo que no puedo colorear de anaranjado. 

miércoles, 24 de agosto de 2011

Diógenes mi amigo poeta


"Creo que determinaste más de un paso en mi vida.
 En algún momento tu amistad se volvió prescindible. Tu mirada, un interminable decir. 
Bajo muchas circunstancias, sin ser irreductible, perdoné que no supieras volar sin que eso significara  que estuviéramos perdiendo el tiempo,de todos modos, siempre conservamos, el éxtasis del comienzo y si en algo contigo estoy de acuerdo es que al igual que yo para ti, tú para mí nunca comenzaste, ni has comenzado, siempre exististe"
Diógenes Echeverri 
Junio 15 de 1999

lunes, 22 de agosto de 2011

Neuronas en ejercicio


La entrada anterior me tardó 9 años en pronunciarse; una noche de asfixia, y una mañana de llanto fragmentado. El tiempo no es lineal...  al describir la casa regresé a ella y me abrió una extraña. Debí sospecharlo desde que pasé el portón y vi el jardín de agosto, tiernamente cuidado. 
-"Can I help you" me dijo una inglesa en tono indiferente.
Me asomé a las escalas pero el tapete ya no era el mismo.
- No, thanks. I am sorry.
Y regresé caminando hasta The Wimbledon Court, a esperar el tren, porque nunca me gustó el subway de la línea verde. Siempre era mejor tomar el tren hasta Waterloo. Creo que pasé la noche como una callejera en Londres.  Por eso el asma no me dejó dormir. Porque no estuve aquí... mi cama era un vagón y la temperatura bajó hasta darme hipotermia la memoria.
Hoy soy otra. Ni mejor ni peor. Sencillamente otra. Perdí mi pluma en uno de esos trenes. La de caligrafía que hace poco mi hermana me regaló otra vez. Quizás con la intención de que vuelva a escribirle cartas o como complicidad nuestra del trabajo por venir.
Mientras tanto, leo tantas referencias como aparecen frente a mí, desde Física Cuántica hasta Epícteto y sin descuidar la poesía que por estos días está en la voz de Carlos Framb. 
...Yo también tengo la impresión de no saber qué es real. Me ocurren cosas salidas de foco y yo misma procuro otras de pinta fantasmal, sin embargo en todo ese ir y venir de situaciones y circunstancias, estoy aprendiendo que lo más importante es estar Atenta: saber si dejé la luz prendida... si comí en la noche al levantarme dormida... si me dolió el brazo al nadar, y si fue el derecho o el izquierdo porque a veces ni eso logro recordar. 
Hay que poner a ejercitar las neuronas con las dendritas del presente. Hacerles trampa con el pasado inmóvil y dejarlas salir a recreo con el futuro incierto. 



sábado, 20 de agosto de 2011

123 Wimbledon Road

Una tormenta de recuerdos cae sobre mí cuando evoco aquella casa. La entrada de jardín despoblado con un árbol alto que daba contra mi ventana. Una sola escala. La puerta de madera que abría hacia la izquierda y dejaba vislumbrar todo el corredor hasta el invernadero. La sala cerrada con llave, como una bodega de cosas no inventariadas. La cocina, como el mejor rincón del primer piso, desde donde se podían ver flores de color lavanda. Dos neveras, una grande y otra para carnes. Un mesón y tres o cuatro sillas altas. Allí hablábamos en inglés, con suerte en español y todos debíamos correr un banco para acceder al teléfono y comunicarnos con nuestro hogar.
El segundo piso estaba a diez y nueve escalas si no recuerdo mal. Forradas en tapete verde azul; gastado ya por los inviernos y los afanados  pasos. Después, la alcoba grande, la de Vadim... luego el único baño de la casa, una tina también azulada y un espejo que se empañaba con facilidad.
Más escalones, de cuatro a seis, y el corredor que me llevaba a un cuarto pequeño con ventana. Sin clóset ni lámpara. El cuarto de Leif era diagonal pero ese también se mantenía con llave porque él siendo el Host, viajaba más de lo que se mantenía en casa.
Quedábamos pues, dos inquilinos: un ruso y yo.
Cuando me caminé Londrés y visité sus museos, me dediqué a ponerle amor a la casa. Compré plantas que sembré en el jardín; un poco de pintura verde y una cenefa para mi alcoba. E invertía en tantas unity cards como podía para llamar a Luis, a mi madre, a mis hermanas; para sentirme en casa... Elvi iba de vez en cuando y preparábamos arepas con atún, con areparina y yo procuraba ocultarle mis tristezas a razón de ese par de hombres, el cercano y el lejano, porque sabía que su posición frente al lejano era clara. Ese hombre no te conviene...
Vad me miraba cada vez con más insistencia, salía conmigo al zoológico, a comprar bobadas o a comer pizza.  Klaus solía llamarme. Mientras yo solía decirle "Blue eyes, glue eyes" y pronto construímos una amistad más basada en el silencio que en las palabras. Londrés con su aspecto grisáceo tenía un efecto de criptónita en mí y con el transcurrir de los meses, la voz de Luis no alcanzaba a darme el calor de mi tierra. Fue entonces cuando me dejé abrazar por el hielo y las consecuencias aún viven conmigo.
En Wimbledon, un ruso y una colombiana se conocieron. Un ruso partió a su patría antes de que yo me regresara y aún recuerdo con dolor esa mañana en que lo dejé partir sin decirle nada. Yo estaba despierta y sentí el portazo. Quise correr pero las piernas me lo impidieron. Iba a ser padre y no lo sabía.

jueves, 18 de agosto de 2011

Zapote




Lo que más me gusta de la costa es el jugo de zapote. También que me digan Niña Claudia porque me exoneran automáticamente de toda responsabilidad. Se me autoriza a jugar y a hacer lo que más me gusta: leer en una hamaca en el patio de la casa de mi tía. Leer y dormir. Dormir y soñar. Despertar suspendida entre telas arhuacas sin saber la hora y buscando que compañía tengo en el kiosko. Ver a mi abuela en su mecedora con los pies encima de un taburete, porque eso le ayuda para la circulación; abanicándose por el calor. El Heraldo abierto en la página social. El "mira Claudi que yo estudié con la abuela de Maritza... la joven que ves y se acaba de casar..." La lasagna que ya no cocina por dificultad para mantenerse de pie, pero que aún dirige, desde donde quiera que esté. Y... el jugo de zapote costeño que nunca se verá ni sabrá igual al zapote del interior. ¿Zapote en leche o en agua niña Claudia? En leche por favor. Su sabor es como el de una malteada dulce y granulosa...
Me gusta la costa en enero, en marzo y en agosto. No me gusta en abril o en mayo porque las lluvias azotan la bahía y la humedad me enferma inevitablemente.
Y el mar, me la paso jugando a las escondidas con el mar. Voy a la playa y me baño en él pero le doy la espalda cuando debo regresar a casa; cuando no lo miro a propósito; como si a él le importara mi mirada después de haberme tenido de pies a cabeza. Me voy con ese pegote suyo, con su sal en mi piel, con mi cabello enredado y dos o tres conchitas que me agaché a recoger... Si el finito cabe en un zapote, el infinito se parece al mar. A veces temo que me queme una aguamala pero lo cierto es que jamás las he visto y nunca he tenido cerca a alguien que haya sido picado por ellas. Pero me sé el remedio, por si acaso.
Año tras año me preguntan si me voy a hacer las trenzas y después de ese recuerdo de niña con un enredo imposible, me niego con una mezcla de temor y cortesía.
Por las noches, busco la cevichería, la que queda justo enfrente del Hotel Caribe; donde sirven en icopor los mariscos y los preparan con el pique exacto y la cebolla roja.
De noche no me provoca el jugo de zapote, prefiero entonces partir una naranja en cuatro y comerla al estilo de mi Abuela, con un poco de azúcar rociada por encima. Glaciar de vitamina C y defensas jugosas.
Al día siguiente, el desayuno es con deditos de queso fritos, bollo limpio y butifarra... el zapote viene después. Y uno se pierde en todos esos sabores mágicos y costeros. En las frutas que llevan hasta la puerta. En el pargo frito y fresco y en los diálogos sin s ni r, en el Bu. y el Ga. y en lo breve que resulta la vida en ese aire cálido de mi amada Cartagena.



martes, 16 de agosto de 2011

Desdóblate amor

No dejaré que nada malo te pase. Confía en mí. Mira el péndulo. Viajarás sin mí pero yo guiaré tu viaje. Vamos Vanessa, tu tienes esa facilidad; sin ti no podremos saber qué fue lo que ocurrió entre nosotros a ciencia cierta.
¿Pero es que tu sigues creyendo en otras vidas? No, Salvador, a mí me interesa esta. ¿Y qué tal que no logres despertarme? No eres la primera mujer que hipnotizo y ten la certeza de que no serás la última. 
Vanessa se sienta en la camilla no muy convencida y da un último vistazo a su alrededor. La ceiba tras la ventana, el escritorio perfectamente organizado, sus zapatos verdes en las escalinatas, la grieta en el techo. Suspira y le dice: estoy lista. 
Salvador toma su pulso y comienza a guiarla con su voz y una música de tambores en tono muy suave. Para cuando Vanessa se duerme son casi las tres de la tarde. La primera pregunta es qué ves... leones... un pasto muy alto y seco y un hombre con la cara pintada de puntos blancos. Tambien una mujer con un bebé y unas argollas grandes en sus orejas. ¿Qué hacen? Corren... ¿De los leones?... sí... y la respiración de Vanessa se hace agitada. Salvador duda entre despertarla o dejarla un poco más... una duda así puede traer un trauma terrible. 
Intenta despertarla pero la persecución ha ido demasiado lejos. Ahora quiere traerla de regreso y nada logra despertarla. Busca entonces hielo y se lo pasa por la frente, por el cuello, y en una bocanada de aire descompuesto, Vanessa regresa muerta del susto y enojada con Salvador. Por qué te demoraste tanto. Vi tantos muertos, tantos huesos... una tribú entera a merced de garras felinas y nuestras flechas inútiles para defendernos. Perdimos un bebé. Y Vanessa solloza inconsolable.
Salvador se había jurado que en esta vida no sería padre. Ya sabe por qué. La abraza y le pide perdon. La llena de besos pero ya no es la misma. Revivir la pérdida la aleja de él. Mira de nuevo la ceiba tras la ventana, el escritorio perfecto, la grieta en la pared. Se baja descalza de las escalinatas, no se molesta en calzarse. No me busques le dice al final y tras un enérgico portazo queda claro su adiós.


jueves, 11 de agosto de 2011

Palabras de recreo

Tengo todas las palabras de recreo, como si al abrir el diccionario en la oficina se hubiesen escapado para esconderse en los cajones, fijarse en el corcho, hacer llamadas de larga distancia y alejarme de mi preciado silencio. En frente mio la palabra Carnaval se ríe de mi postura seria y de la indiferencia que le doy a ratos para evitar untarme de su amarillo y terminar saliendo por un café; con una máscara y los labios mal pintados. En el corcho, el sticker rosa está peleando sus fronteras porque el "mamá te amo" de repente se vio invadido por un codazo de la palabra libertad... La basura me está gritando que todo en ella es reciclable y lo último que veo es una carta que escribí nueve veces y rompí diez, para finalmente enviar el fragmento que creí más apropiado y más cercano a lo que quería decir. De regreso a las palabras, una me hizo estornudar, debió ser Pluma y de quién sabe cuál animal. Suena la campana y anhelo que regresen a su lugar, tengo el diccionario abierto pero ninguna se ha asomado a nadar. Yo necesito dar clase en la letra O de olvidar. Y tengo perdido el alfabeto entero en el archivo y los brochure donde caben por completo.
Ya sé, me haré la que no me importa. Iré a conversar con alguien a ver si me siguen o se quedan estropeando mi creatividad. Salgo, voy a la recepción y no escucho ni un murmullo. Converso un rato, me relajo. Regreso al puesto y al abrir de nuevo el diccionario... hojas en blanco y dibujos Larousse es lo único que encuentro. Peor, ahora las imágenes amenazan con salirse. Lo cierro y lo pongo de pie en su lugar. Quizás sea eso ahora que lo pienso. ¿Qué pueden sentir decenas de miles de palabras estando días de pie sin quién las busque? Me siento infame. Como una zombi trabajando en una morgue. ¿Palabras mías, no ven cuánto las aprecio? Las he puesto de pie porque me pareció más propicio, ustedes no saben lo que es estar acostado, lo que es vivir sintiéndose enfermo. Aunque si lo prefieren, vengan, vuelvan a sus puestos y les prometo que las acuesto. "No diga, Diga" de Alberto Serrano me sugiere no negociar  más con ellas. Ya hicieron su fiesta, ya es hora que decidan dónde quieren estar. Son las 5:18 p.m., tienen hasta las seis para regresar. De lo contrario son exiliadas no políticas. Ah, que es una manifestación pública por mi excesivo uso de Google como diccionario. ¿Qué tal? Pero si la Rae está en línea...  lo último que esperaba encontrar era un recreo de palabras celosas.


miércoles, 10 de agosto de 2011

Encuentro Fractal


Alguien trabaja en mi equipo además de mí. No puedo decir quién es porque no lo he visto. Sólo sé que trabaja en el mismo teclado y deja archivos maravillosos como rastro. No es escritor. Tiene pinta de científico o quizás científica, igual que el personaje que comencé a construir con Kathy Drews y que aún espera ser parte de una historia coherente. El último archivo que me dejó se llama Mecánica Cuántica y Realidad, por Thomas J. McFarlane y debo decir que lo he encontrado fascinante. 
Este ser en mención debe distinguirme entre las gentes y sentirse atraído a mí por alguna vibración de la cual no soy consciente. Mi física cuántica predice el inicio formal de una nueva novela. Ya la voz está lista. Mi disposición es total. Vendrán entonces horas de concentración y entrega total. No podré alimentar el blog con la frecuencia casi diaria con la que venía haciéndolo. Espero me tengan paciencia en aras de la construcción que está por venir. Una construcción calidoscópica donde espero lograr armonía, simetría, distinción y no distinción de los personajes y las circunstancias. 

domingo, 7 de agosto de 2011

El mosquitero imperial

De aquí para allá, la costa se ve intranquila.
Dos lanchas acaban de regresar al muelle porque el mar está "picao"... es raro, dicen los lugareños porque la época de las corrientes es Diciembre, cuando la brisa llega con la intención de mordisquear la tierra con sus olas pesadas. Es Agosto; el mar de leva viene de abajo, de un cambio de temperatura en las aguas, por un movimiento tectónico que aún no han descubierto.
Necesito ir a Bahía Blanca, una lancha que me lleve; que me deje pasar el fin de semana y vuelva por mí el lunes. Necesito recoger moluscos. Untarme los pies de arena. Bañarme de algas y pisar corales con delicadeza. Necesito sal para no hacer redundantes mis lágrimas. Mi cuerpo quiere llorar en un lugar propicio. Estoy mudando de piel. Estoy cambiando de ciclo. Debo cumplir un compromiso con el destino.
Punta iguana es el fragmento de tierra ideal pero no sé si alcance a llegar hasta allá. Estoy esperando la lancha de un barquero que no le tiene miedo al mar. A los otros dos ya los oí: "estos cachacos no entienden que cuando el mar está picado no se puede" Me miran como si fuera uno de esos pescados raros que se sacan a ratos y yo evito mirarlos para que no tengan forma de comparar mis ojos con alguna especie conocida. Yo sé por qué necesito viajar y no pienso estar dando explicaciones. El que me lleve y me traiga de regreso sana y salva su máxima tarifa podrá cobrar y eso es exactamente lo que estoy disuesta a pagar. Viene un tal Alberto, "Albeto" como le dicen; el mejor, que sí él se niega no habrá quién me lleve a las islas.
-Señora entiendo que le urge ir a Bahía Blanca.
-Sí, señor, ¿cree usted que puede llevarme?
-De poder puedo. No sé si quiero.
-No sea insolente.
-Cómo verá estos viajes con mar de leva están llenos de complicaciones y necesito saber a qué viaja usted para no tener sorpresas.
Me aferro entonces a un frasco que traigo conmigo y le digo: debo cumplir con la última voluntad de mi esposo. El también viaja con nosotros.
El capitán lo piensa un momento. La mira bien y le contesta: está bien, vamos ya.
Parten de la bahía hacia altamar. La lancha golpea fuerte el casco cada vez que rebota contra las olas.
El agua entra y sale del bote con su sal.
Después de dos horas están en Bahía Blanca.
-¿Cuándo debo pasar por usted?
-¿El domingo en la tarde o el lunes en la mañana?
-Muy bien. Aquí estaré. Buena suerte.

Los manglares han crecido desde la última vez que los visité.
No hay turistas pero el hotel no está cerrado. Me atiende una mulata hermosa y busco la misma habitación que compartí con Miguel. Me escoltan hasta allá y luego de poner el jarrón en la mesa de noche me desplomo en la cama de caoba con mosquitero abierto. Mi maleta es tan pequeña que no amerita desempacar. La abro simplemente y voy a darme un baño que me quite la sal. Miro las arrugas de mis manos, y siento a Miguel hablándome de lo hermosas que son. Siempre fue un buen mentiroso. Lo extraño. Me arreglo un poco y salgo a comer. Soy la única cliente del restaurante. Iban a ponerme música pero les ahorré el trabajo. No vine por placer. Es un viaje de despedida. Como sin hambre una ensalada de frutas y regreso a la habitación. En otro momento me habría provocado nadar en la piscina con el cielo estrellado pero a duras penas si miro el cielo sin pensar en Miguel. Quiero dormir. Sus cenizas tan cerca me lo impiden. Las escondo detrás de la cortina. Prendo el ventilador. Me pongo un antifaz de avión y me tomó una doble ración de Xanax. Al cabo de media hora estoy profundamente dormida.
Al día siguiente el sol y las Maria Mulatas me sacan del sueño. Salgo de vestido de baño y pareo negro con lo que queda de Miguel. Busco la orilla de la playa y comienzo a caminar vertiendo sus oscuras cenizas. Para cuando termino estoy hecha trizas, reviento el jarrón y me siento en la playa a llorar con el recuerdo de la última vez que estuvimos en Bahía Blanca juntos. Soy yo quien deshace sus pasos, no él.
-Prometiste llevarme contigo. Ahora espero me cumplas pronto esa promesa.
Regreso al hotel y me acuesto otro rato. De repente el mosquitero se me viene encima y quedo atrapada bajo él. Intento salir pero es inútil. Es entonces cuando escucho la voz de Miguel.
-No respires.
-Cómo si fuera tan fácil imbécil. Recuerdo lo buenos que éramos para discutir, me abro paso por la cortina y le digo, Cambié de opinión. El muerto eres tú, ya hice lo convenido. Ahora tengo dos días para coger color. Diviértete con los mosquitos. Espero no te moleste querido.



miércoles, 3 de agosto de 2011

Acoso fébril




Todas las noches a las dos de la mañana me despierto empapada en sudor. Me duelen las piernas como si hubiera corrido una maratón. No recuerdo nada diferente al ondear de mi pelo con la velocidad del movimiento y unas manos que lo toman de pronto y me arrastran hacia atrás. Quiero huir es claro, pero no sé adónde ni de quién. Corro por mi vida y despierto en ese brinco insoportable que todos hemos sentido alguna vez. A esa hora mi hogar es una cueva. No hay fieras pero el miedo ancestral me hace prender la luz del corredor. "Casi me desdoblo" es lo que pienso. Pero a ratos me contradigo y siento que no es así, que es al revés, que vivo desdoblada. Que soy yo quien me persigue y  que no tengo idea de quién despierta.

martes, 2 de agosto de 2011

Bien por Carlos Fuentes

Diez de la mañana. Café sello rojo. Dos cubos de azúcar. El periódico virtual. Sección: Internacional. Titular:

El mexicano Carlos Fuentes recibirá el Premio Formentor de las Letras 2011


"El escritor mexicano Carlos Fuentes ha sido galardonado con el Premio Formentor de las Letras 2011, que le será entregado en Palma Mallorca a final de mes, en reconocimiento al conjunto de su obra literaria, han anunciado los organizadores."


Y me lleno de una alegría desbordada. La obra de Fuentes es una de las que más admiro de nuestra literatura latinoamericana. No sólo por Aura, que es una novela asombrosa, fantasmagórica con un infinito poder de seducción. Sino por sus cuentos, por Chac Mool, por Amilamia de La muñeca reina. Por El Naranjo y tantos otros escritos llenos de fuerza creativa y pasión. 

Los dejo con este fragmento de Aura. Noten la delicadeza de la segunda persona, la forma como recorre lo sensorio y la psiquis del personaje, la manera como guía, como ordena sutilmente. Es fascinante.

Aura (fragmento)

Carlos Fuentes


"Tocas en vano con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su contacto helado. La puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos, y antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el ceño porque la larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita, suelta el humo insano de su prisa. Tratas, inútilmente de retener una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado.

Cierras el zaguán detrás de ti e intentas penetrar la oscuridad de ese callejón techado -patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor y espeso-. Buscas en vano una luz que te guíe. Buscas la caja de fósforos en la bolsa de tu saco pero esa voz aguda y cascada te advierte desde lejos:

-No... no es necesario. Le ruego. Camine trece pasos hacia el frente y encontrará la escalera a su derecha. Suba, por favor. Son veintidós escalones. Cuéntelos.

Trece. Derecha. Veintidós.

El olor de la humedad, de las plantas podridas, te envolverá mientras marcas tus pasos, primero sobre las baldosas de piedra, enseguida sobre esa madera crujiente, fofa por la humedad y el encierro. Cuentas en voz baja hasta veintidós y te detienes, con la caja de fósforos entre las manos, el portafolio apretado contra las costillas. Tocas esa puerta que huele a pino viejo y húmedo; buscas una manija; terminas por empujar y sentir, ahora, un tapete bajo tus pies. Un tapete delgado, mal extendido, que te hará tropezar y darte cuenta de la nueva luz, grisácea y filtrada, que ilumina ciertos contornos.

-Señora -dices con una voz monótona, porque crees recordar una voz de mujer- Señora...

-Ahora a su izquierda. La primera puerta. Tenga la amabilidad.


Empujas esa puerta -ya no esperas que alguna se cierre propiamente; ya sabes que todas son puertas de golpe- y las luces dispersas se trenzan en tus pestañas, como si atravesaras una tenue red de seda. Sólo tienes ojos para esos muros de reflejos desiguales, donde parpadean docenas de luces. Consigues, al cabo, definirlas como veladoras, colocadas sobre repisas y entrepaños de ubicación asimétrica. Levemente, iluminan otras luces que son corazones de plata, frascos de cristal, vidrios enmarcados, y sólo detrás de este brillo intermitente verás, al fondo, la cama y el signo de una mano que parece atraerte con su movimiento pausado.

Lograrás verla cuando des la espalda a ese firmamento de luces devotas. Tropiezas al pie de la cama; debes rodearla para acercarte a la cabecera. Allí, esa figura pequeña se pierde en la inmensidad de la cama; al extender la mano no tocas otra mano, sino la piel gruesa, afieltrada, las orejas de ese objeto que roe con un silencio tenaz y te ofrece sus ojos rojos: sonríes y acaricias al conejo que yace al lado de la mano que, por fin, toca la tuya con unos dedos sin temperatura que se detienen largo tiempo sobre tu palma húmeda, la voltean y acercan tus dedos abiertos a la almohada de encajes que tocas para alejar tu mano de la otra.

-Felipe Montero. Leí su anuncio.
-Sí, ya sé. Perdón no hay asiento."