jueves, 7 de julio de 2011

Setenta y dos grados en una cabina telefónica



A setenta y dos grados por encima de tu cuello, me imagino un beso pitagórico. Mis manos forman una elipse a tu alrededor; muy por debajo de tus focos. No puedes moverte. Estás atrapada. Inmovilizada por mí, para el deleite. Te beso entonces y olvido la matemática, me entrego a la química de tu sabor. No me conoces pero tampoco me temes. No gritas ni quieres hablar. No me miras como si con indiferencia pudieras frenar lo que sabes sucederá.

Setenta y dos grados, latitud norte de tu cuello, soy el amo de tu silencio. Setenta y dos grados sur del mismo momento, mis manos entre tus senos... espero la señal de tus pezones para hacer cartografía con tu cuerpo.

¿Te busqué yo a ti o estabas esperándome? Tu boca no me dice nada más que la voluptuosidad de tus labios en ese brillo rosado y chispeante. Por un momento tus ojos se detienen en mí. Me miras con presunción y sin asco. Tu mano entonces se desliza por mi pierna y sube hasta agarrarme el sexo.

-Abre la puerta de la maldita cabina o te las dejo sirviendo para nada.
Si tenías voz después de todo.

Obedezco y abro. Te veo partir y me quedo entonces con la matemática y la química de ese primer impacto.

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