martes, 26 de julio de 2011

Rilke y el amor

Antes de graduarnos, el profesor de física llegó un día con un extraño regalo: una fotocopia de una de las cartas de Rainer Maria Rilke firmada con un la mejor de las suertes, con cariño, Jairo.
Y digo extraño porque tan sólo estuvo como docente con nosotros un año y sin embargo amaba tanto la física y la enseñanza que quiso dejarnos algo más que ecuaciones y problemas por resolver. Nos acercó a Rilke. Hoy, si me preguntan cómo era Rilke yo diría que tenía un aire a Jairo, así, canoso, algo ensimismado, con una mano en el bolsillo y siempre un lápiz y algo con qué anotar en la otra.
¿Ahora bien, qué decía la carta?.Por efecto doppler se las comparto.

Roma, villa Strohl-Fern, 29 de abril de 1904
Querido Friedrich:
      Hemos tenido abundantes noticias de ti en este tiempo a través de madre y, sin conocer más detalles precisos, adivinamos, sin embargo, que pasas una época difícil. Madre no podrá ayudarte; de hecho, en el fondo nadie puede ayudar a nadie. Esto es lo que se vuelve a aprender siempre en todo conflicto y en cada confusión: que uno está solo.
      Esto no es tan malo como parece a primera vista. Porque es al mismo tiempo lo más positivo en la vida: que cada uno lo tiene todo en sí mismo, su destino, su porvenir, su espacio y todo su mundo. No es menos cierto también que hay momentos en que es difícil permanecer en sí mismo y aguantar; ocurre que, justo en los momentos en que más firmemente y, casi diría, más obstinadamente que nunca uno debería aferrarse a sí mismo, se adhiere a algo exterior. Demasiado a menudo sucede que, con ocasión de importantes acontecimientos, se traslada al centro propio desde uno mismo a algo extraño, a otro ser. Obrar así significa ir contra la más elemental ley del equilibrio; de aquí sólo pueden surgir dificultades y pesadumbres.
      Clara y yo, querido Friedrich, nos hemos hallado de acuerdo y nos hemos entendido precisamente en que toda vida en común sólo puede consistir en fortalecer dos soledades vecinas y que todo lo que suele llamarse don de sí, abnegación, perjudica esencialmente el corazón de la vida en común: pues si uno se abandona, ya no es nada, y si dos seres renuncian a sí mismos para encontrarse, ya no hay suelo bajo sus pies, y su vida conjunta es una continua caída. No sin grandes dolores, mi querido Friedrich, nos hemos dado cuenta de esto, y todo el que quiera llevar una vida propia ha de aprenderlo de una u otra forma.
      Alguna vez, cuando sea más maduro y tenga más años, quizá llegue a escribir un libro para jóvenes. No porque crea haber aprendido mejor que otros, al contrario, sino porque todo se me ha hecho mucho más difícil que a los demás ya desde la infancia y a lo largo de toda mi juventud.
      Una y otra vez he tenido que rehacer la experiencia de que apenas hay algo más difícil que amarse. Que el trabajo es ganar el jornal de cada día; sí, Friedrich, el jornal. Dios sabe que no tenemos ninguna otra palabra para expresarlo. A esta observación hay que añadir otra: que los jóvenes no están preparados para tan difícil amor, pues todas las convenciones sociales han intentado convertir en trivial y frívola esta complicadísima y suprema relación, y les ha hecho caer en el espejismo de que estaba al alcance de todos. No es así. El amor es difícil, más difícil que lo demás, porque, en otros conflictos, la Naturaleza misma invita al ser humano a concentrarse, a recogerse en sí mismo con todas sus fuerzas, mientras que la exaltación amorosa acecha la tentación de abandonarse del todo. Piensa sólo esto: ¿puede ser algo hermoso entregarse no como un todo ordenado sino a ciegas, pedazo a pedazo, como venga a mano? Semejante entrega, que se parece tanto a arrojar o a desagarrar, ¿puede ser algo bueno, dicha, alegría, progreso? No, no puede serlo… Antes de regalar flores a alguien, las encargas antes, ¿no es verdad? Pero los jóvenes que se quieren, con toda la impaciencia y prisa de su pasión, se arrojan uno en brazos del otro y no aprecian qué carencia de mutua valoración hay en esa entrega desordenada; sólo lo notan con asombro y desgana en el desacuerdo que no tarda en surgir a causa de todo ese desorden. El desacuerdo que se instala entre ellos agrava la confusión de día en día, ninguno de ellos tiene ya en torno suyo nada inalterado, nada que sea auténtico; metidos en una ruptura irreparable tratan de mantener la apariencia de su dicha (pues por causa de la dicha hubo de ser todo eso, sin embargo). ¡Ay!, apenas pueden ya darse cuenta de qué entienden por “dicha”. Cada cual, en su inseguridad, se vuelve más y más injusto contra el otro: los que sólo soñaban con una mutua benevolencia, se tratan ahora de modo tiránico e intolerante, y en la necesidad de salir al precio que sea de esa confusión insoportable cometen la mayor falta que pueda manchar las relaciones humanas: ceden a la impaciencia. Se empujan a una conclusión, a una decisión que creen definitiva; intentan fijar de una vez para siempre su relación, cuyas sorprendentes alteraciones les han asustado, para que, en adelante, sea “eternamente” (como dicen) la misma. Este es sólo el último eslabón en esa larga cadena de errores que se sueldan uno con otro. Pues ni siquiera lo muerto se deja fijar definitivamente (se corrompe y cambia a su manera). ¡Cuánto menos se puede tratar lo vivo decisivamente, de una vez por todas! Vivir es justamente transformarse, y las relaciones humanas, que son lo esencial de la vida, son lo más mudable de todo, lo más fluctuante, y los verdaderos amantes son seres en cuya relación y contacto ningún momento es idéntico a otro; seres entre quienes nunca tiene lugar algo habitual, algo que ya haya existido alguna vez, sino lo puramente nuevo, lo inesperado, lo inaudito. Existen tales relaciones de las que debe surgir una dicha inmensa, casi invisible, pero sólo pueden entablarse entre personas de gran riqueza, entre seres ya ordenados, concentrados. Sólo dos mundos singulares, amplios y profundos, pueden unirse.
      Salta a la vista que los jóvenes no pueden garantizar semejante relación, pero si comprenden adecuadamente su vida, pueden alzarse despacio hasta esa dicha y prepararse para ella. Si aman, no han de olvidar que son principiantes, aficionados, aprendices del amor, deben aprender el amor, y para eso, como en todo aprendizaje, hace falta paz, paciencia y concentración.
      Tomar el amor en serio, padecerlo y aprenderlo como un trabajo. Esto es, Friedrich, lo que los jóvenes necesitan. La gente también ha malentendido, como tantas otras cosas, la posición del amor en la vida, lo ha convertido en juego y pasatiempo, porque se creía que el juego y la diversión son más felices que el trabajo; pero no hay nada más dichoso que el trabajo; y el amor, precisamente por ser la suprema dicha, no puede ser sino trabajo. Quien ama, debe intentar comportarse como si tuviera ante sí un gran trabajo: debe estar muy solo y entrar en sí, concentrarse y consolidarse; debe trabajar, ¡debe ahorrar, y reunir, y producir miel!
      No hay que desesperar nunca si se ha perdido algo, una persona, una alegría o una dicha: todo vuelve de nuevo con mayor esplendidez. Lo que debe desprenderse, cae: lo que nos pertenece, permanece en nosotros, pues todo obedece a leyes que superan nuestra comprensión y con las que sólo aparentemente estamos en desacuerdo. Hay que vivir en uno mismo y pensar en la totalidad de la vida, en sus millones de posibilidades, de vastedades y de futuros, ante los cuales no hay nada pasado ni perdido.
      Pensamos mucho en ti, querido Friedrich. Estamos convencidos de que habrías encontrado por ti mismo esta salida personal a cualquier crisis, la única eficaz, si no estuvieras lastrado con el peso de tu año de servicio militar. Recuerdo que, tras la cárcel de la Escuela militar, mi sed de libertad y los altibajos de mis sentimientos acerca de mí mismo (que sólo poco a poco pudo curarse de las heridas y de los golpes recibidos entonces) me arrojaron a extravíos y a sueños absolutamente ajenos a mi vida; afortunadamente tuve suerte en mi trabajo. En él me reencontraba a mí mismo como hago ahora cada día. Ya no me busco en ninguna otra parte. Así actuamos y así vivimos, tanto Clara como yo. Seguro que también lo lograrás. Ten ánimos porque todo se encuentra delante de ti y las épocas en las que pesan las dificultades nunca son tiempo perdido.
      Te saludamos, querido Friedrich, con todo nuestro afecto.
                                                                                                                     Rainer y Clara


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