sábado, 30 de julio de 2011

Entre amigos, músicos y poetas


Crecí en una generación de transición, de los boleros a la electrónica; los X tuvimos una influencia variada. Nuestros padres solían charlar y tomarse de la mano mientras bebían ron y escuchaban a Gardel o Agustín Lara. Noche de Ronda no era cuestión del vigilante de la cuadra sino una melódica declaración de amor que se colaba por las casas con su triste pasar. Y ver bailar a los adultos era un deleite porque no tenían que apretarse para estar conectados. Se sabían los pasos con sólo tomarse de la mano. Era verdaderamente romántico. Cuando cumplí quince años ya Michel Jackson era el rey del rock, los pantalones pitillo estaban de moda y el contacto de la mano para bailar se había roto. Los amigos que querían emular a este artista usaban bolsa para que los jean entraran y se ajustaran como dios manda.
Sólo la salsa (y el merengue) nos ponía de frente y era entonces cuando Joe era nuestro rey local... "La noche" era suya... todo lo que tocase era para bailar, nada para quedarse quieto.  Para cuando compuso "Tal para Cual", la universidad estaba por terminar, pero no había nada más espectacular, que a uno le dedicaran esa canción. El amigo que lo hacía era un poeta por derecho y se llevaba su beso de recompensa...
Y el Sabré olvidar, oportuna en la noche de despecho.
Era entonces cuando los amigos se hacían poetas gracias a la música y relaciones que nunca pensábamos posibles, comenzaban con una canción y tenían de intermedio un inolvidable beso. El que sabía bailar y dedicar era el que más viejas conquistaba. La ley.
Con los años dejamos de bailar, el contacto físico se perdió y nos acostumbramos a las visitas de salón, a los lugares públicos en sentado, en esos que hay ruido pero no música y la deliciosa oportunidad del beso ensoñado se perdió entre cervezas y cócteles baratos.
De hecho, muchas como yo, nos acostumbramos a oir música en el carro y a bailar solas, sentadas, tras el volante... en un ligero movimiento de lado a lado. Eso sí, hay días en que se suben las ventanillas para cantar a todo pulmón y llorar si es del caso. Ese desahogo sigue siendo lo máximo. Nada que ver con los matrimonios donde nadie baila igual. Pura teoria del recato.
Daría lo que fuera por reencontrarme con mis amigos poetas, con Luis Cruz, Diógenes Echeverri o  Sergio Tobón. Los invitaría a bailar, a desabrocharse la corbata. Y brindaría por ellos... por la osadía de otros tiempos, por sus mujeres, por la dulce memoria que los trae a mis pies descalzos.

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