viernes, 29 de julio de 2011

El tesoro del saber

"En los libros encontrarás, el tesoro del saber..." era el programa que me esperaba al regresar del colegio todas las tardes. Un baúl se abría y pequeñas dosis de conocimiento alimentaban mi alma infantil. Con los años encontré muchas otras cosas en los libros: sables, lágrimas y dolores también. Cómo si no a través de una buena historia, una muchacha como yo se acercaría a un mundo como el de Alicia, no el país de las maravillas, al de Alicia nacida inocente. O al de Escapa Chris... los libros me enseñaron a decirle No a la Droga y a querer vivir el amor... Con el tiempo, aprendí a no censurar el afecto bajo ninguna de sus manifestaciones. También a respetar todas las posibles decisiones como la de Princese de Cléves de Madame de Lafayette. En muchos personajes femeninos vi el horizonte acaecer primero y por eso me fasciné con hombres como Melquiades o Lanzarote (el de Steinbeck) y por supuesto no puedo dejar de incluir a Grenouille. Magos, asesinos o amantes que solían ver más allá de la punta de su nariz. Aunque siempre estará Margarite Duras para hacerme dudar... 
Hoy tengo un tesoro de ocho volúmenes que no sé dónde esconder. Es para un baúl de adultos y bajo triple llave. Ya los leí, y aunque no estoy segura de todo lo que aprendí, no quiero tener la tentación de releerlos. En el saber no nos advierten que hay libros que se convierten en biblias personales, libros que viajan en tu bolso, que te espían mientras vas al baño, que duermen contigo en la mesa de noche y se parecen tanto a ti, que subrayarlos es como someterte a cirugía plástica. Estos volúmenes son así, y les digo volúmenes en lugar de libros porque siento que me hablan. En ellos encontré tantas voces... me di cuenta por ejemplo que también era capaz de odiar y ese encuentro fue brutal. Supe que podía dejarme llevar por la ira y el remordimiento casi me destroza. Esos volúmenes exorcizaron mis demonios y no sé si agradecerles, amarlos u odiarlos por ello. Lo que sí es claro es que no los necesito más. Son como el Zahir... ahora, con permiso, tengo instrucciones para llorar.



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