lunes, 18 de julio de 2011

Carta a un soldado de urbe

Cada vez me cuesta más la abstinencia de palabras para ti. Quizás porque son la única caricia con la que puedo acercarme sin permanecer. Amistad es como tú lo llamas y donde yo me pierdo una y otra vez en el dolor de no saberme tu aroma. Me pregunto entonces si la amistad desea así y siento que tal vez sí, por qué no. Dilatada, me duermo rogando por verte en sueños pero has bajado hasta allí con el propósito de esconderte. Entonces me niegas el placer y no me queda más remedio que buscarlo sola. Mi carne pregunta ¿por qué así? Así es todo lo que hay, todo lo que habrá... y lo que comenzó con una abstinencia de palabras termina en una secuencia individual de orgasmos con un silencio largo e insomne.

Y pensar que la primera vez que te vi no sentí nada diferente a un fulano de tal siendo presentado a esta aspirante a fulana de nadie... y recordar la chaqueta negra, el pelo largo y suelto que ya no llevo y ese miedo para dirigirme a ti como a un Don a quien había que hacerle reverencia por respeto. Supe de inmediato que eras capitán de tu propia urbe.
Ya olvidé cuánto tiempo ha pasado desde entonces y mis dedos se niegan a contar meses o años porque estan ocupados en lo otro, en escribirte... como si la guerra estuviera de por medio y solo cartas nos permitieran estar comunicados.

La jungla de tu realidad en nada se parece al bosque de la mía. Vivo en la ilusión. Y mientras tanto, me sumerjo en la piscina y pienso en el Ché. No conozco Argentina y lo más cerca que he estado de Cuba ha sido por los besos de habano que me da mi amado. Sí,no quise contártelo. ¿Para qué? Esto de la guerra y la distancia y las urbes, es demasiado. No sobreviviría de otra forma. Además, sospecho bien las obligaciones de tu rango. Esas que te has impuesto a través de décadas siendo testigo de la degradación humana. La soledad es tu mujer. Sin ella no serías lo que eres ni habrías presenciado lo que sólo tú has visto.

El otro día estuve tan enferma que no pude levantarme de la cama ni para buscar el portátil. Fue el día más largo de este año. Te pensé en tu jungla y quise estar fundida de alguna forma allí, contigo. En el anciano que te vendió el billete de lotería o la mujer que te sonrío al cruzar la esquina. Quise transitar las calles que frecuentas o ser luz roja de un semáforo cualquiera en los tres minutos que dura, para ver de cerca tu impaciencia. Obviamente no pude ser nada de eso y el ejercicio de proyectarme junto a ti, me dejó más exhausta que al comienzo.

Estuve en el Festival de Poesía y vi como disparaban palabras para sanar heridas de poetas y ciudades. Me puse mi casco e intenté camuflarme pero una Ukraniana en su acento incomprensible y su figura delgada me acercó a ti cuando mencionó a un crisantemo dorado. Pensé en mis regalos para ti: en el tiempo que ya te compré y no te he dado; en aquella libreta ingenua con dos intentos de retrato y en el beso que te di sobre aquella tarima de un miércoles extraño. Y volví a sentirme acompañada por tu esencia aunque no existan certezas sobre tu presencia.



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