martes, 19 de julio de 2011

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Confieso que aún no comprendo el concepto tiempo. Entre acordes de guitarra, me pierdo. Debe ser cuestión de oído... de niña, las blancas del silencio eran demasiado para mi ansiedad. De tal suerte que mi flauta sonaba sin pausas. Aunque también pudo ser la desconfianza que me despertó un profesor al decir: "No me gustan las mujeres de mano grande porque todo lo que toman les parece pequeño", las mías eran pequeñas y sí algo no quería era a ese profesor en particular. Intenté ser parte del coro pero los timbres de mi voz no me ayudaron en la audición.
Eso sí... solía tocar piano a hurtadillas en la iglesia del colegio mientras todas mis compañeras estaban de recreo. Recuerdo que sin saberlo, logré hacer una melodía pequeña que resultó ser parte de una obra de Chopin. Valeska, que sí estudiaba el instrumento, me mostró el resto pero no fui lo suficientemente ágil como para aprenderla completa. Entonces me limité a tocar el mismo fragmento una y otra vez. Un tono triste y melancólico, que luego se parecería a mí.

A ratos llovía con fuerza sobre los salones y el granizo me sacaba a la grama aunque dieran español o matemáticas. -mis materias favoritas- Ver caer el agua era lo más parecido a entender el paso del tiempo. El recorrido entre una gota y otra en ese suceder atmosférico y temporal alimentaban mi alma de curiosidad. Mi adolescencia era como esas gotas, empecinada en caer, fascinada con el vértigo de mis lecturas y un poco pretenciosa con mi agilidad para las ecuaciones trigonométricas. Álgebra, estadística, geometría y por último lógica. Ojalá pudiera encontrarme nuevamente con Cris Echeverrí. Lo que no hizo por nosotros en estadística lo hizo en lógica p - q, q - r, p - r. Fue maravillosa. La mejor maestra que puedo recordar. Tan honesta que nos decía abiertamente que no le gustaba la estadística así le tocara enseñárnosla.

El tiempo me remonta entonces a los vectores, a la distancia. El tiempo siempre es la distancia entre uno y algo. Entre mis ojos y tu boca, por ejemplo.

Veintiseis pueden ser los días que faltan para mi cambio de frecuencia. Pueden ser también los minutos que me demoré escribiendo esta entrada o el tiempo que me tarde en llegar a casa. Pueden ser los segundos que falten antes de recibir una llamada que no espero. Y muchas otras cosas que no mencionaré. Lo claro es, que debo volver a vivir intensamente. Así como cuando tocaba piano a escondidas y veía la lluvia caer.

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