sábado, 30 de julio de 2011

Entre amigos, músicos y poetas


Crecí en una generación de transición, de los boleros a la electrónica; los X tuvimos una influencia variada. Nuestros padres solían charlar y tomarse de la mano mientras bebían ron y escuchaban a Gardel o Agustín Lara. Noche de Ronda no era cuestión del vigilante de la cuadra sino una melódica declaración de amor que se colaba por las casas con su triste pasar. Y ver bailar a los adultos era un deleite porque no tenían que apretarse para estar conectados. Se sabían los pasos con sólo tomarse de la mano. Era verdaderamente romántico. Cuando cumplí quince años ya Michel Jackson era el rey del rock, los pantalones pitillo estaban de moda y el contacto de la mano para bailar se había roto. Los amigos que querían emular a este artista usaban bolsa para que los jean entraran y se ajustaran como dios manda.
Sólo la salsa (y el merengue) nos ponía de frente y era entonces cuando Joe era nuestro rey local... "La noche" era suya... todo lo que tocase era para bailar, nada para quedarse quieto.  Para cuando compuso "Tal para Cual", la universidad estaba por terminar, pero no había nada más espectacular, que a uno le dedicaran esa canción. El amigo que lo hacía era un poeta por derecho y se llevaba su beso de recompensa...
Y el Sabré olvidar, oportuna en la noche de despecho.
Era entonces cuando los amigos se hacían poetas gracias a la música y relaciones que nunca pensábamos posibles, comenzaban con una canción y tenían de intermedio un inolvidable beso. El que sabía bailar y dedicar era el que más viejas conquistaba. La ley.
Con los años dejamos de bailar, el contacto físico se perdió y nos acostumbramos a las visitas de salón, a los lugares públicos en sentado, en esos que hay ruido pero no música y la deliciosa oportunidad del beso ensoñado se perdió entre cervezas y cócteles baratos.
De hecho, muchas como yo, nos acostumbramos a oir música en el carro y a bailar solas, sentadas, tras el volante... en un ligero movimiento de lado a lado. Eso sí, hay días en que se suben las ventanillas para cantar a todo pulmón y llorar si es del caso. Ese desahogo sigue siendo lo máximo. Nada que ver con los matrimonios donde nadie baila igual. Pura teoria del recato.
Daría lo que fuera por reencontrarme con mis amigos poetas, con Luis Cruz, Diógenes Echeverri o  Sergio Tobón. Los invitaría a bailar, a desabrocharse la corbata. Y brindaría por ellos... por la osadía de otros tiempos, por sus mujeres, por la dulce memoria que los trae a mis pies descalzos.

viernes, 29 de julio de 2011

El tesoro del saber

"En los libros encontrarás, el tesoro del saber..." era el programa que me esperaba al regresar del colegio todas las tardes. Un baúl se abría y pequeñas dosis de conocimiento alimentaban mi alma infantil. Con los años encontré muchas otras cosas en los libros: sables, lágrimas y dolores también. Cómo si no a través de una buena historia, una muchacha como yo se acercaría a un mundo como el de Alicia, no el país de las maravillas, al de Alicia nacida inocente. O al de Escapa Chris... los libros me enseñaron a decirle No a la Droga y a querer vivir el amor... Con el tiempo, aprendí a no censurar el afecto bajo ninguna de sus manifestaciones. También a respetar todas las posibles decisiones como la de Princese de Cléves de Madame de Lafayette. En muchos personajes femeninos vi el horizonte acaecer primero y por eso me fasciné con hombres como Melquiades o Lanzarote (el de Steinbeck) y por supuesto no puedo dejar de incluir a Grenouille. Magos, asesinos o amantes que solían ver más allá de la punta de su nariz. Aunque siempre estará Margarite Duras para hacerme dudar... 
Hoy tengo un tesoro de ocho volúmenes que no sé dónde esconder. Es para un baúl de adultos y bajo triple llave. Ya los leí, y aunque no estoy segura de todo lo que aprendí, no quiero tener la tentación de releerlos. En el saber no nos advierten que hay libros que se convierten en biblias personales, libros que viajan en tu bolso, que te espían mientras vas al baño, que duermen contigo en la mesa de noche y se parecen tanto a ti, que subrayarlos es como someterte a cirugía plástica. Estos volúmenes son así, y les digo volúmenes en lugar de libros porque siento que me hablan. En ellos encontré tantas voces... me di cuenta por ejemplo que también era capaz de odiar y ese encuentro fue brutal. Supe que podía dejarme llevar por la ira y el remordimiento casi me destroza. Esos volúmenes exorcizaron mis demonios y no sé si agradecerles, amarlos u odiarlos por ello. Lo que sí es claro es que no los necesito más. Son como el Zahir... ahora, con permiso, tengo instrucciones para llorar.



Desdén

                                                             Fotografía: Jose Luis Ruiz

-Manuela no voy a repetírtelo otra vez. Cierra ese computador y ven a comer.
-Pero mamá...
-Nada de mamá. ¿Otra vez estás chateando con Julián?
-Ojalá...
-¿Y qué pasó pués mija?
-Pues que Julián no tiene tiempo sino para su moto y nada más. El viernes compite entonces no hace más que entrenar.
-Ya veo. Come bien. No dejes que eso te afecte. Julián no es el único muchacho en el mundo. Ya vendrán más.
-Pero mamá es que yo no quiero a nadie más. Yo quiero a Julián. Así como tú debiste querer a papá.
-No hablemos de tu padre ahora Manuela. Se trata de ti, de ese computador que no sueltas y de Julián.
-En tu época no existía esto mamá. Para ti debió ser más duro, ustedes eran unas duchas en esperar y esperar. Yo no  sirvo para eso... que me diga si le gusto o no y pare de contar.
-¿Y si no le gustas qué Manuela? ¿Lo vas a aceptar?
- Sabes como soy mamá. Lo terminaría aceptando porque igual eso no se puede forzar.
- ¿Y Luis?
- ¿Qué hay con él?
- He visto cómo te mira. ¿No te has dado cuenta?
- Cómo se te ocurre mamá, él es un amigo no más.
- Ves que siempre querés al que no podes tener.
- ¿Por qué dices siempre? Julián no es todas las veces o es que ¿han habido más?
- Dejémoslo así. Vamos a lavar los trastes.

A la mañana siguiente Manuela no se quiere ni levantar. Se baña y toma el bus a tiempo con las manos entre las mangas por el frío con que amaneció la ciudad. Mira la banca de atrás donde usualmente se sienta Julián y verla vacía la pone a llorar. Lo disimula tomando agua de su termo pero el bus luce tan ajeno como lo demás. Sabe que sus amigas la miran pero elude todos los ojos que pretendan encontrarla. Agacha la mirada y se hace la dormida en lo que queda del trayecto. Llegan al colegio y bosteza de pensar en natación. Planea entonces la forma de subir a enfermería y que la dejen en camilla durante esa hora. Esta enferma pero no de lo habitual. No duerme bien, no quiere comer...  En la enfermería sin quererlo comienza a charlar con la enfermera sobre Julián -en el colegio todos lo conocen- y ella le pregunta cuándo fue la última vez que lo vio o si ha hablado con él desde que partió a competencia. Manuela le contesta que no sabe nada de él desde hace una semana; y que daría la vida por una llamada. La enfermera le cuenta de los deportistas de las grandes ligas, de la concentración, y de la separación de familiares y amigos como parte del régimen para mejores resultados. Manuela no lo había pensado así. Igual no importa, su corazón ya está fracturado. Sube entonces al laboratorio y se deja seducir por los tubos de ensayo con las reacciones de colores. 
-¿Cómo estás? -le pregunta Luis de repente.
- Bien. Tratando de resolver el ejercicio.
-Puedo trabajar contigo si te parece bien.
- Sí, por qué no. Es entonces cuando recuerda las palabras de su madre pero ya es tarde.
- Luis tiene la bata puesta y las manos en acción.  
Manuela se deja llevar...un poquito de atención es todo lo que necesitaba para notar que salió el sol y que sin ofender a nadie, nada de exclusivo tiene su corazón.

Fotografía: Jose Luis Ruiz 

jueves, 28 de julio de 2011

Me receto un día de silencio



Me receto un día de silencio como sí se tratara de un ayuno. No silencio de retiro sino silencio de ciudad. Ser capaz de levantarme y no hablar ni para dar los buenos días ni para salir a trabajar. Un día sin contaminar. Escuchar por ejemplo el trueno que ahora sacude mi cielo y sentir cómo suena... diferente.
Llegar a la oficina y no hacer estación en ningún lugar, no hablar con nadie, ni siquiera con mi reflejo en el espejo las cuatro veces que voy al baño en la mañana y las dos o  tres, que siempre son menos en la tarde. Hacer silencio, no pedir nada, ver que llega. Dejar que la extensión suene y negar con los dedos si es urgente cuando vengan a buscarme.(Lo siento. No puedo pasar.)
Me receto un día de silencio como si estuviera afónica. Como si mi voz se hubiera ido y con ella mis ganas de comunicar. Tampoco le daría permiso a mis manos de andar escribiendo mensajes de aquí para allá. Ayuno. No diría te amo; y sería raro pasar un día sin decirlo. Tampoco diría te extraño en palabras simples y eso sería más raro aún. Comenzaría a llover y yo no me quejaría por el frío. Se me atravesaría un auto en la vía y no le pitaría como es usual. En últimas, no sería ni proactiva ni reactiva.
Sería un ser silente. No sé si podría soportar los juegos electrónicos de mi hijo y si podría suprimir la órdenes que doy cada noche de Apagar y A Dormir pero algo se me ocurriría para entonces, de modo que mi ayuno no se vería saboteaedo.
El verdadero problema sería entonces la noche, cuando llegues tú. Cuándo quieras hablar de mí día y quieras contarme el tuyo. No tendría más remedio que hacerme la dormida para evitar comparaciones y que tú creas que estoy jugando a la sirenita.
Y luego qué... despertaría otra vez con los ruidos del mundo jugando a hacerme insoportable la vida. Con la guadañadora del martes como el peor. Con los aullidos de mi perro en segundo lugar y con mi voz irreconocible siendo grabada para el tiempo en las paredes que se creen mi hogar. Una voz que ni yo reconozco cuando es grabada porque siempre suena a alguien más. Quizás por eso prefiero la imagen, así uno no guste del reflejo uno sabe como luce. Uno jamás puede confiar en cómo suena. Siempre está el tono, el timbre, el momento.
Estoy en mute ...el ayuno no ha comenzado pero desde ya no quiero oírme. Mis notas estan bajas y sé que la voz que quiere salir, está triste. Lo lamento, no tengo tiempo para tristezas inútiles ni para soledades inventadas. Sellaré mis labios como el sobre de una carta y haré lo propio con los pensamientos que ascienden y descienden desde este finito mío, como si se tratara de pimienta molida, para un mundo condimentado con toda clase de especias.



miércoles, 27 de julio de 2011

Espero curarme de ti - Jaime Sabines

¨Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral de turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera de amor quemado. Y también es el silencio. Porque las mejores palabras de amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando te digo: ¨Qué calor hace¨, ¨dame agua¨, ¨¿sabes manejar?¨,¨se hizo de noche...¨ Entre las gentes a un lado de tus gentes y las mias, te he dicho, ¨ya es tarde¨, y tú sabías que te decía: ¨te quiero¨.)
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tu quieras: guárdalo, acarícialo, tíralo a la basura. No sirve es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para estar entrando a un panteón.¨


martes, 26 de julio de 2011

Rilke y el amor

Antes de graduarnos, el profesor de física llegó un día con un extraño regalo: una fotocopia de una de las cartas de Rainer Maria Rilke firmada con un la mejor de las suertes, con cariño, Jairo.
Y digo extraño porque tan sólo estuvo como docente con nosotros un año y sin embargo amaba tanto la física y la enseñanza que quiso dejarnos algo más que ecuaciones y problemas por resolver. Nos acercó a Rilke. Hoy, si me preguntan cómo era Rilke yo diría que tenía un aire a Jairo, así, canoso, algo ensimismado, con una mano en el bolsillo y siempre un lápiz y algo con qué anotar en la otra.
¿Ahora bien, qué decía la carta?.Por efecto doppler se las comparto.

Roma, villa Strohl-Fern, 29 de abril de 1904
Querido Friedrich:
      Hemos tenido abundantes noticias de ti en este tiempo a través de madre y, sin conocer más detalles precisos, adivinamos, sin embargo, que pasas una época difícil. Madre no podrá ayudarte; de hecho, en el fondo nadie puede ayudar a nadie. Esto es lo que se vuelve a aprender siempre en todo conflicto y en cada confusión: que uno está solo.
      Esto no es tan malo como parece a primera vista. Porque es al mismo tiempo lo más positivo en la vida: que cada uno lo tiene todo en sí mismo, su destino, su porvenir, su espacio y todo su mundo. No es menos cierto también que hay momentos en que es difícil permanecer en sí mismo y aguantar; ocurre que, justo en los momentos en que más firmemente y, casi diría, más obstinadamente que nunca uno debería aferrarse a sí mismo, se adhiere a algo exterior. Demasiado a menudo sucede que, con ocasión de importantes acontecimientos, se traslada al centro propio desde uno mismo a algo extraño, a otro ser. Obrar así significa ir contra la más elemental ley del equilibrio; de aquí sólo pueden surgir dificultades y pesadumbres.
      Clara y yo, querido Friedrich, nos hemos hallado de acuerdo y nos hemos entendido precisamente en que toda vida en común sólo puede consistir en fortalecer dos soledades vecinas y que todo lo que suele llamarse don de sí, abnegación, perjudica esencialmente el corazón de la vida en común: pues si uno se abandona, ya no es nada, y si dos seres renuncian a sí mismos para encontrarse, ya no hay suelo bajo sus pies, y su vida conjunta es una continua caída. No sin grandes dolores, mi querido Friedrich, nos hemos dado cuenta de esto, y todo el que quiera llevar una vida propia ha de aprenderlo de una u otra forma.
      Alguna vez, cuando sea más maduro y tenga más años, quizá llegue a escribir un libro para jóvenes. No porque crea haber aprendido mejor que otros, al contrario, sino porque todo se me ha hecho mucho más difícil que a los demás ya desde la infancia y a lo largo de toda mi juventud.
      Una y otra vez he tenido que rehacer la experiencia de que apenas hay algo más difícil que amarse. Que el trabajo es ganar el jornal de cada día; sí, Friedrich, el jornal. Dios sabe que no tenemos ninguna otra palabra para expresarlo. A esta observación hay que añadir otra: que los jóvenes no están preparados para tan difícil amor, pues todas las convenciones sociales han intentado convertir en trivial y frívola esta complicadísima y suprema relación, y les ha hecho caer en el espejismo de que estaba al alcance de todos. No es así. El amor es difícil, más difícil que lo demás, porque, en otros conflictos, la Naturaleza misma invita al ser humano a concentrarse, a recogerse en sí mismo con todas sus fuerzas, mientras que la exaltación amorosa acecha la tentación de abandonarse del todo. Piensa sólo esto: ¿puede ser algo hermoso entregarse no como un todo ordenado sino a ciegas, pedazo a pedazo, como venga a mano? Semejante entrega, que se parece tanto a arrojar o a desagarrar, ¿puede ser algo bueno, dicha, alegría, progreso? No, no puede serlo… Antes de regalar flores a alguien, las encargas antes, ¿no es verdad? Pero los jóvenes que se quieren, con toda la impaciencia y prisa de su pasión, se arrojan uno en brazos del otro y no aprecian qué carencia de mutua valoración hay en esa entrega desordenada; sólo lo notan con asombro y desgana en el desacuerdo que no tarda en surgir a causa de todo ese desorden. El desacuerdo que se instala entre ellos agrava la confusión de día en día, ninguno de ellos tiene ya en torno suyo nada inalterado, nada que sea auténtico; metidos en una ruptura irreparable tratan de mantener la apariencia de su dicha (pues por causa de la dicha hubo de ser todo eso, sin embargo). ¡Ay!, apenas pueden ya darse cuenta de qué entienden por “dicha”. Cada cual, en su inseguridad, se vuelve más y más injusto contra el otro: los que sólo soñaban con una mutua benevolencia, se tratan ahora de modo tiránico e intolerante, y en la necesidad de salir al precio que sea de esa confusión insoportable cometen la mayor falta que pueda manchar las relaciones humanas: ceden a la impaciencia. Se empujan a una conclusión, a una decisión que creen definitiva; intentan fijar de una vez para siempre su relación, cuyas sorprendentes alteraciones les han asustado, para que, en adelante, sea “eternamente” (como dicen) la misma. Este es sólo el último eslabón en esa larga cadena de errores que se sueldan uno con otro. Pues ni siquiera lo muerto se deja fijar definitivamente (se corrompe y cambia a su manera). ¡Cuánto menos se puede tratar lo vivo decisivamente, de una vez por todas! Vivir es justamente transformarse, y las relaciones humanas, que son lo esencial de la vida, son lo más mudable de todo, lo más fluctuante, y los verdaderos amantes son seres en cuya relación y contacto ningún momento es idéntico a otro; seres entre quienes nunca tiene lugar algo habitual, algo que ya haya existido alguna vez, sino lo puramente nuevo, lo inesperado, lo inaudito. Existen tales relaciones de las que debe surgir una dicha inmensa, casi invisible, pero sólo pueden entablarse entre personas de gran riqueza, entre seres ya ordenados, concentrados. Sólo dos mundos singulares, amplios y profundos, pueden unirse.
      Salta a la vista que los jóvenes no pueden garantizar semejante relación, pero si comprenden adecuadamente su vida, pueden alzarse despacio hasta esa dicha y prepararse para ella. Si aman, no han de olvidar que son principiantes, aficionados, aprendices del amor, deben aprender el amor, y para eso, como en todo aprendizaje, hace falta paz, paciencia y concentración.
      Tomar el amor en serio, padecerlo y aprenderlo como un trabajo. Esto es, Friedrich, lo que los jóvenes necesitan. La gente también ha malentendido, como tantas otras cosas, la posición del amor en la vida, lo ha convertido en juego y pasatiempo, porque se creía que el juego y la diversión son más felices que el trabajo; pero no hay nada más dichoso que el trabajo; y el amor, precisamente por ser la suprema dicha, no puede ser sino trabajo. Quien ama, debe intentar comportarse como si tuviera ante sí un gran trabajo: debe estar muy solo y entrar en sí, concentrarse y consolidarse; debe trabajar, ¡debe ahorrar, y reunir, y producir miel!
      No hay que desesperar nunca si se ha perdido algo, una persona, una alegría o una dicha: todo vuelve de nuevo con mayor esplendidez. Lo que debe desprenderse, cae: lo que nos pertenece, permanece en nosotros, pues todo obedece a leyes que superan nuestra comprensión y con las que sólo aparentemente estamos en desacuerdo. Hay que vivir en uno mismo y pensar en la totalidad de la vida, en sus millones de posibilidades, de vastedades y de futuros, ante los cuales no hay nada pasado ni perdido.
      Pensamos mucho en ti, querido Friedrich. Estamos convencidos de que habrías encontrado por ti mismo esta salida personal a cualquier crisis, la única eficaz, si no estuvieras lastrado con el peso de tu año de servicio militar. Recuerdo que, tras la cárcel de la Escuela militar, mi sed de libertad y los altibajos de mis sentimientos acerca de mí mismo (que sólo poco a poco pudo curarse de las heridas y de los golpes recibidos entonces) me arrojaron a extravíos y a sueños absolutamente ajenos a mi vida; afortunadamente tuve suerte en mi trabajo. En él me reencontraba a mí mismo como hago ahora cada día. Ya no me busco en ninguna otra parte. Así actuamos y así vivimos, tanto Clara como yo. Seguro que también lo lograrás. Ten ánimos porque todo se encuentra delante de ti y las épocas en las que pesan las dificultades nunca son tiempo perdido.
      Te saludamos, querido Friedrich, con todo nuestro afecto.
                                                                                                                     Rainer y Clara


viernes, 22 de julio de 2011

Condensada





- Quédate así, justo así: mirando por la ventana.
- ¿Seguro Don Salvador?
- Seguro.
- Vea que aún tengo pendiente el almuerzo y no tarda en llegar Doña Gala.
- No te preocupes, de ella me encargo yo.

… no era una mujer alta con garbo la que mi silueta dibujaba. Era una morena bajita y gruesa de pelo ondulado. Y era tanto lo que me ofrecía su espalda que no sabía si debía o no, dibujar el mar que pasaba por la ventana. Ella estaba ahí, transcurría como las olas sin decir nada. –Más vale que no llegue Gala…–

-¿Está todo bien maestro?, ¿puedo moverme o sigo así, mirando por la ventana?
- Sigue así y no te preocupes más, suéltate. Cuéntame por ejemplo que ves a tu izquierda.
- Veo veleros en la costa y niños jugando en la playa.
- Sigue mirando.

Es muy grueso este marco. Necesito más blanco. Y qué tal un poco de azul en las cortinas y quizás dos rayas iguales desde su cuello hasta su falda… sí eso es lo que quiero. 

-Háblame más del horizonte que dibujan tus ojos, mira que los demás no podrán adivinar tu calma y mal haría yo en no saber al menos qué es lo que callas.
- El horizonte tiene gaviotas. ¿Ya las pintó?
- En eso estoy.
- Siempre me han gustado las gaviotas y esas cometas que hacen para imitarlas. Lo bueno de las cometas es que uno puede llevarlas a casa y en la noche soñar con que no son falsas.
- ¿Con qué más sueñas?
- La verdad Maestro es que no me acuerdo, pero sé que siempre sueño en azul.
- ¿En azul dices? ¿Y cómo lo sabes?
- No sé, simplemente es el color que recuerdo.

La muchacha en la ventana soñaba en azul, sería coincidencia o físico poder de atracción del arte, sería tal vez cuestión de paleta: justo ahora que el turquesa se agotaba ella hablaba del azul de sus sueños. Mi ventana se veía pequeña para sus sueños y aunque no quise captar su mirada sabía que era el horizonte quien la miraba. En algún punto hizo una inflexión con su pie derecho. No le dije nada. Continúe acariciando su silueta, le di volumen a la falda, hice el contorno de sus piernas y en ambos pies, dibuje baletas. 

- ¿Bailas?
- Sí.
- ¿Tienes algo entre las manos?
- Ah, sí, el trapo de sacudir. 
- Ponlo recostado en el marco.
- ¿Así?
- Sí, gracias. Ya casi termino para que hagas lo tuyo antes de que llegue Gala.
- Bueno Maestro, ya comenzaba a sentir calambres.

Y la tarde pasó con un almuerzo simple al que le hizo falta mucho más que sal. Gala no hizo más que renegar: -¿Y tú de qué te ríes Salvador? No es para esto que pagamos servicio. Y el artista se limitó a sonreír mientras removía de sus bigotes el azul, casi verde que logró con las cortinas. Se levantó sin decir más y se acostó en su colchón del estudio a mirar el mar. Aquel mar que observaba una mujer condensada en su ventana.



Marzo de 2010

jueves, 21 de julio de 2011

Auxíliame Leandro, que en Leuconóe me pierdo

No pretendas saber (que es imposible) 
cuál fin el cielo a ti y a mí destina, 
Leucónoe, ni los números caldeos 
consultes, no; que en dulce paz, cualquiera 
suerte podrás sufrir. O ya el tonante  
muchos inviernos a tu vida otorgue, 
o ya postrero fuese el que hoy quebranta 
en los peñascos las tirrenas ondas, 
tú, si prudente fueres, no rehúyas 
los brindis y el placer. Reduce a breve  
término tu esperanza. La edad nuestra 
mientras hablamos envidiosa corre. 
¡Ay! goza del presente, y nunca fíes, 
crédula, del futuro incierto día.


Leandro Fernández de Moratín
Traducción de Horacio


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Auxíliame Leandro, que en Leuconóe me pierdo. Yo la entiendo. Una vez se consulta el futuro incierto uno cree vivir esa ilusión tardía... como si se tratara del presente mismo. Cuentas los minutos, los días, las horas y sin darte cuenta te vas consumiendo. El forastero prometido nunca cruza tu ventana y tu vestido de lino de repente tiene más arrugas que tu cara. Dime ¿cómo hago para reducir a breve mi esperanza? Las mujeres buscamos el amor en una tirada de cartas. Los hombres sacan números para cubrir apuestas y remontar hazañas. Así  ha sido desde el principio y nada ha cambiado desde entonces. 
Vivo en invierno en una ciudad de primavera. Auxíliame Leandro que no soy prudente y ya olvidé cuándo fue la última vez que brindé de corazón . Tal vez estoy equivocada y es a Horacio a quien deba acudir. En su oda original no menciona la esperanza y es Júpiter quien regala inviernos como si los años fueran garantía de una buena balanza. Si regalara templanza, tal vez... Ahora estoy es confundida entre las dos Leuconóe. Vaya suerte: yo soy Leuconóe. La tercera, la cuarta, la quinta o la trigésima. Gozaré del día que termina y dejaré guardada mi curiosidad de mujer.

  








martes, 19 de julio de 2011

26




Confieso que aún no comprendo el concepto tiempo. Entre acordes de guitarra, me pierdo. Debe ser cuestión de oído... de niña, las blancas del silencio eran demasiado para mi ansiedad. De tal suerte que mi flauta sonaba sin pausas. Aunque también pudo ser la desconfianza que me despertó un profesor al decir: "No me gustan las mujeres de mano grande porque todo lo que toman les parece pequeño", las mías eran pequeñas y sí algo no quería era a ese profesor en particular. Intenté ser parte del coro pero los timbres de mi voz no me ayudaron en la audición.
Eso sí... solía tocar piano a hurtadillas en la iglesia del colegio mientras todas mis compañeras estaban de recreo. Recuerdo que sin saberlo, logré hacer una melodía pequeña que resultó ser parte de una obra de Chopin. Valeska, que sí estudiaba el instrumento, me mostró el resto pero no fui lo suficientemente ágil como para aprenderla completa. Entonces me limité a tocar el mismo fragmento una y otra vez. Un tono triste y melancólico, que luego se parecería a mí.

A ratos llovía con fuerza sobre los salones y el granizo me sacaba a la grama aunque dieran español o matemáticas. -mis materias favoritas- Ver caer el agua era lo más parecido a entender el paso del tiempo. El recorrido entre una gota y otra en ese suceder atmosférico y temporal alimentaban mi alma de curiosidad. Mi adolescencia era como esas gotas, empecinada en caer, fascinada con el vértigo de mis lecturas y un poco pretenciosa con mi agilidad para las ecuaciones trigonométricas. Álgebra, estadística, geometría y por último lógica. Ojalá pudiera encontrarme nuevamente con Cris Echeverrí. Lo que no hizo por nosotros en estadística lo hizo en lógica p - q, q - r, p - r. Fue maravillosa. La mejor maestra que puedo recordar. Tan honesta que nos decía abiertamente que no le gustaba la estadística así le tocara enseñárnosla.

El tiempo me remonta entonces a los vectores, a la distancia. El tiempo siempre es la distancia entre uno y algo. Entre mis ojos y tu boca, por ejemplo.

Veintiseis pueden ser los días que faltan para mi cambio de frecuencia. Pueden ser también los minutos que me demoré escribiendo esta entrada o el tiempo que me tarde en llegar a casa. Pueden ser los segundos que falten antes de recibir una llamada que no espero. Y muchas otras cosas que no mencionaré. Lo claro es, que debo volver a vivir intensamente. Así como cuando tocaba piano a escondidas y veía la lluvia caer.

lunes, 18 de julio de 2011

Carta a un soldado de urbe

Cada vez me cuesta más la abstinencia de palabras para ti. Quizás porque son la única caricia con la que puedo acercarme sin permanecer. Amistad es como tú lo llamas y donde yo me pierdo una y otra vez en el dolor de no saberme tu aroma. Me pregunto entonces si la amistad desea así y siento que tal vez sí, por qué no. Dilatada, me duermo rogando por verte en sueños pero has bajado hasta allí con el propósito de esconderte. Entonces me niegas el placer y no me queda más remedio que buscarlo sola. Mi carne pregunta ¿por qué así? Así es todo lo que hay, todo lo que habrá... y lo que comenzó con una abstinencia de palabras termina en una secuencia individual de orgasmos con un silencio largo e insomne.

Y pensar que la primera vez que te vi no sentí nada diferente a un fulano de tal siendo presentado a esta aspirante a fulana de nadie... y recordar la chaqueta negra, el pelo largo y suelto que ya no llevo y ese miedo para dirigirme a ti como a un Don a quien había que hacerle reverencia por respeto. Supe de inmediato que eras capitán de tu propia urbe.
Ya olvidé cuánto tiempo ha pasado desde entonces y mis dedos se niegan a contar meses o años porque estan ocupados en lo otro, en escribirte... como si la guerra estuviera de por medio y solo cartas nos permitieran estar comunicados.

La jungla de tu realidad en nada se parece al bosque de la mía. Vivo en la ilusión. Y mientras tanto, me sumerjo en la piscina y pienso en el Ché. No conozco Argentina y lo más cerca que he estado de Cuba ha sido por los besos de habano que me da mi amado. Sí,no quise contártelo. ¿Para qué? Esto de la guerra y la distancia y las urbes, es demasiado. No sobreviviría de otra forma. Además, sospecho bien las obligaciones de tu rango. Esas que te has impuesto a través de décadas siendo testigo de la degradación humana. La soledad es tu mujer. Sin ella no serías lo que eres ni habrías presenciado lo que sólo tú has visto.

El otro día estuve tan enferma que no pude levantarme de la cama ni para buscar el portátil. Fue el día más largo de este año. Te pensé en tu jungla y quise estar fundida de alguna forma allí, contigo. En el anciano que te vendió el billete de lotería o la mujer que te sonrío al cruzar la esquina. Quise transitar las calles que frecuentas o ser luz roja de un semáforo cualquiera en los tres minutos que dura, para ver de cerca tu impaciencia. Obviamente no pude ser nada de eso y el ejercicio de proyectarme junto a ti, me dejó más exhausta que al comienzo.

Estuve en el Festival de Poesía y vi como disparaban palabras para sanar heridas de poetas y ciudades. Me puse mi casco e intenté camuflarme pero una Ukraniana en su acento incomprensible y su figura delgada me acercó a ti cuando mencionó a un crisantemo dorado. Pensé en mis regalos para ti: en el tiempo que ya te compré y no te he dado; en aquella libreta ingenua con dos intentos de retrato y en el beso que te di sobre aquella tarima de un miércoles extraño. Y volví a sentirme acompañada por tu esencia aunque no existan certezas sobre tu presencia.



miércoles, 13 de julio de 2011

Clementine


-Mamá, ya sé qué puede ser peor que un payaso
-¿Qué mi amor?
-Una payasa

Y razón tenía el niño para hacer tal acusación. Los payasos eran lo peor del circo sencillamente porque se creían lo mejor. Las payasas no. Estaban ahí porque no había otro lugar para ellas. No eran buenas en las alturas y solían temer a los animales. Eran parte del circo por ser hijas, recogidas o parientes de veteranos de la familia pero no tenían los dotes histriónicos necesarios para sobrevivir al espectáculo. Eran tímidas en su mayoría y al final cedían a una prostitución clandestina entre bastidores y remolques. No necesitaban lucir una nariz grande y roja lloraban con frecuencia y la mantenían así. El maquillaje por su parte, endurecía sus facciones y le daba un aspecto grotesco a su apariencia. Las luces del vestuario apenas si cubrían lo necesario y no tenían más joyas que unas flores pintadas con aerosol como gargantilla. En el circo siempre había una máximo dos. Entre ellas se encargaban de pelear por la plaza hasta desalojar a la otra. Eran tan tristes que no aceptaban ni compartir su sombra.

-¿Y dónde viste una payasa amor?
-Ahí mamá- señaló el niño tras el telón.
-¿Pero no actúa?
-No sé. Se ve tan triste mamá... y el niño se pone a llorar.

La madre furiosa, se abre paso entre la multitud que ha comenzado a salir; con la intención de ponerle la queja al maestro de ceremonia.
-Mire lo que ha hecho usted con la payasa que esconde.
-¿Qué, qué? No comprendo señora. ¿Qué quiere decirme?
-Hay una mujer, o una niña allí. Mi hijo la visto y lo ha puesto a llorar.
-Ah... Clementine. Clementine, sal de ahí.
Y la payasa sale con su maquillaje disperso sin levantar la mirada del piso.
-¿Has visto a este niño? dice haberse asustado por ti. Es tú última noche en el circo.
-¿Está usted satisfecha señora?
-Y la mujer se marcha como si hubiera logrado justicia.

-Tranquila Clementine. Tenemos que trabajar más en ti. Eres una promesa para este circo. Cree en mí.
Clementine se sube al remolque de su viejo patrón... a esperar con la poca fe que le queda que al día siguiente le den el papel que la convierta en estrella.

lunes, 11 de julio de 2011

No lo pierdas de vista mujer




No los vi apagarse ni fundirse. No me dijeron adiós ni hasta pronto. Desaparecieron con la marea gris de una bahía en el Atlántico. Zarparon en búsqueda de tu amada aventura del mar. Dejaste todo por unas cuantas olas, por un sol fosforescente y la vaga idea de pescar. No eras capitán ni marinero. Un simple polizón aventurero. Eso sí, buen cocinero. Por eso te aceptaron y te dieron por hogar una cocina, muchas cebollas y pescados de todos los tamaños y familias para mantener a la tripulación nutrida y alegre. Aceptaste con gusto ese olor nauseabundo; el abrir vísceras y extraer negros intestinos. Al fin y al cabo, tu cocina, tenía ventanas, redondas y doradas; desde donde podías ver el va y ven de las olas y escuchar el sonido del motor en el agua. El primer puerto sería Curazao. Y te alegraba pensar en papiamento. Aunque sólo hubieras escuchado de él y tus oídos aún no estuvieran familiarizados con su acento; soñabas con una mujer que te susurrara en su dialecto y marearte con tierra como quien se marea en el carrusel de un parque infantil.
Aún el puerto estaba lejos, las cebollas comenzaban a escasear y los habanos se confundían con cigarrillos baratos y discusiones frecuentes. El barco era uno de noche y otro de día. El guayabo de los marineros los hacía torpes y lentos mientras la ansiedad por ron los entusiasmaba al caer la tarde. Tú seguías mirando por tus ventanas de huevo. Rara vez salías a cubierta. Sólo cuando todos dormían y podías garantizarte viento y silencio. Eran mañanas frías. -El agua de mar también se evapora. - Te dijiste una vez, al ver la bruma sobre las cálidas aguas. Y sentiste ese impulso de saltar y nadar pero sabías bien que para quitar la sal tendrías que bañarte largo y ya el agua dulce también era escasa. Creías traer tus papeles en orden hasta que divisaron tierra y viste el sello de tu visa: vencida. No habrías viajado tanto para ser deportado así que te escondiste bien en tu cocina. Cuando el barco ancló en puerto dejaste que todos se bajaran y comprendiste con rigor lo que era ser un polizón. Todos llamaban tu nombre y tú no podías exponerte a ser encontrado. Te escondiste con tus cosas en lugares calientes hasta que se cansaron de buscarte. Luego sí saltaste al agua y llegaste hasta la orilla con dificultad. Una fogata hizo que te acercaras en busca de calor y allí una mujer te habló en la lengua que esperabas. No entendiste nada. No supiste que contestar. Dibujaste una casa con tus pies en la arena de la playa y ella supo entender que no tenías lugar para pasar la noche. Te llevó a su choza. Una de paredes color pastel. Con sillas de cemento como recibidor y conchas colgando del techo en el salón. Necesitabas darte una ducha y ella lo noto. Abrió la cortina del baño y te esperó. Al salir había una estera sobre el salón y un poco de té cuyo sabor no supiste adivinar. Fundido, te dormiste... extrañado de haber confiado en una extraña de la que no sabías su nombre. Podría delatarte al día siguiente si quisiera, pero tenías que correr el riesgo y esperar que otra suerte te socorriera.
Al dormir soñaste con Carmen. En el adiós que no le diste. En sus ojos sobre el tarot y sobre ti. Has de viajar. Te había dicho. No le creíste. Y ahora aquí estabas lejos de ella y de sus ojos pero no de su alcance.

domingo, 10 de julio de 2011

El Amenazado

ES EL AMOR. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado pero como siempre es la única.
De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición,
el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y espadas,
la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven
amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave,
ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

JORGE LUIS BORGES
El oro de los tigres

Encontré el poema como quien encuentra un pistacho en un paquete de maní. Disfrútenlo.

jueves, 7 de julio de 2011

Setenta y dos grados en una cabina telefónica



A setenta y dos grados por encima de tu cuello, me imagino un beso pitagórico. Mis manos forman una elipse a tu alrededor; muy por debajo de tus focos. No puedes moverte. Estás atrapada. Inmovilizada por mí, para el deleite. Te beso entonces y olvido la matemática, me entrego a la química de tu sabor. No me conoces pero tampoco me temes. No gritas ni quieres hablar. No me miras como si con indiferencia pudieras frenar lo que sabes sucederá.

Setenta y dos grados, latitud norte de tu cuello, soy el amo de tu silencio. Setenta y dos grados sur del mismo momento, mis manos entre tus senos... espero la señal de tus pezones para hacer cartografía con tu cuerpo.

¿Te busqué yo a ti o estabas esperándome? Tu boca no me dice nada más que la voluptuosidad de tus labios en ese brillo rosado y chispeante. Por un momento tus ojos se detienen en mí. Me miras con presunción y sin asco. Tu mano entonces se desliza por mi pierna y sube hasta agarrarme el sexo.

-Abre la puerta de la maldita cabina o te las dejo sirviendo para nada.
Si tenías voz después de todo.

Obedezco y abro. Te veo partir y me quedo entonces con la matemática y la química de ese primer impacto.

martes, 5 de julio de 2011

¿Vidas miserables o seres sin imaginación?



El dolor... oh sí, el dolor y el sufrimiento parecen haber invadido el globo terráqueo a manera de colonización. Hoy en día, no hay noticiero sin muertos ni tragedias y al estar informados estamos de alguna forma contaminados. El miedo es el rey del siglo. El 2012 se hace cada vez más próximo y a ratos pienso que hace rato nos quedamos estancados en ese año por algún error matemático o una imprecisión astrológica. ¿El terremoto de Japón pudo ser un evento apocalíptico? Quién sabe... las creencias están más devaluadas que el dólar pero sí algo no ha podido fundir la globalización son las tradiciones.

"Donde fueres haz lo que viereis" ha sido la consigna del comercio y de la supervivencia en "el extranjero" desde nuestros comienzos. De modo que los viajeros prueban la comida, la vida y las mujeres de tierras extrañas para enamorarse del cambio o recordar cuánto extrañan su hogar. Mientras hay personas con dos o tres ciudadanías que viajan por el mundo con un maletín o morral al hombro, hay millones de seres que no conocen ni siquiera el mar. El abismo entre la pobreza y la riqueza se parece a un rascacielos sin ascensor ni escaleras.

Recuerdo entonces la pirámide motivacional de Maslow y creo que la administración se basó en la esclavitud sin darse cuenta. ¿Qué porcentaje de la humanidad está en la cima de la pirámide? ¿Quiénes logran la autorealización? ¿Está el sistema facultado para dar las suficientes oportunidades a los individuos de modo tal que al menos los peldaños uno y dos estén satisfechos? No sé.Pocas. No. No.

Concepto de jerarquía de necesidades de Maslow
Muestra una serie de necesidades que atañen a todo individuo y que se encuentran organizadas de forma estructural (como una pirámide), de acuerdo a una determinación biológica causada por la constitución genética del individuo. En la parte más baja de la estructura se ubican las necesidades más prioritarias y en la superior las de menos prioridad.

Así pues, dentro de esta estructura, al ser satisfechas las necesidades de determinado nivel, el individuo no se torna apático sino que más bien encuentra en las necesidades del siguiente nivel su meta próxima de satisfacción. Aquí subyace la falla de la teoría, ya que el ser humano siempre quiere más y esto está dentro de su naturaleza. Cuando un hombre sufre de hambre lo más normal es que tome riesgos muy grandes para obtener alimento, una vez que ha conseguido alimentarse y sabe que no morirá de hambre se preocupará por estar a salvo, al sentirse seguro querrá encontrar un amor, etc.

La Jerarquía de Maslow plantea que las personas se sentirán más motivadas por lo que buscan que por lo que ya tienen.

El comportamiento humano pude tener más de una motivación. El comportamiento motivado es una especie de canal que puede ayudar a satisfacer muchas necesidades aisladas simultáneamente.

Ningún comportamiento es casual, sino motivado; es decir, esta orientado hacia objetivos.

Sus limitaciones tienen que ver con que no ha sido verificado por completo. Las investigaciones no apoyan la presencia de cinco niveles únicos, ni la progresión de un nivel a otro.


Quizás Maslow tenía razón en cuanto a nuestra motivación: estamos más motivadas por lo que buscamos que por lo que ya tenemos. Esto sería una teoría de insatisfacción o algo parecido pero no siempre es así. No todos los individuos persiguen la autorealización, la mayoría sólo buscan tranquilidad y algunos se obsesionan es con la idea de felicidad.
La pirámide, por supuesto, es imaginaria. Un estudiante puede pasar dificultades en términos de seguridad o de base 1 pero sentirse realizado por estar capacitándose en lo que le gusta.

Ahora bien, sí existen vidas de mucho sufrimiento. Continentes como África que no ofrecen mucho a las vidas que no pueden salir de allí. Tribus enteras a merced del sol y el hambre. Niños con desnutrición y enfermedades. No sé qué podría hacer la imaginación allí. La ilusa miserable soy yo. Con hambre no hay imaginación.