lunes, 20 de junio de 2011

La voz



Me reta escribir en femenino.
Me aproximo pero no lo logro. Me devora mi ternura. Me abruma mi sensualidad. Estoy desnuda.

Hay una herida. Algo que jamás cicatrizó. Una sumatoria de dolores de alfiler. Un budú que se quedó suspendido en algún lugar de mi tiempo, en un locker de colegio; en unos zapatos blancos con azul. Tuvo que ser ahí, no sé dónde más pudo quedarse a medio camino, mi femenino...
Fue allí donde comencé a encorvarme para que mis senos no fueran vistos. Fue allí donde nunca entendí porque al decir Uva Curuba Uva, las demás sabían si uno había besado o no.

Era mala para el deporte, pésima para necear. Sólo sabía leer, pintar y escribir. El taller de Jairo era lo mejor. Aún recuerdo una deidad mexicana que decidí tallar en madera y un collage que se armaba uniendo puntos de a tres en tres. Tampoco olvido a Ligia Castañeda y su clase de español. Y aquella mañana en que les leí una tarea sobre las vacaciones que incluía "aquellos rayos de luz malva" haciendo referencia a una finca con grandes castaños por los que poca luz llegaba hasta el suelo. Las burlas de mis compañeras...

Alguna vez tuve una voz en femenino para escribir. Era mi voz. La tuve conmigo quizás hasta que las uvas cayeron por unos ojos verdes. Nublaron mi razón. Daniel... en un largo aliento, cambió mi norte por su tacto, y me invitó a recorrer su mundo con todos los brios de un adolescente colombo argentino. Con él supe que era tomar mate y el valor de una empanada hecha por su abuela. Durante tres años y tres meses sólo escribí versos para él. Versos que por cierto nunca he revisado. Allí entre su aliento y el mío pudo confundirse mi voz. Por cada beso una uva y con el tiempo la coraza de mi corazón se quedó sin curuba.


¿Dónde más se desperdigó? En cada hombre que amé.

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