sábado, 11 de junio de 2011

Guayabito


Ese era el nombre de la finca de los abuelos. Rodeada de caña y ganado. Allá en Santiago, un pueblo entre la selva y el Cauca. No sé cuántas veces alcancé a ir de niña pero lo que mas recuerdo es el caballo. Uno sintético de medio cuerpo y ensillado; ubicado al oriente vigilando el corredor y la noche. Los primos nos turnabamos para montarlo y le tocábamos los ojos como si fueran ciertos.
También recuerdo una marranada en particular que me hizo llorar hasta que sólo el escondite me aseguró no escuchar aquel lamento. Cuando salí, ví a los primos sobre lo que quedaba del marranito chamuscado y pasé hambre en señal de protesta.
La piscina era de piedra, un manantial helado con lama verde que se le pegaba a uno al menor contacto. Pero era piscina y nos sentiamos los más afortunados. También había quebrada, pero hasta allá había que bajar con mucho cuidado. Las piedras eran lisas y las caidas peligrosas.
En el lote de papá alcanzamos a volar una cometa irisada. El tenía el primer cuerpo mientras nosotros le sosteniamos la cuerda y entre todos le dabamos alas. Fue una tarde de las más bonitas...
Era inocente Guayabito mientras fuera de día. Era pecaminosa en la noche mientras nosotros dormiamos. La oscuridad de esas paredes era absoluta. Los cuartos enormes y las camas altas parecían más literas de una guarnición de alcohólicos y sus consortes que una posada decente para familias.
En Guayabito entre la caña y el trapiche el demonio líquido comenzó a fijarse en mi padre. Se fijó en él porque era el que menos tomaba; él que se acostaba temprano, él que sabía parar. Y a ningún demonio le gusta que lo reten. En mi padre encontró un par. Ahora ese demonio se lo quiere llevar y soy yo la que le dice que se va a tener que esperar. Lo siento. No lo pienso soltar. Puede quedarse con el caballo de Guayabito si quiere. Si lo encuentra.

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